Chapter 1
En aquel pueblo de calles polvorientas y silencios duros, querer diferente era un pecado que nadie nombraba en voz alta.
Jimin tenía dieciséis años y cargaba con un aroma dulce que no provenía de ningún frasco, de ninguna tienda de perfumería, sino de la forma en que existía, su olor corporal, sus labios redondos y rojos como una fresa, sus ojos y su cabello finamente rizado de color rubio. Jimin había sido criado por mujeres: manos suaves, palabras pacientes, canciones bajas al caer la noche. Eso lo volvió distinto. Demasiado delicado para los ojos del pueblo. Demasiado amable para una época que no sabía qué hacer con alguien así; recibía burlas a diario, con sobrenombres poco humanos. En esa época era mal visto un hombre delicado. Las burlas lo seguían como sombras. Jimin aprendió a caminar mirando al suelo, a hacerse pequeño.
Jungkook, en cambio, tenía diecinueve, de un apellido pesado. Era el hijo del sheriff de la ciudad, fuerte por fuera, correcto por obligación. Todos esperaban de él una vida recta: una mujer, un futuro decidido, ninguna pregunta incómoda. Había llegado al pueblo en la tarde del jueves, todo el mundo lo recibió con elogios, que con los años se ha convertido en un hombre fuerte, que será el próximo sheriff de la ciudad, cuidando a sus ciudadanos. La noche llegaba, las estrellas se hacían presentes en el horizonte. El pueblo estaba recibiendo a Jungkook de la mejor manera: música, bailes y cerveza. Jungkook mantenía una sonrisa plena al ver a la gente feliz por su llegada, le parecía increíble cuántas personas podían emocionarse. De un momento a otro, sus fosas nasales fueron invadidas por un aroma dulce pero pequeño, que se hacía notar. Jungkook cerró los ojos y sonrió de lado, miró a su padre y le preguntó.
—Oye, pa… ¿de quién es ese aroma dulce? —dijo—. Si es de una chica hermosa, la pido para mí.
El padre de Jungkook frunció el ceño y escupió a un lado antes de responder:
—Es Park Jimin, hijo de Park Soomin. Un mariquita. Criado por mujeres desde que Park Junhee murió. Nunca supieron enderezar a ese mocoso.
dijo mientras volteaba a ver el grupo de mujeres que recién llegaban, y entre ellas estaba el pequeño Jimin, con la cabeza baja mientras jugaba con un hilo.
Jungkook no pudo evitar mirar hacia donde veía su padre. Cinco mujeres en total, todas hermosas con sus rasgos más femeninos, sus cabellos hermosos y su figura perfecta. Poco a poco su mirada bajó hasta el pequeño Jimin, cabello rubio; no alcanzaba a ver su rostro, hasta que este subió la mirada y conectó con él. Jimin, al notar que era observado, se puso rojo de inmediato y bajó la mirada. Jungkook, por su lado, se dio la vuelta al sentir cómo su corazón latía fuertemente sin parar, sacudió su cabeza y trató de ignorar la presencia del chico, pero era imposible, su aroma era mágico, inundaba todo el lugar. Jungkook se había embobado con ese olor, tanto que sintió un poco de rabia cuando escuchaba ciertos insultos hacia su persona.
La noche transcurrió bien, las personas empezaban a irse ya borrachas. El papá de Jungkook estaba completamente tumbado en el piso, tanto que le tocó pedir ayuda para llevarlo a la casa mientras él recogía sus cosas. A lo lejos notó al pequeño Jimin sentado solo; ya todos se habían ido, incluso las mujeres a su alrededor, pero ¿por qué él seguía ahí? Jungkook miró a su alrededor, quería asegurarse de que nadie lo mirara a la hora de acercarse al chico. Cuando vio que todo estaba bajo control, se acercó lentamente y aclaró su garganta llamando la atención del pequeño niño.
—¿Vienes a insultarme o algo así? —habló Jimin con voz delicada, como una melodía suave.
—No… vine a preguntarte por qué estás solo aquí. ¿Dónde está tu madre y tus…?
—Hermanas —completó—. Están trabajando. Tengo que esperar hasta que alguna venga por mí en la mañana.
—¿No te da miedo? Digo… podrían hacerte daño por… ya sabes.
—No. Pueden burlarse de mí, pero nadie se atreve a tocarme. Joven Jeon, será mejor que se aleje o lo tacharán de lo mismo que a mí.
—No lo harán. Yo vivo allí, solo —dijo Jungkook señalando—. Nadie notará si pasas la noche.
—No, gracias. Aquí estoy bien.
—Deja la terquedad. Va a llover, y allá estarás cómodo. Mi padre vive con su esposa; yo vivo aparte. Fue mi condición para volver.
Jimin dudó, pero un trueno cercano lo hizo levantarse. Jungkook caminó hasta su casa y abrió la puerta, haciéndose a un lado. Sin embargo, el chico no entró de inmediato. Jungkook suspiró, dispuesto a cerrar, cuando escuchó pasos rápidos. Jimin entró de golpe, como si buscara refugio.
Jungkook arqueó una ceja, pero no dijo nada. Cerró puertas y ventanas y se sentó.
—Siéntate, no soy como las demás personas.
Jimin dudó, pero obedeció. Al poco rato, Jungkook cerró y abrió los ojos. El aroma volvió a envolverlo por completo.
—Eres Park Jimin. Mi madre era amiga de la tuya. Mi padre me prohibía acercarme a ti… nunca entendí por qué. Todo el pueblo te ignora y te discrimina.
—No me importa —respondió Jimin con una sonrisa triste—. Solo soy… diferente.
—Demasiado. ¿Siempre hueles así? Es dulce… embriagador. ¿Lo usas para atraer mujeres?
Jimin se sonrojó de inmediato.
—Entonces es verdad —sonrió Jungkook—. Yo haría lo mismo si tuviera un aroma así.
—¿No te molesta…?
—No. Al contrario. Se siente familiar. Dulce y suave.
Después de esa conversación, Jungkook decidió dormir en el suelo para cederle la cama a Jimin. Algo en ese pequeño le causaba un revuelo por dentro; su aroma se parecía al de sus sueños, un destello de luz siempre salía con un aroma dulce, con una fruta fresca, una melena hermosa y una voz encantadora. Sin saber que todo esto, cada vez se iba a agrandar.
—
Había pasado un mes o más exactamente. Jimin cada noche iba donde Jungkook, no le gustaba estar solo, no adoraba la soledad, le aterraba. Su amistad se hizo muy grande, hasta incluso le cocinaba este como agradecimiento a ser el único en no discriminarlo. Jugaban, hablaban y Jungkook le enseñaba a Jimin defensa personal. Nadie sospechaba nada, pues el aroma de Jimin a veces estaba en todo el pueblo y les parecía normal. Una noche, en la que Jimin corrió a casa de Jungkook llorando, su madre estaba enferma en cama y sus hermanas no querían que estuviera cerca por no querer ayudar a su madre. Tocó la puerta de Jungkook, a lo cual él abrió y fue sorprendido por el pequeño cuerpo del menor saltar sobre él para abrazarlo y llorar en su cuello. Jungkook cerró la puerta, al principio dudó en tocar su suave cabello, pero aun así lo hizo, tratando de calmar las lágrimas del pequeño. Se sentó en la cama y lo arrulló como un pequeño bebé, hasta que Jimin se calmara y pudiera contarle lo sucedido. Al poco rato, Jimin salió del cuello de este y lo miró a los ojos…
—¿Qué pasa? —preguntó Jungkook angustiado—.
—Mi-mi mamá está enferma… y-y mis hermanas me culpan… por no ayudarla —sollozó mientras intentaba hablar—.
—¿Ayudarla? Pero si tú no eres médico, para eso está el del pueblo, que la lleven allá y…
Los ojos de Jungkook se abrieron de par en par al sentir los cálidos labios del pequeño en los suyos. Lo miró, sus hermosas pestañas mojadas por sus lágrimas y su nariz roja lo hicieron cerrar los ojos y dejarse llevar por el pequeño beso, hasta que sintió cómo Jimin se apartó de él de un golpe y empezó a negar.
—No, no, no… perdóname, Kook, yo no quería, por favor no me dejes de hablar, por favor no…
No pudo terminar sus palabras cuando su cuerpo fue tirado bruscamente hacia Jungkook. Este atrapó sus labios en un pequeño beso, su cuerpo se erizó completamente al sentir más de cerca ese aroma. Sus manos agarraron la mejilla del pequeño y la otra bajaba a la pequeña cintura de este. Cuando por fin se separaron, Jimin se ocultó en su pecho con una pequeña sonrisa. Jungkook tomó fuertemente a Jimin y se acostó con él en su pecho, acariciando suavemente su espalda.
—Jimin, sé que esto está mal aquí, la gente lo ve mal, pero mierda, me importa un carajo si la gente critica. Tu aroma me envolvió desde el primer día, me di cuenta de que la persona de mis sueños no era más nadie que tú. No era una mujer, no era una diosa, eras tú, la persona que estaba esperando en mi vida. Sé que tienes dieciséis años, pero carajo, de verdad quiero tomarte, quiero que seas mío y de nadie más. Si es necesario renuncio a todo y te llevo lejos, donde no critiquen lo… no puedo decir, porque aún no hay un nuestro.
Jimin estaba respirando rápido, no podía creer lo que estaba escuchando. Jungkook pasó su mano por la mejilla de este, logrando así levantar la mirada para nuevamente encontrarse con los labios del mayor. Esta vez no hubo peros, no hubo necesidad de decir un “sí”, todo estaba claro: su conexión desde el día cero y su forma tan linda de pasar sus ratos, todo había hablado por sí solo.
Sus cuerpos se acercaron despacio, no por prisa, sino por reverencia, como quien toca un milagro con manos temblorosas de emoción.
La piel habló primero, en un idioma antiguo y silencioso, y cada roce fue promesa, cada mirada, un juramento sin palabras.
Se unieron como se unen las mareas a la luna, con una fuerza suave, inevitable, dejando que el tiempo se disolviera entre sus respiraciones entrelazadas.
Jimin fue luz que acaricia, sus gestos, delicados como pétalos al caer; Jungkook, refugio y fuego contenido, un latido firme que responde al llamado.
Sus cuerpos se encontraron lentamente, uniéndose uno al otro no solo en forma, sino en esencia, como si el universo hubiera decidido habitar en ese instante preciso.
No hubo ruido, solo verdad, no hubo urgencia, solo entrega.
El amor se hizo presente en la manera en que se sostenían, en cómo sus almas parecían reconocerse más allá de lo visible.
Y así, envueltos en sombras cálidas, se amaron como se ama lo sagrado: con respeto, con deseo sereno, con la certeza de que ese encuentro no era solo de cuerpos, sino de dos seres que, por un momento eterno, fueron uno solo.
A la mañana siguiente, Jimin decidió quedarse en casa de Jungkook. No quería separarse de él, ni siquiera por unas horas. Permanecer allí, rodeado de su aroma, de sus objetos, de la sensación tibia que le dejaba su presencia, le daba una paz que jamás había conocido.
Jungkook salió temprano, antes de que el sol terminara de elevarse. Jimin lo despidió con un pequeño beso en los labios, tímido pero lleno de promesas. Cuando la puerta se cerró, el menor se quedó unos segundos inmóvil, respirando profundo, como si aún pudiera sentirlo.
Se dedicó a la casa con esmero: barrió el suelo, ordenó cada rincón, preparó comida sencilla pero cálida, arregló la cama. Todo lo hacía pensando en él. Sin darse cuenta, el deseo de verlo volvió a crecerle en el pecho. Sabía que debía ser cuidadoso; nadie debía notar que salía de esa casa.
Cuando finalmente lo hizo, caminó con ligereza, el corazón latiéndole rápido, hasta el campo donde sabía que Jungkook entrenaba con su caballo. Lo buscó con una sonrisa amplia… sonrisa que se desvaneció al instante.
Junto al caballo había una chica. Reía. Demasiado cerca.
El corazón de Jimin se aceleró con violencia. Una punzada de miedo y celos le atravesó el pecho. Pensó, por un segundo cruel, que quizá todo había sido solo un pasatiempo para Jungkook. Sin notarlo, su aroma se intensificó, expandiéndose como una marea invisible.
Jungkook se tensó de inmediato. Giró el rostro, reconoció ese aroma inconfundible y espoleó al caballo hasta acercarse a él.
—¿Jimin? —preguntó sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Yo… yo solo vine a verte y…
Antes de que pudiera terminar, Jungkook habló con firmeza, mirando de reojo a la muchacha:
—Tranquilo. Solo le estaba diciendo que no me interesa estar con ella.
Descendió del caballo y tomó a Jimin del brazo, llevándolo detrás de un tronco grueso. Miró alrededor con cautela y, sin decir nada más, juntó sus labios con los de él en un beso breve pero cargado de intención, lo suficiente para disipar cualquier duda.
—Eres lo único que deseo —murmuró—. Ahora vuelve a casa, antes de que alguien te vea aquí.
Jungkook montó el caballo y se marchó sin notar que, entre los árboles, una figura había presenciado todo. Un par de ojos cargados de odio. La persona salió corriendo, con la respiración agitada y una sonrisa torcida.
La noche cayó lenta y pesada.
Jimin esperaba a Jungkook sentado en la cama, abrazando sus propias rodillas. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio. Algo en su pecho se sentía mal, como un presentimiento oscuro que no lograba sacudirse.
De pronto, un estruendo rompió la calma.
La puerta se partió en dos de un solo golpe.
Una multitud irrumpió en la casa como una bestia furiosa. Manos ásperas lo sujetaron, lo arrastraron sin permitirle reaccionar. Jimin gritó, se debatió, pero fue inútil. Lo llevaron a rastras hasta la plaza del pueblo, donde la estructura de madera —la horca— se alzaba como un monstruo esperando alimentarse.
Lo arrojaron de rodillas al suelo.
La piel de sus piernas se raspó contra la tierra. Ardía.
Alzó la mirada.
Jungkook estaba allí.
Golpeado. Ensangrentado. Con las manos atadas. Sus ojos buscaron desesperadamente a Jimin, intentando moverse, intentando liberarse.
—¡NO! —gritó Jimin, tratando de correr hacia él.
Pero lo detuvieron.
Entonces apareció el padre de Jungkook, empujando a la gente, con el rostro desencajado por la furia.
—¡Jamás pensé que mi hijo se dejaría corromper por un marica! —rugió—. ¡Has manchado nuestro apellido!
—¡PAPÁ, NO! —gritó Jungkook—. ¡DÉJALO EN PAZ!
La multitud comenzó a gritar, a exigir castigo.
—¡Jeon Jungkook! —vociferó uno de los hombres—. ¡Te declaramos culpable y te sentenciamos a muerte!
Jimin forcejeó con todas sus fuerzas.
—¡NO, POR FAVOR! ¡ES INOCENTE! ¡SOY YO, LLÉVENME A MÍ, YO FUÍ EL CULPABLE!
La escotilla se abrió.
El cuerpo de Jungkook cayó.
La cuerda se tensó.
Sus pies patalearon en el aire, su rostro se tornó rojo, luego morado. Su cuerpo se estremeció, luchando por aire que no llegaba.
—¡JUNGKOOK! —gritó Jimin con una voz que se desgarró hasta sangrar.
Logró soltarse. Corrió. Pero fue tarde.
El cuerpo de Jungkook dejó de moverse.
Algo dentro de Jimin se rompió.
Sacó una navaja de entre sus ropas y cortó la cuerda con un movimiento desesperado. Jungkook cayó en sus brazos. Jimin le quitó la soga del cuello y abrazó su cuerpo inerte, meciéndose sobre la tierra.
Su aroma explotó, denso, sofocante, tan fuerte que quemaba las fosas nasales de todos.
La gente retrocedió. Nadie se atrevía a tocarlo.
No solo por miedo.
Jimin era nieto de una de las brujas blancas más poderosas que había conocido el pueblo. Su magia no hacía daño… hasta que el dolor la despertaba.
Entre sollozos, comenzó a murmurar palabras en un idioma antiguo, prohibido:
—“Tharien nox valae… silphae mori en’kael…”
—¿Qué… qué está diciendo? —susurraron algunos, aterrados.
Jimin alzó el rostro, empapado en lágrimas, y gritó la última frase con una voz que no parecía humana:
—“VAREL THIEM, NOX KARA MORTIS.”
El silencio que quedó después fue antinatural.
Los cuerpos yacían esparcidos por la plaza como muñecos rotos, pero Jimin no los veía. No veía nada más que a Jungkook entre sus brazos. El peso de su cuerpo era real, demasiado real. Frío. Inmóvil.
—Kook… —susurró, apoyando la frente contra la de él—. Despierta, por favor…
No hubo respuesta.
El aroma que emanaba de Jimin comenzó a apagarse lentamente, como una flor marchitándose. Ya no era dulce; era amargo, denso, cargado de duelo. La magia que había estallado momentos antes se desvanecía, dejándole solo el cansancio y un dolor insoportable en el pecho.
Intentó una última vez.
Colocó sus manos temblorosas sobre el pecho de Jungkook y murmuró palabras antiguas, más suaves, casi una súplica:
—“Lirae… thien val…”
Nada ocurrió.
La brujería blanca no devolvía lo que la muerte ya había reclamado.
Jimin soltó un gemido quebrado, un sonido que no parecía humano. Apretó el cuerpo de Jungkook contra el suyo, como si pudiera protegerlo del mundo incluso ahora. Besó su frente, sus labios amoratados, sus mejillas frías.
—Dijiste que me llevarías lejos… —sollozó—. Dijiste que no te importaba nada…
El amanecer llegó lentamente, tiñendo el pueblo de un dorado cruel. Las casas permanecían intactas, vacías para siempre. Un pueblo entero muerto por odio.
Jimin permaneció allí hasta que el sol estuvo alto, sin moverse, sin comer, sin llorar ya. Las lágrimas se le habían acabado.
Cuando finalmente se levantó, lo hizo con cuidado, tomo todas sus fuerzas y cargo a Jungkook en brazos. Lo llevó hasta el campo donde lo había visto por última vez sonreír, donde el viento movía la hierba con suavidad.
Cavó con sus propias manos.
Enterró a Jungkook bajo un árbol grande, fuerte, solitario. Colocó su chaqueta sobre la tierra recién removida y se arrodilló frente a la tumba.
—Aquí nadie te hará daño —susurró—. Aquí no tendrán nombres para llamarte… ni cuerdas… ni miradas.
El aroma de Jimin desapareció por completo ese día.
Dicen que, años después, los viajeros encontraban el pueblo intacto pero vacío, como si el tiempo se hubiera detenido.
Nadie volvió a vivir allí. Nadie se atrevió.
Algunos aseguraban haber visto a un muchacho de cabello rubio caminando por los campos al atardecer, hablando solo, sonriendo a la nada.
Otros decían que, cuando el viento soplaba entre los árboles, se podía percibir un leve aroma dulce… mezclado con tristeza.
Jimin nunca volvió a amar.
Porque el único amor que tuvo
murió colgado frente a sus ojos.
Y con él, murió también todo lo que Jimin fue alguna vez.
Que final tan tretris, hasta yo chille😭, espero les guste mis niños.