Cuerpo electrificado. Prólogo
Afganistán. 1963
El nuevo equipo, entrenado para actuar en las sombras, entró en el edificio abandonado y casi derrumbado donde sabían que los secuestradores tenían al hijo del presidente de Estados Unidos.
El rescate debía ser rápido y, a poder ser, sin muchas bajas civiles o militares.
El equipo tres se desplegó para allanar el terreno a sus compañeros que entrarían en el piso ocupado para sacar al civil y ponerlo a salvo en los helicópteros que vendrían a recogerlos en menos de cinco minutos.
Los soldados se prepararon para el asalto y todo pasó a cámara rápida en cuanto derribaron la puerta.
Las balas volaban por las estancias impactando en las paredes, en los cristales y en los cuerpos de los secuestradores que se resistían a la ofensiva de los que ellos creían el enemigo.
—¡Soldado Body, ayude al objetivo! —le ordenó el oficial al mando de la operación.
El aludido respiró hondo y salió de su parapeto cuando el oficial le hizo una señal con la cabeza para que corriera hacia la habitación donde podían ver al secuestrado sentado, amordazado y atado a una silla de metal, además de los ojos tapados.
El soldado llegó hasta el muchacho, cogió su cuchillo escondido en la bota y cortó las cuerdas. Se preparó con el arma, puso a su objetivo detrás de él y lo cubrió hasta que salieron del edificio seguido de sus compañeros de equipo para llegar a los helicópteros que se acercaban volando por el cielo anaranjado del crepúsculo.
El chico subió al pájaro de metal junto a varios de sus rescatadores y alzaron el vuelo para ponerlo a salvo y alejarlo de aquel campo de batalla.
Dos helicópteros más aterrizaron en el claro, detrás del edificio, y esperaron a que el equipo de rescate llegara hasta ellos para despegar y volver a casa lo antes posible.
Todos estaban ya en los vehículos voladores que lo sacarían de allí, excepto el oficial al mando al que habían herido en la pierna unos segundos antes.
El soldado Body se apeó del pájaro de metal y corrió hacia la posición del oficial que intentaba correr hasta ellos, pero sin lograrlo. Lo ayudó a levantarse, dejó que se apoyara en él y emprendieron el camino hacia su vía de escape que estaba a punto de alzar el vuelo ante la inminente llegada de más miembros de la banda de secuestradores dispuestos a matarlos.
Los dos hombres corrían lo más rápido que podían cuando una granada voló hasta sus pies. No les daría tiempo de alejarse de ella.
Los ojos verdes del soldado se abrieron de par en par, con el miedo reflejado en ellos cuando supo lo que venía después. Agarró con fuerza el traje de camuflaje del oficial, cerró los ojos y esperó, con el aire contenido en sus pulmones, a que su vida acabase en el desierto más alejado de su hogar.
Sintió que algo lo elevaba del suelo y la brisa en su rostro mientras daba vueltas como si estuviera en una noria. Abrió los ojos y el asombro se reflejó en ellos al ver que caía desde el cielo hasta un lago.
Se preparó para el impacto con el agua cruzando los brazos en su pecho e intentando caer con los pies por delante en el líquido transparente.
El cuerpo del soldado se zambulló en el lago y salió a la superficie para coger aire cuando se quitó el pasamontaña que ocultaba su rostro, miró a su alrededor y vio el cuerpo de su oficial flotando a unos metros de él. Nadó hasta él para darle la vuelta y evitar que se ahogara. Le buscó el pulso manteniéndolos a los dos con la cabeza fuera del agua y suspiró aliviado cuando descubrió que el hombre seguía con vida.
—¡Bienvenido, soldado Richard Body! —le gritó una voz femenina desde la orilla.
El joven sacó su arma de uno de los múltiples bolsillos de su chaleco antibalas y apuntó a la mujer, pasando su mirada de ella a los tres hombres apostados a su espalda con los brazos cruzados a la altura del pecho o las manos en los bolsillos.
—¿Quiénes sois? ¿Dónde estoy? ¿De qué me conoce? —quiso saber el soldado entrecerrando los ojos con desconfianza.
—Soy la bruja que acaba de salvarte de morir a causa de la explosión de una granada. Me llamo Mágissa y ellos son Jonathan, Andrew y Robert. Estás muy lejos de Afganistán y te conozco porque he visto tu futuro en las estrellas. Eso es lo que me ha hecho traerte hasta aquí —respondió la chica con una sonrisa amable en sus labios—. Sal del lago para que podamos hablar y explicártelo todo. No te preocupes por tu amigo, se pondrá bien en cuanto le curemos las heridas.
El soldado regresó su mirada hacia el cuerpo de su oficial, guardó el arma y tiró de su compañero hasta la orilla del lago donde lo ayudaron a meter al hombre abatido en la cabaña de la bruja.
Lo dejaron tumbado en la cama de la mujer y ésta observó con atención las heridas que el hombre tenía en las piernas y el pecho. Los proyectiles le habían atravesado, pero por suerte, no habían tocado ningún órgano ni ninguna arteria imposible de reparar con sus conocimientos de medicina.
—¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Y dónde estamos exactamente? —preguntó el soldado mientras se quitaba el chaleco antibalas que empezaba a pesarle. Cogió una silla y se sentó cerca de su compañero.
—Estás en Isla Pyrena. Mágissa te ha salvado de morir en esa explosión —le contestó Jonathan mientras la bruja estaba ocupada con las heridas del herido.
—Estás lejos de tu casa, muy lejos. Has viajado en el tiempo y el espacio para que tu destino pueda seguir su camino y te lleve hasta tu alma gemela —añadió Robert dejando al chico más confundido que antes.
—¿Cómo he hecho ese viaje? Ni siquiera sabía que podía hacerlo —inquirió el soldado sin comprender nada.
—Esa misma cara se nos quedó a nosotros cuando nos lo dijo por primera vez, pero tranquilo, lo entenderás cuando ella te lo explique a su manera —apuntó Andrew dando un sorbo al café de su taza y dejando otra delante del recién llegado.
—¿Creéis que podrá salvarlo?
—No tenemos ninguna duda de ello —respondieron los tres al unísono.