Capítulo 1
Jesica se acomodó el escote frente a la cámara de su celular, asegurándose de que sus tetas resaltaran lo suficiente bajo el top negro de tirantes. El calor de la tarde en el coche era sofocante, pero ella tenía una idea que le quemaba más por dentro. Pulsó el botón de grabar, puso una expresión de falsa indignación mezclada con una picardía insoportable y soltó las palabras que cambiarían su noche:
—Si tú eres de los hombres que les gusta morder, jalar el pelo, ahorcar, dar nalgadas... ¿Dónde está tu respeto? ¿Dónde están tus valores? ¿Dónde estás en este momento para irte a ver, mi amor? Voy en carro, si quieres le echo gasolina si no tienes plata, no se preocupe... hombres como usted ya no hay, ¡no existen! ¿Dónde estás?—
Soltó una risa ronca después de decir lo anterior, revisó el video donde sus tetas se mostraban esquisitas y lo subió a TikTok. El algoritmo hizo lo suyo. A las pocas horas, entre miles de comentarios de tipos desesperados y pajeros, uno le heló la sangre y le encendió el vientre.
@S_Gojo: *"Tengo los principios en su sitio, pero las manos me queman por tocarte. Déjate de juegos y mándame tu ubicación. Te juro que, en cuanto cruces la puerta de mi coche o de mi penhouse, el respeto será lo último que sientas. Voy a hundir la cara entre tus tetas y usarlas como almohada mientras te hago gemir mi nombre toda la noche.”
Jesica entró al perfil. Un chico de pelo blanco, ojos cubiertos por gafas oscuras, y una mandíbula que parecía tallada por los dioses. No era un tipo común; emanaba un aura de poder y dinero que la hizo humedecerse al instante.

Empezaron a mensajearse. Gojo no perdía el tiempo con romanticismos baratos. Fue directo: quería ver qué tan dispuesta era, qué tanto aguantaba su garganta y cuánto ruido hacían sus nalgas al ser azotadas.

Cuando el coche de Jesica se detuvo frente al punto de encuentro, sus ojos casi se salen de sus órbitas. Satoru Gojo estaba de pie, recargado en una columna, midiendo casi dos metros de pura arrogancia. Llevaba una camisa negra entallada que marcaba unos pectorales masivos y unos pantalones oscuros que dejaban adivinar un bulto obsceno entre sus piernas.
—Mierda… que grandote es. —susurró Jesica, sintiéndose diminuta.
Gojo se acercó, se bajó un poco las gafas para clavarle una mirada azul eléctrica que la desnudó en un segundo y sonrió con suficiencia.
—En el video te veías apetecible, pero en persona esas tetas piden a gritos que les haga de todo —dijo él con una voz profunda que retumbó en el pecho de la mujer—. ¿Vas a quedarte ahí babeando o vas a dejar que te lleve a un lugar donde el ruido de tus gritos no moleste a los vecinos?
Jesica, recuperando su rasmia latina, le devolvió la mirada.
—Sube al maldito coche, gigante. Vamos a ver si ese mounstro entre tus piernitas del que presumiste por chat es real o solo publicidad engañosa.—
El trayecto hacia el penthouse de Satoru fue una tortura de tensión sexual. Gojo apenas cabía en el asiento del copiloto, sus rodillas chocando con el tablero, pero no parecía importarle. Mientras Jesica conducía, la mano de Satoru, enorme y pesada, se posó sobre su muslo y empezó a subir, metiéndose bajo la tela rosa de su pantalón hasta apretar con fuerza su entrepierna ya empapada.
—Estás goteando, Jesica —gruñó él, metiendo un dedo largo y grueso por un costado de su lencería. —Maneja rápido, porque si me sigues tentando, te voy a poner en cuatro sobre el volante aquí mismo en plena avenida.—
Jesica no aguantó más. Se desabrochó el cinturón, aprovechó un tramo recto y largo, y se deslizó hacia abajo. Se acomodó entre las piernas de Satoru, quien echó el asiento hacia atrás todo lo que pudo. Ella bajó el cierre de su pantalón y el "Cock Monster" saltó hacia fuera, golpeándole la mejilla. Era una bestia: gruesa como una lata de refresco, con venas marcadas que latían con fuerza y una longitud intimidante, y un glande rosado del cual brotaba pre-semen brillante como el rocío.

—Dios mío... —susurró ella antes de lamer toda la cabeza, que ya soltaba un líquido preseminal espeso.
Jesica abrió la boca al máximo, sintiendo cómo sus mandíbulas se tensaban mientras intentaba tragarse toda esa carne. Satoru echó la cabeza hacia atrás, apretando el tablero del coche con una mano mientras con la otra le jalaba el cabello rubio a Jesica, obligándola a ir más profundo.

—¡Eso es, puta, trágalo todo! —exclamó Satoru, sus dedos enterrándose en el cuero cabelludo de ella—. Dale, usa esa lengüita en el glande.
Ella lo complació, moviendo la cabeza con un ritmo frenético, sintiendo el sabor salado y metálico del hombre, mientras sus propias tetas se aplastaban contra los muslos de él. Satoru estaba a punto de venirse ahí mismo, pero quería más.
