Capítulo Único
En el vasto océano del Grand Line, el Thousand Sunny navegaba con su tripulación de piratas intrépidos, liderados por el carismático Monkey D. Luffy. Entre ellos, destacaban dos figuras que parecían estar en constante conflicto: Roronoa Zoro, el espadachín alfa con una presencia imponente y un aroma a acero y sudor que intimidaba a cualquiera, y Vinsmoke Sanji, el cocinero del barco, quien se hacía pasar por un alfa dominante para ocultar su verdadero secreto. Sanji era un omega, un hecho que había escondido toda su vida, usando supresores para mantener su naturaleza bajo control. Su relación con Zoro era de puro odio: peleas constantes, insultos afilados y una tensión que electrificaba el aire cada vez que se cruzaban. Pero debajo de esa hostilidad, había algo más primitivo, algo que ninguno admitía.
Aquel día había sido agotador para todos. Habían enfrentado una tormenta feroz, seguida de un encuentro con marines que los obligó a pelear hasta el límite. Sanji, como siempre, había estado en la cocina preparando comidas revitalizantes para la tripulación, pero algo no andaba bien. Durante el día, había sentido síntomas extraños: oleadas de calor que subían por su cuerpo, un cosquilleo en la nuca, y un aroma dulce que intentaba disimular con el humo de sus cigarrillos. “Es solo el estrés”, se dijo a sí mismo, ignorando las señales claras de que su celo se aproximaba. Confiaba en que le quedaban pastillas supresoras en su camarote, pero al revisar esa noche, descubrió con horror que se habían acabado. El pánico lo invadió. ¿Cómo podía un omega como él sobrevivir en un barco lleno de alfas y betas sin revelar su secreto?
Agotado y tembloroso, Sanji se refugió en la cocina, el único lugar donde se sentía seguro. Se sentó en una silla, recostando la cabeza sobre la mesa de madera, con la mirada fija en el piso. Su traje negro estaba desabotonado en el cuello, y su cabello rubio caía desordenado sobre su frente. Intentaba calmarse, respirando profundamente, pero las feromonas comenzaban a filtrarse de su piel, un olor dulce y embriagador que traicionaba su control.
“Solo un rato... solo necesito un rato para pensar”, murmuró para sí mismo, cerrando los ojos y fingiendo dormir.
La puerta de la cocina se abrió con un chirrido suave. Zoro entró, su figura musculosa llenando el umbral. Llevaba sus espadas al cinto, y su torso desnudo brillaba con el sudor del entrenamiento nocturno. Buscaba algo de sake para relajarse, pero al ver a Sanji allí, solo y aparentemente dormido, se detuvo. El espadachín frunció el ceño. Odiaba al cocinero marimo, con su actitud arrogante y sus patadas precisas que siempre lo ponían a prueba. Pero esa noche, algo era diferente. Zoro se acercó en silencio y se sentó a su lado, observándolo. El rubio no se movía, pero Zoro podía sentirlo: un aroma sutil, como miel y especias, que flotaba en el aire. Feromonas. No las de un alfa, sino algo más... tentador.
Zoro olfateó el aire, su instinto alfa despertando. “¿Qué demonios es esto?“, pensó, inclinándose más cerca. En silencio, extendió su mano callosa y la deslizó bajo el traje de Sanji, por la nuca expuesta. Sus dedos rozaron la piel sensible, y sin poder contenerse, pellizcó ligeramente la glándula de apareamiento, ese punto vulnerable que todo omega tenía. Sanji se tensó inmediatamente, un gemido ahogado escapando de sus labios, pero fingió seguir dormido. El calor se intensificó en su cuerpo, y sus feromonas se liberaron con más fuerza, envolviendo a Zoro como una niebla seductora.
El espadachín no pudo resistir. Se puso de pie, su respiración acelerada, y se inclinó sobre Sanji. Su lengua áspera lamió el punto pellizcado, saboreando la sal de la piel y el dulzor de las feromonas. Era adictivo, como un licor prohibido. Sanji temblaba bajo él, su cuerpo traicionándolo con un calor líquido que se acumulaba en su entrepierna. Zoro retrocedió ligeramente, su voz ronca y baja rompiendo el silencio:
“Ya sé que estás despierto, cocinero. ¿Eres un omega, correcto?”
Sanji se incorporó de golpe, sus mejillas sonrojadas y sus ojos azules brillando con una mezcla de miedo y furia. Temblaba en su asiento, su traje arrugado y su nuca ardiendo donde Zoro lo había tocado.
“¡¿Qué demonios crees que estás haciendo, marimo idiota?!“, espetó, pero su voz salió entrecortada, traicionada por el celo que ahora rugía en su interior. Intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon, y cayó de nuevo en la silla. Las feromonas lo delataban por completo ahora, un olor que hacía que Zoro gruñera bajo, sus ojos verdes oscureciéndose con deseo primal.
Zoro se acercó más, acorralándolo contra la mesa.
“No lo niegues. Lo huelo en ti. Todo este tiempo fingiendo ser un alfa... ¿por qué? ¿Miedo de que te reclamemos?” Su mano volvió a la nuca de Sanji, esta vez masajeándola con firmeza, enviando ondas de placer a través del cuerpo del omega. Sanji jadeó, su resistencia derrumbándose.
“Cállate... no es de tu incumbencia”, murmuró, pero su cuerpo se arqueaba instintivamente hacia el toque alfa.
Sanji sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal con ese masaje insistente en su glándula. El placer era tan intenso que le nublaba la razón, pero aún quedaba un resquicio de orgullo en él. Con un esfuerzo titánico, apartó la mano de Zoro de un manotazo y dio un paso lateral, intentando escapar del cerco que el espadachín había formado con su cuerpo.
—No te acerques, maldito marimo —siseó entre dientes, la voz temblorosa por el esfuerzo de mantener la compostura.
Pero Zoro no estaba dispuesto a dejarlo ir tan fácilmente. En dos zancadas lo alcanzó y lo empujó con firmeza contra la pared más cercana de la cocina, acorralándolo por completo. Sus brazos se apoyaron a ambos lados de la cabeza de Sanji, encerrándolo en una jaula de músculos y aroma alfa puro: acero, sudor y algo más profundo, más salvaje, que empezaba a inundar el aire.
Sanji aspiró sin querer y lo sintió. Aquel olor dominante, potente, que hacía que sus rodillas flaquearan y que el calor en su vientre se intensificara hasta volverse insoportable. Las feromonas de Zoro se liberaban sin control, respondiendo al dulce aroma omega que Sanji ya no podía contener.
—¿Q-qué demonios estás haciendo? —jadeó Sanji, la voz entrecortada—. Para... para de soltar esas malditas feromonas ahora mismo, idiota.
Zoro sonrió de medio lado, esa sonrisa lobuna que siempre precedía sus burlas más crueles. Bajó el rostro hasta quedar a centímetros del de Sanji, sus ojos verdes brillando con diversión y algo mucho más oscuro.
—¿Molestarme? ¿Yo? —susurró con sorna—. Todo este tiempo tú no has parado de joderme, curly-brow. Peleas, insultos, patadas... ¿Y ahora qué pasa? ¿De repente te afecta tanto?
Sanji apretó los dientes, intentando mantener la mirada desafiante, pero su cuerpo lo traicionaba. El calor subía en oleadas, y cada inhalación le traía más de ese aroma alfa que lo estaba volviendo loco. Intentó empujarlo de nuevo, pero sus manos apenas tuvieron fuerza; en cambio, terminaron apoyadas en el pecho desnudo de Zoro, sintiendo los latidos firmes bajo la piel.
Zoro no se movió ni un milímetro. Al contrario, presionó más, obligando a Sanji a deslizarse lentamente por la pared hasta que sus rodillas cedieron por completo. El cocinero terminó sentado en el suelo, la espalda contra la madera fría, las piernas abiertas por la fuerza de las de Zoro, que se había colocado entre ellas, impidiéndole cerrarlas.
El espadachín se agachó lentamente hasta quedar a la altura de sus ojos. Su voz bajó a un tono grave, casi ronco, cargado de una promesa peligrosa.
—Mírate... tan orgulloso siempre, y ahora estás temblando —murmuró, rozando apenas con los nudillos la mejilla sonrojada de Sanji—. Puedo ayudarte, ¿sabes? Puedo darte exactamente lo que tu cuerpo está pidiendo a gritos ahora mismo. Y nadie en este barco tiene por qué enterarse. Ni Luffy, ni Nami-san, ni nadie. Solo tú y yo.
Sanji lo miró fijamente, el pecho subiendo y bajando con agitación. El orgullo y el odio seguían allí, ardiendo en sus ojos azules, pero el celo era más fuerte. El vacío doloroso en su interior, la humedad que ya empapaba sus pantalones, el instinto omega que gritaba por ser reclamado... todo lo abrumaba.
—Cállate... —susurró, pero ya no había fuerza en su voz. Bajó la mirada, derrotado—. ...Hazlo. Pero como alguien se entere, te mato.
Zoro soltó una risa baja, satisfecha. Sin más palabras, se incorporó y cargó a Sanji sobre su hombro como si no pesara nada, ignorando el débil golpe que el cocinero dio en su espalda por la humillación.
—Tranquilo, curly. Nadie va a enterarse —dijo mientras salía de la cocina con paso firme, dirigiéndose al camarote del espadachín—. Pero vas a gritar mi nombre antes de que termine la noche.
La puerta del camarote se cerró tras ellos con un clic definitivo.
Una vez dentro, Zoro arrojó a Sanji sobre la cama sin contemplaciones. El colchón crujió bajo su peso, y el omega rebotó ligeramente, el aliento cortado. Antes de que pudiera incorporarse, Zoro ya estaba sobre él, arrancándole el traje negro con impaciencia, botones saltando por los aires.
—Quítate esto de una vez —gruñó, tirando de la camisa hasta dejar el torso de Sanji al descubierto.
El cocinero jadeaba, la piel erizada, los pezones endurecidos por el aire fresco y por la anticipación. Intentó cubrirse por puro instinto, pero Zoro atrapó sus muñecas y las sujetó por encima de su cabeza con una sola mano.
—No te tapes. Quiero verte entero.
Sus labios descendieron sobre el cuello de Sanji, lamiendo y mordisqueando la glándula hinchada, arrancándole gemidos que el omega intentaba reprimir mordiéndose el labio. Pero era inútil. Cada roce de lengua enviaba descargas directas a su entrepierna, donde ya estaba completamente empapado.
Zoro bajó más, capturando un pezón entre los dientes, succionando con fuerza mientras su mano libre se colaba entre las piernas de Sanji, desabrochando el pantalón y liberando su erección. La humedad había empapado todo; los dedos del alfa se deslizaron con facilidad, explorando, abriendo.
—Joder, estás chorreando —susurró Zoro contra su piel, introduciendo dos dedos de golpe.
Sanji arqueó la espalda con un grito ahogado, las caderas moviéndose por instinto para tomar más. Era grande, rudo, pero sabía exactamente dónde presionar. Sus dedos curvándose dentro de él, rozando ese punto que hacía ver estrellas al omega.
—Zoro... maldito... más... —se oyó decir, odiándose por suplicar.
El espadachín soltó una risa oscura, retirando los dedos de golpe y provocando un gemido de frustración en Sanji. Se quitó lo poco que llevaba puesto, dejando que su polla dura, gruesa y con el nudo ya hinchándose en la base, quedara libre.
—Vas a tomarla toda, omega —dijo, posicionándose entre sus piernas abiertas—. Y vas a pedírmelo.
Sanji lo miró con los ojos vidriosos por el deseo, el orgullo roto en pedazos.
—Fóllame de una vez, marimo de mierda.
Zoro obedeció.
Entró de una sola embestida profunda, llenándolo hasta el fondo. Sanji gritó, las uñas clavándose en los hombros del alfa mientras su cuerpo se ajustaba al grosor. El dolor inicial se disolvió rápidamente en placer puro cuando Zoro empezó a moverse: fuerte, rápido, sin piedad.
La cama golpeaba contra la pared con cada thrust, el camarote llenándose de sonidos obscenos: gemidos, jadeos, el chapoteo de la humedad, los gruñidos animales de Zoro.
—Mío —gruñó el alfa contra su cuello, mordiendo la glándula con fuerza—. Todo este tiempo peleando... y eras mío desde el principio.
Sanji jadeaba, su mente nublada por el celo que lo consumía entero. Cada embestida de Zoro lo hacía arquearse, sus paredes internas apretando alrededor de la polla gruesa del alfa como si nunca quisiera dejarla ir. La humedad fluía copiosamente, facilitando el deslizamiento, pero también traicionando lo desesperado que estaba su cuerpo por más.
“Z-Zoro... joder...“, murmuró entre gemidos, odiando lo vulnerable que sonaba, pero incapaz de contenerse. El espadachín lo tenía clavado contra el colchón, sus caderas chocando con fuerza contra las suyas, el nudo en la base ya empezando a hincharse ligeramente, prometiendo un atado que Sanji tanto temía como anhelaba en lo profundo de su instinto omega.
Zoro levantó la cabeza, sus ojos verdes brillando con una mezcla de triunfo y lujuria salvaje. Soltó una risa baja, ronca, mientras ralentizaba sus movimientos deliberadamente, torturándolo con embestidas lentas y profundas que rozaban ese punto sensible dentro de él.
“Mira lo que eres, “, susurró, su voz cargada de burla. “Todo este tiempo actuando como un alfa duro, pateándome el culo en las peleas, insultándome... y ahora estás aquí, abierto de piernas para mí, chorreando como una puta en celo”. Su mano libre descendió entre sus cuerpos, envolviendo la polla dura y goteante de Sanji, empezando a masturbarlo con movimientos firmes y rítmicos, sincronizados con sus embestidas.
Sanji se mordió el labio hasta casi sangrar, un gemido ahogado escapando de su garganta mientras el placer se duplicaba. La mano de Zoro era áspera, callosa por el entrenamiento con las espadas, pero sabía exactamente cómo apretar, cómo deslizar el pulgar sobre el glande sensible, esparciendo el pre-semen que brotaba abundantemente.
“N-no... cállate, marimo idiota”, protestó débilmente, pero su cuerpo lo traicionaba, empujando sus caderas hacia arriba para encontrarse con la mano y la polla al mismo tiempo. El calor en su vientre se acumulaba, moviendose como una serpiente lista para atacar, acercándolo peligrosamente al borde.
“Oh, ¿te molesta que te diga la verdad?“, continuó Zoro, su tono humillante, bajando la voz para que cada palabra se clavara como una daga. “Admítelo, omega. Has estado fingiendo todo este tiempo porque sabías que en el fondo querías esto: un alfa de verdad que te ponga en tu lugar. Imagina si la tripulación supiera... Nami-san te vería como la perra sumisa que eres, Luffy se reiría de ti por ser tan débil”. Acentuó sus palabras con una embestida particularmente brutal, haciendo que Sanji gritara, y al mismo tiempo aceleró el ritmo de su mano, masturbándolo con más fuerza, el sonido obsceno de piel contra piel uniéndose al chapoteo del slick.
Sanji temblaba, lágrimas de frustración y placer acumulándose en las comisuras de sus ojos. Estaba tan cerca, el orgasmo a punto de estallar, su polla palpitando en la mano de Zoro. Pero el alfa lo notó, y con una sonrisa cruel, soltó su erección de golpe, dejando a Sanji colgando en el vacío.
“No todavía”, gruñó, y entonces usó su Voz de Mando, esa entonación alfa profunda y dominante que resonaba en los huesos de un omega, obligándolo a obedecer instintivamente. “No te corras, Sanji. Aguanta”.
El cuerpo de Sanji se tensó involuntariamente, el orgasmo retrocediendo como si una barrera invisible lo bloqueara. Gimió de frustración, sus uñas rastrillando la espalda de Zoro, dejando surcos rojos.
“¡Maldito seas! ¿Por qué...?“, jadeó, pero el mando era absoluto; su cuerpo no podía liberarse sin permiso. Zoro rio de nuevo, incorporándose ligeramente para cambiar de posición. Con un movimiento fluido, giró a Sanji sobre su estómago, levantando sus caderas para que quedara de rodillas, el culo expuesto y vulnerable. Volvió a entrar en él desde atrás, el ángulo nuevo permitiendo una penetración aún más profunda, rozando su prostata con cada moviemiento.
“Ahí estás, presentándote como una buena omega”, se burló Zoro, sus manos grandes aferrándose a las caderas de Sanji, clavando los dedos en la carne pálida. “Todo este tiempo cocinando para nosotros, sirviéndonos... era práctica para esto, ¿verdad? Para servir a un alfa como yo”. Volvió a alcanzar alrededor, envolviendo de nuevo la polla de Sanji y masturbándolo con lentitud tortuosa, building el placer de nuevo mientras follaba con ritmo constante. Sanji enterró la cara en la almohada, mordiéndola para sofocar sus gemidos, pero no podía ocultar cómo su cuerpo respondía, empujando hacia atrás contra Zoro, rogando por más.
El alfa no se contentó con eso. Levantó una mano y la dejó caer con fuerza sobre el culo de Sanji, un azote resonante que dejó una marca roja en la piel. Sanji gritó, el dolor agudo mezclándose con el placer, haciendo que su entrada se apretara alrededor de la polla de Zoro.
“Eso es por todas las veces que me llamaste idiota”, gruñó Zoro, azotándolo de nuevo, más fuerte, el sonido ecoando en el camarote. “Y esto por fingir ser algo que no eres”. Otro azote, y otro, alternando mejillas, hasta que el culo de Sanji ardía, sensible y enrojecido, cada golpe enviando ondas de calor directo a su polla, que Zoro seguía masturbando sin piedad.
Sanji estaba al borde otra vez, sollozando ahora, su orgullo hecho trizas.
“Por favor... Zoro, déjame...“, suplicó, pero el alfa negó con la cabeza, soltando su polla una vez más y usando de nuevo la Voz de Mando. “No te corras. Aún no has aprendido tu lección”. El mando lo golpeó como una ola, forzando su cuerpo a retroceder del clímax, dejando a Sanji temblando, sudado, con la humedad goteando por sus muslos. Zoro continuó follando, sus embestidas ahora más lentos pero profundos, el nudo hinchándose más, rozando la entrada con cada movimiento, amenazando con atarlos pronto.
“¿Ves lo patético que eres?“, continuó la charla humillante, la voz de Zoro un ronroneo cruel mientras azotaba de nuevo, esta vez más suave pero repetidamente, haciendo que Sanji se retuerza. “Llorando por mi polla, rogando como una perra. Si Usopp entrara ahora, te vería así: culo rojo, abierto y lleno de mí. ¿Qué dirías entonces, eh? ¿Que eres un alfa? Ja”. Su mano volvió a la polla de Sanji, masturbándolo con movimientos expertos, el pulgar presionando la vena sensible en la base, llevándolo al borde por tercera vez. Sanji gemía incoherentemente, su cuerpo entero convulsionando, pero el mando anterior aún lo retenía.
Zoro lo azotó una última vez, fuerte, y luego se inclinó sobre él, su pecho contra la espalda sudorosa de Sanji, mordisqueando su oreja.
“Bien, omega. Has sido bueno aguantando. Ahora... córrete para mí“. La Voz de Mando esta vez fue permisiva, liberando la barrera, y Sanji explotó al instante. Su orgasmo lo arrasó como una tormenta, su polla pulsando en la mano de Zoro, eyaculando chorros calientes sobre las sábanas mientras sus paredes internas se contraían violentamente alrededor de la polla del alfa. Gritó el nombre de Zoro, alto y roto, el placer tan intenso que vio estrellas.
Eso fue suficiente para Zoro. Con un rugido primal, empujó una última vez, forzando su nudo completamente hinchado dentro de Sanji, atándolos juntos. El nudo se expandió, sellándolos, y Zoro se corrió con fuerza, inundando el interior del omega con semen caliente, pulso tras pulso. Sanji gimió ante la sensación de plenitud, el nudo presionando contra su próstata, prolongando su propio clímax en ondas residuales. Permanecieron así, jadeantes, Zoro dejando caer su peso parcialmente sobre Sanji, su nudo asegurando que no pudieran separarse por al menos media hora.
El alfa lamió la glándula mordida en el cuello de Sanji, un gesto posesivo, mientras su mano aún rodeaba la polla ahora sensible del omega, dándole caricias suaves post-orgasmo.
“Buen chico”, murmuró, la humillación dando paso a una satisfacción ronca. Sanji, exhausto y saciado, no tuvo fuerzas para protestar. Solo cerró los ojos, sintiendo el nudo palpitar dentro de él, un recordatorio de que, al menos por esa noche, pertenecía a Zoro. El camarote olía a sexo y feromonas mezcladas, y en el silencio roto solo por sus respiraciones, el odio se había transformado en algo más complicado, más profundo.