ONE SHOT
La Visita de Charlie
El rugido de los motores aún resonaba en los oídos de Charlie mientras caminaba por el pasillo que llevaba a los talleres de X Hunter.
El aire olía a gasolina, caucho quemado y esa energía eléctrica particular que dejaban las carreras. Había visto a Babe desde el palco, esa figura esbelta y poderosa cortando el aire con una precisión que parecía sobrenatural, incluso para los estándares de un Alfa especial. Ganó, por supuesto. Siempre ganaba. El Rey de la Pista.
Al cruzar la puerta del taller principal, el ambiente cambió. El lugar era un caos organizado: motores desmontados, llantas apiladas, herramientas brillando bajo las luces fluorescentes. Y en el centro, apoyado contra su motocicleta, estaba Babe, quitándose el casco. Su cabello oscuro, empapado de sudor, cayó sobre su frente. Aún respiraba aceleradamente, su cuerpo emanaba el calor y la adrenalina de la competencia.
Babe no lo vio entrar de inmediato. Estaba revisando un arañazo en el carenado, su ceño fruncido en esa expresión gruñona que todos en el equipo conocían y temían un poco. Un Alfa especial, superior en fuerza y resistencia, con un carácter a juego.
—¿Busca a alguien a quien morder, campeón?— preguntó Charlie, con voz suave pero clara, proyectándose sobre el ruido residual del taller.
Babe se giró. Y, como siempre que veía a Charlie, su expresión se transformó. La dureza de sus facciones se suavizó, la tensión en sus hombros se relajó un ápice y una sonrisa genuina, reservada únicamente para Charlie, apareció en sus labios.
—Cachorro.— soltó el apodo sonando a caricia. Dejó el casco sobre el asiento y cerró la distancia entre ellos en tres zancadas largas.
Charlie sintió la ola de calor que desprendía Babe, mezclada con su aroma único: metal caliente, aire libre y esa esencia profunda y picante de Alfa especial que a Charlie, como Enigma, no lo sometía, pero sí lo atraía intensamente.
Babe rodeó el cuello de Charlie con sus brazos, sus manos aún enfundadas en guantes de cuero, pero su tacto fue deliberadamente suave. Charlie inclinó la cabeza y capturó los labios de Babe en un beso. Era un beso salado por el sudor, cálido por el esfuerzo y profundamente familiar.
Charlie deslizó sus manos por la espalda tensa de Babe, bajando por la columna vertebral, sintiendo los músculos contraídos bajo el traje de cuero, hasta posarse, sin disimulo, en las nalgas firmes de su novio.
Babe rompió el beso con una risa baja, gutural, vibrante. Una risa que pocos habían escuchado. Dejó caer la frente sobre el hombro de Charlie.
—Cuida esas manos, Cachorro.— murmuró contra el cuello de Charlie, su voz un ronroneo de advertencia y complicidad.
Charlie no las retiró. Al contrario, apretó suavemente, sintiendo la potencia contenida allí. Sonrió, sus sentidos sobrehumanos captando cada latido acelerado del corazón de Babe, cada cambio en su respiración, el olor de su satisfacción y su deseo.
—Eres mi novio.— recordó Charlie, su voz firme pero llena de afecto.— Y si tú no tienes problemas con ello, te seguiré tocando. Me gusta recordar que el temido "Rey de la Pista" es mío. Sólo mío.
Babe alzó la cabeza. Sus ojos, de un tono ámbar intenso, brillaban con una mezcla de cansancio, triunfo y amor absoluto.
—¿Problemas?— refunfuñó, pero sin verdadera aspereza. Se inclinó para darle otro beso rápido en los labios a Charlie.— La única persona en este planeta que puede poner sus manos donde le dé la gana en mí, eres tú. Y lo sabes.
—Lo sé.— admitió Charlie, finalmente retirando una mano para acariciar la mejilla sucia de grasa y sudor de Babe.— Fue una carrera impresionante. Los superaste a todos antes de la primera curva. Ni siquiera tuvieron oportunidad.
—Son Betas y Alfas comunes.— dijo Babe, encogiéndose de hombros como si nada, pero Charlie veía la chispa de orgullo en sus ojos. Le gustaba impresionar a Charlie.— No es una competencia justa.
—Para ellos, no.— concordó Charlie, sonriendo.— Felicidades, amor. Estuviste…sublime.
Babe gruñó, un sonido de puro placer, y enterró la nariz en el hueco del cuello de Charlie, inhalando profundamente. Para el resto del mundo, Babe era una fuerza de la naturaleza, intimidante, brusca, impredecible.
Pero en los brazos de Charlie, se permitía ser simplemente Babe. El hombre que, hace cuatro años, había encontrado en un Enigma no un rival, sino un puerto.
—¿Vienes a casa?— preguntó Babe, sin separarse .— Necesito una ducha. Y tú, probablemente, tienes alguna poción nueva o un informe del laboratorio que revisar.
—Sí a las tres cosas.— rió Charlie.— Pero primero, quiero que cenes algo. Usaste mucha energía hoy. Y no, la "energía" no cuenta como comida.
Babe por fin se separó, con una sonrisa juguetona.
—Ordenas mucho para ser un cachorro.
—Soy un Enigma, mi sol.— corrigió Charlie, con dulzura pero con la autoridad natural de quien estaba en la cima de la cadena.— Y tu novio. Y tu nutricionista no oficial. Así que, sí. Ordeno. ¿Vienes?
Babe suspiró, exageradamente resignado, pero tomó la mano de Charlie.
—Sí, voy. Pero sólo porque tus fórmulas son las únicas que me quitan las agujetas después de correr. Y porque…— bajó la voz, aunque estaban solos.— Porque te quiero, Charlie.
Charlie le apretó la mano, su corazón, tan poderoso y sobrehumano, latiendo con una ternura que sólo Babe podía provocar.
—Yo también te quiero, Babe. Ahora, muévete, Rey de la Pista. Tu público de uno te espera.
Y juntos, el Enigma y el Alfa especial, salieron del taller hacia la noche, dejando atrás el rugido de los motores por el silencio compartido de su amor.
La Sombra en la Pista
Al día siguiente tenía el cielo despejado y un sol que reverberaba sobre el asfalto de la pista de carreras. Charlie ocupaba su lugar habitual en el palco, una taza de café entre sus manos, sus sentidos amplificados sintonizados con el mundo que lo rodeaba.
Podía oler la gasolina, la adrenalina de la multitud, el nerviosismo de los mecánicos. Y, sobre todo, podía percibir la firma energética única de Babe: un núcleo de poder concentrado y decidido, mezclado con ese aroma a tormenta contenida que era solo suyo.
La carrera fue un espectáculo de precisión brutal. Babe, en su motocicleta negra y roja, era un torbellino controlado. Superó a sus rivales con una agresividad calculada, tomando curvas imposibles y acelerando en las rectas hasta que el motor parecía gritar de pura emoción. Ganó, por supuesto. El rugido del público llenó el estadio. "¡El Rey! ¡El Rey de la Pista!"
Charlie sonrió, orgulloso. Bajó al área de boxes, esperando como siempre junto a la entrada del taller de X-Hunter para felicitar a su novio. Pero se detuvo en seco.
Entre el gentío de mecánicos, periodistas y miembros de otros equipos, vio a Babe.
Estaba quitándose el caso, riendo con una carcajada que no era la suya reservada y baja, sino más abierta, expuesta. Junto a él, con un brazo descaradamente apoyado en el hombro de Babe, estaba un piloto del equipo rival, Vortex Racing. Llevaba el overol desabrochado hasta la cintura, mostrando un torso sudoroso. Willy. Charlie conocía el nombre. Un Alfa veloz, pero de una categoría inferior. Presumido.
Lo que captó la atención de Charlie no fue la charla, sino el lenguaje corporal. La mano de Willy, que supuestamente golpeaba el hombro de Babe en un gesto de "buena carrera", se deslizaba, se quedaba. Los dedos rozaban el cuello de Babe, la clavícula expuesta por el traje desabrochado. Luego, en un movimiento que para cualquier otro habría pasado desapercibido, esa misma mano bajó y se posó, con una familiaridad que hizo hervir la sangre de Charlie, en la cintura de Babe. No un golpe entre compañeros. Una posesión.
Y Babe...Babe no se apartó. No gruñó. No lanzó esa mirada de advertencia que congelaba a cualquiera. Sonreía. Asentía a algo que Willy decía, con esa misma sonrisa relajada, distendida. Una sonrisa que Charlie creía reservada para sus momentos más íntimos, para los domingos perezosos en el sofá.
Una punzada fría, completamente nueva y venenosa, atravesó el pecho de Charlie. No eran celos comunes. Era el instinto de un Enigma, la criatura en la cúspide de la cadena, viendo una intrusión en su territorio.
Su audición, agudizada al máximo, captó fragmentos.
—... increíble maniobra en la curva siete, Babe. Tendrías que enseñarme algún día.— decía Willy, su voz untuosa.
Babe se encogió de hombros, todavía sonriendo.
—Quizá. Si pagas suficiente.
Una risotada de Willy. Su mano apretó ligeramente la cintura de Babe antes de retirarse, demasiado lento para el gusto de Charlie.
—Lo que sea por una lección del Rey.
Charlie no se movió. Permaneció inmóvil como una estatua, observando cómo la interacción terminaba y Babe, finalmente, se giraba y caminaba hacia el taller, todavía con la sonrisa en los labios. No había visto a Charlie.
El Enigma respiró hondo, conteniendo la tormenta de sensaciones que quería desatarse. Su inteligencia, superior, analizaba fríamente: Contacto innecesario. Sonrisa prolongada. No hubo rechazo. Su corazón, sin embargo, solo sentía el frío.
Esperó. Minutos que se sintieron como horas.
Finalmente, la puerta del taller se abrió y Babe salió, ya sin el traje de cuero, con una camiseta ajustada del equipo y el cabello húmedo. Al ver a Charlie, su expresión se iluminó con genuina alegría.
—¡Cachorro!— exclamó, cerrando la distancia con sus pasos largos. Sin preámbulos, rodeó el cuello de Charlie con un brazo y le plantó un beso firme en los labios.— ¿Lo viste? ¡Les destrocé en la recta final!
Charlie devolvió el beso. Pero sus labios estaban tensos, su beso fue breve, un roce correcto pero sin la calidez habitual. No rodeó a Babe con sus brazos. Los mantuvo a los lados.
—Sí, lo vi.— respondió Charlie, su voz serena, demasiado controlada.— Fuiste impecable.
Babe, ebrio de adrenalina y victoria, no notó la diferencia. Soltó a Charlie y pasó una mano por su pelo.
—Este circuito es un juego de niños. Vamos, quiero ducharme. Huele a combustible y a idiotas presumidos.— dijo, refiriéndose a sus rivales, pero con un tono que ahora sonaba hueco para Charlie.
Caminaron hacia el estacionamiento en silencio. O más bien, Babe caminaba hablando animadamente de la carrera, de cada maniobra, y Charlie escuchaba, con una sonrisa cortés pegada a su rostro. Dentro, sus pensados giraban en espirales oscuras. ¿Quién era Willy? ¿Por qué lo tocaba así? ¿Por qué Babe se lo permitía?
Al subir al auto deportivo de Charlie, el silencio se instaló. Babe buscó la mano de Charlie sobre la palanca de cambios.
—¿Estás bien?— preguntó por fin, un atisbo de percepción asomando.— Te veo…callado.
Charlie miró la carretera, sus ojos reflejando las luces de la ciudad que empezaba a anochecer.
—Estoy bien.— mintió, su voz suave pero firme.— Solo pensando en una fórmula que no termina de encajar en el laboratorio.
Babe asintió, aceptando la explicación fácil.
Se reclinó en el asiento.
—Bueno, apaga ese cerebro un rato. Tengo hambre. ¿Hay más de ese salteado de anoche?
—Sí.— dijo Charlie.— Hay.
La casa parecía más silenciosa que de costumbre. Charlie se movió por la cocina como un autómata, preparando la comida.
Babe se duchó y bajó, envuelto en su bata, buscando calor físico como siempre. Se acercó por detrás mientras Charlie removía la sartén y lo abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.
—Huele incluso mejor que ayer.— murmuró, sus labios rozando la oreja de Charlie.
Charlie se tensó. La imagen de la mano de Willy en esa misma cintura, la sonrisa de Babe, se interpuso como una película. Se deslizó suavemente del abrazo, con el pretexto de alcanzar la sal.
—Casi está.— dijo, sin mirarlo.
Babe frunció el ceño, esta vez notando la frialdad. Se sentó en el taburete, observando a Charlie con esa mirada penetrante que usaba en la pista para analizar a sus rivales.
—Oye.— dijo, su voz perdiendo la tonalidad relajada.— ¿Qué pasa?
—Nada.— respondió Charlie, sirviendo la comida en los platos con una precisión quirúrgica.— Cena.
—"Nada" no es una respuesta, Charlie.— la voz de Babe adquirió un dejo de su habitual aspereza.— Llevas media hora actuando como si yo fuera un cliente en tu laboratorio, no tu novio. ¿Es la fórmula? ¿Algo salió mal?
Charlie puso los platos en la mesa con un suave golpe. Finalmente, alzó la mirada. Sus ojos, normalmente cálidos y curiosos, estaban fríos como el cristal de sus probetas.
—¿Cómo te fue con los demás pilotos después de la carrera?— preguntó, su tono era de pura curiosidad clínica, pero el subtexto cortaba el aire.
Babe parpadeó, desconcertado.
—¿Qué? Bien, supongo. Los de siempre. ¿Por qué?
—Vi que hablabas con alguien de Vortex.— continuó Charlie, tomando su tenedor pero sin tocar la comida.— Willy, ¿no es así? Parecía muy…amistoso.
La expresión de Babe cambió. De la confusión pasó a una comprensión lenta, y luego a una incredulidad irritada.
—¿Willy? Sí, es un idiota, pero no está mal como piloto. Se acercó a felicitarme. Eso es todo.
—"Felicitarte".— repitió Charlie, la palabra cayendo como una losa.— Sus métodos de felicitación son bastante…táctiles.
Babe lo miró fijamente. Luego, una carcajada seca y sin humor se le escapó.
—¿Estás…celoso? — preguntó, como si la idea fuera absurda.— ¿De Willy? Por el amor de Dios, Charlie, es un Alfa presuntuoso que quisiera ser la mitad de lo que soy. Su contacto fue irrelevante.
—No te apartaste.— señaló Charlie, su voz ahora un hilo de acero.— Sonreías. No sonreías así cuando Kim, de tu propio equipo, te dio una palmada en la espalda la semana pasada y casi le rompiste la mano.
Babe se puso de pie, su propia energía de Alfa especial comenzando a emanar, caliente y áspera.
—¿Estás vigilando mis sonrisas ahora?— espetó.— ¿Analizando cada interacción? ¿Eso es lo qué hace ahora el gran Enigma? ¿Espiar y sacar conclusiones estúpidas?
—No tuve que espiar.— replicó Charlie, también de pie. Su presencia, normalmente contenida, se expandió. No era una amenaza física hacia Babe, sino una afirmación de poder. La habitación parecía volverse más densa, el aire más difícil de respirar.— Estaba allí. Lo vi. Y lo sentí. Su intención no era de "camaradería", Babe. Y tú, por alguna razón, la aceptaste.
—¡No acepté nada!— rugió Babe, golpeando la mesa con la palma de la mano. El ruido fue estruendoso en el silencio tenso.— Fue una interacción normal después de una carrera. ¡Tú no entiendes cómo es esto! No estás en la pista, no sabes el código, la…
—¡Yo sé cuando alguien está marcando territorio!— interrumpió Charlie, su voz elevándose por primera vez, no en volumen, sino en intensidad pura. Sus ojos brillaban con una luz extraña.— ¡Y sé cuando mi pareja no establece los límites que debería! ¿Te gusta su atención, Babe? ¿La adulación de un Alfa inferior te hace sentir bien?
La palabra "inferior" resonó como un latigazo.
Babe palideció, no por miedo, sino por una furia hirviente.
—¿Así qué ahora soy un frágil Alfa que no puede manejar un poco de atención?— preguntó, su voz peligrosamente baja—. ¿Eso piensas de mí? Después de cuatro años. Después de todo. ¿Un idiota me toca el hombro y tú decides qué estoy buscando algo más?
Charlie respiró con dificultad. La rabia y el dolor se entrelazan dentro de él, nublando su legendaria claridad mental.
—No dije eso.— susurró.
—¡Lo insinuaste!— gritó Babe.— Vaya, el poderoso Enigma, dueño de laboratorios y salvador de todos, resulta que es inseguro. ¿Es eso? ¿Mi fuerza te hace sentir qué no te necesito, Charlie? ¿Y ahora buscas fantasmas para probar qué sí?
Esa frase golpeó en lo más profundo de Charlie. Retrocedió un paso, como si lo hubieran abofeteado. El aire cargado de energías en conflicto —la furia de Alfa especial, el frío dominio del Enigma— hacía vibrar los cristales de la vajilla.
—No quiero probar nada.— dijo Charlie, su voz recuperando una calma mortal, el tipo de calma que precede a una tormenta.— Solo quiero entender. Porque lo que vi hoy no fue el Babe que conozco. El Babe que conozco habría despachado a Willy con una mirada. No habría…disfrutado del espectáculo.
Babe sacudió la cabeza, una mezcla de decepción y rabia en sus ojos.
—No disfruté nada. Me relajé después de una victoria. Eres tú quien está haciendo una película de esto. ¿Y sabes qué, Charlie?— su voz se quebró ligeramente, revelando el dolor bajo la ira.— Duele. Duele que después de todo este tiempo, tu confianza en mí sea tan frágil.
Giró sobre sus talones y salió de la cocina, subiendo las escaleras hacia el dormitorio. La puerta se cerró con un portazo que resonó en el corazón helado de Charlie.
Charlie se quedó solo, rodeado por la comida que se enfriaba y los ecos de su primera pelea verdadera. El silencio que siguió fue el más ensordecedor que había experimentado, peor que cualquier ruido que sus oídos sobrehumanos pudieran captar. Se dejó caer en una silla, mirando el plato de Babe. El aroma de la fórmula, diseñada para cuidarlo, para repararlo, ahora le parecía un amargo recordatorio.
Había ganado todas las batallas en la pista.
Pero en el campo minado de sus emociones, ambos acababan de sufrir una brutal colisión.
Y Charlie, por primera vez en su vida, no tenía una fórmula, una poción o un plan para arreglar lo que se había roto.
La Rendición y la Confesión
La hora que pasó fue la más larga de la vida de Charlie. El silencio del loft era opresivo, cargado con los ecos de sus acusaciones y el portazo final. Se quedó en la cocina, viendo cómo la grasa del salteado se coagulaba, un espejo nauseabundo de cómo se sentía por dentro. Su intelecto, normalmente una herramienta de precisión, solo generaba bucles de dolor: la imagen de la mano de Willy, la sonrisa de Babe, su propia reacción desproporcionada.
Finalmente, con el peso del mundo sobre los hombros, subió las escaleras. La puerta del dormitorio estaba cerrada. No llamó.
Simplemente la abrió y entró.
Babe estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda hacia la puerta, mirando la ciudad a través del ventanal. Su postura era rígida, pero no de ira, sino de una profunda fatiga. No se giró.
Charlie se detuvo a unos pasos, el corazón latiéndole con una fuerza que parecía humana, frágil.
—Babe.— dijo, su voz ronca por la tensión contenida.— Necesito…necesito disculparme.
Babe no se movió.
—No fue mi intención…insinuar que no eres capaz o que buscas algo.— Charlie tragó saliva, buscando las palabras exactas, las que curaran en lugar de dañar.— Es que…lo que vi…mis sentidos lo captaron todo. No solo el contacto, sino la intención detrás. La admiración lasciva en su energía, el deseo de posesión en su toque. Y cuando te vi sonreír, mi cerebro, este cerebro sobrehumano y estúpido, interpretó que estabas aceptando esa…esa intrusión. No pensé. Solo sentí. Y lo que sentí fue un miedo atroz.
Por primera vez, Babe giró ligeramente la cabeza, un perfil recortado contra la luz de la ciudad.
—Miedo.— repitió, la palabra sonando extraña en sus labios.
—Sí.— susurró Charlie, acercándose un paso más.— Miedo a que esa parte de ti que es tan magnética, tan imantada para los demás, encontrara en otra persona un motivo para brillar de una manera que no fuera la nuestra. Fue irracional. Fue egoísta. Fue…humano. Demasiado humano para un Enigma.
Se detuvo, esperando una reacción. Una palabra. Un gruñido. Algo. Pero Babe solo lo miraba de perfil, su expresión inescrutable.
Charlie continuó, desesperado por hacerle entender.
—Tienes razón, no conozco los códigos de la pista como tú. Solo conozco mis propios códigos, y el principal es que eres mío y yo soy tuyo. Y ver una amenaza, real o percibida, a eso…me desequilibró. Lo siento. Lo siento por no confiar. Por no preguntar antes de acusar.
Charlie esperó. El silencio se prolongó.
Entonces, notó algo. Los ojos de Babe, aunque mirando hacia él, parecían vidriosos, distantes. No estaba procesando las palabras. No estaba escuchando de verdad.
Estaba en otra parte, encerrado en su propia fortaleza de orgullo herido.
Un calor repentino, no de pasión sino de frustración pura, comenzó a arder en el pecho de Charlie. Había bajado sus defensas, había mostrado su vulnerabilidad, y Babe…Babe estaba ausente.
—¿Estás siquiera escuchándome?— La voz de Charlie cambió. Perdió la suplicante ternura y adquirió un tono más profundo, más resonante.
Babe parpadeó, como saliendo de un trance, pero su mirada seguía siendo evasiva, casi desafiante en su pasividad.
Fue entonces cuando el control de Charlie se quebró. No con violencia física, sino con una transformación interna que se manifestó al instante. Sus ojos, normalmente de un color claro y observador, se inundaron de un rojo carmesí intenso y luminoso, como rubíes líquidos bañados en la luz del atardecer. No era un efecto óptico; era la energía misma de un Enigma, el poder en la cima de la cadena, vislumbrando a través de la ventana de su alma, desbordada por la emoción cruda.
—Babe.— Su nombre no fue dicho, fue emitido, una vibración que hizo temblar el aire de la habitación.— No me ignores. No tienes ese privilegio. No después de lo que acaba de pasar. He bajado mi guardia para ti, he mostrado la parte de mí que a nadie más se le permite ver, y tú te atreves a desconectarte. ¿Tan poco te importa mi disculpa? ¿Tan poca consideración tienes por lo qué siento?
Su voz no era un grito, era una fuerza de la naturaleza, un regaño cargado de una autoridad ancestral que exigía sumisión absoluta. Cada palabra era un latigazo de poder crudo, diseñado para atravesar cualquier barrera de desinterés.
—Eres fuerte, eres magnífico, eres el Rey de tu maldita pista, pero frente a mí, en esto, en nosotros, no puedes darte el lujo de la indiferencia. Te exijo que me mires. Que me escuches. Que me sientas.
Y entonces, justo cuando el aura de poder de Charlie llenaba la habitación, sofocante e indomable, sucedió. Charlie, a través de su hiper-percepción, lo sintió antes de verlo: un cambio sísmico en las feromonas de Babe.
La ira herida, la resistencia, el orgullo…se disolvieron como azúcar bajo la lluvia. De la piel de Babe emergió una oleada distinta, caliente, espesa y dulcemente picante. No era el aroma de un Alfa desafiante. Era deseo.
Deseo puro, desencadenado, eléctrico. Un aroma a tormenta que se convierte en lluvia cálida, a metal al rojo vivo sumergido en miel.
Era la respuesta biológica más primitiva y honesta de un Alfa especial frente al despliegue de dominio absoluto de su Enigma.
Charlie se sintió aún más furioso. ¿Era esto una broma? ¿Su dolor, su regaño, su poder, lo excitaba?
—¿De verdad?— rugió Charlie, sus ojos rojos brillando con una mezcla de incredulidad y furia.— ¿Esto es lo qué te mueve? ¿Mi enojo? ¿Mi…celosía convertida en poder? ¿Eres tan…?
—¡Sí!
La interrupción de Babe no fue un grito, fue una confesión arrancada del pecho. Se levantó de un salto de la cama. No había rastro de la pasividad anterior. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad feroz, pero no de pelea. De rendición ardiente.
—¡Sí, Charlie! ¡Sí!— repitió, cerrando la distancia entre ellos en dos pasos largos. Su energía de Alfa especial ya no chocaba con la de Charlie; la rodeaba, la adoraba, se fundía con ella en una danza de opuestos magnéticos.— Me disculpo. Yo también. Por no escuchar. Por no darme cuenta de cómo se vería. Por no haberle partido la mano a ese imbécil en el acto. No volverá a pasar. Lo juro. No dejaré que nadie con dobles intenciones se acerque. Lo entiendo ahora.
Su voz bajó a un susurro ronco, íntimo.
Estaba tan cerca que Charlie podía sentir el calor de su cuerpo, inhalar el delicioso y embriagador aroma a deseo que emanaba de él.
—Entiendo.— continuó Babe, su mirada recorriendo el rostro de Charlie, deteniéndose en esos ojos rojos que lo hipnotizaban.— porque estuve una hora aquí, solo, pensando. Pensando en tu cara. En tu fría, controlada, perfectamente furiosa cara en la cocina. Y entonces…
Babe alzó una mano y la posó con suavidad, casi reverencia, en el cuello de Charlie. Su pulgar acarició la línea de la mandíbula. La otra mano la deslizó sobre el pecho de Charlie, palmeando el lugar donde latía su corazón acelerado.
—…entonces descubrí algo.— confesó Babe, su aliento caliente en la piel de Charlie. Se inclinó, dejando que sus labios rozaran la oreja de Charlie en un susurro que era pura provocación.— Descubrí que me gusta. Me gusta mucho. Verte celoso. Verte posesivo. Ver cómo esa armadura de Enigma calmado y perfecto se cae a pedazos por mí. Por mí, Charlie.
Dejó un beso suave justo debajo de la oreja de Charlie. Un escalofrío eléctrico recorrió la espina dorsal de Charlie.
—Siempre eres tan fuerte, tan sereno, el que tiene el control de todo.— murmuró Babe entre besos que trazaban una línea ardiente por su cuello.— Pero esta noche…esta noche estabas fuera de control. Por mí. Porque creíste que podías perderme. Eso…— Otro beso, más firme, en la clavícula.— Eso me hizo sentir más poderoso, más tuyo, más deseado que cualquier trofeo, que cualquier victoria en la pista.
Charlie contuvo la respiración. El rojo carmesí de sus ojos empezaba a palidecer, disipándose ante la abrumadora ola de sinceridad y deseo de Babe. La furia se transformaba en algo más complejo, más profundo.
Babe separó sus labios del cuello de Charlie solo lo suficiente para mirarlo directamente a los ojos, ahora de un rojo atenuado a un brillo cálido.
—Así que, sí, Cachorro.— dijo Babe, usando el apodo con una cadencia nueva, llena de adoración y desafío.— Enfádate. Sé celoso. Sé posesivo. Muéstrame que soy tuyo hasta la médula. Porque yo…— Guió la mano de Charlie para que rodeara su propia cintura, la misma que Willy había tocado.— …porque yo te pertenezco. Solo a ti. Y ver tu poder, ese poder que a todos aterra, derramarse por mí de esa manera…es lo más excitante que he sentido en mi vida.
La confesión cayó entre ellos, disolviendo los últimos vestigios de tensión. Ya no había acusaciones, ni defensas. Solo la verdad cruda y vulnerables de dos hombres poderosos que acababan de descubrir una nueva capa en su deseo.
Charlie, por fin, movió las manos que habían estado inertes a sus costados. Una se enredó en el cabello húmedo de Babe, tirando de él suavemente para unir sus miradas. La otra se aferró a la cintura de Babe, reclamándola, marcándola.
—Eres insufrible.— murmuró Charlie, pero su voz estaba cargada de una ternura feroz, de un deseo que igualaba al de Babe.
—Y soy tuyo.— susurró Babe, sellando la promesa con un beso que no era de disculpa, ni de reconciliación suave. Era un beso de reclamación mutua. Un beso que sabía a victoria compartida, a límites redefinidos, a un amor que no solo sobrevivía a la tormenta, sino que salía de ella más ardiente, más posesivo y más profundamente unido que nunca.
La Reclamación
El beso de Babe era una promesa ardiente, pero la necesidad que bullía bajo la piel de Charlie exigía más. Necesitaba una afirmación tangible, primaria. Rompió el beso, jadeando, sus ojos aún brillando con el último destello de carmesí. Babe lo miró, desafiante y entregado, y luego inclinó la cabeza, exponiendo la larga y poderosa línea de su cuello.
Pero no fue Charlie quien mordió.
Con un gruñido bajo y posesivo, Babe cerró los dientes en el punto donde el cuello de Charlie se unía al hombro. No fue una mordida para marcar o herir, sino una de reclamación inversa. Un Alfa especial, sometiéndose pero a la vez dejando su propio sello en la piel del Enigma que lo dominaba.
El dolor fue agudo, dulce, y una sacudida de puro deseo electrizó a Charlie de la cabeza a los pies.
Babe separó los labios, dejando la piel enrojecida y sensible, y susurró contra ella, el aliento caliente:
—Vamos, Cachorro…Quiero sentirte. Todo. Ahora.
Esa frase, esa entrega explícita, hizo saltar el último resorte de control en Charlie. Un sonido grave, casi un rugido, emergió de su pecho. Sus manos, con la fuerza y velocidad sobrehumanas que rara vez usaba en su plenitud, se aferraron a los bordes de la camiseta de Babe. Con un desgarro limpio y brutal, la tela se partió en dos de arriba a abajo, revelando el torso cincelado, sudoroso y palpitante del Alfa.
Babe no se quedó atrás. Una sonrisa feroz y complacida se dibujó en sus labios. Sus propias manos, fuertes y hábiles, se colaron por dentro de la costosa camisa de Charlie.
No se molestó con los botones. Agarró el cuello y el frente de la tela y desgarró con fuerza Alfa, rasgando la prenda y arrojando los jirones a un lado, exponiendo el torso más esbelto pero increíblemente definido de Charlie.
Ahora, piel contra piel, el calor era una forja. Charlie no perdió un segundo. En un movimiento fluido, su mano se enroscó en la nuca de Babe, no con caricia, sino con dominio absoluto. Lo atrajo y devoró su boca.
Este beso no tenía nada de exploratorio. Era una toma de posesión, húmedo, profundo, con lenguas luchando y saboreándose, lleno del sabor a ira convertida en deseo y a la confesión intoxicante de Babe.
Caminaron, o más bien tropezaron, hacia la cama, sin separar los labios, chocando contra los muebles sin importarles. Cuando la parte trasera de las piernas de Babe golpeó el colchón, Charlie lo empujó. Babe cayó sobre la espalda, rebotando en las sábanas, y sin vacilar, con un acto de entrega que le quitó el aliento a Charlie, abrió sus piernas, invitándolo al espacio entre ellas.
La vista hizo que a Charlie le ardiera la sangre. Su Babe, su Alfa fuerte, orgulloso y malhumorado, recostado y ofrecido, los ojos ámbar oscuros por el deseo, mirándolo con una mezcla de desafío y sumisión total.
—Me encanta verte así.— ronroneó Charlie, su voz áspera por la pasión, mientras se arrodillaba entre los muslos abiertos de Babe. Sus manos recorrieron la piel interna de sus muslos, sintiendo los músculos temblar bajo su tacto.— Abierto para mí. Solo para mí.
Una de sus manos se deslizó hacia el centro de Babe, donde su erección, gruesa e imponente, se alzaba contra su abdomen.
Charlie la tomó con firmeza, no con delicadeza, y comenzó a masturbar con largas y lentas carreras, usando el líquido preseminal que ya asomaba en el ápice como lubricante.
—Mira lo que me haces, mi amor.— murmuró Charlie, observando cómo el pene de Babe palpitaba en su puño, cómo su cuerpo se arqueaba levemente.— Todo este poder, esta fuerza…puesta en mi mano. Rendida a mi tacto.
—Charlie…— jadeó Babe, sus manos aferrando las sábanas.
—No.— cortó Charlie, inclinándose sobre él. Su otra mano liberó el cuello de Babe para posarse a su lado, encerrándolo.— Dilo. Dime lo que sientes, mi amor.
—Me…me vuelves loco.— confesó Babe, entrecortadamente.— Me vuelves débil. Me encanta.
—No eres débil.— corrigió Charlie, bajando la cabeza para capturar un pezón entre sus labios. Lo chupó, lo lamio, luego lo mordió con suavidad calculada, haciendo que Babe gritara y empujara su pecho hacia arriba.— Eres mío. Y lo que es mío, lo cuido, lo disfruto…y lo marco.
Trasladó su boca al otro pezón, repitiendo la tortura dulce, dejando la piel sensible y rosada. Luego su boca ascendió, mordisqueando y chupando una ruta ferozmente amorosa por el cuello de Babe, sobre las clavículas, reclamando cada centímetro. No era una marca para los demás; era una marca para ellos, un recordatorio sensual de la posesión.
Mientras su boca trabajaba, su mano en la erección de Babe no cesaba, el ritmo ahora más rápido, más insistente. Su otra mano, previamente apoyada, descendió. Con los dedos lubricados con el fluido que había recolectado de la punta del miembro de Babe, encontró la entrada tensa y recóndita entre sus nalgas.
—Aquí.— susurró Charlie, rozando el círculo de músculo con la yema de un dedo, haciendo que todo el cuerpo de Babe se estremeciera violentamente.— Aquí es donde más quiero sentirte. Donde más quiero ser el único.
Babe gimió, una voz quebrada que era música para los oídos de Charlie.
——Sí…por favor.
Charlie empujó el dedo, lenta pero inexorablemente, venciendo la resistencia inicial con una presión constante hasta que la primera articulación se hundió en el calor estrecho y abrazador de Babe. Una expresión de éxtasis y shock cruzó el rostro del Alfa.
—Dios…Charlie…
—Así.— murmuró Charlie, comenzando un movimiento de vaivén, añadiendo más lubricante natural antes de introducir un segundo dedo junto al primero, estirándolo con cuidado pero sin titubear.— Tan apretado. Tan caliente. Hecho para envolverme. Solo a mí, ¿verdad, mi amor?
—Solo a ti.— jadeó Babe, sus ojos cerrados, la frente perlada de sudor.—Siempre…solo a ti.
Charlie dobló los dedos en su interior, buscando y encontrando al instante ese punto sensible que hizo que Babe arqueara la espalda fuera de la cama con un grito ahogado.
—¡Ah! ¡Allí! ¡Cachorro, allí!
—Lo sé.— dijo Charlie, con un tono de satisfacción profunda y posesiva. Frotó el punto una y otra vez, al tiempo que su otra mano aceleraba el ritmo en la erección de Babe, sincronizando ambos estímulos.— Este es tu punto. El punto que solo yo conozco. El que te hace perder ese maldito control que tanto te gusta mostrar al mundo. Quiero oírlo. Quiero oír cómo se rompe por mí.
Babe ya no podía formar palabras coherentes. Gemidos, jadeos y el nombre de Charlie, una y otra vez, como un mantra, salían de sus labios. Su cuerpo era un arco de tensión y placer, completamente a merced de las manos y la boca de su Enigma. El aire olía a sexo, a sudor, a la esencia picante de Alfa de Babe y al aroma eléctrico y único de Charlie.
Charlie observaba, embelesado, cómo su Alfa especial, su Rey de la Pista, se deshacía bajo su dominio amoroso. La furía y los celos se habían transmutado en esto: un deseo posesivo, profundo y mutuo que los fundía en un calor que prometía consumirlos por completo. Y apenas comenzaban.
El Latido Más Preciado
Las semanas posteriores a aquella noche de pasión posesiva habían sido de una dulzura renovada. La pelea y la reconciliación habían sellado algo entre ellos, dejando una confianza más profunda y una intimidad que ardía con una llama constante. Sin embargo, en los últimos días, Babe había notado cambios sutiles en su cuerpo infalible.
No era el cansancio. Un Alfa especial podía correr cien carreras y solo sentir la satisfacción del esfuerzo. Era algo distinto: una ligera pero persistente sensación de mareo al levantarse demasiado rápido, como si su legendario equilibrio le fallara. Y luego estaban las náuseas. No constantes, pero sí traicioneras. El aroma del café que siempre preparaba Charlie por las mañanas, y que antes amaba, ahora le revolvía el estómago.
Ciertos alimentos, antes devorados con gusto, le provocaban arcadas.
Al principio lo atribuyó al estrés, a un virus.
Pero su instinto, ese mismo que lo guiaba en la pista a mil revoluciones por minuto, le susurraba que era algo más. Algo trascendental.
Finalmente, después de un día particularmente malo en el que un simple olor a gasolina en el taller lo mandó al baño, tomó una decisión. Fue al hospital, a la especializada en dinámicas secundarias. Las pruebas fueron rápidas, exhaustivas. Esperó los resultados con una calma inquieta, sentado en una sala de espera estéril, sintiéndose extrañamente fuera de lugar.
Cuando el doctor lo llamó a su consultorio, su rostro era profesional pero con un brillo de alegría contenida.
—Señor Babe, los resultados están listos.— dijo el hombre, mirando la pantalla de su computadora antes de volver a mirarlo.— Y tengo noticias extraordinarias para usted. Está embarazado. De aproximadamente seis semanas. Todo parece estar progresando con normalidad, pero dada su condición de Alfa especial y la complejidad de un embarazo en un cuerpo masculino con su fisiología, necesitaremos iniciar un control muy estricto de inmediato.
Las palabras resonaron en la cabeza de Babe como el eco de un trueno lejano.
Embarazado. La palabra, abstracta hasta ese momento, se volvió de pronto concreta, pesada, maravillosa. Un nudo se le formó en la garganta. Asintió mecánicamente mientras el doctor le explicaba sobre las vitaminas, las citas, los cuidados. Pero su mente ya estaba en otra parte, en el loft, esperando a Charlie.
El resto del día fue un borrón. Hizo las compras que el doctor recomendó, compró unas vitaminas prenatales especiales para Alfas, y regresó a casa. Su refugio, parecía diferente. Más luminoso, o quizás era solo su percepción. Se sentó en el sofá, la mano descansando instintivamente sobre su abdomen, aún plano y duro como siempre.
Allí dentro...había una vida. La vida que él y Charlie habían creado en medio de su pasión más feroz.
Esperó. Cada minuto se sentía como una hora. Ensayó mil formas de decírselo en su cabeza. ¿Directo? ¿Con algún regalo? ¿Con una cena especial? La ansiedad, un sentimiento que normalmente despreciaba, lo carcomía por dentro. ¿Y si a Charlie no le gustaba la idea? ¿Si no estaba listo? ¿Si…le molestaba?
El sonido de la llave en la cerradura lo sacó de sus cavilaciones. El corazón le dio un vuelco. La puerta se abrió y entró Charlie, trayendo consigo el aroma fresco del exterior y su esencia única, calmante y poderosa.
Parecía un poco cansado, pero una sonrisa cálida iluminó su rostro al verlo.
—Hola, mi amor.— saludó Charlie, dejando su portafolios junto a la puerta.— ¿Cómo estuvo tu día? ¿Los mareos mejoraron?
Babe se levantó del sofá. Sus piernas se sentían un poco débiles, pero no por los mareos. Caminó hacia Charlie, deteniéndose frente a él. En lugar de un beso inmediato, alzó sus manos y comenzó a acariciar los brazos de Charlie, sintiendo los músculos firmes bajo la tela de la camisa, buscando contacto, seguridad.
—Charlie.— dijo, su voz más suave de lo habitual, casi un susurro.— Tengo que decirte algo.
La sonrisa de Charlie se suavizó, volviéndose atenta, preocupada. Sus ojos escudriñaron el rostro de Babe.
—¿Qué pasa, Babe? ¿Estás bien? ¿Fueron los mareos algo serio?
Babe tragó saliva, tomando valor. Sus dedos se aferraron a los brazos de Charlie.
—Fui al hospital hoy. Me hice estudios.— hizo una pausa, buscando las palabras exactas, pero solo pudo encontrar las más directas.— Estoy embarazado, Cachorro. De unas semanas.
El silencio que siguió fue absoluto. Charlie no se movió. No parpadeó. Simplemente lo miró, sus ojos claros escaneando el rostro de Babe como si buscara una señal de que era una broma. Los segundos se estiraron, pesados, angustiosos.
La ansiedad en el pecho de Babe se transformó en un frío agudo. La falta de reacción de Charlie era peor que un rechazo abierto. Bajó la mirada, sintiendo una punzada de dolor. Su voz tembló ligeramente al romper el silencio.
—¿No te…no te gusta la noticia, Cachorro?— preguntó, la tristeza filtrándose en cada palabra.—¿Te…te molesta? Lo siento…No…no fue planeado, pero…
—¿Molestarme?— La voz de Charlie lo interrumpió, pero no era una voz fría. Era un torrente de emoción contenida que estallaba en una sola palabra. Babe alzó la vista justo a tiempo para ver cómo los ojos de Charlie se inundaban de una luz brillante, no roja como la furia, sino dorada como el sol.
Antes de que pudiera decir otra cosa, Charlie lo tomó por la cintura. Con la fuerza suave pero incontenible de un Enigma, lo elevó del suelo como si no pesara nada. Babe dejó escapar un leve grito de sorpresa, sus manos aferrándose a los hombros de Charlie.
Charlie lo sostuvo en el aire, mirándolo con una expresión de asombro puro, de felicidad desbordante que hacía brillar todo su ser.
Luego, con una ternura que contrastaba con la fuerza del gesto, lo atrajo y lo besó.
No fue un beso de pasión desenfrenada. Era un beso lento, profundo, impregnado de un amor tan vasto y conmovedor que a Babe se le llenaron los ojos de lágrimas. Charlie saboreó sus labios como si fuera la primera y la última vez, transmitiendo todo lo que las palabras no podían.
Cuando finalmente separó sus labios, solo unos centímetros, seguía sosteniendo a Babe en el aire. Sus ojos, húmedos y brillantes, miraban a los de Babe.
—Molestarme…— repitió Charlie, riendo entrecortadamente, una risa de pura alegría.— Babe, mi amor, mi Alfa, mi vida…Estoy feliz. Más feliz de lo que creí posible.
Bajó a Babe con suavidad, pero no lo soltó.
Lo mantuvo en un abrazo apretado, su rostro enterrado en el cuello de Babe.
—Había notado ciertos sonidos dentro de ti…sonidos nuevos, un latido diferente, un susurro de vida.— confesó Charlie, su voz amortiguada por la piel de Babe.— Pero no quise ilusionarme…no me permití creerlo. Y tampoco sabía…nunca hablamos de esto. No sabía si te gustaría la idea de un bebé. Si lo desearías.
Babe se acurrucó contra él, aliviado, abrumado, feliz. Las lágrimas que había contenido rodaron por sus mejillas.
—Yo tampoco lo sabía.— susurró.— Hasta que el doctor lo dijo. Y de pronto…lo supe. Lo quiero. Lo queremos.
Charlie lo separó lo suficiente para mirarlo a los ojos otra vez, sus manos enmarcando el rostro de Babe.
—¿Estás seguro?— preguntó, su voz cargada de emoción.— Es un cambio enorme. Tu cuerpo, la pista, todo…
—La pista puede esperar.— dijo Babe con una determinación que no admitía réplica.— Esto…esto es ahora. Esto es nosotros. ¿Tú…tú estás seguro, Cachorro? ¿Un bebé? ¿Conmigo?
Charlie sonrió, una sonrisa tan radiante que iluminó la habitación.
—Contigo, Babe. Por siempre contigo — declaró. Luego, su expresión se volvió una mezcla de asombro científico y profunda reverencia.— Un bebé. Nuestro bebé. Con tu fuerza y…espero que con tu terquedad moderada por mi paciencia.
Babe rió, un sonido libre y alegre que brotó desde lo más hondo de su ser.
—Va a ser un torbellino.
—Como su padre.— susurró Charlie, acercándose de nuevo para dejarlo un beso suave en la frente, luego en la punta de la nariz, y finalmente, en sus labios. —Te amo, Babe. Y amo a esta pequeña vida que crece dentro de ti. Más de lo que las palabras pueden decir.
Se quedaron abrazados en medio del loft, el mundo exterior desapareciendo. El miedo y la incertidumbre se disuelven, reemplazados por una alegría serena y poderosa. El futuro, que antes era una recta infinita de carreras y laboratorios, ahora tenía un nuevo y maravilloso destino: una familia. El Enigma y su Alfa especial, a punto de convertirse en padres.
El Doble Latido
La sala de ultrasonido era tranquila, iluminada por una luz tenue. El aroma a gel frío y desinfectante flotaba en el aire. Babe estaba acostado en la camilla, la barriga ya mostrando una suave pero definitiva curvatura de quince semanas. Su mano apretaba la de Charlie con una fuerza que habría roto los huesos de cualquier otro, pero que para Charlie era solo un recordatorio del torbellino de emociones que su Alfa estaba sintiendo.
La Dra. Anya, una Beta de mediana edad con una calma envidiable y la obstetra especializada en dinámicas secundarias más prestigiosa de la ciudad, movía el transductor sobre el gel en el bajo vientre de Babe. En la pantalla, las formas en blanco y negro bailaban, un misterioso universo en escala de grises.
—Bien, el latido cardíaco del bebé es fuerte y claro.— dijo la doctora, sonriendo mientras un sonido rápido y vigoroso, como galopes diminutos, llenaba la habitación.—Todo parece estar progresando con una normalidad asombrosa, considerando la fisiología única. El útero auxiliar se ha desarrollado perfectamente, y la placenta…
Se detuvo. Su ceja experta se frunció ligeramente. Movió el transductor un poco hacia la izquierda, presionando con suavidad.
Su expresión cambió de profesional satisfecha a una de concentración absoluta, luego a una de puro asombro.
—Un momento.— murmuró, inclinándose hacia la pantalla. Sus dedos volaron sobre el teclado, congelando una imagen, tomando medidas.— Esto es…extraordinario.
Charlie, que había estado observando cada movimiento con la intensidad de un científico y la ternura de un futuro padre, se puso rígido.
——¿Qué pasa, doctora? ¿Hay algún problema?
Babe contuvo la respiración, sus dedos apretando aún más la mano de Charlie.
—¡No, no, al contrario!— exclamó la Dra. Anya, y una amplia sonrisa se extendió por su rostro. Miró a la pareja, sus ojos brillando con genuino asombro.— Lo que pasa es que tenemos una sorpresa. Una gran sorpresa.
Giró la pantalla hacia ellos. En la imagen congelada, se veían claramente dos formas oscuras y ovaladas, nítidamente diferenciadas.
—Miren aquí.— señaló con su bolígrafo.— Y aquí. No hay uno, sino dos sacos gestacionales. Dos corazones latiendo.
El aire se salió de los pulmones de Babe en un jadeo silencioso. Charlie parpadeó, como si no pudiera procesar la información. Su cerebro, tan rápido para todo, parecía haberse detenido.
—¿Dos…?— logró decir Babe, su voz apenas un suspiro.
—¡Sí!— confirmó la doctora, emocionada.— Están esperando gemelos. O mellizos, es pronto para decirlo con certeza, pero al tener dos placentas separadas, lo más probable es que sean dicigóticos. ¡Esto es rarísimo! En mi carrera, solo he visto un puñado de casos de embarazos múltiples en portadores Alfa masculinos, y ninguno en un Alfa especial. Su fisiología es tan particular…esto es un verdadero milagro de la naturaleza, potenciado, supongo, por la dinámica única entre ustedes dos.
Mientras hablaba, movió el transductor de nuevo, buscando ángulos.
——Y aquí viene lo mejor…o lo más revelador. A las quince semanas, a veces podemos vislumbrar el sexo si la posición es favorable. Y estas dos…no se están escondiendo mucho.
Con un toque experto, se enfocó en una de las imágenes.
——Miren aquí, entre las piernitas…¿Ven esa ausencia de…eh, estructura prominente?
Charlie se inclinó, sus ojos escudriñando la pantalla. Luego, una sonrisa lenta, deslumbrante, comenzó a iluminar su rostro.
—Son niñas.— susurró, como si decir la palabra en voz alta pudiera romper el hechizo.
La doctora asintió, moviendo el transductor hacia la otra imagen.
——Y su hermana aquí lo confirma. La misma configuración. ¡Dos niñas! ¡Felicidades!
El mundo se detuvo para Babe. Dos. Dos bebés. Dos niñas. La noticia lo golpeó en oleadas. Primero, incredulidad. Luego, un pánico fugaz ante la magnitud de lo que significaba. Y finalmente, una alegría tan vasta y profunda que le llenó el pecho, haciéndo sentir que podía volar. Dos pedacitos de Charlie y de él. Dos pequeñas vidas que ya habían logrado lo imposible.
—¿Gemelas?— logró articular Babe, mirando a Charlie. Su poderoso Alfa especial parecía de repente joven, vulnerable, abrumado de maravilla.
Charlie se acercó a la camilla. Con una mano libre, acarició la mejilla de Babe, limpiando una lágrima que había escapado sin que él se diera cuenta. Sus propios ojos brillaban con una humedad feliz.
—Dos.— confirmó Charlie, su voz cargada de una emoción que hacía temblar las palabras.— Dos princesas. Nuestras hijas.
La Dra. Anya sonrió, dándoles un momento.
Luego, con su profesionalidad reconquistada, continuó.
——Bien, esto cambia un poco el panorama. El control tendrá que ser aún más estricto. Embarazo gemelar en un portador masculino, y encima Alfa especial…es un territorio completamente nuevo. Tendremos que vigilar el aumento de peso, la presión, el desarrollo de cada bebé muy de cerca. Pero por ahora, todo es perfecto. Dos bebés, dos placentas, dos latidos fuertes. Es un buen comienzo.
Babe apenas podía escuchar las advertencias médicas. Su mente ya estaba en otra parte.
En una habitación con dos cunas. En carreras de cochecitos. En enseñar a dos niñas a no tener miedo de nada, mientras Charlie les enseñaría la belleza de todo. En un amor que no se dividía, sino que se multiplicaba.
Cuando la consulta terminó y les entregaron las impresiones de las ecografías, Babe se quedó mirando las dos imágenes borrosas, los dos pequeños granos de vida que contenían universos enteros.
En el auto, de camino a casa, el silencio era cómplice, lleno de la nueva realidad. Fue Babe quien rompió el hechizo, mirando las fotos en su regazo.
—Dos.— dijo de nuevo, como saboreando la palabra. Luego miró a Charlie, una sonrisa traviesa, llena del antiguo Babe, asomando en sus labios.— Te dije que sería un torbellino, Cachorro. Pero no sabía que serían dos.
Charlie tomó su mano y la llevó a sus labios, besando sus nudillos.
—Un torbellino perfecto.— dijo, su voz firme y llena de un amor inquebrantable.— Nuestro torbellino perfecto. ¿Estás bien, mi amor? ¿Asustado?
Babe consideró la pregunta. Sí, tenía miedo.
Pero era un pequeño miedo, ahogado por un océano de felicidad.
—Estoy…increíble.— confesó, y era la verdad más pura que había dicho en su vida.— Asustado, sí. Pero más feliz de lo que creía posible. Dos, Charlie. Dos.
—Lo sé.— susurró Charlie, arrancando el auto.—Y seremos dos para cuidarlas. Un Enigma y un Alfa especial. Creo que es un equipo bastante bueno para enfrentarse a dos princesas.
Babe rió, un sonido libre y ligero, y apoyó la cabeza en el reposacabezas, mirando a Charlie mientras conducían hacia su futuro, ahora doblemente brillante, doblemente maravilloso.
Antojos y Berrinches de un Alfa Especial Embarazado
La luna llena iluminaba la ventana de su dormitorio a las 2:17 de la madrugada.
Charlie, cuyo ciclo de sueño solía ser tan eficiente como el resto de sus funciones, estaba sumido en un sueño profundo cuando un codazo, deliberado y no tan suave, lo despertó.
—Oye.
Charlie abrió un ojo. Babe estaba de lado, mirándolo fijamente. Su perfil, recortado por la luz plateada, tenía una expresión que oscilaba entre lo patético y lo decididamente beligerante.
—¿Babe? ¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Las niñas?— Charlie se incorporó de inmediato, la mano extendida para palpar el vientre ya notable de su pareja.
—No.— dijo Babe, su voz grave pero con un dejo lastimero.— Tengo hambre.
Charlie soltó un suspiro, aliviado pero exhausto. Los antojos de Babe no eran simples antojos. Eran misiones de alto riesgo que aparecían a cualquier hora, dictadas por los caprichos combinados de dos fetos en desarrollo y las hormonas revolucionadas de un Alfa especial.
—Está bien, mi amor.— dijo Charlie, frotándose los ojos.” ¿Qué quieres? ¿Galletas saladas? ¿Un poco de jugo? Te preparo algo ligero.
Babe se mordió el labio inferior, una expresión extrañamente vulnerable en él.
—No. Quiero…quiero natillas.
Charlie parpadeó.
—Natillas. A las dos de la mañana.
—Sí. Pero no cualesquiera natillas.— aclaró Babe, girándose completamente hacia él, los ojos muy abiertos.— Tienen que ser las natillas de la abuela de Kim, del equipo.
—Kim…el mecánico que le tiene miedo a tu moto.— dijo Charlie, procesando la información.
—Ese mismo. Las hace con vainilla de Madagascar y…y algo más. No sé qué. Pero las probé una vez en una fiesta del equipo hace un año y ahora…ahora las necesito.— Su voz se quebró en el final, dramáticamente.
Charlie contó mentalmente hasta diez. La lógica le decía que era una locura. La ciencia le decía que los antojos eran ilógicos. Pero el amor, y el miedo a un berrinche de Alfa preñado, le decía otra cosa.
—Cariño, son las dos de la mañana. La abuela de Kim probablemente está durmiendo. Y vive al otro lado de la ciudad. ¿Qué tal si te hago unas natillas? Tengo vainilla de Tahití, que es superior, y puedo ajustar la textura…
—¡No!— Babe se sentó en la cama, la panza redonda sobresaliendo. Su expresión se tornó de una tragedia griega.— ¡No son lo mismo! ¡Tienen que ser esas! ¡Las de la abuela de Kim! ¡Puedo saborear la diferencia en mi mente y no es lo mismo!— Cruzó los brazos sobre su pecho, frunciendo el ceño.— Si no las consigues, las niñas y yo nos vamos a poner muy tristes. Y tendré acidez. Toda la noche.
Charlie miró al techo, pidiendo paciencia a un universo que, claramente, estaba divirtiéndose a su costa. Sabía que Babe estaba medio en serio, medio jugando, pero la parte seria era lo suficientemente potente como para generar una escena épica.
—De acuerdo.— cedió, resignado.— Le mandaré un mensaje a Kim ahora mismo. Pero no prometo nada.
Babe se iluminó al instante.
—¡Dile que le doy entradas VIP para las próximas tres carreras! ¡O que le firmó su overol! ¡Lo que sea!
Mientras Charlie buscaba su teléfono con un suspiro, murmuró:
—El Rey de la Pista, reducido a sobornar a un mecánico con firmas por natillas…La vida es extraña.
Dos días después, fue el turno de la Supervisión Culinaria. Charlie estaba en la cocina, preparando una cena nutritiva y balanceada, diseñada para los requerimientos proteínicos de un Alfa especial con gemelas.
Babe estaba en el taburete, observando como un halcón.
—El ajo está demasiado dorado.— declaró Babe, señalando la sartén con aire de experto.— Debería ser translúcido, no dorado. El sabor va a ser amargo y le va a dar agruras a la bebé A.
—¿La bebé A?— preguntó Charlie, arqueando una ceja, sin dejar de remover.— ¿Ahora tienen designaciones tácticas?
—Sí. La que patea más a la derecha es la A. La que tiene hipo a las 3 p.m. es la B.— explicó Babe, como si fuera lo más lógico del mundo.— Y a la B no le gusta el ajo muy cocido. Le da…espasmos.
Charlie contuvo una sonrisa.
—Lo anotaré en su perfil. Pero te recuerdo, doctor Babe, que el ajo cocido es más digerible y…
—¡Lo dije yo!— Babe golpeó suavemente la encimera con la palma de la mano. No era un golpe de ira, era un berrinche.— ¡Tú te crees que por ser el gran científico Enigma lo sabes todo sobre la cocina de nuestras hijas! ¡Yo las llevo dentro! ¡Yo sé lo que quieren!
Charlie apagó el fuego. Se acercó a Babe, le tomó la cara entre sus manos y lo miró directamente a los ojos.
—Tienes razón. Tú las llevas. Y eres increíble. Pero yo llevo la responsabilidad de alimentar al portador más valioso del universo. Así que vamos a hacer un trato: yo controlo el grado de cocción del ajo basado en bioquímica nutricional, y tú controlas la cantidad de caricias que reciben por protestar. ¿Vale?
Babe lo miró, los ojos entre brillantes y molestos. Luego, su expresión se suavizó.
—¿Y si el ajo queda translúcido, pero casi dorado?
—Trato hecho.— dijo Charlie, soltando un suspiro y dándole un beso rápido en la nariz antes de volver a la sartén.
El Berrinche de las Sandalias fue quizás el más memorable. Babe, de casi cinco meses, estaba intentando ponerse unas sandalias deportivas. No podía llegar a atarlas.
—¡Estúpidas! ¡Malditas…cosas!— gruñó, tirando una de las zapatillas al otro lado de la habitación, donde rebotó contra la pared.
Charlie entró en el dormitorio al oír el alboroto. Vio a Babe sentado en el borde de la cama, respirando con dificultad, la cara roja de frustración, la otra sandalia todavía en su pie.
—¿Problemas con el calzado, mi amor?— preguntó Charlie, manteniendo la voz neutra.
—¡No me sirven! ¡Nada me sirve! ¡No puedo doblarme! ¡Parece una foca varada!— gritó Babe, y para horror de Charlie, sus ojos comenzaron a brillar con lágrimas de pura rabia e impotencia.— ¡No puedo ni ponerme mis propias malditas zapatillas! ¿Cómo voy a correr? ¿Cómo voy a…a hacer cualquier cosa?
Charlie se acercó, se arrodilló frente a él con una calma absoluta. Tomó la sandalia que había volado y la trajo de vuelta. Luego, con movimientos lentos y deliberados, le quitó la que tenía puesta y comenzó a ponerle ambas, atando los cordones con cuidado.
—No tienes que hacerlo todo solo.— dijo Charlie suavemente, sin alzar la vista.— Para eso estoy yo. Para atar cordones, para hacer natillas a horas intempestivas, para escuchar sobre el ajo translúcido.
—Pero soy un Alfa especial— protestó Babe, la voz quebrada.— Se supone que debo ser fuerte, no…no esto.
Charlie terminó de atar el segundo cordón y alzó la mirada. Sus ojos estaban llenos de un amor tan profundo que a Babe se le encogió el corazón.
—Babe.— dijo, su voz firme.— Estás creando dos vidas humanas dentro de ti. Dos. Eso es la cosa más fuerte, más poderosa y más increíble que cualquier Alfa, Beta u Omega en este planeta pueda hacer. Atar cordones es una nimiedad. Tú estás construyendo personas.— Le puso una mano en la mejilla.— Y cuando no puedas con las nimiedades, aquí estaré yo. Tu Enigma personal. Para lo bueno y para lo…exasperantemente adorable.
Babe soltó un híbrido entre risa y sollozo, y se dejó caer sobre Charlie, abrazándolo con fuerza.
—Odio estar así. Te vuelvo loco.
—Me vuelves loco de amor.— corrigió Charlie, acariciando su espalda.— Y de preocupación. Y de ternura. Es un paquete completo. Y no lo cambiaría por nada. Ahora, ¿vamos a dar un paseo con tus sandalias perfectamente atadas, o vamos a quedarnos aquí mientras investigo cómo clonar las natillas de la abuela de Kim para tener reserva estratégica?
Babe rió, de verdad esta vez, y dejó que Charlie lo ayudara a levantarse. La tormenta había pasado. Por ahora. Charlie sabía que habría más antojos, más berrinches, más lágrimas de frustración. Pero también sabía que cada uno era una parte extraña, cómica y profundamente humana de este milagro que estaban viviendo. Y por su Alfa especial malhumorado, llorón y antojadizo, recorrería el infierno…o al menos, la ciudad entera a las 2 a.m. en busca de un postre perfecto.
Conexión y Sincronía
La tarde caía suave sobre la casa, teñiendo todo de un tono dorado. Charlie estaba en el sofá, un libro abierto sobre desarrollo fetal gemelar apoyado en su regazo, aunque sus ojos estaban fijos en la pantalla de su tableta, revisando gráficos de los últimos análisis de sangre de Babe. Este, por su parte, estaba recostado en el otro extremo del sofá, con las piernas estiradas sobre los cojines y una mano acariciando distraídamente la curva de su vientre. Había un silencio cómodo entre ellos, el tipo de silencio que solo existe cuando dos personas se sienten completamente en casa la una con la otra.
Babe rompió el silencio, su voz un ronroneo contemplativo.
—¿Sabes en qué estaba pensando, Cachorro?
Charlie levantó la vista de la tableta, una sonrisa juguetona en los labios.
—¿En qué te morís por un helado de pepinillos con wasabi? Porque tengo que decirte que incluso para mí, ese es un límite científico que no estoy dispuesto a cruzar.
Babe le lanzó un cojín, que Charlie esquivó con la velocidad sobrehumana que tanto le exasperaba y le encantaba.
—No, idiota.— dijo Babe, pero sonriendo.— Estaba pensando en las niñas. En…cómo serán.
Charlie dejó a un lado la tableta y el libro, girándose completamente hacia Babe. Este era su tema favorito.
—¿En qué sentido, mi amor?
—No sé. —Babe miró su vientre, como si pudiera ver a través de la piel.— Si serán tranquilas o salvajes. Si les gustará la velocidad, o si serán más de…de laboratorio y libros, como tú.
—O una combinación.— dijo Charlie suavemente.— Una que desarme motores por diversión y la otra que invente un combustible nuevo y no contaminante para que su hermana corra.
Babe sonrió, imaginando.
——Eso sería perfecto. Pero…también pienso en nombres. Es raro, ¿no? Tenemos que elegir las palabras que las definirán para siempre.
Charlie asintió. Habían estado evitando el tema, como si hablar de nombres hiciera todo demasiado real y a la vez los abrumara con la responsabilidad. Pero era el momento.
—Es una gran responsabilidad.— convino Charlie.— Tiene que ser algo fuerte. Algo que signifique algo. Algo que…las conecte a ellas, y a nosotros.
Babe se mordió el labio, pensativo.
—No quiero esos nombres complicados de moda. Quiero algo…que suene a ellas. Algo que, cuando lo diga, sienta que es su nombre.
Charlie se acercó un poco más, su rodilla rozando la de Babe.
—¿Tienes algo en mente? Para…digamos, la Bebé A. La pateadora.
Babe cerró los ojos un momento, concentrado. El nombre había estado flotando en el borde de su conciencia durante días, como un susurro.
—Creo que…— empezó a decir, al mismo tiempo que Charlie, inspirado por un hilo de pensamiento similar, abría la boca.
Y entonces, en una perfecta sincronía que hizo que el aire se electrizara alrededor de ellos, ambas voces se entrelazaron, diciendo exactamente la misma sílaba al mismo instante:
—Malee.
La palabra, dulce y clara, flotó en el aire de la casa. Ambos se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos, mirándose el uno al otro con puro asombro. El eco del nombre parecía vibrar en el espacio entre ellos.
Un segundo después, casi como si una fuerza externa empujara sus mentes, volvieron a hablar al unísono, completando el pensamiento para la otra niña:
—Malai.
"Malee…Malai."
Fue un coro perfecto. Dos mentes, dos corazones, latiendo al mismo ritmo y produciendo el mismo sonido, la misma idea, de la nada.
Babe sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. No era miedo. Era algo profundo, maravilloso y un poco sobrenatural. Charlie simplemente lo miró, sus ojos claros brillando con una comprensión absoluta y un gozo silencioso.
—Es…es el nombre de la niña.— dijo Babe, su voz apenas un suspiro, rompiendo el hechizo pero solo para confirmarlo.
—Las niñas.— corrigió Charlie, su propia voz cargada de emoción.— Malee y Malai.
Se miraron en silencio, absorbiendo la magnitud de lo que acababa de suceder. No había sido una coincidencia. Había una conexión pura, el tipo de sintonía que trascendía lo racional y tocaba el núcleo mismo de lo que eran como pareja.
Entonces, moviéndose con una determinación suave pero firme, Babe se incorporó. Con cierta torpeza adorable debido a su vientre, se giró y se acomodó directamente en el regazo de Charlie, de espaldas a su pecho.
Charlie, instintivamente, rodeó su cuerpo con los brazos, sus manos encontrando y cubriendo el vientre redondo, protegiendo a sus dos hijas ya nombradas.
Babe reclinó la cabeza en el hombro de Charlie, sintiendo el latido constante y fuerte de su corazón contra su espalda. El sol de la tarde los bañaba a ambos.
—Me encanta.— susurró Babe, girando la cabeza para que sus labios rozaran la mandíbula de Charlie.— Me encanta la conexión que tengo contigo, Cachorro. Esto…lo de los nombres. No fue casualidad.
—No.— asintió Charlie, enterrando la nariz en el cabello de Babe, inhalando su esencia.— Fue nosotros. Nuestros instintos, nuestra alma…lo que sea que nos une, funcionando como una sola cosa. Por ellas.
—Malee y Malai.— repitió Babe, saboreando los nombres. Sonaban a brisa tropical, a fuerza dulce, a algo único y gemelo.— ¿Qué significan?
Charlie sonrió, porque lo sabía. Su mente, siempre buscando datos, ya había explorado las posibilidades cuando el nombre surgió en su psique.
—En un idioma muy antiguo y dulce, "Malee" puede significar "jazmín", una flor fragante y bella. Y "Malai" puede ser "guirnalda" o "corona de flores".
Babe cerró los ojos, una sonrisa de felicidad pura iluminando su rostro.
—Una flor y una guirnalda…Las dos juntas. Es perfecto.
—Como ellas.— murmuró Charlie.— Como nosotros.
Se quedaron así, entrelazados en el sofá bañado por el sol del atardecer, en un silencio que ya no era solo cómodo, sino sagrado. La conexión que siempre habían tenido, forjada en la atracción de opuestos poderosos y alimentada por un amor feroz, acababa de dar su fruto más tangible: dos nombres, surgidos de una sola mente y un solo corazón dividido en dos cuerpos.
—¿Crees qué les gustarán?— preguntó Babe después de un rato, con su voz soñolienta.
Charlie apretó suavemente el vientre, sintiendo un movimiento suave, una respuesta.
—Sé que les encantarán. Porque son el sonido del amor que las trajo al mundo. Nuestro amor.
Babe giró la cabeza y encontró los labios de Charlie en un beso lento, profundo y lleno de una gratitud infinita. No necesitaban más palabras. Los nombres estaban elegidos. La conexión, confirmada. Y el futuro, lleno del dulce aroma del jazmín y la promesa de una guirnalda que uniría sus vidas para siempre.
Defensa del Territorio
La oficina de Charlie era un santuario de vidrio y acero, con vistas a la ciudad y estanterías llenas de frascos que contenían soluciones luminiscentes. La tarde era tranquila, solo el zumbido bajo de los equipos y el roce de las páginas de un informe.
Charlie, con las gafas de lectura bajadas sobre la nariz, estaba revisando una fórmula nueva para equilibrar las hormonas en Omegas adolescentes cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.— dijo sin levantar la vista.
Entró Sienna, una nueva investigadora Beta que llevaba apenas un mes en el laboratorio.
Era inteligente, eso había mostrado en sus credenciales, pero en las últimas semanas había desarrollado una inquietante tendencia a buscar a Charlie para consultas que podrían haberse resuelto por correo.
—Doctor Charlie, disculpe la interrupción.— dijo con una voz melosa, colocando una carpeta sobre el escritorio más cerca de él de lo necesario.— Son los resultados de las pruebas de la fórmula 7-G. Quería que los viera personalmente.
—Gracias, Sienna.— respondió Charlie, tomando la carpeta y hojeando rápidamente.— Los revisaré. Puedes retirarte.
Pero ella no se movió. Se apoyó ligeramente contra el borde del escritorio, cruzando los brazos de una manera que realzaba deliberadamente su escote.
—Es tan impresionante el trabajo que hace aquí. Me siento tan inspirada de aprender de usted…de cerca.
Charlie finalmente alzó la mirada, retirándose las gafas. Sus ojos, siempre perceptivos, captaron la intención en su postura, en el brillo calculado de su sonrisa. Su tono se mantuvo profesional, pero se enfrió notablemente.
—El aprendizaje se da con trabajo duro y dedicación en el laboratorio, Sienna. Eso es todo. Puedes irte.
Ella no captó, o no quiso captar, la advertencia. En cambio, se inclinó un poco más, la blusa cediendo.
—Oh, estoy muy dedicada. A muchas cosas. Y sé que un hombre como usted, tan…poderoso, tan ocupado, debe necesitar algo de…distracción. O quizás, un poco de calor.
Charlie sintió un rápido destello de irritación.
No era la primera vez que alguien intentaba algo así, pero la persistencia era insultante.
—No.— dijo la palabra como un cuchillo, limpio y afilado.— Gracias.
Sienna palideció un poco, pero la disfrazó con una risita forzada.
—Vamos, no sea tan frío. Solo estamos dos adultos aquí. Podría…mostrarle lo dedicada que puedo ser.— Su mano se movió como para tocar su propio pecho, ofreciéndose de la manera más burda.
En ese preciso instante, justo cuando los ojos de Charlie comenzaban a nublarse con la fría ira del Enigma imponente, y su mano (la que había destrozado acero con un golpe) se crispaba imperceptiblemente sobre el borde del escritorio, la puerta de la oficina se abrió de par en par.
Era Babe.
Estaba allí, de pie en el umbral, con un suéter holgado que no lograba ocultar por completo la curva de su vientre de casi seis meses. En una mano llevaba un táper con la cena que a Charlie se le olvidaba tomar. Su mirada, esos ojos ámbar que podían ser tan cálidos como letales, escaneó la escena en una fracción de segundo: la postura invasiva de Sienna, la expresión glacial de Charlie, la tensión eléctrica en el aire.
Sienna, sorprendida y molesta por la interrupción, se irguió con indignación.
—¡¿Qué?! ¿No sabes tocar la puerta?— espetó, con un tono de superioridad irónica.— Estábamos en un momento importante.
Babe no dijo nada al principio. Simplemente entró, cerró la puerta a sus espaldas con un clic suave pero definitivo. Luego alzó una ceja, lentamente, un gesto cargado de un peligro tan sofisticado que hizo que el aire se enrareciera.
—Soy su novio.— dijo Babe, su voz era baja, clara y cortante como el cristal.— Y padre de sus hijas. Así que, maldita puta ignorante, no necesito permiso para entrar a la oficina del hombre de mi vida.
Las palabras cayeron como martillazos.
"Novio". "Padre de sus hijas". Sienna palideció hasta volverse cenicienta, su boca se abrió en una "o" de shock absoluto. El cálculo en sus ojos se descompuso en pánico. Para recuperar algo de su deteriorada dignidad, farfulló:
—¡No puedes hablarme así! ¡Yo…yo solo estaba…!
—¿Solo estabas qué?— Babe la interrumpió, avanzando un paso. Su porte no era el de un Alfa furioso corriendo, era el de un depredador avanzando con elegancia mortal.— ¿Ofreciendo tus pechos, qué ni siquiera son originales, se nota en la línea del escote, por cierto, a un hombre que claramente te había dicho que no? ¿Eso es lo qué llamas 'un momento importante'? Patético.
Sienna retrocedió un paso, atrapada entre el escritorio y la presencia avasalladora de Babe.
—¡Eres un…un malcriado! ¡Un grosero!
Babe sonrió. No era una sonrisa agradable.
Era la sonrisa de un tiburón.
—Grosero sería despedirte sin explicación. Yo voy a ser claro. Escúchame bien, porque solo lo diré una vez.— hizo una pausa, dejando que el silencio cargado pesara sobre ella.— Estás despedida. En este lugar se necesita gente trabajadora, con cerebro y ética, no putas de medio pelo que creen que abrir las piernas es un atajo hacia el ascenso. Si ese es tu oficio, hay burdeles que, te lo aseguro, tienen estándares profesionales más altos. Al menos las mujeres que trabajan allí lo hacen por necesidad de sobrevivir, con una dignidad que tú jamás entenderás. Tú, en cambio, eres solo una vulgar oportunista con ganas de que te rompan la mierda de vagina que tienes entre las piernas. Y déjame decirte, no vale ni el polvo de las botas de Charlie.
Sienna estaba temblando, las lágrimas de rabia y humillación asomando en sus ojos.
Antes de que pudiera soltar otra sílaba, Babe se movió.
No fue un movimiento violento, sino rápido y preciso.
PAF. Una cachetada seca y resonante, que hizo girar la cabeza de Sienna.
—Esa es por acosar a mi hombre y no aceptar un 'no' como respuesta.
PAF. Otra, del otro lado.
—Esa es por regañarme, a mí, por entrar a donde me da la gana.
PAF. Una tercera, más fuerte.
—Y esa es por el insulto barato que acabas de intentar. Mi inteligencia está muy por encima de tu vocabulario de quinceañera frustrada.
Sienna gimió, sosteniéndose la mejilla enrojecida. Babe no le dio tiempo a recuperarse. Con la misma mano que había usado para abofetearla, le agarró un mechón de pelo en la nuca, no con fuerza para lastimarla seriamente, sino con la firmeza suficiente para guiarla.
—Vamos. Tu audición aquí ha terminado.— dijo, arrastrándola hacia la puerta. La abrió y la empujó suavemente pero con determinación al pasillo, donde varios empleados habían salido al oír el alboroto y ahora observaban, atónitos.— Ahora recoge tus cosas de tu puesto y vete de este edificio. Tienes diez minutos. Si aún te veo después de eso, la cachetada será el menor de tus problemas. Antes de que te mate, te aseguro que la humillación que sentirás no tendrá comparación.
Soltó su pelo. Sienna, completamente destrozada, sin un ápice de su falsa seguridad, bajó la mirada y corrió hacia su cubículo entre los murmullos del personal.
Babe cerró la puerta otra vez, aislándolos del mundo exterior. Respiró hondo, calmando el latido acelerado de su corazón. Luego, se giró hacia Charlie.
Su expresión se transformó por completo. La furia fría y el desprecio se disiparon, reemplazados por una preocupación nítida y amorosa. Se acercó al escritorio.
—¿Estás bien, Cachorro?— preguntó, su voz ahora suave, examinando el rostro de Charlie en busca de señales de molestia.
Charlie, que había observado toda la escena en un silencio absoluto, admirativo y ligeramente excitado por la ferocidad elegante de su pareja, lo miró. Dejó escapar un suspiro.
—Estoy perfectamente.— dijo.— Pero tú…¿no estás molesto?
Babe se encogió de hombros, acariciando su propio vientre con un gesto protector.
—A ver, ¿sentí celos y molestia? Sí. Un poco. Pero no hacia ti.— aclaró, mirándolo directamente.— Sino más bien hacia ella. Por su atrevimiento, por su falta de respeto hacia ti, hacia nuestra relación, hacia este lugar. No voy a condenarte a ti por algo que tú no empezaste, qué no buscaste y que, de hecho, estabas a punto de terminar de una manera mucho más…física.— Una sonrisa pequeña asomó en sus labios.— Te vi, Cachorro. Vi tu mano en el borde del escritorio. Estabas a nada de mandar a esa idiota a través de la ventana con un solo dedo. Lo único que hice fue ahorrarte el papeleo de recursos humanos y una demanda por agresión.
Un alivio cálido y una ola de amor tan intensa que casi lo aturdió inundaron a Charlie. Se levantó de su silla y cerró la distancia que los separaba en un paso.
—Fuiste…increíble.— susurró Charlie, sus manos tomando el rostro de Babe.— Ferocidad e inteligencia combinadas. Fue la cosa más sexy y protectora que he visto.— Su voz bajó a un tono de admiración.— "Una vulgar oportunista con ganas de que te rompan la mierda de vagina que tienes entre las piernas". Dios, Babe. Eso fue poesía venenosa.
Babe sonrió, orgulloso y aliviado.
—Solo dije la verdad.
—Y la dijiste perfectamente.— Charlie no pudo contenerse más. Bajó la cabeza y capturó los labios de Babe en un beso que no era suave. Era posesivo, agradecido, ardiente. Un beso que decía "Eres mío, y yo soy tuyo, y lo defenderemos todo".
Después de unos segundos, rompió el beso solo para atacar el cuello de Babe, mordisqueando y chupando la piel donde su propia marca aún era visible.
—Mi Alfa feroz.— murmuró entre besos.— Mi protector. Mi amor inteligente y letal.
Babe dejó escapar un gemido, agarrando los hombros de Charlie.
—Solo hice lo que cualquier pareja haría.— jadeó, aunque sabía que muy pocas parejas lo habrían hecho con esa elegancia destructiva.
—No.— refutó Charlie, levantándolo en brazos con facilidad, a pesar del vientre, y sentándolo suavemente sobre el escritorio, apartando carpetas.— Lo que tú hiciste fue arte. Y me vuelve loco.
Se situó entre las piernas de Babe, sus manos en su cintura, mirándolo con devoción absoluta. El episodio desagradable había terminado, disuelto por el fuego de la lealtad de Babe. Ahora solo quedaban ellos, el latido de sus hijas, y la certeza de que juntos, eran una fortaleza impenetrable.
La Melodía de Dos Corazones
La casa había sido transformada. No de manera estridente, sino a través de una sutil invasión de ternura: dos cunas de madera clara junto a su cama, un cambiador repleto de pañales y toallitas, un esterilizador de biberones zumbando suavemente en la cocina, y un leve pero persistente aroma a talco y leche tibia que se había mezclado con el olor a libros y café.
Malee y Malai tenían tres días de haber llegado al mundo. El parto por cesárea había sido impecable, controlado, pero la intensidad emocional de ver a sus dos hijas, pequeñas, perfectas y con el ceño ligeramente fruncido que heredaron de Babe, había dejado a ambos padres hechos trizas de felicidad.
Ahora, estaban en casa. Y la teoría había chocado de frente con la práctica.
Era la hora del amanecer, ese limbo azul antes de que el sol asomara. Charlie, cuyo ciclo de sueño era ahora un recuerdo lejano, estaba de pie frente a la encimera de la cocina, preparando con precisión quirúrgica dos biberones con la fórmula especial que él mismo había diseñado: una mezcla de nutrientes enriquecida para satisfacer las necesidades de bebés hijas de un Alfa especial y un Enigma. Sus movimientos eran lentos, deliberados, la concentración de un científico en una tarea sagrada.
En el dormitorio, Babe estaba sentado en la mecedora nueva, una en cada brazo. Malee, con un suave mechón de cabello oscuro como el de Babe, estaba tranquila, observando la cara de su padre con ojos claros como los de Charlie. Malai, cuyo cabello era un poco más claro y esponjoso, movía sus pequeños puños en el aire, emitiendo suaves sonidos de descontento.
—Ya va, princesa, ya va.— murmuró Babe, su voz, tan usada para gritar órdenes en la pista o lanzar insultos letales, era ahora un ronroneo grave y suave.— Tu papá Charlie está haciendo magia en la cocina.
Charlie entró en la habitación, un biberón en cada mano. La escena lo detuvo en seco.
Babe, su feroz Alfa, con sus tatuajes asomando bajo las mangas de su camiseta holgada, meciendo con una ternura infinita a sus dos hijas. La luz tenue del amanecer los envolvía en un halo de paz profunda.
—Tienen hambre.— anunció Charlie, acercándose.
—Malai está a punto de declarar la guerra.— confirmó Babe, sonriendo cansado pero radiante.
Charlie le pasó un biberón y tomó a Malai con sumo cuidado, como si manejara el cristal más fino. Se sentó en el borde de la cama, frente a Babe. La sincronía fue natural.
Ambos llevaron el biberón a los pequeños labios hambrientos. Un silencio instantáneo y satisfecho cayó sobre la habitación, roto solo por los suaves sonidos de succión.
—Mira cómo toma.— susurró Babe, observando a Malee.— Con determinación. Como tú con tus fórmulas.
—Y Malai no pierde el tiempo.— respondió Charlie, mirando a su hija, cuyos ojos se empezaban a cerrar de puro placer.— Directa al grano. Como su papá Babe en la recta final.
Se miraron por encima de las cabecitas de sus hijas. Una sonrisa cómplice, llena de un agotamiento feliz y un amor abrumador, pasó entre ellos.
La siguiente escena era el baño. La bañera pequeña para bebés estaba sobre el cambiador en el baño principal. Charlie probaba la temperatura del agua con su codo y un termómetro digital (viejo hábito).
—Perfecta: 37.2 grados Celsius.— anunció.
—Solo tú.— refunfuñó Babe, pero con afecto. Sostenía a Malee, ya desnuda y envuelta en una toalla con capucha de oso.— ¿Lista para tu primera carrera, campeona?
El baño fue un ballet de cuatro manos. Babe sostenía con una seguridad que había nacido de la noche a la día, sumergiendo a Malee suavemente mientras Charlie, con manos increíblemente delicadas para su fuerza, la enjabonaba con un gel suave que olía a manzanilla.
—¿Ves?— dijo Charlie, enjuagando la espuma de la pequeña espalda.— No es tan distinto a ajustar un motor. Sensibilidad y precisión.
—Pero más esponjosa.— apuntó Babe, haciendo que Malee chapoteaba suavemente con un piececito. La bebé emitió un gorjeo, y el corazón de ambos se derritió.
Luego fue el turno de Malai. Mientras Charlie la sostenía, Babe se encargó del enjabonado.
Sus grandes manos, capaces de destrozar un manillar, acariciaban el cuero cabelludo de su hija con una devoción que dejó sin aliento a Charlie.
—Tienes las manos de un cirujano, mi amor.— murmuró Charlie.
—Cirujano de motores.— replicó Babe, sin levantar la vista, completamente absorto en la tarea.— Pero para esto…para esto sirven mejor.
Después del baño, vino la sesión del cambiador. Era el territorio donde la teoría de Charlie y la fuerza bruta de Babe se enfrentaban a un enemigo formidable: el pañal con broches.
—No, Cachorro, así no.— dijo Babe, observando a Charlie luchar con los broches de la ropita de Malai—. Tienes que doblar este lado primero, luego pasar el broche por aquí…mira.
—Es que son tan pequeños.— protestó Charlie, su intelecto fallando ante la física práctica de un body para recién nacido.— ¿Quién diseñó esto? Es anti-intuitivo.
—Yo.— dijo Babe, con un aire de superioridad que era totalmente merecido.— Lo aprendí viendo videos mientras tú revisas tus gráficos de hormonas. Dame aquí.
Con movimientos expertos, Babe vistió a Malai en segundos, luego a Malee, quien observaba el proceso con aire de sabia anciana. Luego, con un gesto teatral, le pasó a Charlie un pañal limpio y una toallita húmeda.
—Tu turno, doctor. La cirugía mayor.
Cambiar un pañal se convirtió, bajo las manos de Charlie, en un procedimiento de alta tecnología. Evaluó la consistencia, murmuró algo sobre hidratación, limpió con una eficiencia estéril y colocó el pañal nuevo con la misma precisión con la que alineaba un microscopio.
—Ves.— dijo Charlie, terminando con un movimiento perfectamente simétrico.— Es cuestión de método.
Babe se rió, un sonido bajo y feliz.
—Mi método es más rápido.
—El tuyo es arte marcial. El mío es ciencia.— replicó Charlie, levantando a Malai ya vestida y oliendo a limpio.— Y ambas funcionan.
Al final, con las dos niñas limpias, alimentadas y con pañales nuevos, las acostaron en su cuna compartida. Malee se chupaba el puño pensativamente. Malai ya dormía profundamente, un pequeño suspiro escapando de sus labios.
Babe y Charlie se quedaron de pie, hombro con hombro, mirándolas a través de los barrotes. El cansancio era un peso dulce en sus huesos. Babe apoyó la cabeza en el hombro de Charlie.
—Son…— Babe buscó la palabra, pero falló.
No había palabra.
—Lo sé.— susurró Charlie, enlazando su brazo alrededor de la cintura de Babe, ahora más suave pero aún fuerte.— Y pensar que hace unos meses, tu mayor preocupación era el grado de cocción del ajo.
—Y que tú creías que podías descifrar su código de llanto con un espectrómetro.— recordó Babe, sonriendo.
—Podría intentarlo.— musitó Charlie, pero su tono era juguetón.
Babe se giró dentro del abrazo, mirando a Charlie. En sus ojos había una paz, una plenitud que antes no existía.
—Gracias.— dijo, simple y claro.
—¿Por qué?— preguntó Charlie, confundido.
—Por esto. Por ser mi científico loco. Por no huir cuando me ponía insufrible. Por…por hacerlas conmigo.— su voz se quebró un poco.
Charlie lo besó, un beso lento, profundo, que sabía a leche, a talco y a amor eterno.
—Gracias a ti, mi Alfa feroz. Por proteger nuestro mundo. Por traerlas. Por ser su papá.
Se separaron y volvieron a mirar a las cunas.
Malee y Malai dormían, ajenas a todo.
—¿Qué hacemos ahora?— preguntó Babe en un suspiro.
—Ahora.— dijo Charlie, tomándolo de la mano y guiándolo suavemente de vuelta a la cama.— Dormimos. Porque en dos horas, la orquesta de los llantos por hambre vuelve a tocar. Y necesitamos estar listos.
Se acostaron, entrelazados, exhaustos y más felices de lo que jamás habían imaginado.
Afuera, la ciudad empezaba a despertar. Pero dentro de la casa, el universo entero se había reducido al ritmo de cuatro corazones latiendo en dos cunas, y al de dos padres que habían encontrado, en el caos de la paternidad gemela, la mayor aventura de todas.
La Tormenta Después de la Calma
Diez semanas. Diez semanas de noches fragmentadas por llantos, de olores a leche y talco, de miradas mudas de complicidad sobre cabezas dormidas. Diez semanas de una felicidad tan profunda que a veces se sentía como un dolor dulce en el pecho. Pero también diez semanas de abstinencia física, de caricias robadas entre biberones y canciones de cuna, de un deseo contenido que hervía bajo la superficie de la ternura.
Charlie había acostado a Malee y Malai después de su última toma. Estaban dormidas, sus pequeños pechos subiendo y bajando con el ritmo de los ángeles. Les dio un beso en la frente a cada una, sintiendo una oleada de amor que nunca dejaba de sorprenderlo. Luego, con pasos silenciosos, salió de la habitación de las niñas y se dirigió al suyo.
La puerta del baño principal estaba entreabierta, y de ella salía el sonido del agua corriendo y un vapor cálido que llevaba la esencia limpia y húmeda de Babe. Charlie se detuvo en el umbral.
Babe estaba de espaldas a la puerta, bajo el chorro de la ducha de lluvia. El agua corría por su espalda, ahora un poco más suave, menos definida por el ejercicio extremo pero aún poderosa. Corría por la curva de sus glúteos, por sus muslos fuertes. Tenía la cabeza inclinada, los ojos cerrados, las manos apoyadas en la pared de azulejos. No era una postura de placer, sino de agotamiento profundo, de un hombre aprovechando los dos minutos de soledad para dejar que el agua le lavara el cansancio.
Charlie no dijo una palabra. Se desvistió con movimientos rápidos y silenciosos, dejando su ropa en un montón desordenado en el suelo de mármol. El aire húmedo se condensó en su piel. Se acercó, deslizándose dentro de la cabina de ducha sin hacer ruido.
Babe no se movió, pero Charlie supo que lo había sentido. La energía entre ellos cambió, se electrificó. Charlie levantó una mano y la posó en la nuca de Babe, los dedos entrelazándose en el cabello mojado. No fue un agarre, fue una afirmación. Luego, inclinándose, dejó que sus labios se posaran en el hombro de Babe, justo donde su marca, había dejado meses atrás. Fue un beso húmedo, caliente, que no pedía permiso.
Babe dejó escapar un suspiro largo, un sonido que era mitad rendición, mitad alivio.
Su cuerpo, antes inerte, se arqueó ligeramente hacia atrás, buscando el contacto.
Charlie respondió acercándose más. Su erección, dura y urgente después de semanas de espera, se posó en el surco entre los glúteos de Babe, restregándose contra la piel mojada y caliente con un movimiento lento, deliberado. Un gruñido ronco escapó de la garganta de Babe.
—Shhh…— susurró Charlie contra su oído, pero era una orden suave, no un intento de calmar. Su otra mano bajó, pasando por el costado de Babe, por su cadera, hasta encontrar la entrada tensa entre sus nalgas.
El agua caliente había hecho su trabajo, relajando los músculos. Charlie deslizó un dedo, sin prisa pero con firmeza, dentro de la calor estrecha de Babe.
—Charlie…— jadeó Babe, su nombre salió como una súplica.
—Yo sé, mi amor.— murmuró Charlie, añadiendo un segundo dedo, estirando con cuidado pero sin piedad, buscando y frotando el punto que hacía que las piernas de Babe temblaran.— Yo también lo he necesitado. Te he necesitado.
Después de unos minutos de preparación, con Babe gimiendo y empujando contra sus dedos, Charlie retiró su mano. Agarró a Babe por la cadera y lo giró con suavidad pero con una fuerza innegable, hasta que quedaron frente a frente, piel contra piel bajo el agua.
Los ojos ámbar de Babe estaban oscuros, desenfocados por el deseo, su respiración entrecortada.
—Engánchate.— ordenó Charlie, su voz baja pero cargada de una autoridad que erizó la piel de Babe.
Sin dudar, Babe levantó los brazos y enredó sus piernas alrededor de la cintura de Charlie.
Charlie lo sostuvo con facilidad, sus brazos rodeando su espalda. Caminó los pocos pasos que los separaban de la pared de azulejos y presionó la espalda de Babe contra las baldosas frías, contrastando con el calor abrasador de sus cuerpos.
—Mírame.— exigió Charlie.
Babe obedeció, clavando sus ojos en los de Charlie, que brillaban con un intenso carmesí oscuro, el color del poder y la posesión desatados. Entonces, sin romper el contacto visual, Charlie alineó su erección y, con un empuje profundo y controlado, se hundió dentro de Babe.
El gemido que escapó de Babe fue ahogado por el sonido del agua, pero Charlie lo sintió vibrar en todo su cuerpo. Era ajustado, abrasador, perfecto. Se quedó quieto por un segundo, permitiendo que ambos se adaptaran, sintiendo el cuerpo de Babe estremecerse a su alrededor.
—Dios…mi amor…— susurró Babe, enterrando la cara en el cuello de Charlie.
Eso fue todo lo que Charlie necesitó. Retiró sus caderas casi por completo y luego volvió a embestir, más fuerte, más profundo. Y así comenzó: un ritmo implacable, posesivo, que hacía temblar la cabina de ducha. Cada embestida empujaba a Babe contra la pared, cada retirada era una tortura dulce.
Babe respondió como un animal acorralado y entregado. Sus dientes encontraron el cuello de Charlie, no para marcar, sino para devorar.
Mordisqueó, chupó, lamió la piel salada, dejando una constelación de promesas rojas.
Luego atacó su boca, en un beso desesperado y húmedo que era más batalla que caricia, sus lenguas luchando por dominio. Bajó a su hombro, a su mandíbula, dejando marcas de pasión por todas partes.
Sus manos, mientras tanto, arañaban la espalda de Charlie. No eran rasguños de dolor, sino marcas de posesión, surcos rojos en la piel mojada que decían "eres mío, esto es mío". Y sus gemidos…Dios, sus gemidos.
No los contenía. Eran altos, agudos, provocativos, dirigidos directamente al oído de Charlie.
—¿Te gusta?— jadeó Babe, mordiendo el lóbulo de su oreja.— ¿Te gusta sentirme tan apretado, tan abierto solo para ti después de tanto tiempo?
—Cállate.— gruñó Charlie, pero era una orden de placer, no de silencio. Embistió más fuerte, cambiando el ángulo, golpeando ahora directamente el punto que hacía que los ojos de Babe se volvieran blancos.— Eres mío. Este calor…esta humedad …es solo mía. Dilo.
—¡Tuyo!— gritó Babe, el sonido rebotando en las paredes.— ¡Siempre tuyo, Cachorro! ¡Dios…más!
Charlie obedeció. Bajó la cabeza para capturar un pezón de Babe entre sus dientes, chupando y mordiendo hasta hacerlo gemir más alto. Luego cambió al otro, dándole el mismo tratamiento. Entre beso y mordisco, entre embestida y gemido, Charlie soltaba su torrente de palabras, un contrapunto obsceno y amoroso al ruido del agua y de sus cuerpos chocando.
—Me vuelves loco, mi amor…sentir cómo me aprietas, cómo me suplicas con todo tu cuerpo…Eres una obra maestra hecha para que yo la posea…cada gemido tuyo es un himno para mí…Quiero que esta noche no se te olvide quién te hace sentir así…quién te despedaza y te vuelve a armar solo para mi placer…
—¡Solo tú!— gritó Babe, sus uñas clavándose más profundamente.— ¡Charlie, por favor…!
—¿Por favor qué, mi amor?— preguntó Charlie, desacelerando deliberadamente, torturándolo.— ¿Qué necesita mi Alfa feroz? ¿Mi Rey? Dímelo con esas palabras sucias que tanto me gustan.
—¡Que me folles hasta no poder caminar!— rugió Babe, sin ningún filtro, su vulgaridad hermosa en su desesperación.— ¡Hasta que se me olvide mi propio nombre! ¡Hazme tuyo otra vez!
Esa fue la chispa que incendió la pólvora. El control de Charlie se quebró. Agarró las nalgas de Babe con más fuerza y se entregó a una serie de embestidas finales, salvajes, profundas, que eran pura reclamación. El mundo se redujo al sonido de sus pieles mojadas chocando, a los gemidos guturales de Babe, al calor abrasador que los envolvía.
El orgasmo los golpeó casi al mismo tiempo, una ola cataclísmica que arrancó un gruñido ahogado de Charlie y un gemido largo y tembloroso de Babe, que enterró la cara en el hombro de Charlie, mordiendo la piel para silenciarse. Charlie lo sostuvo contra la pared mientras su propio cuerpo se estremecía, vertiéndose dentro de él con una posesión completa, rellenando el espacio que había anhelado durante semanas.
Durante un largo minuto, solo respiraron. El agua cayendo sobre ellos, enfriándose. Los cuerpos aún palpitando. Charlie, poco a poco, bajó las piernas de Babe, ayudándole a sostenerse cuando sus rodillas flaquearon. Lo sostuvo contra su cuerpo, los dos jadeando, pegados por el agua, el sudor y el sexo.
Babe levantó la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos, su boca hinchada y roja. Una sonrisa lenta, satisfecha y desafiante, apareció en sus labios.
—Bienvenido de vuelta, Cachorro.— susurró, su voz ronca.
Charlie rió, un sonido bajo y feliz, y lo besó.
Un beso ahora suave, lento, de reconocimiento.
—Nunca me fui, mi amor.— respondió.— Solo estaba…realineando mis prioridades.
Y bajo el agua que ahora era tibia, con las marcas de sus garras y dientes en la piel, y el eco de sus gemidos en el aire húmedo, supieron que, aunque todo había cambiado con la llegada de sus hijas, esto, el fuego esencial entre ellos, seguía siendo el mismo.
Salvaje, posesivo, y completamente suyo.
¡FIN!
Dedicado a @Keniapatricia idea que me pediste…Que lo disfrutes…