Prólogo
El pasillo de este edificio de mierda apestaba.
Era una mezcla de té barato podrido y esa humedad rancia de las paredes que se te mete en la garganta y no te deja respirar. Cada vez que daba un paso, la madera crujía bajo mis pies como si se estuviera burlando de mí. Mis manos eran un manojo de nervios, y no era solo por el puto frío que entraba por las ventanas rotas, sino por el asco que me daba saber dónde estaba metida.
Había pasado meses huyendo de su sombra, y ahora, como una estúpida, venía a entregarme solita.
Me paré en seco frente a la puerta de roble. No se oía nada, solo un silencio pesado, de esos que te hacen pitar los oídos. Y de repente, ese ruido. Un rascado frenético, seco, de uñas contra piel muerta. Ras, ras, ras. Era un sonido enfermo, como si alguien se estuviera arrancando el pellejo a tiras en la oscuridad.
Se me revolvió el estómago. No me dio tiempo ni de pensar en darme la vuelta porque una voz me atravesó como un cuchillo.
-Pasa de una vez.
No gritó. No lo necesitaba. Fue una voz ronca, gastada, como si tuviera la garganta llena de arena. Empujé la puerta, con el corazón dándome golpes en las costillas.
El despacho era enorme, pero me sentí encerrada.
Había polvo flotando por todos lados, bailando en los pocos rayos de luz que quedaban. Y ahí estaba él. Tomasz Szygarłowski. Ni siquiera se dignó a mirarme. Llevaba un abrigo negro inmenso, como si quisiera esconderse del mundo, pero tenía un brazo afuera. Y joder, ese brazo era un desastre: rojo vivo, lleno de escamas y grietas que daban ganas de llorar.
Sus dedos no paraban. Se rascaba con una furia silenciosa, soltando pedacitos de piel blanca sobre la mesa como si fuera nieve sucia. Me dio una mezcla de lástima y terror que me dejó paralizada.
-Acércate -soltó, sin dejar de masacrarse el brazo.
Caminé porque mis piernas se mandaban solas, no porque yo quisiera.
Cuando estuve cerca, me llegó su olor. No olía a perfume caro, ni a tabaco, ni a nada de lo que olían los tipos asquerosos de cualquier burdel. Olía a hospital, a farmacia vieja y a ese polvo eterno que parecía salirle de los poros.
Él miraba por la ventana, concentrado en las ruinas de Varsovia, como si estuviera contando los cadáveres de los edificios. No parecía cabreado, ni excitado, ni nada. Le daba igual que yo estuviera ahí. No era un hombre mirando a una mujer; era un dueño mirando a un perro que acababa de volver a casa.
Tomasz dio un par de golpes en su pierna derecha. Una orden de mierda, sin palabras.
Me senté. No rechisté. Al tocar la tela de su abrigo, sentí que mi antigua vida se terminaba de ir al carajo. En un arrebato de desesperación, de querer entender qué carajos era este hombre, le agarré la mano herida. La sentí como un papel de lija caliente. Y, aunque me daba un asco que me quemaba por dentro, la besé.
La piel sabía a sal, a medicinas y a algo muerto.
Entonces, por fin, me miró. Sus ojos no eran normales. Eran dos pozos negros, hundidos en una piel hinchada y roja, como si no hubiera dormido en una puta década. Me miró con un desprecio tan absoluto que me sentí pequeña, una basura. No había ni un gramo de deseo en él. Solo asco por mi debilidad.
-Ríndete, porcelana -susurró, y su aliento me rozó la cara como un viento helado-. El invierno no pierde el tiempo con lo que ya está roto.
Esa noche, mientras la luz se moría afuera, lo entendí. Mi familia no se había topado con un mafioso cualquiera. Se habían topado con el fin del mundo. Y yo ya no era Larysa. Era solo polvo.
Y el polvo no puede romperse más.