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Rendirse al enemigo

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Summary

Él es el enemigo que juró destruirla. Ella es la debilidad que nunca pudo olvidar. En un mundo vampírico gobernado por intrigas y sangre, Emily y Cain se enfrentan como rivales... pero se consumen como amantes marcados por la traición. Poder, humillación y deseo se entrelazan en un juego donde rendirse duele tanto como resistir. Porque cuando el amor nace del odio, no salva: condena.

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5
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n/a
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18+

Capítulo 1

El salón de espejos del Palacio de Cristal parecía contener demasiada luz para una sola noche. Miles de candelabros flotaban sin cadenas visibles, derramando oro líquido sobre los invitados, y cada reflejo multiplicaba rostros enmascarados, risas falsas y promesas que nadie pensaba cumplir. Olía a jazmín marchito, sangre añeja y perfume caro. El aroma típico de nuestra especie cuando fingimos que somos civilizados.


Yo estaba en el centro del estrado de obsidiana, con el vestido negro bordado en hilos de plata que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. La máscara que llevaba solo cubría la mitad superior de mi rostro; no necesitaba ocultar mis ojos. Todos aquí ya sabían quién era: la princesa Emily de la Casa del Alba Eterna, la que proponía abrir las fronteras de los territorios nocturnos, permitir el comercio con los clanes del sur, incluso —herejía máxima— negociar con algunos linajes de cazadores reformados. Paz a cambio de sangre controlada. Progreso, lo llamaban mis partidarios. Traición, lo llamaban los demás.


Y entonces lo vi.


Cain.


No necesitaba que nadie me dijera que había entrado. El aire cambió, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno. La conversación a mi alrededor se volvió un murmullo más bajo, más cauteloso. Las máscaras giraron hacia él como flores nocturnas hacia la luna.

Vestía de negro absoluto, sin un solo adorno plateado ni carmesí que rompiera la monocromía. Su máscara era de ébano pulido, sin aberturas para los ojos más que dos rendijas finas como cuchillas. No las necesitaba. Todos sabíamos que esos ojos eran del color de la sangre coagulada y que podían encontrar a cualquiera en una sala abarrotada sin esfuerzo.


Se detuvo a diez pasos del estrado, con esa postura suya que siempre parece decir "este lugar me pertenece, aunque aún no lo haya reclamado". Y entonces habló, con esa voz baja que llega hasta los huesos antes que a los oídos.


—Princesa Emily —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Veo que sigues insistiendo en regalarle oxígeno a quienes nos cazan. Qué generosa.


La sala contuvo el aliento. No era una pregunta. Era el comienzo de la guerra verbal que todos esperaban esta noche.


Sonreí con los labios cerrados. No iba a regalarle la satisfacción de verme mostrar colmillos tan pronto.


—Príncipe Cain —respondí, dando un paso lento hacia adelante—. Veo que sigues insistiendo en que el miedo es la única moneda que vale. Qué... predecible.


Un murmullo recorrió el consejo. Algunos asintieron con aprobación contenida; otros, los más antiguos, fruncieron el ceño. Sabían que esto no era solo un intercambio de pullas. Era el primer asalto de la votación que decidiría el rumbo de los próximos cien años.


Cain dio otro paso. Ahora estábamos a cinco metros. Lo suficientemente cerca para oler su aroma: cuero viejo, hierro y algo más oscuro, como tormenta contenida.


—El miedo mantiene el orden —dijo, casi con dulzura—. Tu "progreso" solo nos pondrá de rodillas ante los primeros cazadores que decidan romper la tregua. ¿O acaso crees que tus tratados de papel van a detener una ballesta de plata cuando te apunte al corazón?


Mis pensamientos se aceleraron.


¿Cómo se atreve a hablarme de rodillas cuando él es el que se arrodilla ante el pasado cada maldita noche?


—Tal vez si dejaras de tratar a toda la humanidad como si fueran una plaga —repliqué—, no tendríamos que vivir escondidos como ratas en nuestras propias ciudades eternas. El mundo cambió, Cain. Tú eres el único que se niega a verlo.


Él ladeó la cabeza. Solo un poco. Lo suficiente para que la luz atrapara el filo de su máscara y lo convirtiera en una sonrisa de metal.


—El mundo no cambió, Emily. Solo se volvió más hábil para matarnos. Y tú quieres invitarlos a cenar.


Un consejero tosió, incómodo. Otro murmuró algo sobre "decoro". Ninguno se atrevió a interrumpirnos.


Di otro paso. Tres metros.


—No te pido que los invites a cenar —dije, bajando la voz hasta que solo él pudiera escucharme con claridad—. Te pido que dejes de actuar como si el único futuro posible fuera una guerra eterna que ninguno de los dos va a ganar. Porque si sigues así... —hice una pausa, sosteniendo su mirada invisible tras la máscara— ...al final seremos nosotros los que terminemos extinguiéndonos. No ellos.


Por un segundo —solo uno— creí ver que su postura se tensaba. Como si mis palabras hubieran tocado algo que él prefería mantener enterrado.

Luego soltó una risa corta, seca.


—Bonito discurso, princesa. Lástima que el consejo no vota con poesía.


Se giró hacia los ancianos sentados en semicírculo, alzando la voz lo justo para que todos lo oyeran.


—Mi propuesta es sencilla: fronteras cerradas. Caza autorizada solo para alimentarnos, nunca para negociar. Sangre sintética prohibida —es una puerta abierta a la debilidad—. Y cualquier vampiro que cruce la línea para fraternizar con humanos... será considerado traidor.


Sus palabras cayeron como piedras en un estanque quieto. Vi cómo varios consejeros asentían lentamente. Vi cómo otros me miraban, esperando mi contraataque.


Te odio, pensé, mirándolo fijamente. Te odio porque haces que todo parezca tan simple. Te odio porque una parte de mí teme que tengas razón. Y te odio más aún porque, incluso ahora, con esa máscara de asesino y esa voz de verdugo, sigues siendo lo más hermoso que ha pisado este maldito salón en siglos.


Respiré hondo. Sonreí otra vez. Esta vez dejé que asomaran apenas los colmillos.


—Mi propuesta es más sencilla aún —dije, alzando la voz—. Sobrevivimos evolucionando. O morimos aferrados a un trono de cenizas. El consejo decidirá esta noche cuál de las dos opciones prefiere seguir.


Miré directamente a la máscara de Cain.


—Y tú, príncipe... tendrás que decidir si prefieres seguir siendo el verdugo del pasado... o arriesgarte a ser algo más.


El silencio que siguió fue ensordecedor.

Cain no respondió de inmediato.

Solo inclinó la cabeza, muy despacio.


Y supe, con una certeza que me heló la sangre, que esta noche acababa de empezar la verdadera guerra entre nosotros.


No la de las palabras.


La otra.


La que ninguno de los dos podría evitar por mucho más tiempo.


El silencio se prolongó hasta que se volvió incómodo, casi físico. Sentí los ojos de todos clavados en mí, esperando que yo rompiera primero, que cediera terreno o que lanzara el siguiente dardo envenenado. Pero ya había dicho suficiente por esta noche. Las palabras son armas de doble filo: si las usas demasiado, terminas cortándote tú misma.


Incliné la cabeza hacia el consejo con la gracia que me habían enseñado desde que tenía cien años y apenas empezaba a entender lo que significaba ser inmortal.


—Gracias por escuchar, ancianos. Confío en que la sabiduría de siglos sabrá distinguir entre el miedo que nos protege y el miedo que nos encadena. —Hice una pausa breve, dejando que mis palabras se asentaran—. Disfruten de la fiesta. Beban, bailen, recuerden por qué seguimos aquí después de tantos imperios caídos. Nos veremos cuando el consejo se reúna para votar.


Un murmullo de aprobación contenida recorrió la sala. Algunos inclinaron la cabeza en señal de respeto; otros simplemente me observaron con esa frialdad calculadora que tienen los que ya han sobrevivido demasiadas noches. No me importó. Giré sobre mis talones, el vestido negro susurrando contra el mármol como una promesa rota, y bajé del estrado sin mirar atrás.


No necesitaba mirar para saber que Cain seguía allí, inmóvil, observándome. Su presencia era como una corriente fría en la nuca: imposible de ignorar.


Crucé el salón despacio, saludando con sonrisas pequeñas y frases vacías a los que se acercaban. "Hermosa velada", "el palacio nunca había estado tan radiante", "qué placer verte después de tanto tiempo". Mentiras corteses que todos repetíamos como un mantra para no admitir que esta fiesta era, en realidad, un campo de batalla con candelabros.


Cuando por fin logré llegar a una de las terrazas laterales, el aire nocturno me golpeó como una bofetada bienvenida. El panorama se extendía allá abajo, un mar de luces parpadeantes que nunca dormía del todo. Me quité la máscara con un movimiento brusco y la dejé sobre la balaustrada de mármol. El viento me revolvió el cabello y, por un segundo, me sentí casi humana otra vez.


Casi.


Mis pensamientos volvieron a él sin permiso, como siempre.


Cain y yo no siempre fuimos así.


Hubo un tiempo —hace siglos, cuando el mundo aún olía a madera quemada y pólvora fresca— en que compartimos la misma mesa, la misma sangre, incluso la misma oscuridad. Él era el heredero de la Casa de la Noche Eterna, yo de la Casa del Alba Eterna. Dos linajes que, en teoría, debían haberse odiado desde el principio. Pero la teoría y la realidad rara vez coinciden cuando tienes diecisiete años eternos y el mundo parece infinito.


Nos encontramos por primera vez en las ruinas de una abadía saqueada en las afueras de París, en 1789. El Terror acababa de empezar y los humanos se mataban entre ellos con una ferocidad que nos dejaba boquiabiertos incluso a nosotros. Yo había ido a alimentarme; él, a observar. Nos cruzamos entre las columnas derruidas, ambos con la ropa manchada de sangre ajena, y por un instante ninguno de los dos atacó.


Hablamos.


Hablamos hasta el amanecer, escondidos en la cripta más profunda, mientras el sol salía y el mundo ardía allá arriba. Hablamos de todo: de cómo los humanos se devoraban a sí mismos, de si valía la pena seguir escondiéndonos, de si algún día podríamos caminar bajo el sol sin quemarnos. Él tenía diecinueve años eternos entonces; yo, diecisiete. Éramos jóvenes. Éramos estúpidos. Éramos... posibles.


Durante casi treinta años fuimos aliados secretos. Nos encontrábamos en ciudades que cambiaban de nombre cada década: Viena, San Petersburgo, Nueva Orleans, Río de Janeiro. Compartíamos presas, compartíamos libros prohibidos, compartíamos noches enteras discutiendo si la humanidad merecía coexistir o solo merecía ser ganado. Él siempre fue más cínico; yo, más esperanzada. Pero nos complementábamos. O eso creía yo.


Todo cambió en 1821.


Una noche en las catacumbas de París —otra vez París, siempre París— nos encontraron. Un grupo de cazadores de la Orden de la Llama Pura, armados con balas de plata y cruces benditas por un papa que ya no existía. Nos emboscaron. Luchamos espalda con espalda, como siempre. Matamos a la mayoría. Pero uno de ellos logró herirme de gravedad: una estaca de espino bendito directo al corazón. No me mató, pero me dejó inconsciente durante horas.


Cuando desperté, Cain ya no estaba.


Se había ido.


Dejó mi cuerpo tirado entre los cadáveres, sangrando, medio muerta, y desapareció sin una palabra. Horas después, cuando recuperé la fuerza suficiente para arrastrarme fuera de las catacumbas, supe por los rumores que había regresado a su corte y había declarado que la Casa del Alba Eterna era débil, que sus ideas de coexistencia nos condenarían a todos. Que yo era la prueba viviente de esa debilidad.


Nunca me explicó por qué se fue. Nunca me buscó después. Simplemente... me borró.


Y yo, en lugar de rogarle una explicación, juré que nunca volvería a necesitarlo. Que nunca volvería a confiar en alguien que pudiera abandonarme en el suelo como si fuera basura.


Desde entonces, cada encuentro era una puñalada lenta. Cada palabra, un recordatorio de que lo que una vez fuimos ya no existía. Él se convirtió en el príncipe implacable que defendía el viejo orden; yo, en la princesa rebelde que quería romperlo. Y el consejo, encantado con el espectáculo, nos dejaba destrozarnos mutuamente mientras ellos decidían quién tenía la razón.


Apoyé los codos en la balaustrada y miré la ciudad.

¿Por qué sigues haciéndome esto, Cain? ¿Por qué no puedes simplemente desaparecer del todo?

Detrás de mí, escuché pasos suaves. No necesitaba girarme para saber quién era.


La voz de Cain llegó baja, casi un susurro, pero cargada de algo que no supe identificar.


—No te vas a despedir de mí, princesa?


Cerré los ojos un segundo.


Luego me volví lentamente, sin máscara, sin sonrisas falsas.


—Pensé que ya nos habíamos dicho todo lo que teníamos que decirnos hace siglos —respondí—. ¿O acaso quieres recordarme otra vez por qué te fuiste sin mirar atrás?


Por primera vez esa noche, vi que su máscara temblaba ligeramente. No era miedo. Era algo peor.


Era memoria.


Y entonces supe que, aunque lo negara con cada fibra de su ser inmortal, esta guerra entre nosotros nunca había sido solo política.


Era personal.


Y ninguno de los dos sabía cómo terminarla sin destruirse en el intento.


No se movió de inmediato. Se quedó allí, a tres pasos de distancia, con la máscara aún puesta, aunque la luz de la luna hacía que pareciera más una armadura que un disfraz. El viento jugaba con los bordes de su capa negra, y por un instante me recordó al Cain de hace dos siglos: el que se reía con facilidad, el que me robaba besos en callejones oscuros y juraba que el mundo podía ser nuestro si lo queríamos lo suficiente.


Pero ese Cain estaba muerto. O al menos, eso me repetía cada noche desde 1821.


—¿Qué quieres, Cain? —pregunté, cruzándome de brazos para que no viera cómo me temblaban ligeramente los dedos—. ¿Vienes a regodearte porque el consejo pareció inclinarse más hacia tu lado esta noche? ¿O solo querías asegurarte de que siguiera odiándote con la misma intensidad de siempre?


Él dio un paso adelante. Ahora solo nos separaba el ancho de una mano.


—No necesito que me odies, Emily. Ya lo haces bastante bien sin mi ayuda.


Su voz era baja, controlada, pero había un filo nuevo en ella. Algo que no era solo arrogancia. Era... hambre. No de sangre. De algo más peligroso.


—¿Y tú? —repliqué, alzando la barbilla—. ¿Qué necesitas tú, príncipe? ¿Que todos se arrodillen ante tu visión gloriosa del orden eterno? ¿Que admitamos que sin tu puño de hierro nos disolveríamos como niebla al amanecer? Porque si es eso, puedes seguir esperando. Nunca me arrodillaré ante ti. Ni siquiera cuando el sol nos queme a los dos.


Una risa corta, casi inaudible, escapó de debajo de la máscara.


—Siempre tan dramática. El sol no nos va a quemar, princesa. Tú eres la que quiere abrirle la puerta de par en par para que entre.


Me acerqué. Demasiado. Nuestros rostros casi se tocaban. Podía olerlo: cuero, hierro, tormenta. Y debajo de todo eso, el latido lento, casi imperceptible, de un corazón que no necesitaba latir pero lo hacía de todos modos.


—No soy yo la que se esconde detrás de una máscara en su propia fiesta —susurré—. No soy yo la que finge que el pasado no duele. Tú eres el que sigue llevando esa cosa como si pudiera protegerte de mí.


Sus dedos se cerraron alrededor de la balaustrada a mi lado, tan fuerte que el mármol crujió.


—No necesito protección de ti, Emily. Necesito que dejes de ser una amenaza para todos nosotros. Tus ideas son veneno. Tus tratados son papel mojado. Y tú... —hizo una pausa, y su voz bajó hasta casi romperse— ...tú sigues creyendo que puedes salvarnos a todos. Incluyéndome a mí. Eso es lo que más me enfurece.


—¿Salvarte? —repetí, con una sonrisa amarga—. No quiero salvarte, Cain. Quiero que admitas que te equivocaste. Que cuando me dejaste tirada en esas catacumbas, sangrando y medio muerta, no fue por nobleza ni por estrategia. Fue porque te dio miedo. Miedo de que yo tuviera razón. Miedo de que el mundo que tú defiendes con uñas y dientes sea solo una jaula que construiste para no tener que sentir nada más.


Por primera vez esa noche, vi cómo su postura vacilaba. Solo un segundo. Pero fue suficiente.


—No sabes nada de lo que sentí esa noche —dijo entre dientes.


—Entonces dímelo —exigí, mi voz temblando de rabia contenida—. Dime por qué te fuiste. Dime por qué me abandonaste. O mejor aún: dime por qué sigues apareciendo frente a mí siglo tras siglo si supuestamente ya me borraste de tu existencia.

Se quitó la máscara de un movimiento brusco. La dejó caer al suelo con un sonido seco. Sus ojos —rojos oscuros, casi negros— me atravesaron como si quisieran arrancarme el alma.


—Porque no puedo borrarte —gruñó—. Porque cada maldita noche desde entonces sigo viéndote en cada sombra, en cada reflejo, en cada decisión que tomo. Porque odio que sigas siendo la única persona en este mundo inmundo que puede hacerme dudar. Y porque... —su voz se quebró por primera vez— ...porque si alguna vez te hubiera matado esa noche, al menos habría tenido la certeza de que ya no podías destruirme.


El aire entre nosotros se volvió espeso, eléctrico. Nuestras respiraciones —innecesarias, pero inevitables— se mezclaron. Estábamos a un latido de distancia. A un beso. A un asesinato.


Y entonces lo oí.


Unos pasos firmes, seguros. Un carraspeo educado.


—Princesa Emily.


Me volví lentamente.


Era Lord Darius de la Casa de las Sombras del Este. Alto, elegante, con el cabello plateado recogido en una coleta baja y una sonrisa que prometía problemas divertidos. Llevaba una máscara de cuervo negro que dejaba ver solo sus ojos verdes y astutos.


—El vals está a punto de comenzar —dijo con una reverencia impecable—. Y me preguntaba si me concederías el honor de ser tu pareja esta noche.


Miré a Cain. Sus ojos seguían fijos en mí, pero ahora había algo nuevo en ellos. Algo crudo. Algo que se parecía peligrosamente a los celos.


Sonreí. Lenta. Deliberada.


—Con mucho gusto, Lord Darius.


Extendí la mano. Darius la tomó con gentileza, sus dedos fríos pero firmes. Me guió hacia la puerta que conducía de nuevo al salón, sin mirar atrás.


Pero yo sí miré.


Justo antes de cruzar el umbral, giré la cabeza lo suficiente para ver a Cain. Seguía inmóvil junto a la balaustrada, con la máscara tirada a sus pies como un trofeo roto. Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que la sangre negra goteaba entre sus dedos y caía al mármol en gotas silenciosas.


Y en sus ojos —esos ojos que una vez me miraron como si yo fuera el único amanecer que él podría soportar— vi exactamente lo que quería ver.


Celos.

Puros.

Ardientes.

Irrefutables.


La música del vals empezó a sonar dentro del salón, dulce y cruel.


Y mientras Darius me hacía girar en el primer compás, supe que acababa de ganar esta ronda.

No con palabras.


No con política.


Con algo mucho más antiguo y mucho más peligroso.


Con su propia oscuridad reflejada en mí.

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