Capítulo 1
Eran las seis de la tarde y el timbre de la preparatoria en el Instituto Marcus Araujo timbró para la siguiente clase. Los estudiantes salieron de sus salones de clases y saturaron los pasillos. Emilio Tarabella profesor de Filosofía y Ética escribió las tareas que deberían de entregarse para la siguiente clase en el pizarrón. Mientras que empuñaba la tiza, los estudiantes imploraban que no encargara muchas páginas de lectura y murmuraban entre dientes que tenían ya mucha tarea de otras materias.
―Sí, van a tener que leer ―dijo Emilio mientras terminaba de leer las páginas de sus apuntes y las escribía con el marcador.
―¿Profe si nos va a exentar del examen a los que saquemos más de nueve en el ensayo?
―Ya veremos.
Al terminar la clase, metió sus apuntes en su mochila y se dirigió a la sala de los maestros. En la cocineta había una cafetera, un refrigerador, un microondas, una tetera de agua eléctrica y una mesa redonda rodeada de cuatro sillas. Sacó un recipiente del refrigerador y lo metió al microondas. Sacó una botella de agua de su mochila, vació agua en la tetera y la prendió. En tres años que Emilio llevaba trabajando en la escuela tiempo completo no había podido acostumbrarse al sabor del café soluble que había disponible. Había intentado traer café fresco esperando fomentar un gusto por otro tipo de café para la sala de maestros, pero los maestros prefirieron seguir tomando el soluble. Emilio sacó unos sobres de té de un cajón, seleccionó el de menta y lo puso en la mesa. Unos minutos después, el olor a salsa de tomate empezó a llenar el cuarto y se sirvió agua caliente para meter su bolsita de té. Minutos después el microondas alertó que había terminado el ciclo programado y sacó el recipiente y se sentó en la mesa.
La puerta de la sala de maestros se abrió y en el umbral estaba Guadalupe Reveles, secretaria administrativa del instituto. Usualmente portaba una carpeta con el calendario cuando salía a caminar por el plantel para asegurarse de que no fuera a perderle la pista a algún evento importante.
―Maestro, ¡Me da gustó haberlo encontrado! Perdóneme que lo interrumpa, yo sé que está comiendo.
―No hay problema Lupita, dígame ¿Qué pasa?
―Es que la maestra Cereceres tuvo que ir a atender a su hijo porque tuvo un accidente en su escuela y me pidió de favor que si podía cubrir su clase.
―Lupita, no sé qué tenga preparado la maestra para su clase ¿No es mejor darles la hora libre? No me gustaría echar a perder el material.
―Maestro no se preocupe, los estudiantes tienen preparado un debate para la clase así que solo sería cuestión de actuar como moderador. ¿Sí nos haría el favor? Ya revisé mi calendario y no encontré nadie más que pueda estar con ellos, es el grupo H.
―Sí, está bien, solo déjeme guardo mis cosas y en un momento estoy ahí.
Diez minutos después salió de la sala de maestros y vio su reloj. Afuera la luz amarilla de los arbotantes que pasaba entre los árboles dibujaban sombras en el piso. A lo lejos, en las canchas se alcanzaban a escuchar pelotas rebotando y gritos de los jugadores exclamando que estaban sin marca.
―Te digo que nos tienen que dar la hora libre si no viene la maestra ―dijo una estudiante dentro del salón H a otro que estaba de vigía en el umbral de la puerta del salón.
―¿Cuánto tiempo ha pasado? ―preguntó el vigía.
―Como 11 minutos.
Emilio subió las escaleras al segundo piso, pasó el salón F que ya estaba vacío y luego el G, donde dos estudiantes estaban barriendo y uno estaba acomodando las bancas en su lugar.
―Ay no ―El estudiante que estaba de vigía abandonó su puesto y regresó corriendo a su mesabanco.
―¿Qué pasó? ¿Qué? ¿Quién es?
―Es el profe Tarabella. Supéralo, no nos van a dar la hora libre.
La estudiante agachó la cabeza y regresó arrastrando los pies a su lugar.
Ya en el salón H, se escuchaban conversaciones aleatorias, rechinidos de bancas moviéndose y música que provenía de algún electrónico pequeño.
―Buenas tardes Brenda, a mí también me da gusto verte ―dijo Emilio entrando y poniendo su mochila en el escritorio.
―Buenas tardes ―respondieron los estudiantes en el salón al unísono.
―Creo que ya les dijeron que la maestra Cereceres no va a venir para su clase, así que he venido a ayudarles a facilitar su debate ―Emilio sacó la silla detrás del escritorio y la colocó enfrente del pizarrón.
―Sí, nos dijo Lupita que lo iba a buscar ―dijo una estudiante mientras acomodaba un juego de impresiones en su taburete.
―Muy bien acomoden sus bancas por equipos por favor, volteando hacia el medio. Cada equipo elegirá a un representante que abrirá el debate.
Los estudiantes se levantaron y después de un concierto de choques de bancas y reclamos, acomodaron el salón. Una estudiante del lado derecho mandaba mensajes de texto mientras que otro dibujaba en un cuaderno.
―Muy bien, pongan atención, por favor guarden sus celulares y acomoden sus apuntes, ¿Cuál es el tema?
―La censura en los medios electrónicos ―respondió un estudiante del lado derecho.
―Bien ¿Qué equipo hizo los argumentos a favor?
―Nosotros ―alzaron la mano algunos estudiantes del lado derecho.
―Bien, comencemos con los argumentos a favor ¿Ya saben quién los va a dar?
―Sí, yo ―dijo una estudiante de la parte de enfrente del lado derecho.
Los estudiantes empezaron el debate y tomaron turnos para tratar de refutar los argumentos del equipo contrario. Después de 20 minutos Emilio hizo una pausa para recordar a ambos equipos que debían adherirse al tiempo asignado y a reconocer falacias comunes.
―Ustedes han dicho ―Continuó una estudiante el debate―. Que censurar ciertas frases que incluyan “bombas” o palabras de terrorismo ayudaría a que no halla reclutamiento de personas que quieran ser terroristas, pero si hacemos eso ¿Cómo vamos a distribuir material histórico para educar a la gente de lo que pasó antes? Digo, cuando nos enseñan historia, no censuran las masacres e injusticias, no viene censurado en nuestros libros de historia ¿Por qué lo vamos a censurar en la red?
―No, Natalia tú no entiendes ―dijo un estudiante―. Es que vamos a tener un programa que va a evitar que publiques cosas diciendo que quieres poner una bomba o algo similar.
―Profe, Marco me está interrumpiendo ―protestó Natalia volteando los ojos.
―Marco, deja que termine, ahorita te toca a ti ―dijo Emilio.
―En fin―dijo Natalia ―. No todo lo que hablemos de bombas, cosas terroristas y otras cosas negativas, necesariamente significa que lo estemos promoviendo. También es para educar o concentizar a la gente, digo, perdón, concientizar a la gente.
―Muy bien, ¿Quién va a contra argumentar? ―preguntó Emilio― ¿Tú Marco?
―No, profe sigo yo ―dijo una estudiante con una cola de caballo amarrada con un listón azul.
―Adelante Marisa.
―Ustedes dicen que debemos de poder hablar de los sucesos del pasado, pero qué hay de personas que son fanáticas que están locas y quieren imitar a otras personas que ya lo han...
―Ay no, ay no ―Una estudiante del lado izquierdo exclamó mientras tenía en su mano derecha su celular y se llevaba la mano izquierda a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a sollozar― ¡Liz no!
Emilio se levantó de la silla y fue hasta donde estaba sentada la estudiante. Su compañera la estaba confortando con su mano en su brazo y le preguntaba qué estaba pasando.
―Por favor guarden silencio, les recuerdo que deben dejar sus celulares en silencio mientras estén en clase ¿Lidia que pasó? ¿Qué estás viendo? ―Lidia empezó a llorar con fuerza. Puso sus brazos sobre la mesa de la banca y agachó la cabeza mientras lloraba. Los demás estudiantes empezaron a murmurar y a buscar sus teléfonos para revisar las redes sociales. Emilio se sentó en cuclillas al lado de la banca y le preguntó a Lidia si quería salir del salón. Lidia siguió llorando y solo asintió con la cabeza. Se levantó limpiándose las lágrimas con la manga de la chamarra y camino hacia la puerta.
―Voy a atender a su compañera, por favor no hagan escándalo y no se vayan a salir, vuelvo en un momento ―Emilio acompañó a Lidia al salón F y la sentó en la silla del escritorio.
―¿Qué está pasando Lidia? ¿Algo pasó con tu familia? ―dijo Emilio.
―No, es Liz.
―¿Lizbeth? Ah sí, hoy no vino. ¿Te llamó?
―No, me habló mi hermano, dijo que estaba en la casa y que escuchó una ambulancia afuera. Liz es mi vecina ―Lidia suprimió un sollozo―. Dijo que su mamá había llamado a la ambulancia porque encontró a Liz colgada en su cuarto ―Lidia cubrió sus manos con su cara―. Me dijo que Román y ella se habían peleado ayer en la noche y que estaba mal, pero no sabía que iba a hacer algo así, yo le dije que se calmara.
―Ay Liz ―Emilio se tocó la sien y se recargó en el pizarrón―. Lidia vamos a llevarte para que platiques con Miriam y le encargaré a alguien que lleve tus cosas a la dirección― Acompañó a Lidia a la oficina de servicio social donde le explicó a la encargada que Lidia necesitaría hablar con alguien. Regresó al salón H y encontró a todos los estudiantes parados detrás de una estudiante que estaba revisando algo en su teléfono.
―Sí, fue hace como una hora ―dijo la estudiante que sostenía el celular.
―Mi mamá es doctora en el hospital que está cerca de ahí, pero no me ha respondido sí la ha visto ―dijo otro estudiante mientras revisaba su teléfono.
―Por favor tomen asiento ―Indicó Emilio desde la puerta. Tomó la silla, la acomodó y se sentó en el escritorio.
―Profe ¿Le dijeron como esta Liz? ―preguntó una estudiante desde atrás del salón.
―No quiero saber cómo se enteraron, pero lamento no poder decirles si está bien o no. La familia de Liz ha de estar pasando por algo difícil en estos momentos así que debemos de respetarlos y darles su espacio.
―Profe es que se pasa, como hacer algo así por Román. Ese payaso ―comentó una estudiante.
―Brenda, esa no es forma de expresarte de tu compañero. Tal vez no sea tu amigo, pero puedes expresarte de él de otra forma. ―Los estudiantes se quedaron callados, unos miraban la mesa de su banca y otros miraban a sus compañeros.
―Profe ―Rompió el silencio Natalia―. ¿Los papás de Liz no la quieren? ¿O por qué no platicó con alguien?
―Natalia ―Se detuvo Emilio y se paró al lado de la ventana―. No podemos culpar a sus papás así nada más. Nosotros no sabemos cómo están las cosas en su casa y pues solo ella sabe con quién quiere platicar.
―Pero ella ya sabía en lo que se metía. Román el año pasado anduvo como con tres y a todas dijo que las amaba y no sé qué más.
―Miren, vamos a calmarnos. Ya ahorita van a salir y podrán platicar. Por favor sean respetuosos porque esto es una situación delicada.
En ese momento Lupita apareció en la puerta con una cara sombría y comentó que la subdirectora había decidido darle la última hora libre al grupo H. Así que podrían recoger sus mochilas y esperar en las canchas a que diera lo hora de salida. Cuando Lupita se fue todos los estudiantes volvieron la mirada a Emilio. Nadie hizo un movimiento para guardar cosas en alguna mochila y algunos solo revisaron la hora en su teléfono.
―Hace dos meses ―comenzó a hablar un estudiante en una banca de la esquina cerca de la puerta―. Vicky del I me dijo que ya no quería andar conmigo. Me enojé con ella y le dije que yo me había portado bien con ella y me dejó hablando solo. Ese día llegué a la casa y cuando mi mamá me dijo que le ayudara a recoger los trastes le dije que por qué no los recogía ella. Se enojó, me gritó y me fui a mi cuarto y aventé la puerta. Me puse audífonos y me conecté a jugar. Sabía que mi mamá estaba enojada, pero luego la escuché llorar.
―Un día mi mamá llegó a la casa después del trabajo y me dijo que tenía que hablar conmigo ― dijo Marisa mientras cruzaba los brazos y miraba hacia el frente―. Me dijo que había encontrado a mi papá con una mujer. Yo pensé que mi papá llevaba una semana sin venir a la casa porque estaba en un viaje de trabajo. Me dijo que no era mi culpa, que era algo que él había hecho. Después me contó que ya le había puesto una demanda de divorcio y nada más íbamos a ser ella, mi hermano y yo. Desde entonces ha estado fumando más de lo normal y el otro día se le olvidó recoger a mi hermano de la primaria.
Emilio se recargó contra el escritorio y miró a los estudiantes.
―Les agradezco que tengan la confianza de compartir esto conmigo y con sus compañeros. La verdad es que a nadie nos preparan para saber qué hacer cuando suceden este tipo de cosas. Es algo personal y aunque les digamos que tal vez no es la persona correcta o que todo sucede por una razón, no es algo que va reducir el choque de ese momento.
Siempre van recordar ese momento en el que estuvieron parados frente a la persona que amaban sabiendo que sería la última vez que la verían. Cuando les habló y les dijo que tenían que hablar, cuando evitó mirarlos a los ojos. Cuando llegaron con la preocupación en su cara y una pesadez inexplicable en el estómago. Cuando trató de explicarles que no es por ustedes, que las cosas fueron bonitas al principio y luego tomaron otro rumbo. En el momento que dijeron “Te Amo” esperando que les contestara “Yo también” como siempre lo hacía, pero solo van a decir “Perdón”, porque ya no siente lo mismo por ustedes. Tal vez van a pensar “Esto no está pasando” mientras sintieron un terremoto interno que lo sacudió todo. Después dejaron de entender lo que estaba diciendo, solo escucharon esporádicamente frases como “La pasamos muy bien”, “Siempre podrás contar conmigo” y “Eres una gran persona”. Palabras de aliento que se van a perder. Todos los planes a futuro que tenían para los dos acaban de ser cancelados. Luego por la costumbre trataron de tomar su mano, pero la quitó y temió esperando su reacción. Insistieron diciendo que cambiarían, que pueden amar más, pondrán más atención, cultivarán más cualidades, pondrán al mundo de cabeza para traer la felicidad de nuevo. Después preguntarán qué pasaría con los planes que tenían a futuro, con las promesas que se hicieron uno al otro. Tendrán las piernas pegadas al suelo y no se podrán mover. Se les hará un nudo en la garganta y no podrán decir nada más. En su mente solo repetirán lo mismo tantas veces que se volverá su propio nombre y tu razón de existir “Te amo, más que a nada en este mundo, ¿Porque me estás haciendo esto?, ¿Acaso no sabes cuánto te amo?”. En un último momento, cuando todo lo demás deje de importar, les dirá que tiene que irse. Tal vez les dé un abrazo, les diga que los va a extrañar y les regalara una sonrisa forzada. Se quedarán ahí, preguntándose si eran solo una tarea más en su lista. ¿A dónde fue después? ¿A celebrar que se deshizo de ustedes? ¿A su cita con el dentista? Ningún destino será justificado para que se vaya si los deja ahí, con el corazón roto y sin saber qué hacer. Se preguntarán si las personas se dieron cuenta que los acaban de dejar, si son el hazme reír de todos o si serán una anécdota de alguien. Las semanas siguientes todo será un borrón en su memoria, llamadas y preguntas a sus amigos. Se harán preguntas: “¿Por qué me dejó? ¿Que no le di suficiente? ¿Me dejó por alguien más?”. Preguntas que no tendrán respuesta y que los seguirán hasta que dejen de sentir algo por esa persona ―Emilio tomó un trago de agua de su botella―. Es parte de estar vivos, no quiero asustarlos, simplemente es algo que probablemente les toque vivir. Espero que tengan el apoyo que necesitan y puedan canalizar sus emociones si les llega a pasar.
El timbre de salida sonó en el pasillo y los estudiantes permanecieron callados. Algunos miraban a Emilio y otros solo miraban el pizarrón.
―Profe ―dijo Natalia que seguía sentada y lentamente deslizaba sus cuadernos de la mesa hacia su mochila uno por uno.
―¿Sí Natalia?
―¿Tiene algo donde podamos contactarlo?
―Sí, claro ―Emilio se volteó a buscar una pieza de gis y escribió su correo electrónico asignado por la preparatoria en el pizarrón. Varios estudiantes tomaron una foto del pizarrón mientras salían del salón.
―Recuerden que pueden hablar con Miriam, está aquí para ayudarlos.
Emilio pasó por la oficina de Servicio Social antes de salir de la escuela. Miriam Esparza la consejera de la escuela le agradeció por haber referido a Lidia y le comentó que los padres de Lizbeth no se habían comunicado aún con la escuela.
…
Esa noche en la estación del metro el reloj marcaba las 8:23 pm cuando Emilio bajó las escaleras que conducen al subterráneo. Al llegar a la estación Rafael de la Madrid vio como estudiantes de la preparatoria sentadas en una banca se reían y se mostraban imágenes en el teléfono. Los afiches en las paredes de la estación invitaban al público al evento de “Fiesta en la Mega Plaza del Oriente”. Poco a poco llegaron más personas a esperar la parada y después de 15 minutos una voz en el sistema de sonido anunció “Está llegando el tren con dirección sur, última parada El Cimarrón. Por su seguridad manténgase detrás de la línea amarilla.
Emilio caminó seis cuadras adentrándose en el complejo habitacional donde estaba el edificio de 6 pisos donde estaba su apartamento. Dobló a la izquierda en la en la Calle del Roble justo antes de las nueve de la noche y subió las escaleras al segundo piso. El edificio albergaba dos apartamentos por piso y una escalera comunicaba a todos los pisos en el centro del edificio. Emilio se quitó la chaqueta y la puso en el gancho detrás de la puerta. Puso sus llaves en una mesa junto a la entrada y cerró la puerta con el pasador y un seguro. Recargó su palma sobre la puerta y puso su frente sobre su palma.
―Buenas noches ―dijo una voz femenina dentro de la sala.