Capítulo 1
El Desafío de Un Consorte
El despacho imperial estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era el tipo de quietud que precede a una decisión que cambia el curso de un sistema entero.
Aeren permanecía de pie, las manos cruzadas a la espalda, la postura recta sin rigidez. No adoptaba la posición de un acusado ni la de un suplicante. Estaba allí como lo que era ahora: el consorte de la dama Lyselle. Parte de esa familia, aunque el aire aún no terminara de aceptarlo.
Rahel ocupaba el centro del despacho, detrás del escritorio de obsidiana pulida. Tarin se apoyaba en uno de los laterales, los brazos cruzados, la mirada analítica. Rylan, más inquieto, caminaba despacio cerca del ventanal, observando la capital con el ceño fruncido.
- Has traído pruebas. - dijo Rahel al fin, con una voz que no era dura, pero sí implacable - No suposiciones. Eso es lo único que te mantiene aquí, Drakys.
Aeren asintió una sola vez.
- No me habría presentado sin ellas.
Tarin inclinó apenas la cabeza, un gesto mínimo, pero significativo.
- Muéstranos lo que tienes. Y mientras tanto, sigues en observación. – añadió - Si nos apresuramos, Morrel escapará. Ese tipo siempre lo hace cuando siente el aliento del poder demasiado cerca.
Aeren se acercó a la mesa para poner la palma abierta sobre el lector y activó el holoarchivo. Proyecciones fragmentadas surgieron en el aire: rutas comerciales alteradas, transferencias trianguladas, licencias imperiales falsificadas… todas usando su nombre, su rango, su sello.
- Esto no empezó hace semanas. - dijo Aeren sin inmutarse por las miradas de los Veyros - Lleva al menos tres ciclos enteros gestándose. Morrel utilizó mi posición en Fort Drax como pantalla. Si caía, yo era el culpable perfecto.
Rylan se detuvo y giró hacia él.
- ¿Y el dispositivo?
El músculo de la mandíbula de Aeren se tensó.
- Ese fue mi error. – admitió - No consideré que Lynea pudiera usarlo. Lo diseñé para el ejército, para escenarios de contención extrema. Nunca pensé que se aplicaría fuera de ese contexto… ni que sería filtrado desde las instalaciones militares.
Rahel apoyó ambas manos sobre el escritorio. Sus ojos no eran los de un emperador en ese instante. Eran los de un padre.
- Vi a mi hija cuando regresó de Fort Drax. - dijo, sin rodeos - El dolor no estaba en su cuerpo. Estaba en algo más profundo. Marcharse sin avisarme fue un error, sí… pero no nació del capricho. La dejaste sola después de una crisis.
Aeren bajó la mirada por primera vez.
- No pensé en las consecuencias. – respondió - Solo en sacarla de una amenaza que no terminaba de comprender. Estaba regresando a ella cuando todo pasó.
Rylan exhaló despacio.
- Si hay alguien vendiendo tecnología Zyra en el mercado negro. – dijo - debe ser encontrado y capturado. No solo por traición. Por supervivencia. Si esas rutas caen en manos equivocadas, el sistema entero se vuelve vulnerable.
Tarin deslizó la mirada hacia Aeren.
- Helior Prime.
El duque asintió en silencio.
El recuerdo llegó como un golpe controlado.
El puerto orbital extendiéndose como una constelación artificial. Plataformas de carga superpuestas, especies de todo tipo mezclándose entre vapores de energía y metal caliente. Helior Prime no dormía nunca; respiraba comercio, ambición y secretos. Aeren recordaba haber avanzado entre los muelles con la capucha baja, sintiendo cada mirada como una evaluación silenciosa. Allí, la información era una moneda más. Y el jefe del gremio Astra lo había recibido sin sonreír, pero sin negarse a hablar.
Volvió al presente.
- Fui a ver a líder del Gremio Astra. – reconoció – Si alguien podía saber donde estaban los hilos, es él. Quería hablar con él en persona para evitar confusiones sobre mi lealtad o responsabilidad.
- ¿Él te dijo algo? – preguntó Rylan sorprendido – No recibe imperialistas.
- El gremio Astra confirmó transacciones indirectas. – dijo Aeren - No venden tecnología Zyra, pero saben quién la mueve. Morrel no actúa solo. Usa intermediarios, casas de paso, rutas que cambian cada ciclo. Tengo algunos nombres. Contactos. Y una coincidencia que no me gusta.
Activó otro fragmento del holo.
- Las fechas de estas transacciones coinciden con las crisis de la emperatriz.
El despacho quedó en silencio otra vez.
- Estas diciendo… - aventuró Rylan con un estremecimiento.
- Si. Creo que la emperatriz está siendo envenenada. No tengo pruebas aún, pero las fechas coinciden.
- Y ahora que Lia regresó se ha convertido en amenaza… - dijo Tarin con voz grave.
- Lia tenía un presentimiento. – reconoció Aeren – Pero no tuvimos tiempo de investigar. La crisis de ayer… que ambas colapsaran no fue coincidencia.
Rahel cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, ya no había duda en ellos.
- Entonces no solo intentaron quebrarnos por dentro. - dijo - Intentaron redibujar el mapa del sistema.
Tarin asintió lentamente.
- Los envenenamientos deben haber sido metódicos en poca cantidad. Mantenerlas vivas, pero debilitadas habría obligado a mover recursos, rutas, custodias… Zyra se volvía frágil. Valiosa. Comprable. – dijo el emperador apretando los puños sobre la mesa.
- Seguimos el rastro con calma. – concluyó Tarin - Cada pieza. Cada nombre. Morrel caerá cuando no tenga a dónde huir.
Rylan cruzó los brazos.
- Y la fuga. Si Lynea accedió a ese dispositivo, alguien abrió la puerta desde dentro.
Rahel levantó la mirada hacia Aeren.
- Mi hija es terca. - dijo - Pero no está sola. Y tú tampoco lo estás, consorte. No mientras digas la verdad.
Aeren sostuvo su mirada sin titubear.
- No regresaré a Fort Drax sin mi esposa. – afirmó definitivo - Este es su hogar. Y es el mío. Les guste o no.
Algo se removió en el interior de Rahel. Un reconocimiento silencioso. Un temor. Y, muy en el fondo, una aprobación que aún no estaba listo para pronunciar en voz alta.
Temía que Aeren sucumbiera al mismo abismo que Morrel.
Aeren lo vio con claridad brutal.
Tan fácil como Tarin lo habría hecho.
- No lo hice. - dijo, sin rodeos.
Su voz fue firme.
- Lo juro por mi propia vida.
Tarin ladeó apenas la cabeza.
- ¿Y si no te creemos?
Aeren abrió los brazos, exponiéndose.
- Entonces revísenme.
Una pausa.
- Sensores imperiales, tecnología completa. Jueguen con todo lo que tengan. No encontrarán nada.
Rahel sostuvo su mirada durante un largo segundo.
El emperador vio algo allí que no era ambición.
Ni deseo.
Ni culpa.
Era determinación.
- Muy bien - dijo al fin - Su voz fue grave, cargada de consecuencias - Entonces no has venido a pedir permiso.
- No. - respondió Aeren - He venido a reclamar a mi familia.
Rahel se volvió hacia el ventanal.
- Esto no termina aquí. – dijo – Tendrás que demostrarlo.
Aeren avanzó.
Sin miedo.
Sin arrepentimiento.
Porque ya no estaba dividido entre deber y deseo.
Ahora sabía exactamente qué estaba dispuesto a perder…
y qué no iba a soltar jamás.
- Lo sé. Revisen, no me resistiré. Estoy diciendo la verdad.
- Pues entonces lo haré a mi manera. – le dijo Tarin.
- No espero menos, ministro. - le dijo serio.
Tarin intercambió miradas con su hermano y este asintió antes de volver a mirar al exterior.
Y así, con la capital aún contenida bajo su cielo falso, comenzó la verdadera guerra.