Primer encuentro
La luz del atardecer teñía de naranja los riscos que rodeaban el campamento bokoblin. Allá por la Llanura Abel, donde las colinas hacían de muro ante la civilización, y apenas se veía el castillo de Hyrule. Zelda descendió del caballo con una lentitud casi ceremonial, con el traje real de exploración —de un azul musgo profundo y pantalones ajustados de cuero negro— contrastaba con el barro y el humo grasiento que impregnaba el aire.
Impa permanecía a unos veinte metros, oculta tras una roca grande, la mano nunca lejos del mango de su espada. Sus ojos rojos brillaban con una mezcla de preocupación y resignación. Zelda le había dado una orden muy clara días atrás, cuando planeaba aquella investigación:
«—Observa. Si en algún momento mi vida corre peligro real… sácame de aquí. Pase lo que pase antes de eso… no intervengas. No hay que manipular los datos.»
Impa había apretado los labios hasta que se volvieron una línea blanca. No dijo nada. Ambas sabían que esa frase escondía mucho más que una simple investigación científica. Y ahora veía a su majestad caminar lento hacia aquel campamento, con un gran y pesado trozo de carne en sus manos, ya ofreciéndolo con los brazos extendidos.
Los bokoblins la vieron llegar. Primero uno, después tres, después toda la manada. Gruñidos bajos, nasales, como cerdos agitados. Cabezas achatadas, colmillos torcidos, pieles rosadas y mugrientas con pelo ralo. Armas improvisadas colgando flojas porque, en ese instante, nadie pensaba en pelear.
Zelda se detuvo a un metro de ellos, alzó las manos en gesto pacífico, ofreció la carne, y dijo con la voz temblorosa pero firme:
—Vine en paz… Solo… solo quiero observarlos. Estudiarlos. No pretendo hacerles daño.
Una mentira piadosa que ni ella misma se creía del todo.
El primer bokoblin, el de color azul, que parecía liderar por pura brutalidad, dio un paso al frente. Olfateó el aire, luego la olfateó a ella, acercando su hocico a su cabello a su cuello, y al trozo de carne. Por supuesto, la princesa desde ese momento ya comenzaba a sentirse excitada, por esa falta de tacto llena de brutalidad.
«Por favor… Aceptenme.»
El bokoblin soltó un ronquido profundo, le arrebató la carne, se la colgó al hombro, y agarró la muñeca de la princesa con una mano callosa del tamaño de un jamón. No hubo delicadeza. Tiró de ella, la arrastró hacia el centro del campamento entre los gruñidos excitados de los demás, mientras que Zelda sonreía por lo bajo.
La tumbaron sobre una pila de pieles mal curtidas que apestaban a sudor animal y carne ahumada. Dos de ellos le sujetaron los brazos por encima de la cabeza; el líder le abrió las piernas de un tirón. Zelda sintió el cuero de sus pantalones tensarse… y luego rasgarse con todo y sus bragas con violencia cuando le abrió una abertura irregular justo en la entrepierna usando sólo sus manos. No se molestaron en quitárselos. Solo necesitaban acceso.
—E-Esto es tan repentino… ¿Aquí? —preguntó sorprendida, estaban al aire libre.
Cuando el líder la penetró lo hizo de un solo empujón salvaje, sin preliminares, sin preparación. Zelda soltó un grito ahogado que se mezcló con el rugido triunfal del bokoblin azul, que la sujetaba con fuerza de las piernas. Su pene era enorme, tosco, palpitante. La llenó hasta un punto que dolía y al mismo tiempo la hacía temblar, muchísimo más que sus dedos, o los dildos reales que escondía.
No supo cuándo ocurrió, el dolor le obstruía sus sentidos agudos, pero el líder no duró mucho en correrse dentro de ella; después de todo, la había follado con ansias, como si hubiera pasado mucho desde la última vez que tuvo la oportunidad. Y aunque el dolor le escocía un poco, de cierta forma lo disfrutó, y para su fortuna, el rito no había terminado.
Uno tras otro. Iluminados solo por la fogata.
Se turnaban con una impaciencia animal. Algunos se masturbaban sin pudor ni importancia, esperando su turno, otros le agarraban los pechos por encima de la tela, apretando con fuerza bruta, e incluso algunos le daban lengüetazos a su rostro, llenándola de babas; ella lo interpretó como su forma tribal de darle besos. Zelda estaba que no cabía en el éxtasis, después del segundo bokoblin, comenzó a disfrutarlo, sintiendo cómo todos le impregnaban con su semen caliente.
Cuando se cansaron de la abertura improvisada, decidieron que querían verla entera.
Rasgaron la blusa de un tirón. Botones volaron. El sujetador de lino blanco fue arrancado como si fuera papel y arrojado a lo lejos como basura. Sus pálidos pechos quedaron expuestos al aire frío de la noche y a las miradas hambrientas. Manos ásperas los estrujaron, pellizcaron los pezones hasta hacerla arquearse, y los mordían sin cuidado. Los pantalones terminaron hechos jirones colgando de sus tobillos y cintura. La dejaron completamente desnuda salvo por las botas de exploración, ridículamente elegantes entre tanta suciedad.
La follaron en todas las posturas que se les ocurrieron a sus mentes primitivas: de rodillas, boca abajo con el culo en alto, sentada sobre uno mientras otro la tomaba por detrás, doble penetración que la hizo gritar hasta quedarse ronca al sentir cómo su ano era abierto casi por la fuerza y sin lubricación. Cada vez que uno terminaba dentro de ella con un bramido gutural, otro ocupaba su lugar inmediatamente. Semen espeso y caliente chorreaba por sus muslos, se mezclaba con su propia humedad traicionera, goteaba sobre las pieles.
Para su desgracia, Zelda perdió la cuenta de cuántos fueron, de la cantidad de eyaculaciones, o las veces que tuvo un orgasmo sin que a ellos les importara.
Perdió la noción del tiempo. Solo quedaba la sensación abrumadora de ser usada, llenada, reclamada. Y en algún rincón oscuro de su mente, el gozo de disfrutarlo.
Cuando al fin la manada pareció saciarse, la dejaron tirada entre ellos, exhausta, temblorosa, con el sexo hinchado y enrojecido, el vientre ligeramente abultado por la cantidad de semen que aún la llenaba, los senos y muslos con marcas de mordidas. Los bokoblins gruñeron satisfechos y se tumbaron a su alrededor, algunos todavía con el miembro medio duro apoyado en su muslo como si marcaran territorio incluso dormidos.
Zelda, con los párpados pesados, apenas podía moverse.
—Ah… agh… Eso fue… ah…
Un rato después, luego de dormitar —quizá minutos, quizá una hora— uno de los bokoblins se levantó y le pegó al cachete un trozo de carne chamuscada, todavía humeante, ensartada en un palo. Apenas cocida. Sangre y grasa goteaban. Olía fuerte. Salvaje.
Zelda la miró. Luego miró al bokoblin. Sus ojos porcinos la observaban con algo que casi parecía… orgullo. Como si le ofrecieran un regalo a la hembra más valiosa de la camada.
Ella tomó la carne, con los dedos temblorosos. Se la llevó a los labios. Mordió. El sabor era intenso, metálico, poco hecho. Repugnante para cualquier noble de Hyrule. Y aun así lo tragó con valentía, llena de coraje.
Otro bokoblin le acercó un cuenco de madera lleno de un caldo turbio. Ella bebió. Sabía raro, demasiado salado, pero tragable. Y mientras comía o bebía, ellos bramían con felicidad y orgullo animal.
Comía rodeada de cuerpos calientes y peludos que roncaban, que la rozaban con hocicos húmedos, que de vez en cuando le lamían el muslo, el trasero, o el pecho como si comprobaran que su preciada yegua reproductora seguía allí. Zelda lo sabía para sus adentros, había pasado el supuesto rito de iniciación que se imaginaba.
Mientras tanto, desde su escondite, Impa observaba en silencio absoluto. La mano en la empuñadura de la espada. La mandíbula apretada hasta doler. Pero Zelda respiraba. No gritaba pidiendo auxilio. Zelda… parecía en paz.
Y mientras la noche caía sobre el campamento, la princesa de Hyrule durmió rodeada de bestias, sucia, llena, saciada… y por primera vez en mucho tiempo, completamente libre de la corona que siempre había pesado tanto sobre sus sienes. No había presión ni expectativas para ella, solo un respiro salvaje.
Continuará…