Capítulo Único

Caperucita.
Aquella niña tenía trece años cuando se interesó por alguien por primera vez. Tenía miedos y dudas, porque quien se había robado su corazón era una mujer mayor que ella. Según lo que le dijo durante los tres meses que hablaron por Facebook, tenía veinticinco años y vivía en su misma ciudad.
Durante aquellos tres meses, la niña fue feliz. Fue feliz cada vez que llegaba de la escuela y tenía mensajes nuevos de quién decía llamarse Clarisse.
Aunque tuviera que hacer todo a escondidas de sus padres y amigos, sentía que el amor que aquella mujer juraba tenerle lo compensaba todo.
Poco a poco, las conversaciones fueron subiendo de tono. Clarisse le exigía a la niña fotos de su cuerpo, y ella la complacía porque sentía que estaba en lo correcto. Aunque la pequeña le pidiera también que le envíe alguna imagen de ella, aunque sea de su rostro, Clarisse se negaba, con la excusa de que cuando se conocieran personalmente podría verla todo lo que quisiera. Confiando en aquella promesa, la niña accedió a encontrarse con su amiga virtual una tarde de noviembre.
En las noticias se hablaba de secuestradores, de pedófilos, de trata de menores, de explotación y prostitución. Nuestra niña veía todo aquello lejano, cosas que le pasaban a otros, pero no era su caso. Ella confiaba en que fuese así.
No todo resulta siempre como lo queremos, lamentablemente. Aquella fría tarde de invierno, Lauren Jauregui, de trece años en aquel entonces, fue secuestrada.
Lobo.
Aquella niña tenía quince años cuando la golpearon en el patio de su pequeña escuela privada. Ella había crecido entre esas cuatro paredes que formaban su aula de clases. Con no más de veinte estudiantes en su grado, la niña sentía que sus compañeros y ella eran unidos como hermanos.
Confiaba en que serían amigos por siempre, que podrían apoyarse el uno a otro, que podían guardarse cualquier secreto.
En la cuidad se había desatado una campaña masiva en contra del bullying o acoso escolar. Se hacían marchas y se repartían volantes para crear conciencia entre los habitantes. Se decía que había que denunciar cualquier forma de maltrato, ya sea físico o psicológico.
La niña veía todo aquello desde la seguridad de su pequeño salón de clases. Todo eso eran situaciones que se daban en otras escuelas. En la suya no sería posible. Todos se querían como hermanos.
Por desgracia, se equivocó.
Durante un juego de Verdad o Reto, nuestra niña confesó que se sentía atraía por las chicas. Que había descubierto recientemente que no le gustaban los hombres. Que era lesbiana.
Y confió, confió en que aquellos niños que habían crecido con ella la aceptarían y guardarían el secreto.
Una oscura tarde de noviembre, Camila Cabello fue rechazada y golpeada por aquellos en quienes alguna vez había depositado su amor.
Caperucita.
Lauren tenía trece años y llevaba tres meses recluida en aquel sucio y oscuro sótano. Era alimentada pobremente por lo que parecían ser sobras de la comida de alguien más, y dormía en un desarmado colchón sobre el suelo.
Los ojos verdes de aquella niña llevaban tres meses sin ver la luz del sol. Tenían ojeras inmensas, y solían estar hinchados a causa de las lágrimas que día a día derramaba, implorando su libertad.
Cada noche, un hombre grande y tosco bajaba al sótano. Lauren fingía que dormía mientras él la besaba y le quitaba la ropa. Nuestra pequeña niña cerraba los ojos con fuerza, intentando no sentir aquellas sucias manos vagar por su frágil cuerpo.
Hacía tres meses, le habían arrebatado su inocencia. Pero eso aún no era todo.
Lobo.
Tres meses habían pasado. Tres meses en los cuales Camila notó como todos aquellos que ella había llamado “amigos” alguna vez le dieron la espalda y se burlaron de ella. Tres meses en los cuales nuestra niña había sido golpeada decenas de veces, las marcas recordándole a diario que no servía para nada.
Nuestra pequeña niña se ocultaba bajo una sonrisa frente a sus padres, asegurando que todo iba bien. Pero, cuando llegaba la noche, lloraba en silencio, temiendo la llegada de un nuevo día, rogándole a Dios que la lleve junto a él.
Durante tres meses, los ojos castaños de aquella niña no recibieron ni una sola mirada de comprensión.
Aprendió a aceptar los golpes. A sobrellevar los insultos. A lidiar con el maltrato. A vivir con el rechazo. A cargar con el odio de los demás.
Cuando creía que no podían ser más crueles, el destino le enseñó que no siempre las cosas mejoran.
Caperucita.
—Te necesito arreglada en dos horas. Y no sé cómo haces, pero te las ingenias para darle algo de orden a ese estúpido cabello que tienes.
La niña tembló ante la presencia de su captor.
—¿Me… me dejará ir?
Había un destello en sus ojos. Una gota de esperanza en un mar de terror. Por primera vez en tres meses, sus ojos se iluminaron.
Pero aquella horrorosa risa lo apagó.
—Tú sí que eres tarada, niña. Necesito dinero. Traeré clientes, y los vas a complacer.
Y, mientras el hombre se iba, Lauren lloraba de impotencia y terror.
Lobo
—Hey, Gaymila, hoy iremos por tu regalo de Navidad atrasado.
Camila se sorprendió al escuchar estas palabras de su compañero de asiento. ¿En verdad le harían un regalo? ¿Sería que todo podría solucionarse, y comenzar de cero? ¿Volverían a aceptarla como lo habían hecho desde el jardín de niños?
—Está bien —susurró, su mano cubriendo un moretón en su mejilla.
—La vas a pasar muy bien, Cabello —masculló el chico, obteniendo la risa de sus compañeros como respuesta.
Y la niña sintió miedo.
Caperucita.
La niña fue confinada a una nueva habitación, y se había refugiado en una esquina de la cama, temblando. Su cuerpo estaba pobremente cubierto por un conjunto de lencería roja. Su piel, pálida, estaba marcada por arañones que el hombre había dejado en ella. Su cabello negro caía por su espalda hasta su cintura, rebelde, indomable.
—Mi pequeña caperucita roja —había susurrado el hombre en su oído, luego de obligarla a ponerse aquellas prendas-. Hoy vendrá el lobo de visita, y debes dejarte comer.
Lauren lloraba, presa del pánico. En cualquier momento otro hombre entraría por aquella puerta, y entonces ya no tendría manera de defenderse.
Mientras pensaba en alguna manera de huir de ahí, la manija comenzó a girar. El lobo había llegado. Y esta vez, caperucita no tenía un cazador que la salvase.
Lobo.
La niña no sabía que hacía en aquel lugar. Se sentía sola, asustada, un objeto a disposición de los demás.
—Hazlo. Si tanto te gustan las mujeres, tírate a una. Será fácil para ti, Gaymila.
Camila había sido arrastrada hasta aquel prostíbulo escondido en las afueras de la ciudad. Y ahora estaba siendo forzada a entrar a aquel cuarto y tener relaciones con una desconocida.
La niña quería llorar. Quería golpearlos, quería insultarlos, quería huir de ahí. Pero más que nada, quería que todo volviera a ser como antes. Quería recuperar a sus amigos. Quienes decían quererla.
Y por un momento, pensó que aquel sería el precio a pagar. Si lo hacía, todo volvería a ser como antes.
Temblando, tomó la manija y abrió la puerta.
Caperucita
La puerta se abrió y no entró un lobo. No entró un monstruo. Entró una niña, asustada y llorosa como ella.
Ambas niñas se miraron a los ojos, sorprendidas. Lauren se cubrió torpemente con las sábanas, buscando refugio.
—No voy a hacerte daño —escuchó.
Levantó la vista, y la observó con detenimiento. Estaba delgadísima, y se veía extremadamente frágil. Su cuerpo estaba lleno de golpes y heridas, y traía puesto un uniforme de escuela. Su corazón dio un salto al notarlo.
Ese era el uniforme de su escuela. La escuela a la cual había asistido toda su vida. Y aquella chica era una desmejorada Camila Cabello, a quien recordaba como una persona alegre, inteligente, participativa, amigable.
Y hermosa.
—Te conozco —continuó, al notar que la más pequeña no pronunciaba una sola palabra—. Eres Lauren Jauregui. Dejaste de venir a la escuela en noviembre. Te han estado buscando.
Una lágrima se deslizó por la mejilla de Lauren. Camila la secó con ternura.
—Te sacaré de aquí. Llamaré a mis padres ahora mismo —habló, sus manos temblando mientras sacaba su teléfono móvil de su bolsillo y marcaba con desesperación—. Ha terminado, Laur. Es hora de ir a casa.
Y fue entonces cuando supo que todo iba a estar bien, finalmente.
La niña de ojos verdes sonrió y se echó a llorar.
Lloró por haber estado encerrada. Lloró por haber pasado hambre. Lloró por haber sido maltratada. Lloró por cada minuto de aquellos tres meses de dolor.
Y, por último, lloró porque Dios no le había fallado. Había enviado un ángel a salvarla. Había enviado a Camila Cabello.
Y sorprendentemente, caperucita y el lobo se salvaron mutuamente.
Camila salvó a Lauren. Sus padres llamaron a la policía, y es noche la niña de ojos verdes volvió a casa. Volvió a los brazos de sus padres, a la seguridad de su hogar.
Lauren salvó a Camila. Esa noche la niña de ojos castaños tomó valor y pidió ayuda. Los acosadores fueron castigados. Camila recuperó peso, fortaleció su autoestima. Cambió de escuela, hizo amigos, obtuvo buenas notas, fue feliz.
Lauren se mudó y comenzó de cero. A diferencia de Camila, a ella le tomó mucho más tiempo reponerse. Aún habían heridas que sanar, y el pánico continuaba atacándola por las noches. Pero, pese a todo, la niña comenzó a sonreír más seguido. Pidió volver a estudiar, pero en una nueva escuela. Quería dejar todo atrás y empezar su vida de nuevo.
Aquella tarde de verano, Lauren encontró a Camila en el jardín de la escuela.
—Gracias —dijo con simpleza—. Gracias por salvarme.
Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de la niña mayor.
—Gracias a ti. Tú me salvaste a mí.
Y, desde aquel día, ambas fueron felices.
Juntas.