Entre tus manos (GL18)

All Rights Reserved ©

Summary

El amor nunca sigue un camino recto. Entre pasillos, secretos y silencios, tres vidas se entrelazan con una intensidad que desafía lo establecido. Brenda, Fernanda y Silvia descubren que los sentimientos no entienden de límites ni de planes perfectos. Entre decisiones dolorosas, reconciliaciones inesperadas y encuentros cargados de pasión, cada una se enfrenta a la disyuntiva de elegir entre lo correcto y lo que dicta el corazón. En esta historia de amor, deseo y vulnerabilidad, la ternura se mezcla con el fuego, y las despedidas dan paso a nuevos comienzos. El final, tan sorprendente como inevitable, revela que las verdaderas elecciones no siempre son las que imaginamos. ✨ Advertencia: Esta obra contiene escenas +18 descritas con sensibilidad y señalizadas para que el lector elija continuar o no.

Status
Ongoing
Chapters
74
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Regresando a Casa

El nombre la recibió como una sentencia grabada en acero y cristal, Hospital Santa Beatriz. para el resto de la ciudad, era un emblema de la medicina moderna, para Fernanda, era el peso de un legado que nunca pidió, el hospital había crecido hasta convertirse en uno de los más reconocidos de la ciudad, al estacionar su auto en el espacio reservado con su apellido, sentía el mismo vértigo, aquel edificio no era solo su nuevo lugar de trabajo, era el monumento a su abuela, el imperio de su abuelo, ahora de sus padres y, desde ese día su campo de batalla personal y profesional.

Un suspiro profundo, casi un ritual para armarse de valor, y bajó del coche, regresar a casa después de forjarse en la anónima crudeza de hospitales más grandes era un desafío doble, aquí no solo la juzgarían por su pericia con el bisturí, sino por la sangre que corría por sus venas.

—Hija, llegaste temprano —La voz de su madre, Victoria, la alcanzó como una ráfaga de aire helado en el impecable vestíbulo de la dirección. Siempre perfecta, siempre distante, el abrazo que le ofreció fue breve, una formalidad que no buscaba calidez, sino cumplir un protocolo.

—Buenos días, mamá, quería familiarizarme antes de que empezara el caos.

—Buena idea, aquí las cosas tienen un ritmo propio —sentenció su padre, el doctor Emilio, sin levantar la vista de su escritorio, no era una amenaza, pero en sus palabras vibraba el recordatorio perenne, ella podía llevar la bata de médico, pero ellos seguían siendo los dueños del hospital.

Fernanda asintió, un gesto seco que tragaba mil réplicas. Sabía lo que latía bajo esa superficie de normalidad. Era la misma tensión que se había instalado años atrás, cuando les confesó su orientación sexual. No hubo gritos ni rechazo explícito, solo un silencio espeso que se acomodó entre ellos para siempre. Una aceptación con condiciones, llena de miradas largas y futuros que nunca se mencionarían.

Al salir de la oficina, con el sabor amargo de la bienvenida aún en la boca, fue cuando la vio.

En el centro de la recepción principal, como un ancla de serenidad en el caos controlado de teléfonos y citas, estaba ella. Su cabello castaño, recogido en un moño sencillo, y una camisa beige impoluta le daban un aire de eficiencia discreta. Pero fueron sus ojos los que detuvieron a Fernanda por una fracción de segundo. Profundos, serenos, y con un destello de melancolía que parecía contener historias que no le pertenecían a ese lugar.

Un murmullo cercano la sacó de su ensimismamiento. —¿Esa es la nueva doctora?

Fernanda ignoró la pregunta y avanzó con el paso firme que había perfeccionado para ocultar cualquier atisbo de duda. Su bata, recién planchada, era su armadura.

Al pasar frente al mostrador, la mujer levantó la vista. Sus ojos se encontraron por un instante.

—Buenos días, doctora —dijo su voz, tan serena como su mirada. Se llamaba Silvia, según el gafete que se asomaba sobre el pecho

—Buenos días —respondió Fernanda, casi sin detenerse, registrándola como una pieza más del engranaje: eficiente, correcta. Nada más.

O eso intentó creer.

La jornada fue un laberinto de protocolos no escritos y costumbres familiares disfrazadas de procedimientos médicos. Su padre insistía en “respetar el legado”, pero Fernanda veía en ello una peligrosa resistencia al cambio. No había venido a perpetuar viejas mañas, sino a imponer los principios que la habían convertido en la profesional que era.

Al final del turno, agotada, mientras revisaba un último informe, sus ojos se desviaron de nuevo hacia afuera donde se encontraba Silvia en el escritorio hablaba por teléfono, su paciencia era un bálsamo audible incluso a la distancia. Y entonces, por primera vez ese día, Fernanda se permitió una pregunta que no tenía nada que ver con la medicina: ¿qué hacía una mujer con esa calma melancólica en un lugar como este?

Fue un pensamiento fugaz, barrido de inmediato por la realidad. La concentración regresó a los expedientes sobre su escritorio hasta que una página la hizo detenerse en seco. La caligrafía era descuidada, los datos, imprecisos.

La frustración que había contenido durante todo el día estalló. Se levantó, el sonido de la silla al arrastrarse fue una protesta en el silencio de la oficina. Con el expediente en la mano, caminó con pasos duros y rápidos hacia la recepción.

—¿Quién demonios redactó esto? —su voz resonó, firme y afilada, cortando el aire.

Silvia, que seguía al teléfono, colgó de inmediato. El sobresalto fue visible en sus hombros, pero su rostro, aunque pálido, se mantuvo compuesto. No había miedo en sus ojos, sino una atención absoluta.

—Permítame, doctora. —Su mano, firme y sin el menor temblor, se extendió para tomar el expediente. Lo leyó en silencio, sus labios apenas se movieron. Luego, levantó la vista y soltó un suspiro casi imperceptible—. Fue Brenda, la jefa de enfermeras.

La respuesta, directa y sin rodeos, desarmó una parte de la ira de Fernanda. Esperaba una excusa, un titubeo, pero solo encontró eficiencia. Tomó el expediente de vuelta.

—Localícela. La quiero en mi oficina. Ahora.

Silvia solo asintió. Tomó el teléfono y marcó una extensión. El timbre sonó una, dos, tres veces. La conversación fue breve y concisa. Cuando colgó, se levantó y se dirigió a la puerta de Fernanda.

—Doctora —dijo, asomándose con respeto—, la enfermera Brenda terminó su turno. Ya no se encuentra en el hospital.

Fernanda apretó la mandíbula. Recogió sus cosas, la rabia convertida ahora en una fría determinación. Al llegar a la puerta, Silvia seguía allí, de pie, esperando.

—Gracias, Silvia —dijo, su tono más calmado, pero no menos severo—. Asegúrese de que la jefa de enfermeras esté en mi oficina mañana a las ocho en punto. Sin excusas.

—Así será, doctora.

Silvia se hizo a un lado para dejarla pasar. Mientras Fernanda se alejaba por el pasillo ahora silencioso, no pudo evitar notar el sutil aroma que flotaba cerca de la recepción. No era el típico perfume floral o dulce. Olía a cítricos, a sal y a brisa marina. Un aroma inesperado, evocador y extrañamente reconfortante.

Sacudió la cabeza, molesta consigo misma. Había vuelto para librar una guerra por el futuro del hospital. Lo que no sospechaba era que la batalla más compleja podría haber comenzado ya, en el silencio de una mirada y el rastro de un perfume.

Silvia sin darse cuenta, se había metido en un problema, como iba a hacer que Brenda estuviera en la oficina de la Doctora, si Brenda odiaba a todas las secretarías, las miraba como si fueran una enfermedad contagiosa, y ni hablar de responderles el saludo, antes de tomar sus cosas para retirarse a casa percibió el olor sutil del perfume de la Doctora, un aroma a Cítricos, sal y brisa marina, tras suspirar por ultima ves tomo sus cosas del escritorio y se dirigió a la salida.