Prólogo
¿Quién me iba a decir que, a estas alturas de la vida. descubriría mi vocación por el chisme? Sarita, mi hermosa esposa, debe de estarse riendo desde donde quiera que esté. Y no la culpo. Yo también me he soltado alguna carcajada, burlándome de mí mismo.
Imagínate la escena: un viejo de ochenta años, estacionado en su silla de ruedas, con un caballete de pintura a un lado y un par de libros al otro. Todo por un accidente tonto: un resbalón de nada, y listo. Fuera de servicio. Terminé pasando el tiempo en el portal del apartamento de mi hija. Sin mucho para hacer, pero con toda la paciencia que dan los años, que me había hecho más observador.
Lo bueno fue que empecé a pintar como poseído. No había sido tan productivo desde los años 80, según recordaba… y de eso ya había pasado mucha agua debajo del puente. Los lienzos se me iban uno tras otro. A veces dos en un día. Qué cosas hace el ocio.
—Papi, mira lo que te traje —me decía mi hija unas dos veces a la semana, con esa sonrisa dulce que heredó de su mamá.
Y entonces aparecían pinceles nuevos, tubos de pintura, algún cuaderno para bocetos.
Las primeras semanas estuvieron bien, entre Marcela, mi enfermera que era estricta con las medicinas, las visitas al doctor y la pintura, los días eran buenos. El paisaje no era precisamente un carnaval de variedad, pero sí había de dónde agarrar. Los árboles del parque, cruzando la calle. Los autos yendo y viniendo. Las casas que en algún momento fueron para familias numerosas y ahora son apartamentos pequeños para estudiantes de la universidad que queda a unas cuadras… o para una pareja, cuando mucho. Lo cual, pensándolo bien, convenía en mi situación.
Sin embargo el problema fue que las formas se me fueron haciendo conocidas. Todo empieza a repetirse cuando uno mira lo mismo tantas horas. Y el aburrimiento, a mi edad, es peligroso. Admito que me estaba poniendo medio refunfuñón. Marcela no me pasaba una, como si yo no hubiera sobrevivido ochenta años sin tanto merengue. Además, no estaba en mi casa. Y eso me dolía más que la pierna rota.
Para mi fortuna una tarde de la nada, fui testigo de una de las mejores historia de la que haya podido ser testigo