Capítulo 1: Silbatos y Kimchi
El sol de Seúl caía con una intensidad implacable sobre el césped sintético, pero Valeria no sentía el calor. Sentía la rabia.
— ¡¿Eso es un pase, Min-ho?! ¡Mi abuela en sandalias tiene mejor puntería! —gritó en un coreano con un acento marcado, pero perfectamente fluido.
Valeria sopló su silbato con una fuerza que hizo que los jugadores del Seoul Titans se detuvieran en seco. Se llevó las manos a las caderas, haciendo que su coleta rizada saltara sobre sus hombros. Llevaba el uniforme oficial del cuerpo técnico, pero lo lucía con una actitud que ningún coreano se atrevería: las mangas remangadas hasta los hombros y una cadena de oro que brillaba en su cuello.
— ¡De nuevo! ¡Si no ganamos el domingo, les juro por Dios que los pongo a bailar salsa hasta que se les enreden las piernas! —amenazó con una sonrisa desafiante que confundía a sus jugadores. No sabían si tenerle miedo o invitarla a cenar.
Desde la banda, dos figuras la observaban con una mezcla de orgullo y preocupación. Eran los señores Park, sus suegros. O más bien, los padres de Mateo, el hombre que la había traído a Corea y que se había ido de este mundo demasiado pronto. Para ellos, Valeria no era una extranjera; era el último rastro de alegría que les quedaba.
— Mírala, Omma —susurró el Sr. Park—. Es un terremoto.
— Es lo que necesitamos —respondió la mujer, apretando su bolso—. Pero está agotada. El fútbol no la deja llorar. Tenemos que convencerla.
Cuando el entrenamiento terminó, Valeria se acercó a ellos secándose el sudor con una toalla. Los saludó con un abrazo efusivo, rompiendo la invisible barrera de espacio personal que rige en Corea.
— ¡Suegros! ¿Qué hacen aquí? ¿Trajeron esos panqueques de arroz que me gustan? —preguntó ella, dándole un beso ruidoso en la mejilla a la Sra. Park, quien se sonrojó de inmediato.
— Valeria, hija... tenemos que hablar —dijo el Sr. Park con tono solemne—. La productora del canal MBS volvió a llamar. El programa de televisión, “Nuestra Familia de Verano”.
Valeria puso los ojos en blanco y soltó una carcajada.
— Ay, no otra vez. ¿Yo en un reality? Soy entrenadora de fútbol, no una actriz de K-drama. Además, miren esto —señaló su piel bronceada y su actitud ruidosa—. Los coreanos se van a asustar conmigo en televisión nacional.
— Precisamente por eso te quieren —insistió la Sra. Park, tomándole las manos—. Quieren a la "Latina de Hierro" mostrando su lado maternal. Valeria... nosotros aceptamos que te quedaras en Corea por el fútbol, pero te vemos sola. Necesitas un respiro de la cancha. Hazlo por nosotros. Dicen que el compañero que te asignaron es un chico muy famoso, un tal Ji-ho.
Valeria se detuvo. Había escuchado ese nombre en las vallas publicitarias de todo Gangnam. Era el líder de la banda más grande del momento. Un hombre que parecía esculpido en porcelana y que jamás se despeinaba.
— ¿El Idol ese que parece que no rompe un plato? —Valeria soltó una risa traviesa—. Pobrecito. Si lo encierran conmigo y tres niños en una casa por quince días, va a terminar pidiendo auxilio en español.
— ¿Eso es un sí? —preguntó el Sr. Park con esperanza.
Valeria miró hacia el campo de fútbol vacío. Amaba su trabajo, pero el silencio en su departamento por las noches empezaba a pesar demasiado. Quizás un poco de caos televisado era lo que necesitaba para dejar de extrañar lo que ya no volvería.
— Está bien —dijo, guiñándoles un ojo—. Pero si ese Idol se queja de mi música o de que hablo muy fuerte, no me hago responsable de las consecuencias. ¡Prepárense, Corea, que llegó la técnica!