Chapter 1
Asia
Deslizo mis dedos por la pequeña arpa lira. Las notas repercuten en mi cabeza, relajándome, quitándome el dolor que me tiene las mejillas empapadas de lágrimas. Deslizo mi dedo por la última cuerda, la más delgada y aguda, un toque y salto del susto cuando la cuerda se rompe.
Abro los ojos mirando el jardín del convento, casi desértico y con varias monjas fumando mientras ríen. Bajo la mirada hacia mi arpa y suelto un suspiro pesado mientras la observo.
—De todas formas aguantaste demasiado —digo. Ya es tercera vez que amarraba esa cuerda.
—Aquí estás
Me vuelvo hacia la madre Ria quien sube las escaleras a pasos lentos, normal para una mujer de setenta años.
—Necesito que vengas a la capilla, un bebé vomitó —baja la mirada a mi arpa —. Ay, Asia, ¿De nuevo?
—Ya había aguantado demasiado —la dejo sobre el sofá y bajo las escaleras para cumplir la orden.
Tomo los implementos del armario bajo las escaleras y en silencio entro en la capilla. Hay un silencio abismal, casi sagrado, entendible considerando que se trata de un funeral y por la cantidad de gente tal parece que era alguien muy querido.
No me tardo en encontrar el lugar que debo limpiar, es la única banca que tan solo está ocupada hasta la mitad.
—Permiso —le susurro a la mujer con el bebé.
—Gracias —me susurra.
Arrojo el trapo húmedo y empiezo a limpiar el vómito blanco con el mayor silencio que puedo. Termino justo antes de que el padre les pida a todos que se arrodillen para rezar. Salgo casi agachada para evitar otro de sus regaños y al cruzar la puerta suelto una bocanada de aire. Debo admitir que ya estoy acostumbrada a que sea la única a la que manden a hacer tareas, la mayoría de las hermanas están por sobre los sesenta y cinco, con articulaciones débiles o rodillas adoloridas, pero odio tener que estar cerca del padre Savio, es muy... idiota.
Me detengo al percibir un jadeo. Confundida miro a mi alrededor, el lugar está vacío y siempre lo está a excepción de los sábados dado que aquí está el confesonario, el mismo del cual provienen esos jadeos.
«Ay, no, otra vez.»
Dejo la cubeta y tomo la escoba que hay cerca. Primero mi cuerda, después el vómito y ahora esto, vaya suerte la mía. Tomo la perilla de la puerta mientras con la otra mano sostengo la escoba, lista para correr a escobazos a los pervertidos que vienen a pecar aquí. Abro la puerta y me paralizo. No hay unos pervertidos como pensaba, solo hay un hombre algo joven sentado en el suelo mientras respira con dificultad.
Viste un elegante traje negro y el sudor le cubre el cabello oscuro al igual que la cara media oculta por la delgada barba. Bajo la escoba despacio, al tiempo que él levanta la cara dejándome ver unos ojos marrones oscuros, similares a los míos que me observan confusos.
—¿Verónica? —me mira como si estuviera viendo un fantasma.
—No...¿Quiere un vaso de agua?
—No, llama a...León —agacha la cabeza —. Por favor
—¿Quién es él?
—Está de traje negro, de tres piezas y tiene el pelo rubio peinado hacia atrás, parece un maldito modelo, lo reconocerás de inmediato
—No maldiga en una iglesia —lo reprendo.
—Solo llámalo, por favor —medio ordena.
Asiento y vuelvo a cerrar la puerta. Iré por ese tal hombre tan solo para que lo ayude, dado que si no sale pronto de aquí a la que culparán por esto sin duda será a mí.
Vuelvo a entrar en la capilla, en silencio y agachada. Me siento en una de las bancas mirando con atención a los presentes, en su mayoría son hombres y de trajes negros, porque, obvio, es un funeral. La descripción que me ha dado es pésima, un hombre rubio y cara de modelo. Vamos, hay al menos siete rubios, todos ellos con la mirada fija, a excepción de uno que observa su celular fijamente. Si lo miro bien, cosa que hago, debe ser sin duda él. Tiene la cara más perfecta que he visto en mi vida, con cada facción tan marcada como si hubiera sido esculpida por el mismísimo Miguel Ángel. Con una nariz recta y los labios delgados pero acordes a su perfecto rostro. Para mi desgracia está en la fila de al lado y casi en los primeros asientos.
Espero a que el padre se dé la vuelta para pararme y dar largas zancadas hasta la banca en donde está él.
—Disculpe —le susurro sin mirarlo.
—Ya dije que no me apetecía donarles nada —masculla en susurros.
Oh, qué tacaño.
—No vengo por eso —vuelvo la cabeza hacia él.
Me encuentro con la mirada más soberbia que he visto en mi vida, pero también con los ojos más grises y únicos en los que me he visto reflejada. Es como si fueran unas nubes en medio de una tormenta.
—Alguien quiere verlo —susurro cuando soy capaz de salir del asombro.
—No me interesa ver a las monjas, por enésima vez —gruñe.
Cierro los ojos. Esto no podría ser peor.
—Es un amigo suyo, uno moreno que pareciera tener un ataque de pánico —susurro y esta vez me mira confundido —. Está atrás en el confesonario
—¿Leonardo? —dice tan fuerte que llega a hacer eco en el lugar.
Me arrojo al suelo, justo antes de que todos vuelvan la cabeza hacia nosotros.
—¿Todo bien, señor? —pregunta el padre.
Le muestro los pulgares al hombre y este fuerza una sonrisa.
—Súper —asegura.
Todos vuelven a lo suyo y vuelvo a levantarme con cuidado para volver a la banca.
—¿Por qué te escondes? ¿No vives aquí? —susurra cerca de mi oído.
—Lo hago, pero no debería estar aquí —respondo.
Espero a que de nuevo el padre vuelva a darse la vuelta y entonces salgo prácticamente corriendo. León por su parte llega unos minutos después, caminando tranquilamente.
—¿No eres una de esas locas que se disfraza de lo que sea para tomarnos fotografías? —acusa.
—¿Qué? No, ni siquiera sé quienes son —tomo la cubeta —. El sujeto está en el confesonario, si necesita algo solo acérquese a la escaleras
Asiente.
Vacío la cubeta en el baño de visitas y dejo todo en el armario de aseo.
—¿Qué clase de broma crees que haces? —alegan a mi espalda.
Cierro el armario encontrándome a aquel rubio modelo mirándome furioso.
—¿Disculpe?
—No hay nadie ahí —espeta.
—¿Qué? —camino hacia el confesonario viendo que efectivamente está vacío —. ¿Dónde está?
—Eso mismo quisiera saber
Antes de darme la vuelta me empuja dentro del confesonario, suelto un grito que muere en la palma de su mano cuando aprieta mis labios.
—Guarda silencio, son reporteros —me pide en susurros mientras mira por las rendijas.
Vuelvo la cabeza viendo a unos tres hombres caminar confundidos por el lugar, mirando hacia todas partes buscando algo o alguien.
—Esto debe ser una puta broma —gruñe —. ¿Tú los llamaste?
Lo miro ofendida y le agarro el brazo para que me deje hablar.
—Yo solo fui por usted porque ese sujeto me lo pidió, no tengo ni la menor idea de quién es usted
—Casi te creo —se burla.
—Hablo en serio, ¿Qué es? ¿Modelo? ¿Cantante? —pregunto genuinamente confundida.
Me mira sorprendido.
—¿Quiénes son ustedes? —escucho preguntar a la hermana Ilaria.
Nunca creí que el fuerte carácter de la hermana me agradara, se tarda menos de un minuto en llevar a los tres sujetos a la capilla en donde escucho que los acusa con el padre.
—Esto es increíble —gruñe al momento que abre la puerta.
—¿Quién es usted? —escucho alegar a la hermana Isabella en el piso de arriba.
—¿De quién es esto? —demanda una voz masculina, una que reconozco bien al igual que el rubio a mi lado que mira hacia allá.
Doy rápidos pasos hasta las escaleras, con el tipo rubio siguiéndome. Antes de terminar de subir me detengo al ver que el sujeto en cuestión tiene mi arpa lira en la mano.
—Le hice una pregunta —amenaza a la monja de ojos negros que lo mira boquiabierta —. ¿De quién es?
—Es mía —me acerco a él y apenas la toco estira su brazo dejándome inalcanzable el instrumento.
—¿De dónde lo sacaste?
—Fue un regalo —intento alcanzarlo —. Ahora démelo
—¿De quién? —me agarra fuertemente del brazo.
Sus ojos antes llenos de dolor ahora están llenos de furia pura, lo peor es que va dirigida hacia mí.
—Leonardo, déjala —intercede el rubio al tiempo que le agarra la muñeca pero su amigo no afloja.
—Te hice una pregunta —gruñe entre dientes.
—¿Qué pasa aquí?
Apenas vuelve la cabeza le doy un golpe en el abdomen y alcanzo mi arpa lira, antes de que logre alcanzarme corro a esconderme detrás de la madre superiora.
—¿Quiénes son ustedes? —les pregunta.
—El arpa que tiene esa chica me pertenece, fue un regalo que le di a alguien hace muchos años —gruñe.
Miro mi arpa siendo incapaz de creerle. Puede que no recuerde muchas cosas de mi pasado, pero si recuerdo que me la regalaron, hasta tengo su afinador original.
—Eso es imposible, yo misma recibí el paquete para Asia. Fue un regalo de cumpleaños del señor Dante Lafé
Intento que no se demuestre la sorpresa en mi rostro, dado que es una mentira.
—¿Dante Lafé? —da un paso atrás como si lo hubieran golpeado —. Ese bastardo
—Le voy a pedir que se retire por favor, esto es un convento y en esta área no se permiten hombres a excepción del padre Savio
—Nos iremos de inmediato, descuide —el rubio agarra del brazo al moreno que no deja de mirar furioso a la madre superiora.
Aunque se resiste logra arrastrar a su amigo por las escaleras, los observamos atentamente hasta que cierran la pesada puerta de madera que hace resonar las blancas paredes del convento.
—Si vuelve a venir solo avísame, Asia —la madre superiora me pone la mano en el hombro —. Y debes aprender a poner a las personas en su lugar, somos monjas, no idiotas
—Sí, madre
Me besa el pelo y se acerca a la hermana Isabella quien le pregunta confundida sobre lo que pasó. Yo solo miro la puerta, sintiendo un extraño presentimiento en el pecho.
—¡Asia!
Salto del susto y miro hacia abajo, cada peldaño de madera cruje con los pasos del padre Savio.
—¿Qué demonios hacías en la capilla y hablando tan cerca con un hombre?
—¿De qué habla? —doy unos pasos atrás, aterrada.
Al ver lo furioso que está arrojo la arpa lira sobre el sofá, al mirarlo lo tengo tan cerca que se le hace fácil agarrarme del pelo.
—De que estabas como una mujerzuela coqueteando —grazna.
Me agarra del mentón forzándome a mirar su delgado y anciano rostro. No sé como puede aparentar verse tan amable y dulce cuando es un monstruo.
—Yo no hice nada, lo juro
—No jures en vano
Me da una bofetada que por poco me arranca la cabeza, mis rodillas golpean la madera pero mis manos no alcanzan más que a rozar los escalones antes de rodar por ellos.
—¡Asia! —escucho gritar a la hermana Carla.
Al caer al suelo siento todo mi cuerpo arder de dolor, solo lloro con los labios apretados mientras espero a que mi vista deje de estar borrosa.
—Dile que se ponga zapatos más bajos, no es primera vez que tropieza —le pide el padre como si nada.
Logro divisar el cerquillo rojizo de Carla y su pálida mano aparece en mi campo de visión cuando me ayuda a sentarme.
—Estoy bien —le aseguro.
—Ufff, Asia, sabes que el padre odia cuando nos acercamos a lo hombres —me pone de nuevo la cofia en la cabeza. Ni noté cuando se cayó.
—Lo sé, pero no hice nada malo —aseguro mientras intento contener la sangre que me sale por la nariz, me duele mucho el labio así que probablemente también me esté sangrando.
—Ven —me ayuda a ponerme de pie y me lleva hasta la cocina.
Me siento en el taburete mientras ella va por el botiquín al baño de visitas. Suelto una bocanada de aire y me limpio las pocas lágrimas que se me escapan. Definitivamente no es mi día.
—Miau
Levanto la cabeza y veo a bigotes en la muralla. Parece que hoy le dio hambre más temprano. Cojeando tomo la bolsa con croquetas que siempre le tengo guardada y salgo al patio, al verme maúlla pero no se mueve.
—¿Por qué no bajas? —le digo y agito la bolsa —. Tengo tu comida aquí
Gruñe y corre por la muralla.
Miro a mi alrededor, no hay nadie, ¿Por qué corre entonces?
—Vamos, bigotes, no tengo tiempo de perseguirte —camino detrás de él.
Salta hacia la calle dejándome confundida. Bigotes no es así, bueno, en un principio era arisco pero llevamos años de amistad al punto de que al verme llega a mi lado de inmediato, sobre todo si traigo comida.
Me doy la vuelta para volver a entrar y el lugar explota, literalmente en mi cara. Todo se llena de polvo, escombros y fuego mientras caigo al suelo sintiendo cómo este se sacude violentamente.
Apenas logro incorporarme me tropiezo con la falda larga de mi hábito, cayendo de nuevo al suelo. Toso descontroladamente, como si me hubiera tragado una chimenea encendida que quema mi garganta. Ni siquiera soy capaz de asimilar qué pasa, ¿Esto siquiera es real?
Me arrastro a duras penas, sintiendo mi cuerpo arder de dolor. Mis brazos ya no aguantan más, tiemblan y me abandonan dejándome caer de cara al suelo. Antes de cerrar los ojos, escucho las sirenas y veo a bigotes venir hacia mí maullando.