PROBLEMAS
La alarma sonó como un taladro en la cabeza. Pensé que eran las 3 de la mañana. Busqué el celular a tientas, con los ojos entrecerrados, y la pantalla me devolvió la realidad: 8:08 a.m. Otra vez el insomnio me había ganado.
Me levanté sintiendo que la cara me pesaba una tonelada. Tenía una entrevista de trabajo a las 8:30. Genial.
En el baño, el espejo me devolvió una versión de mí que prefería ignorar. Mientras el agua fría caía, volvieron los flashbacks del pasado. Fragmentos oscuros. Sacudí la cabeza. No era el momento.
Salí corriendo hacia la parada de buses. La calle estaba llena de gente apurada. Escuché risitas y murmullos a mi paso. Hablaban bajito, o eso creían. Vi gotitas de sudor en frentes ajenas, pies inquietos. Alguien iba a tener problemas con el jefe hoy.
Subí al bus y dejé que la música apagara el ruido de mi mente. Pero algo me llamó la atención del tipo parado frente a mí. Las mismas gotitas de sudor, a pesar del aire acondicionado. Manos temblorosas. Miraba a todos lados, como esperando una señal.
“¿Te imaginas que sea un asaltante? Jajaja, lo que me faltaba. No he terminado de pagar mi celular, pfff.”
Me fijé mejor. Bulto en la cintura. Una pistola. No era policía, eso seguro.
¿Y si espera una señal? ¿Vale la pena intervenir? … la otra persona debería estar cerca si es así..
Pfff. No me queda de otra. Aquí vamos.
Me paré y le ofrecí mi asiento, para evitar daño colateral si todo se iba al carajo.
—¿No quieres sentarte? —le dije.
Me miró confundido.
—¿Esta es tu estación, muchacho?
—Ah, cómo me gustaría… pero ambos sabemos que vas a hacer algo indebido.
mostró la pistola con mano temblorosa.
—No te hagas el héroe y quédate ahí.
—Vamos, se me durmieron las piernas. Cambiemos un momento.
—Quédate ahí, niño estúpido. No sabes lo que haces.
—Generalmente todos tenemos una moral, aunque no todos le hagan caso. Y creo que, aunque te quites el anillo, tu familia no quisiera que hicieras esta tontería.
Me miró sorprendido.
—¿Eres adivino o solo entrometido?
—Ellos solo te ven como un recurso. Cuando ya no les sirvas, sabes lo que pasará, ¿verdad?
—¿Ellos quiénes?
—Los tipos que te pusieron a prueba. Vamos, viejo, si fueras profesional no estarías hablando conmigo —dije con una risa irónica.
—Y tú… ¿eres policía?
—Amigo, si fuera policía ya te tendría esposado y te habría dado uno que otro disparo de advertencia, jajaja.
—Te crees muy gracioso. ¿Si te hago un agujero en la cabeza seguirías riendo?
En el bus iba una agente especial. No una policía común. Su vehículo se había dañado durante una persecución de secuestradores; ella misma había usado su carro para detenerlos.
Al voltear, la agente notó la tensión entre dos tipos. No escuchaba lo que decían, pero el ambiente se sentía pesado. Empezó a acercarse.
El acompañante del sospechoso se dio cuenta de que algo fallaba. El objetivo ya había subido hace varias estaciones. Envió un mensaje rápido y bajó del bus.
El sospechoso volteó y vio que estaba solo. El pánico lo invadió. Yo también lo noté.
Su conciencia parecía estar ganando la pelea.
—Debo hacerlo por mi hija… —murmuró, y levantó la pistola.
—¡Espera, no lo hagas! —Me lancé sobre él.
Forcejeamos. Recibí un puñetazo. La gente gritó, el autobús frenó en seco y los pasajeros empezaron a bajar a montones.
En medio del caos, se escuchó un disparo. El arma se disparó accidentalmente. Sentí un ardor caliente en el brazo. Sangre.
El sospechoso vio la herida y soltó la pistola, aterrado.
La agente ya estaba encima de nosotros, arma en mano.
—¡Alto! ¡Policía!
Mientras lo esposaba, el tipo empezó a llorar.
—Perdón… yo no quería… Él dijo que todo estaría bien, que el hombre era malo y había que sacarlo del mapa… Solo quería el dinero para mi hija. Perdón…
Tenían un objetivo pensé, mientras me apretaba el brazo herido, sangre goteando.
—Quería evitar daño colateral y terminé así, jajaja. Ahora estoy herido y sin trabajo. Gracias, brújula moral..
La agente intentaba calmar al sospechoso cuando un carro negro pasó lento por el lugar. Un sujeto con boina, lentes negros y un cigarro en la boca miró directo hacia nosotros.
De pronto, otro disparo.
Emilia se tiró al suelo. Yo me cubrí detrás de un árbol cercano. El caos fue total.
Cuando todo quedó en silencio, ella se levantó y vio al sospechoso en el piso, agonizando. Un tiro limpio en el pecho.
Corrió hacia él para intentar mantenerlo con vida. Entre lágrimas, el hombre susurró:
—Dígale a mi hija… que me perdone por no estar más para ella…
Y murió.
La agente se acercó a mí, seria y con la respiración agitada.
—Será mejor que te atiendan en la estación. Y vamos a tener que hablar.
Miré mi brazo herido y el cuerpo en el asfalto.
Genial.








