Acapellast Metronomo by Pabble Bubble at Inkitt
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Acapellast - Metronomo

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Summary

Timoteo tiene 16 años y solo quiere dos cosas: cantar a capela y que su vida sea normal. El problema es que viene de una familia de superhéroes legendarios. Su bisabuelo salvó Argentina. Su abuela tiene supervelocidad. Y su padre, Badaboom, es el héroe más famoso del país... y el peor padre del mundo. Tim heredó un poder que no pidió: puede anticipar el peligro antes de que ocurra. Como un metrónomo roto que marca el ritmo del caos. Tac, tac, tac. Mientras intenta sobrevivir a la preparatoria, unirse al coro, y tal vez conquistar a Ivy (la chica que lo tiene perdido), su padre lo arrastra a un mundo de trajes, patrullaje nocturno y expectativas imposibles. ¿Puede ser un héroe si lo único que quiere es cantar? ¿Puede encontrar su propio ritmo cuando todos esperan que siga el legado familiar? Nueva Argentina lo necesita. Pero Tim solo quiere encontrarse a sí mismo. Nueva Argentina lo necesita. Pero Tim solo quiere encontrarse a sí mismo. 🎵 Superhéroes + Música + Drama familiar + Romance ⚡ Poderes heredados, secretos oscuros y un villano que acecha 💔 Un padre narcisista, una enfermedad misteriosa y decisiones imposibles "No todos los héroes usan capa. Algunos usan audífonos."

Status
6mo ago
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo: El show de sombras

El olor a chocolatada caliente recién servida en mi mano, el vaporcito de la taza y mi cama cómoda eran todo lo que podía pedir. Pero todavía faltaba lo mejor.

En un parpadeo, aparecieron las sábanas blancas formando una especie de telón delante de mi cama. Una luz tenue las iluminaba desde atrás. No podía dar un sorbo, porque estaba expectante. Nuevamente la velocidad me tomó por sorpresa. Una sombra detrás de las sábanas apareció… y el show comenzaba.

—Había una vez un país sumido en el caos. En un reino llamado Argentina, un lugar tan vasto y lleno de riquezas que la única forma de controlarlas era con mano dura.

Así solía comenzar mi abuela su historia. Creo que desde que tengo memoria la escuché. De bebé no la entendía, pero la voz de mi abuela tenía esa cadencia suave que arrullaba. Después, al crecer, se volvió un cuento que pedía cada noche, y luego, algo que ella me contaba sin que lo pidiera.

Cada año, cambiaba un poco. A veces era más corto, otras más largo, pero siempre se agregaba algún detalle nuevo. Y yo, aunque a veces me distrajera, me sabía cada palabra de memoria.

—Este que ves acá —decía señalando emocionada una vieja foto enmarcada— es tu bisabuelo. Mi padre.

Me miraba con ese orgullo que solo ella podía tener, como si estuviera presentando a un prócer en vez de a alguien de carne y hueso. Y para ella lo era. Un héroe de verdad. El más grande de Europa, según sus palabras. Tan altruista y noble que dejó una vida de servicio y gloria para traer orden y seguridad a estas tierras. A nuestro reino.

En ese momento, la luz detrás del telón casero se intensificaba apenas. Ella comenzaba a moverse alrededor con tal velocidad que dejaba remanentes de su silueta. Las sombras proyectadas sobre las sábanas formaban una especie de teatro vivo: multitudes huyendo, héroes descendiendo del cielo, el caos como telón de fondo. Era como si hubiera una obra entera ocurriendo detrás de las cortinas, solo con luz y velocidad.

—Caos, violencia, opresión, la década infame... ¡la oscuridad pura estaba a la orden del día! —sentenciaba, apagando la luz con un ―¡Zas!‖ usando su supervelocidad.

—But siempre que hay oscuridad... hay luz. ¿Lo recordás, Tim? —me decía después, levantándome a upa con agilidad.

En un segundo, me agarraba como si fuera una pluma y me lanzaba al aire. Mientras yo todavía estaba cayendo, ya había desaparecido. Justo cuando pensaba que me iba a estampar contra el piso… reaparecía para atraparme en el último segundo.

Esta vez volvió con una capa vieja que usaba para imitar a su padre, el gran héroe europeo. Tan rápida que parecía multiplicarse, se colocaba en tres lugares al mismo tiempo —o eso parecía— y se aplaudía a sí misma. Yo me reía a carcajadas, aunque ya me sabía el truco. Entonces retomaba el cuento, como si no hubiéramos frenado.

—Tu bisabuelo no solo dejó su historia atrás. Trajo consigo nuestro linaje. Impartió justicia donde no la había. Sembró esperanza en corazones que habían perdido la fe. Y lo más importante: dejó un legado. Unió a la burguesía del país y a los mundos bajos, y así es como renacimos.

En ese momento, prendía la tele con un chasquido que jamás logré ver. La pantalla iluminaba la oscuridad con su resplandor azul. A veces aparecía estática. Otras, un noticiero. O una propaganda con fanfarrias.

Esa vez, primero apareció un noticiero. Mostraban a Badaboom en acción: uno de esos videos donde atrapa ladrones en medio de la calle. Uno tenía un cuchillo. Otro, un arma. Mi papá los desarmaba en un segundo, como si fueran muñecos. Después ayudaba a una señora mayor a levantarse del suelo y le devolvía la cartera.

—Gracias, Badaboom —decía ella.

Él solo asentía. Sin sonreír. Después cambió de canal y apareció un videoclip, con luces de colores y gente bailando raro. Me gustaba. Sin darme cuenta, moví los pies. La cabeza. Y después… canté. Bajito. Medio mal. Pero igual canté.

Ella me miró un segundo. Sonrió. Y volvió al cuento.

—¡Y esa llama —gritaba con énfasis— fue heredada por tu papá! Badaboom. El estallido viviente. El héroe que hace temblar el suelo. ¡El rugido de la Nueva Argentina!

Explotaba de energía, literalmente y figuradamente, cuando lo decía. Después volvía a su tono más calmo.

—Y quién sabe, quizás vos también la heredes. Tal vez vos, tal vez alguno de tus primos. Pero lo importante es que nuestra familia está para mantener el orden. Para impartir justicia... hasta en los rincones más oscuros de nuestro reino.

Yo la escuchaba. En parte. Pero algo en esa caja mágica seguía capturando mi atención. Las luces, los colores, la música. Ese videoclip con una coreografía pegadiza. Mi abuela frenó un momento y me miró.

—¿Otra vez te perdí, no? —me preguntó con ternura, sonriendo.

Yo me encogí de hombros. Ella rió. Luego, en un segundo, me llevó al baño con su velocidad supersónica.

—¡Hora del baño! —anunció, mientras yo apenas podía protestar.

Ese era yo. Timoteo, seis años. Hijo de un héroe. Nieto de una leyenda. Bisnieto de un prócer moderno. Y, sin embargo, en ese momento... solo un nene más, fascinado con la música.

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