CapĂtulo 1
El olor a cafĂ© quemado se le habĂa metido a Dania en la piel. No importaba cuántas veces se lavara las manos durante el turno ni cuántas duchas se diera al llegar a casa: siempre quedaba ahĂ, adherido a los poros, mezclado con el detergente barato del uniforme y el cansancio rancio de las jornadas demasiado largas. Era un aroma denso, amargo, que le recordaba que llevaba horas de pie y que aĂşn le quedaban demasiadas por delante. 
La cafeterĂa era estrecha, con mesas pequeñas de madera clara y sillas que chirriaban al moverse. La barra estaba siempre pegajosa, aunque la limpiaran varias veces al dĂa, y la máquina de cafĂ© rugĂa como un animal viejo cada vez que alguien pedĂa un contacto. A esa hora —casi las seis de la tarde— el flujo de clientes era constante: empleados saliendo del trabajo, estudiantes con apuntes abiertos, algĂşn jubilado que se quedaba más de lo debido porque en casa no le esperaba nadie.
La chica se movĂa entre las mesas con una eficiencia automática, como si su cuerpo supiera lo que tenĂa que hacer incluso cuando su mente ya no podĂa seguirle el ritmo. Bandeja en mano, espalda recta por pura costumbre, sonrisa ensayada que no llegaba a los ojos. Nadie notaba que le temblaban ligeramente los dedos cuando apoyaba las tazas.
HabĂa dormido tres horas. Quizá menos. No estaba segura.
La noche anterior habĂa intentado estudiar para el examen de psicologĂa del desarrollo mientras escuchaba a su padre vomitar en el baño. HabĂa apagado la luz a las dos, se habĂa levantado a las cuatro para asegurarse de que Ă©l seguĂa respirando y a las seis ya estaba en pie, preparando un cafĂ© que sabĂa que no iba a beber.
—Dania —la llamó su compañera desde la barra—. Mesa siete, pide la cuenta.
AsintiĂł sin mirarla. El cansancio le pesaba en los hombros como una mochila llena de piedras. SentĂa la camiseta del uniforme demasiado grande, colgando de sus hombros delgados, y el vaquero apretando su cintura. HabĂa adelgazado sin querer. Comer era algo que se hacĂa cuando habĂa tiempo, y el tiempo era un lujo que no tenĂa.
Mientras se acercaba a la mesa siete, una sensaciĂłn conocida le recorriĂł la espalda.
No fue un sonido, ni una palabra. Fue el instinto. Como si alguien la estuviera observando.
LevantĂł la vista sin pensarlo, buscando el origen de esa presiĂłn invisible, y entonces lo vio.
Franco estaba sentado en la mesa del fondo, la más alejada de la barra, como si hubiera elegido el lugar con cuidado. No parecĂa fuera de sitio. Eso era lo peor. Llevaba unos vaqueros oscuros, una camisa gris sin planchar del toco y una chaqueta de cuero gastada colgada del respaldo de la silla. PodrĂa haber pasado por un cliente más si no fuera por la forma en que la miraba. Él no miraba: invadĂa.
TenĂa el pelo oscuro, corto, con algunas canas prematuras en las sienes. La barba de varios dĂas le sombreaba la mandĂbula para darle un aspecto descuidado que parecĂa deliberado. Sus ojos eran pequeños, oscuros, siempre entrecerrados, como si evaluaran constantemente el valor de las cosas… o de las personas.
Cuando sus miradas se cruzaron, Ă©l sonriĂł. No fue una sonrisa amplia ni abierta. Fue un gesto mĂnimo, lento, que no llegĂł a los ojos. Una promesa sin palabras.
A la joven se le cerrĂł el estĂłmago.
TerminĂł de cobrar la mesa con manos sorprendentemente firmes, anotĂł algo en el cuaderno que no recordarĂa despuĂ©s y, cuando se girĂł, Franco ya se estaba levantando de su silla.
—Buenas tardes, Dania —dijo él, como si fuera un saludo casual, como si no pronunciara su nombre con una familiaridad que le erizaba la piel—. ¿Tienes un minuto?
El sonido de su voz era bajo, casi amable. No alzaba el tono. Nunca lo hacĂa. Él no necesitaba imponerse con gritos. SabĂa que la amenaza era más efectiva cuando se deslizaba despacio.
—Estoy trabajando —respondió ella al mantener la distancia justa. Ni demasiado lejos como para parecer huidiza, ni demasiado cerca como para invitarlo a avanzar—. Si quiere algo, puede pedirlo en la barra.
Él ladeó la cabeza, divertido.
—Siempre tan correcta. Se nota que estudias cosas de la mente.
La muchacha apretó la bandeja con más fuerza de la necesaria.
—Si no va a consumir nada, tengo que seguir —insistió.
El hombre dio un paso hacia ella. Uno solo. Suficiente para invadir su espacio personal, para que ella pudiera oler el tabaco frĂo y el perfume barato que llevaba. No la tocĂł. No hizo falta.
—Tu padre no cumple —comentó en voz baja, casi confidencial—. Y ya sabes que a mà no me gusta repetir las cosas.
El mundo alrededor pareció bajar el volumen. El ruido de la máquina de café, las conversaciones, las cucharillas chocando contra las tazas… todo quedó amortiguado por el latido violento de su corazón.
—Estoy pagando —mintió ella sin pestañear—. Este mes habrá una parte más grande.
Él sonrió un poco más.
—Eso dijiste el mes pasado.
Ella tragĂł saliva.
—Ha habido… complicaciones.
—Siempre las hay —advirtió él con un suspiro exagerado—. Pero las deudas no entienden de complicaciones, cariño.
Esa Ăşltima palabra le produjo un escalofrĂo inmediato.
—No me llames asà —dijo, y esta vez no pudo evitar que la voz le temblara un poco.
Franco bajó la mirada, despacio, recorriéndola de arriba abajo sin pudor. Se detuvo un segundo más de lo necesario en su pecho, en la curva de su cadera, en la palidez de sus muñecas.
—No era mi intenciĂłn molestarte —continuĂł, como si estuvieran teniendo una conversaciĂłn educada—. Solo querĂa recordarte que siempre hay otras formas de pagar.
La frase cayĂł entre ellos como algo viscoso. Dania sintiĂł una mezcla de rabia y vergĂĽenza que le quemĂł la garganta.
—DĂ©jenos en paz —apuntó—. A mi padre y a mĂ.
—Ojalá pudiera —respondiĂł Ă©l, dando un pequeño paso atrás para devolverle el espacio como quien concede una limosna—. Pero los negocios son los negocios —se inclinĂł un poco hacia ella, lo justo para que solo ella pudiera oĂrlo—. Y tĂş eres parte del negocio, aunque no te guste.
Antes de que pudiera contestar, él cogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta con la tranquilidad de quien sabe que ha dejado la herida abierta. Antes de salir, se giró un segundo y le guiñó un ojo.
La chica se quedĂł inmĂłvil unos instantes, con la bandeja aĂşn en las manos, sintiendo cĂłmo el miedo se le acumulaba bajo la piel, espeso, paralizante. No llorĂł. No podĂa permitĂrselo. Llorar implicaba detenerse, y detenerse era un lujo.
—¿Estás bien? —preguntó una voz a su lado.
Salvador, su novio. Se habĂa acercado sin que ella lo notara, con esa manera suya de ocupar el espacio sin imponerse. Era alto, de hombros anchos, mas su presencia siempre habĂa sido más cálida que dominante. Llevaba una sudadera gris y el pelo ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por Ă©l demasiadas veces. Sus ojos color avellana la miraban con preocupaciĂłn genuina.
—Sà —mintió ella demasiado rápido—. Solo… un cliente pesado.
Él frunció el ceño.
—No parecĂa un cliente.
—Tú ves mafias en todas partes —sonrió ella forzosamente.
IntentĂł bromear, sin embargo, la risa no le saliĂł natural. El chico no insistiĂł, aunque no dejĂł de observarla. HabĂa aprendido a leerla en los pequeños gestos: la forma en que se mordĂa el interior de la mejilla, cĂłmo evitaba mirarlo directamente cuando mentĂa.
—Si te está molestando alguien, dĂmelo —le pidió—. No tienes por quĂ© aguantarlo sola.
Ella negĂł con la cabeza mientras recogĂa una mesa cercana.
—De verdad, Salva. No es nada.
Él la miró unos segundos más, como si quisiera decir algo, pero al final suspiró y dio un paso atrás.
—Paso luego a recogerte, ¿vale? Para que no vuelvas sola.
—No hace falta —respondió ella, esta vez con más firmeza—. Salgo tarde y tú tienes que estudiar.
—No me importa.
—A mĂ sà —dijo, quizá con más brusquedad de la que pretendĂa—. De verdad. Estoy bien.
El joven asintió despacio, herido sin saber exactamente por qué.
—Como quieras.
Cuando se fue, Dania se apoyĂł un segundo en la barra, cerrĂł los ojos y respirĂł hondo. SentĂa el peso de la culpa clavada en el pecho como una aguja constante. Culpa por mentir. Culpa por no poder. Culpa por existir.
SabĂa que Franco no iba a desaparecer. SabĂa que aquello solo acababa de empezar. Y, por primera vez desde que su madre habĂa muerto, tuvo la certeza aterradora de que no podĂa con todo sola.
El mundo se estaba estrechando a su alrededor.