Tharnael y el Caballero de las Migajas

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Summary

Dorian nunca quiso una armadura; solo quería una cerveza fría y que los muertos lo dejaran dormir. En un mundo donde la presencia de Dios te rompe los huesos y la Iglesia te usa como carne de cañón, Dorian ha sido nombrado "Caballero de las Migajas". No es un honor, es una sentencia de muerte. Junto a una compañía de parias -un loco, una mujer que llora mientras mata y un veterano impecable-, deberá cumplir una misión suicida bajo la sombra del Fuego Verde. En Tharnael, la fe te ciega y el honor te mata. Solo el acero y su yegua Karela lo mantienen humano.

Genre
Fantasy
Author
J.A Ortiz
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

1 El Asenso

Una luz brillante cegó mis ojos. Sin duda alguna era él.

El destello que emitía su armadura perfectamente pulida era como si el sol mismo brillara en ella, y no a través de ella. Era hermoso y aterrador a la vez.

La primera vez que le miré sentí tanto miedo como deseo de servirle, y hoy no ha cambiado mucho, salvo que el miedo ha aumentado.

Si traía su armadura impoluta, era una buena señal: significaba que no había tenido que manchar sus manos con la sangre de esos sucios invasores Grezkar.

Significaba que nuestras huestes habían realizado el trabajo sin necesitar de su ayuda, y eso, sin duda, era bueno.

Le observaba desde lo más alto de la torre.

Mi labor consistía en levantar la bandera al verle regresar: la roja si era nuestro señor y sus fuerzas, la negra si, por el contrario, eran los Grezkar.

Pero eso era imposible; no podían ser ellos bajo ninguna circunstancia… o al menos, no si nuestro señor estaba en el campo de batalla.

La ira de Dios se reflejaba en sus ojos. Incluso desde esta altura podía sentirla, y el sobrecogedor peso de su presencia me obligaba a mantenerme firme.

Mis compañeros hicieron sonar las trompetas al ver mi bandera, y tras ellas se escucharon los gritos de júbilo provenientes del castillo: señal de otra victoria.

Las victorias eran seguras, pero la frecuencia con la que los Grezkar se aventuraban a las tierras de mi señor era realmente preocupante, al menos para mí, un soldado entrenado y educado.

Los ignorantes campesinos, en cambio, nunca temían: solo sabían de sus vacas y de sus tierras, pero no de la batalla.

No conocían la muerte.

Pensaban que la victoria sería siempre inminente, y que la pérdida de nuestros hombres no era más que un pequeño precio a pagar.

Como era de costumbre, se nos ordenó a los soldados que quedamos en la guardia presentar nuestros respetos a nuestro señor antes de que regresara al palacio.

Los soldados levantamos nuestras armas a su paso, y todos los aldeanos y plebeyos debían postrar sus rostros en el suelo, ya que no se les permitía ni siquiera mirar su caballo.

Las trompetas sonaron, y sentí su enorme presencia pasar a mi lado. Mi estómago quería devolver mi almuerzo; siempre pasaba cuando él estaba cerca.

Pero lo más difícil de soportar era el sonido agudo en nuestras cabezas. Las primeras veces que estuve cerca suyo sentí que iba a enloquecer, pero tras años de estar a su servicio, la costumbre nos permite soportarlo.

Cerré mis ojos fuertemente hasta que pasara. Esto me había ayudado muchas veces a disimular la incomodidad de estar ante su magnificencia.

Lo hice hasta que escuché las puertas del castillo cerrarse. Por fin había entrado, y volví a sentirme normal.

Al haber quedado relegado a la guardia esta campaña, mi misión era seleccionar el botín recogido y ayudar a mis compañeros que sí combatieron a quitar sus armaduras, contar a los caídos y reportar al contralor, para que las pagas por su servicio fueran enviadas a sus familias: diez monedas de plata a las familias de los muertos, cuatro a los lisiados, dos a los que pelearon y sobrevivieron.

Los hombres de la guardia tendríamos que conformarnos con nuestro sueldo mensual habitual, correspondiente a nuestro rango.

Seguí trabajando, dándome prisa para terminar cuanto antes y poder ir al bar a beber hasta quedarme dormido.

No había mejor día para ir al bar que cuando había terminado una campaña de defensa: las prostitutas eran más gentiles y el cantinero solía bajar los precios de la cerveza barata.

—¡Mi señor teniente! —gritó un soldado levantando su dedo al cielo.

Esto debía realizarse siempre al hablarle a un oficial, y yo lo era, de los de menor nivel, pero un oficial al fin y al cabo.

—Reporte, soldado —contesté, dándole la señal de que bajara su brazo.

—El comandante menor necesita su presencia —dijo con voz más baja.

Un miedo recorrió mi interior. No era normal que me llamara luego de una misión de defensa. Algo iba a pedirme, y cuando un oficial me solicitaba, sin duda era señal de que el bar tendría que esperarme por un buen tiempo.

Un hombre de baja estatura y una túnica verde corría a toda prisa con un balde de agua.

Parecía pesar mucho, pues su rostro estaba enrojecido por el esfuerzo.

Un cinto dorado fajaba su cintura, del cual colgaba un cuchillo de mango dorado: señal de que era un monje sirviente perteneciente a alguno de los nobles menores de nuestro señor.

Verlo me hizo recordar que, algún día, quise ser un monje sirviente; trabajan duro, pero comen bien.

Sin embargo, decidí—en los burdeles—que el camino de la fe no era el mío, y mucho menos el del celibato.

Reflexioné sobre eso sin saber por qué, mientras seguía al soldado que me llevaría a mi encuentro con el comandante menor, hasta que el olor a sudor y mierda de un hombre tirado en el suelo me hizo volver en mí mismo.

No sabía a dónde nos dirigíamos hasta que vi el fuego verde de la puerta del palacio principal.

No tuve tiempo de pensar por qué íbamos en ese camino, ya que frente a la puerta estaba el comandante menor que me había solicitado.

—Me presento, señor —grité, levantando mi dedo indice hasta el cielo.

—Descanse —dijo el comandante, con voz baja y cansada.

—Sí, señor —respondí, poniéndome en firme.

Vi en sus ojos el desinterés al verme, como si quisiera hacer cualquier otra cosa antes que estar allí. Era habitual esa mirada en cualquier oficial luego de una campaña, y aún más si se le asignaban tareas después del combate.

—Limpie sus ropas, desármese y lávese lo mejor que pueda. El General le solicita en la sala de nuestro Señor —dijo el comandante menor.

—Sí, señor —contesté de manera automática, y sujeté el cinturón de mi espada corta con fuerza.

Era un hábito que había adquirido cuando el pánico estaba a punto de hacerme cagar el uniforme durante las batallas.

Como aquella vez en que un Grezkar me miraba de frente, a punto de atacarme, y yo estaba desarmado.

Hubiera muerto si una flecha —caída, no sé de dónde— no me hubiera salvado.

Seguí al comandante por el largo y oscuro pasillo que llevaba al interior del Salón Mayor. Estaba apenas iluminado por antorchas de fuego verde cada veinticinco pasos, esto por orden del Señor en representación al ritual de combate en que la escolta de honor se mantiene siempre a veinticinco pasos de Él antes de la primera carga. Ese dato, y muchos otros, se encuentran grabados en mi memoria desde que era un niño que visitaba el templo con mi madre.

Ella odiaba esas visitas, pero era necesario asistir con frecuencia, ya que al ser viuda debía demostrar que se mantenía casta y honrosa de mi padre, o en caso contrario se le asignaría otro esposo: algún soldado viejo sin parcelas que quisiera las que dejó mi padre al morir.

Lo más inquietante del interior del salón era, sin duda, la pulcritud y limpieza extrema que habitaba en el mismo. Las paredes blancas impolutas causaban una sensación de incomodidad, aunque deberían causar el efecto contrario. Sin embargo, no pude detenerme mucho en la contemplación del salón debido a que, de manera súbita, como suele pasar, sentí el agudo y doloroso sonido en mi cabeza otra vez: razón inequívoca de que el Señor estaba cerca.

A cada paso se intensificaba, y me hubiera detenido de no ser porque había muchos oficiales en el interior y no debía demostrar debilidad. Pero he de admitir que creí escuchar un quejido sutil y apagado del comandante menor que dirigía mi camino.

El General estaba parado al lado de la entrada del pasillo que llevaba a la sala del trono, en una impecable postura, con su armadura ligera ceremonial de un intenso verde esmeralda; color que representa a nuestro Señor y es permitido en los oficiales de alto rango como signo de prestigio.

Era un tipo sencillo de apariencia: cabello negro y recortado, piel oscura y rostro perfectamente afeitado.

En el pasado serví a su lado en la campaña de invasión Grezkar, junto al río Negro. Fue hace algunos años, y lo único que recuerdo de su comando es que no paraba de gritar y siempre parecía estar molesto.

Aquella ocasión, el General mismo no tuvo otra opción que comandar el ataque debido a que uno de los comandantes encargados del sector había muerto el día anterior. Los rumores decían que de sífilis, pero en las hogueras los soldados suelen contar tantas mentiras como verdades.

Lo normal era que el General no combatiera y se mantuviera en los salones dirigiendo la expedición y los posibles contraataques.

—Teniente menor, saludos. Que el fuego verde brille en su espada y la ira de nuestro Señor caiga sobre sus enemigos —dijo el General al verme acercarme.

—Que nuestro Señor bendiga sus intenciones —respondí con mi puño apuntando al cielo.

Sabía la respuesta, como un mantra grabado a fuego en mi mente, pero no la decía en voz alta desde hacía tanto tiempo que no puedo recordar cuánto.

Este saludo tan ceremonial se reserva solamente para oficiales superiores a mí, y en ningún caso se me saludaría así.

Es inquietante.

¿A qué se debe este llamado?

¿Por qué estoy aquí?

Me mantuve a su lado esperando mis órdenes. Me indicó que debíamos aguardar a que se nos permitiera entrar. No intentó disimular cuando revisó de arriba abajo la limpieza de mi uniforme. No traía nada de acero conmigo, lo cual me hacía sentir un poco más liviano; sin embargo, el uniforme de gala que se me obligó a ponerme me resultaba extremadamente incómodo, como si no me perteneciera.

Esperamos al menos una hora. No me preocupaba esperar: al ser un oficial menor, era habitual que se me ordenara hacerlo sin saber para qué, y de mis tiempos en las barracas como recluta aprendí bastante bien a no hacer preguntas innecesarias.

Estaba concentrado mirando el pomo del hermoso sable del General. Tenía una esmeralda pequeña pero especialmente brillante decorándolo, y la vaina era de un verde pálido. Me hubiese encantado ver la hoja del sable. Durante los últimos años adquirí una fascinación por las armas de doble filo, lo cual me llevó a aprender a utilizar mi espada bastante bien. La lanza, por su parte, era mi punto débil. Mis compañeros de guarnición decían que mis hombros eran demasiado débiles para usarla, pero sé que la mayoría lo dice simplemente porque no son capaces de aprender el arte de la espada.

Decidí que era de mala educación seguir mirando su arma justo en el momento en que le vimos acercarse por el mismo pasillo por el cual ingresé. Nunca le había visto en persona. Era incluso más difícil de ver que al mismísimo General. Su armadura verde brillaba a lo lejos: era esbelta y casi no emitía sonido al caminar. La punta de su lanza se veía por encima de su hombro; una lanza corta, sin ningún adorno, pero cualquiera que supiera al menos un poco de armas podía notar que la madera y el acero con el que estaba hecha costaban, como mínimo, treinta monedas de oro. Una fortuna que un soldado no podría reunir en toda su vida, al menos no uno que no fuese noble.

Y aunque él era un Caballero Ungido, como la mayoría de su rango, no era de sangre noble. Esa lanza debía haberla ganado en incontables batallas… o tal vez fue algún regalo. Me gustaría saberlo.

—Mi coronel Zorant, saludos. Que el fuego verde brille en su espada y la ira de nuestro Señor caiga sobre sus enemigos —gritó el General, con una postura que indicaba un respeto tan alto como si se dirigiera a un ejército completo.

—Que nuestro Señor bendiga sus intenciones, general Gunder —dijo en voz suave el anciano coronel.

Al verle de cerca noté su edad. Era, sin duda, un hombre viejo. Difícil aventurarse a calcularla, ya que en su rostro se veía una enorme fuerza y ni una pizca de cansancio, pero en sus ojos… en sus ojos se notaba que había vivido demasiados años, demasiadas batallas, demasiada muerte.

—¿Podría decirme si es él, General?

—Sí, mi coronel. Él es el teniente menor Dorian, hijo de Abedul y su único heredero. Como le indiqué, su madre cuida sus tierras.

—Entonces cumple todos los requisitos —dijo Zorant.

Estaba totalmente extrañado. Sabían que mi madre cuidaba la pequeña granja que mi padre nos heredó; era evidente que conocían mi nombre, pero ¿por qué a dos de los más grandes oficiales de las tierras de Tharnael les importaba quién fuese alguien tan insignificante como yo?

He de suponer, teniente, que está ansioso por saber la razón de su convocatoria —me indicó el Coronel mientras acomodaba su largo cabello blanco.

—La verdad, señor, he aprendido a no hacer muchas preguntas —le contesté suavemente.

—Y justamente por eso usted ha sido recomendado —respondió el Coronel con una leve sonrisa en el rostro.

Al estar cerca suyo descubrí rápidamente que era un hombre muy fuerte. La armadura, en un caballero como él, se vuelve parte del cuerpo con el tiempo —o al menos eso he escuchado—, sin embargo, suele notarse una leve muestra de cansancio al verles caminar con tanto acero encima. Pero él no. Zorant caminaba con tanta elegancia y seguridad que era una señal inequívoca de que no le pesaba en lo absoluto, o bien era capaz de no demostrarlo.

—Le suplico que se prepare, Teniente. Debemos entrar en el salón del trono, y nuestro Señor Tharnael se encuentra allí, como habrá de suponer. Está de más decirle, a un veterano como usted, que puede ser bastante doloroso estar en su presencia.

“El Señor…” fueron las únicas palabras que pude decir. Sentí tanto miedo como confusión. Nunca había ingresado tan profundo en el palacio y mucho menos a la misma sala del trono. Aunque he de admitir, con algo de vergüenza, que sentí un poco de orgullo por la manera en la que el Coronel se refería a mí.

¿Lo hacía para alivianar mi temor inminente?

¿O así se dirigía a todos sus subordinados?

Lo dudo. No creo realmente merecer un trato tan formal.

Le acompañé hasta la gran puerta verde. Nunca la había visto en persona, pero en las iglesias se hablaba de ella, y era tal cual se me había descrito: una enorme puerta de madera de un color tan verde que parecía natural, como si no hubiera sido pintada. Estaba decorada con bordes dorados brillantes, con ese dorado que solo se puede obtener al pulir el oro día tras día. A cada lado se encontraban dos gigantescas antorchas de fuego verde, tan enormes que la de la catedral de la capital parecía una pobre réplica, y aquella ya era más grande que dos hombres, uno encima del otro. Era imponente. Y al abrirse, no se escuchó ningún crujido, ni pareció que nadie la hubiera empujado.

Pero fue fácil olvidar ese detalle después de lo que admiré a continuación.

Al final del salón, donde no había nadie más, se miraba el trono: el gran trono verde adornado con zafiros y oro. Era impresionante, pero difícil de contemplar con calma al verle a Él. Allí estaba sentado nuestro Señor. Su figura era enorme, más alto que cualquier humano que hubiese conocido. Tharnael el Verde, Señor de los Sueños y padre de todo lo que habita al sur del Continente. Su armadura verde brillante apenas se distinguía a la distancia y en la oscuridad en la que me encontraba, pero su poder… ese sí que era imposible de ignorar.

A través del yelmo, en sus ojos ardían dos llamas verdes, más intensas que las de ninguna antorcha. Nunca se ha visto ni retratado nada más de su rostro.

El habitual dolor llegó, y el sonido en mi cabeza fue más agudo que de costumbre. Sentí su ira. Sin duda algo era distinto: había aún más ira que cuando le vi cargar solo contra los Grezkar en las llanuras de Cornik. Seguí caminando con dificultad y escuché cómo el Coronel Zorant pareció tropezar, pero se reincorporó rápidamente. Al llegar a unos veinticinco pasos del trono, clavó la rodilla en el suelo. Sin dudarlo, hice lo mismo y bajé la cabeza hasta que mis ojos no percibieran su brillo.

—Mi Señor, se presenta el Coronel Zorant, Mariscal retirado de las tropas de expedición, sirviente suyo y de su voluntad, honrado por su gloriosa persona con la Liberación del Servicio, y que sigue combatiendo por honor a su nombre.

Liberación del Servicio. Desde que le conocí sentía por él un profundo respeto; en ese momento, aumentó más que nunca. La Liberación del Servicio era un honor reservado a soldados que han realizado más de cien campañas como oficiales. No era habitual que un hombre sobreviviera tantas. Y, en caso de recibirla, lo normal era que se le otorgaran tierras y entregara sus armas y rango.

Pero Zorant seguía en servicio activo. Eso solo podía significar que lo hacía voluntariamente.

—He traído a su presencia al candidato para ejecutar la misión especial, la cual, por su sabia voluntad, ha decidido que yo lidere. Tal cual ordenó, los diez miembros deben ser nombrados Caballeros antes de nuestra partida —dijo Zorant con solemnidad, aún de rodillas sin mover un solo músculo.

Creí haber escuchado mal. Quizá el sonido en mi cabeza me confundió las palabras.

Yo no soy un caballero.

Y solo un hombre de linaje nobiliario puede llegar a serlo en nuestro país.

—Procede, Zorant.

La voz era muy grave, y no parecía provenir solo del trono. Era como si resonara en toda la habitación, como si hubiese sido pronunciada desde cada esquina a la vez. Nunca había escuchado hablar a nuestro Señor, y ese día decidí que no quería volver a hacerlo.

Zorant se levantó sin mirar directamente a Tharnael, se colocó frente a mí y extendió su mano sobre mi cabeza.

—Por el poder conferido por nuestro Señor Tharnael, y por la misericordia de su voluntad, serás conocido como Dorian el Caballero, Teniente Mayor y servidor de la voluntad de las tropas del Señor.

No recuerdo bien lo que pasó después. Creo que simplemente dije “gracias” o algo parecido. El asombro no me dejaba pensar con claridad, y haber estado tanto tiempo tan cerca del Señor me dejó al borde del desmayo. Lo último que recuerdo es que ya estaba fuera de la sala del trono. Entonces sí pude hablar.

—Coronel Zorant… ¿por qué? ¿Por qué fui honrado con el ascenso a Teniente Mayor y, aún más, por qué ahora soy un caballero? Yo soy un simple soldado…

Zorant me miró sonriendo, con sus dientes tan blancos como si realmente estuviera muy feliz, y respondió:

—Para esta misión tan especial y peligrosa, es necesario que todos los participantes sean Caballeros nombrados. Y para ser caballero es necesario poseer tierras, provenir de un linaje de guerreros y ser un oficial en activo. También ser noble, pero ese último detalle se decidió… omitirlo —dijo mirándome a los ojos.

—Pero… ¿por qué yo, Coronel? No soy un soldado sobresaliente.

—Eres obediente, mi Teniente. Por esa razón se te recomendó. Y en esta misión irás en calidad de mi sirviente.

En ese instante lo entendí todo.

Sería un sirviente del Coronel en la misión.

Y mi ascenso y nombramiento como caballero existían únicamente para cumplir un requisito.