La eternidad contigo《CharlieBabe》

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Summary

Una historia de amor, vampiros, segundas oportunidades y esa pregunta imposible de responder: ¿hasta dónde llegarías por la persona que amas?

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

El papel tiembla ligeramente entre sus dedos, aunque Babe no se da cuenta. Sus ojos recorren una y otra vez las mismas palabras, como si en algún momento, en algún renglón, fueran a decir algo diferente. Algo que no sea un adiós.

La casa está en silencio. Un silencio estúpido, pesado, que no debería existir porque Charlie siempre está. Aunque sean las tres de la madrugada, aunque esté en su rincón leyendo uno de esos libros viejos que nadie más entiende, siempre está. Su presencia es parte del aire de este lugar.

Pero ahora el aire está muerto.

—Idiota.— murmura Babe, y su voz suena extraña, como si no le perteneciera. Aprieta la carta con más fuerza, arrugando el borde.— Maldito idiota de mierda.

El accidente. Su mano inconscientemente toca su costado, donde las costillas todavía duelen un poco si respira hondo. Hace tres semanas. Un vampiro rebelde, de esos que Charlie llamaba "descontrolados", lo había embestido con un coche en un estacionamiento. No era a él a quien buscaban, solo estaba en el lugar equivocado. "Por culpa de uno de los míos", dice la carta.

Babe exhala lentamente. El dolor en el pecho es físico, real, como si algo estuviera rompiéndose ahí dentro. Pero sus ojos permanecen secos. No puede llorar. No ahora. Porque si empieza, si se permite sentir todo lo que esta nota significa, tal vez no pueda parar.

—Cobarde.— suelta, esta vez más fuerte, y la palabra rebota en las paredes vacías.— Después de cinco años te vas así, con una puta carta como si fueras un adolescente de mierda.

Deja el papel sobre la mesa con cuidado, casi con ternura, y ese gesto contradictorio lo delata más que cualquier lágrima. Sus dedos acarician la letra de Charlie antes de apartarse.

Camina hacia la ventana. Bangkok allá afuera sigue su ritmo caótico, las luces de neón parpadeando, el ruido del tráfico llegando amortiguado. La ciudad no sabe que su mundo acaba de derrumbarse. No le importa.

—Me amas.— dice en voz baja, dirigiéndose a nadie, al fantasma de Charlie que todavía parece habitar cada rincón de esta casa.— Me amas y por eso te vas. Qué bonito. Qué jodidamente bonito.

Su puño golpeó el marco de la ventana. El dolor agudo en los nudillos es casi un alivio, algo real a lo que aferrarse.

Respira hondo. Otra vez. Y otra.

Cuando finalmente se da la vuelta, sus ojos recorren la sala: el sillón donde Charlie se sentaba a su lado viendo películas malas solo porque a él le gustaban, la cocina donde fingía necesitar ayuda para "recordar" cómo se usaban las cosas, el pasillo que lleva a la habitación donde compartieron tantas noches.

Todo está igual.

Todo está vacío.

—Te voy a encontrar, Charlie.— susurra, y hay algo en su voz, una mezcla de dolor y determinación, que no debería subestimarse.— Y cuando lo haga, te juro que te vas a arrepentir de esta estupidez. No te voy a dejar ir así de fácil, hijo de puta.

Las lágrimas siguen sin llegar.

Pero sus manos tiemblan.

Los primeros días son los más difíciles. Babe no duerme. No porque no quiera, sino porque cada vez que cierra los ojos ve la carta, ve la letra de Charlie, ve la palabra "terminemos" grabada en sus párpados. Así que se mantiene despierto, apoyado contra la puerta principal, esperando escuchar el sonido de las llaves en la cerradura.

No llega.

El segundo día llama a sus amigos. No para desahogarse, eso nunca ha sido lo suyo.

Para pedir ayuda. Para que revisen los lugares que Charlie frecuenta, los escondites que tiene por Bangkok, los refugios que conoce de sus trescientos años de existencia.

—¿Has ido a los túneles debajo de Chinatown?— pregunta Kim por teléfono, con voz preocupada.

—Sí. Tres veces.

—¿Y al edificio abandonado en Sathon?

—Anoche. Y esta mañana.

—Babe...

—No me digas "Babe" con ese tono. Sólo dime si has encontrado algo.

Kim suspira. No han encontrado nada. Nadie ha encontrado nada. Es como si Charlie hubiera desaparecido del mapa, como si los trescientos años de experiencia cazando vampiros lo hubieran convertido también en un experto en esconderse de quienes lo buscan.

El tercer día Babe deja de salir. Se sienta en el sofá, el mismo donde Charlie se acurrucaba contra él (ridículo, un vampiro de trescientos años acurrucado como un cachorro, pero eso era Charlie), y espera.

Pasan las horas. Las luces de neón de Bangkok se encienden afuera. Él no enciende ninguna luz dentro.

Las esperanzas vienen en oleadas. A veces escucha pasos en el pasillo del edificio y su corazón salta, se pone de pie, camina hacia la puerta...pero los pasos siguen de largo.

Otras veces cree oír su voz, ese tono grave y suave que usaba sólo con él, y tiene que recordarse a sí mismo que es el viento, o la televisión del vecino, o su propio cerebro jugándole una mala pasada.

—Vas a volver.— murmura al vacío el cuarto día, mientras sostiene una de las camisas de Charlie contra su pecho.— Tienes que volver, cachorro. No puedes hacerme esto.

La camisa huele a él. A tierra, a noche, a ese aroma tan particular que Babe nunca ha podido describir pero que reconocería en cualquier parte.

El quinto día sus amigos insisten en quedarse con él. Dean trae comida que Babe no prueba. Sonic intenta convencerlo de que duerma un poco. North simplemente se sienta a su lado, en silencio, ofreciendo una compañía que no exige nada.

—Va a volver.— dice Babe, y es la primera vez en cinco días que habla con ellos.— Lo conozco. Es un idiota, pero es mi idiota. Va a darse cuenta de que esto es una estupidez y va a volver.

Sus amigos intercambian miradas que Babe no quiere ver.

El sexto día encuentra una bufanda de Charlie detrás del sofá. Pequeña, negra, olvidada. La aprieta contra su rostro y respira profundo, buscando ese olor, aferrándose a él como si fuera lo único que le queda.

Y tal vez lo sea.

El séptimo día Babe se da cuenta de que ha estado contando los días. Siete. Una semana.

Siete días sin Charlie. Siete noches durmiendo a ratos en el sofá porque la cama es demasiado grande, demasiado vacía, demasiado llena de recuerdos.

Pero no llora.

Todavía no.

—Te odio.— susurra esa noche, mirando el teléfono, esperando que suene con un mensaje, una llamada, cualquier cosa.— Te odio tanto, Charlie. ¿Por qué tuviste que hacer esto? Podríamos haberlo hablado. Podríamos...

Su voz se quiebra. Sólo un segundo. Luego aprieta la mandíbula y traga, empujando el dolor hacia adentro, a ese lugar donde guarda todo lo que no puede mostrar.

Afuera, Bangkok sigue su ritmo. Las luces parpadean. La ciudad duerme.

Babe espera.

Día 12

Babe deja de contar los días. O más bien, pierde la cuenta. Todos son iguales: despertar en el sofá, revisar el teléfono (nada), caminar por la casa como un fantasma, sentarse en algún lugar donde la presencia de Charlie todavía se sienta, esperar.

Ha dejado de salir a buscarlo. Sus amigos ya no preguntan. Sólo vienen, se sientan con él un rato, se aseguran de que coma algo, y se van. Como si cuidaran a un enfermo terminal.

Tal vez lo sean.

En la mesita de noche, del lado de Charlie, hay un libro abierto. Cien años de soledad. Lo estaba leyendo la noche antes de irse. Babe lo recoge, lee el párrafo donde quedó, y lo deja en su sitio. No puede moverlo. Sería como aceptar que no va a volver para terminarlo.

Día 15

Son las tres de la madrugada. Babe está en la ducha, con el agua fría golpeando su espalda, cuando escucha un ruido. Su corazón da un vuelco. Sale corriendo, envuelto en una toalla, el cabello goteando agua por todo el piso.

Es la puerta del balcón. Estaba mal cerrada y el viento la ha movido.

Se queda ahí, de pie, viendo cómo la cortina se mece lentamente. El agua fría se desliza por su nuca.

—Claro.— murmura.— Claro que no eras tú. Por qué ibas a ser tú.

Vuelve a la ducha. El agua ya no está fría, pero él no lo nota.

Día 18

Enciende la televisión por primera vez desde que Charlie se fue. No sabe qué ver, sólo necesita ruido, algo que llene el silencio que lo está volviendo loco. Termina viendo un canal de cocina. Una señora enseña cómo hacer pad thai.

Charlie odiaba el pad thai. Decía que en trescientos años había comido suficiente comida callejera para toda una eternidad.

Pero igual se sentaba con Babe mientras él comía, sólo para estar cerca.

Babe apaga la televisión.

Día 21

Tres semanas.

Está en el supermercado cuando ve a un hombre de espaldas con el pelo oscuro, la misma complexión, la misma altura. Su cuerpo reacciona antes que su cerebro: da un paso adelante, la mano extendida, el nombre a punto de salir de sus labios.

El hombre se da la vuelta. No es Charlie. Por supuesto que no es Charlie.

—¿Te pasa algo?— pregunta el extraño, confundido.

—No.— Babe da media vuelta y deja el carrito abandonado en medio del pasillo.— No me pasa nada.

Camina hacia la salida. El aire caliente de Bangkok lo golpea en la cara. Las lágrimas, por primera vez, amenazan con salir, pero las detiene. Siempre las detiene.

Día 25

Encuentra una foto en su teléfono. Es una selfie que Charlie le sacó sin avisar, hace como un año. Babe está dormido en el sofá, con la boca ligeramente abierta, el cabello revuelto. Charlie le puso un filtro de orejas de perro y escribió en la imagen: "Mi oso gruñón modo avión 💕"

Babe se ríe. Es un sonido raro, casi olvidado, que le raspa la garganta.

Luego llora.

No solloza, no hace ruido. Sólo dos lágrimas que se escapan, rápidas, como si él mismo no hubiera autorizado su salida. Las limpia con el dorso de la mano, molesto, traicionado por su propio cuerpo.

Pero ya está. Ya pasó. Las compuertas siguen cerradas.

Día 28

Sonic viene con una caja.

—Estaba en mi casa.— dice, evitando mirarlo a los ojos.— Charlie me la dio hace meses. Me hizo prometer que te la daría sólo si...bueno. Sólo si pasaba algo.

Babe toma la caja. Es de madera, sencilla, con su nombre grabado en la tapa. La abrió con manos temblorosas.

Dentro hay cosas. Una carta, más larga que la que dejó en la mesa. Un anillo simple de plata, con una pequeña inscripción dentro: Siempre tuyo. Una llave que no reconoce. Y una foto de los dos, del primer año, cuando todavía no sabían que esto duraría, cuando todo era nuevo y emocionante y daba miedo.

La carta dice, entre otras cosas: "Si estás leyendo esto, significa que hice algo estúpido. Probablemente tratando de protegerte. Perdón por eso, mi amor. Pero también significa que necesitas saber algunas cosas. La llave es de una caja de seguridad en el banco. Ahí está todo lo que necesitas si algún día yo...bueno. Y el anillo. El anillo era para pedírtelo formalmente. Quería hacerlo bien, con velas y esas cosas cursis que a ti te gusta fingir que odias. No sé en qué momento estarás leyendo esto, o si algún día podré dártelo yo mismo. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, tú eres mi persona. Mi único amor en trescientos años. Mi único amor para siempre."

Babe lee la carta tres veces. Luego guarda todo con cuidado, vuelve a cerrar la caja, y la pone en la mesita de noche, junto al libro de Charlie.

No dice nada. Junie tampoco. Ella entiende que no hay palabras para esto.

Día 35

Un mes.

Babe ha vuelto al trabajo. No porque quiera, sino porque sus amigos lo convencieron de que "la rutina ayuda". No ayuda. Pero al menos lo mantiene ocupado, evita que se pase el día entero mirando la puerta.

Llega a casa y, por primera vez en semanas, no revisa el teléfono apenas cruza la puerta.

Lo deja en la mesa, se sirve un vaso de agua, se sienta en el sofá.

Y entonces lo ve.

En el borde de la mesita, justo donde él no miraba porque llevaba un mes sin mirar ahí, hay algo que no estaba antes.

Un sobre.

Con su nombre.

Letra de Charlie.

El vaso resbala de sus manos y se estrella contra el suelo.

El agua se extiende por el piso, formando un charco que Babe no ve. Sus ojos están fijos en el sobre, en esa letra inconfundible, en ese nombre escrito con la misma tinta negra de siempre.

No respira.

No puede.

Pasan segundos, quizás minutos, antes de que sus piernas decidan funcionar. Da un paso hacia la mesa, luego otro. El vidrio roto cruje bajo sus zapatos, pero no lo siente.

Nada existe excepto ese papel blanco apoyado tan casualmente, como si hubiera estado ahí siempre, como si Charlie acabara de dejarlo hace un momento.

Sus dedos tiemblan cuando lo toman. El sobre está cerrado, no con pegamento, sino con esa forma peculiar que tiene Charlie de doblar el papel para que quede sellado.

Trescientos años y todavía no había superado su obsesión por el origami básico.

—Hijo de puta.— susurra Babe, y su voz es un hilo roto.— Hijo de puta, has estado aquí.

Mira a su alrededor como si esperara encontrarlo en algún rincón, sonriendo con esa expresión de cachorro culpable que pone cuando hace algo malo. Pero la casa está vacía. Sólo está él, el sobre, y el latido desbocado de su corazón.

Abre la carta con cuidado, como si fuera a romperse, como si fuera a desaparecer. El papel tiene olor a Charlie. Ese aroma a noche y tierra que ha estado buscando en bufandas y camisetas durante semanas.

“Mi amor. Si estás leyendo esto es porque entré a la casa como un cobarde mientras no estabas, y eso ya me dice todo lo que necesito saber: sigues ahí. Sigues esperando. Y yo sigo siendo un idiota.

No puedo dejar de pensar en ti. Es una obsesión ridícula para alguien de mi edad, lo sé. Pero cada noche, cada maldita noche, termino aquí afuera, mirando la ventana de nuestro departamento como un adolescente estúpido. Te veo moviéndote adentro, a veces te veo sentado en el sofá sin hacer nada, y quiero entrar. Quiero tanto entrar que duele.

Pero entonces recuerdo la sangre. Recuerdo verte en el hospital, con esas costillas rotas, los moretones, la forma en que respirar te costaba trabajo. Y recuerdo que fue por mi culpa. Porque soy lo que soy. Porque los míos te buscaban a ti para lastimarme a mí.

No sé cuánto tiempo pasó. Para mí son sólo noches, todas iguales, todas vacías. Pero sé que para ti debe ser una eternidad. Y aún así sigues ahí, esperando. Eso me mata más que cualquier cosa que puedan hacerme otros vampiros.

No te pido que me perdones. No te pido que me esperes más. Sólo quería que supieras que te amo. Que te amaré siempre. Que no hay un solo segundo de mi existencia, en trescientos años, que haya valido la pena tanto como cada segundo a tu lado.

Si algún día dejas de esperar, lo entenderé. Mereces a alguien que no ponga en riesgo tu vida cada día. Mereces una vida normal, tranquila, sin monstruos.

Pero si por algún milagro, cuando termines de leer esto, todavía quieres intentarlo...voy a estar en el lugar donde nos conocimos. Esta noche. Hasta el amanecer.

Te amo. Lo siento. Perdóname si puedes.

Tu Cachorro, siempre.”

La carta tiembla en sus manos. Babe la lee dos veces, tres, cuatro, hasta que las palabras se graban a fuego en su memoria.

—Tres semanas.— murmura, y ahora sí, ahora la rabia empieza a burbujear.— Tres malditas semanas viniendo a verme como un acosador de mierda y no entras. No dices nada. Me dejas así, esperando, sufriendo...

Aprieta el papel con furia, luego se obliga a soltarlo, a alisarlo con cuidado. No puede romperlo. Es lo único que tiene de él en semanas.

El lugar donde se conocieron. Un bar pequeño en Chinatown, escondido en un callejón, donde los dueños no hacen preguntas y la música es siempre de otra época. Charlie estaba ahí, solo en una mesa, bebiendo algo rojo que Babe en ese momento pensó que era vino. Después supo que no.

Mira el reloj. Las diez de la noche. Bangkok allá afuera brilla con todas sus luces.

Su ropa está empapada por el agua del vaso roto, sus pies duelen por los cristales que acaba de pisar, su corazón late tan fuerte que debería ser ilegal.

Pero no duda.

Ni un segundo.

Arranca la puerta, baja las escaleras porque el ascensor tardaría demasiado, sale a la calle y levanta la mano para detener un taxi.

—Chinatown.— dice al conductor, la voz firme por primera vez en un mes.— Y si puedes, vuela.

El taxi lo deja en la entrada de Chinatown.

Babe corre entre los puestos de comida, los turistas, el humo de los woks. Llega al callejón, al bar, empuja la puerta con el corazón en la garganta.

El lugar está vacío. Sólo el barman, un anciano que lo conoce de todas las veces que vino con Charlie, levanta la mirada.

—Llegaste tarde.— dice el anciano, y no hay reproche en su voz, sólo un hecho.— Se fue hace una hora. Esperó toda la noche. Seis noches, para ser exactos. Pero esta noche esperó hasta hace una hora.

Babe se apoya en la barra, las piernas amenazando con fallarle.

—¿Seis noches?

—Cada noche. Llegaba al anochecer, se sentaba en esa mesa, pedía esa cosa roja que bebe, y miraba la puerta. Hasta esta noche. Cuando el reloj marcó las cuatro, suspiró, dejó esto y se fue.

El barman desliza un sobre por la barra. Otro sobre. Otra carta.

Babe la abrió con manos temblorosas.

“Mi amor. Ya no viniste. No sé si fue porque no llegaste a tiempo, o porque decidiste no hacerlo. Cualquiera de las dos opciones me duele igual.

No voy a molestarte más. Si esto es un adiós, lo acepto. Me aseguraré de mantenerte a salvo desde lejos, siempre, aunque no lo sepas.

Te amo. Te amaré siempre.

Adiós, mi oso.”

Babe aprieta el papel hasta que sus nudillos se ponen blancos.

—No.— murmura.— No, no, no.

Sale del bar como un poseso. Mira a un lado y otro del callejón, como si Charlie fuera a aparecer de la nada, como si trescientos años de existencia incluyeran la capacidad de materializarse cuando uno lo necesita.

No aparece.

Y entonces Babe recuerda. Willy.

La mansión de Willy está en la zona más antigua de Bangkok, escondida detrás de fachadas modernas que no dejan adivinar lo que hay dentro. Babe llama al timbre tres veces antes de que la puerta se abra.

—Babe.— la voz de Willy es un murmullo aterciopelado, y su sonrisa aparece en la penumbra.— Qué sorpresa. ¿Problemas con Charlie?

Babe entra sin esperar invitación. Willy es alto, no más que Charlie, con el cabello negro cayéndole sobre los hombros y unos ojos color miel que parecen brillar en la oscuridad.

Viste como si acabara de salir de una gala del siglo XVIII, porque probablemente lo hizo.

—Necesito que me ayudes a encontrarlo.

Willy arquea una ceja, divertido.

—¿Después de qué te dejó con una carta? Qué dramático, tu vampiro. Siempre tan intenso.

—No empecemos. ¿Vas a ayudarme o no?

Willy lo estudia un momento. Luego esa sonrisa se ensancha.

—Claro que sí. Me encanta una buena reconciliación. Pero hay condiciones, Babe. No puedo llevarte así, bajando, oliendo a humano delicioso. Los vampiros de abajo...no son como nosotros. Bueno, como Charlie. Son más primitivos. Tu sangre los volvería locos.

—¿Entonces?

—Necesitas mi olor en ti. Mi marca. Para que los demás piensen que eres mío y no te toquen.

Babe frunce el ceño.

—¿Tu olor? ¿Cómo?

Willy se acerca lentamente, como un depredador que sabe que tiene tiempo.

—Pasaré mis manos por tu cuello, tus muñecas, tu rostro. Dejaré mi esencia en tu piel. Así los otros sabrán que estás bajo mi protección. Nada más.

Babe duda un segundo. Hay algo en la mirada de Willy, un brillo que no le gusta.

Pero piensa en Charlie, en las seis noches esperando, en la carta de despedida.

—Hazlo.

Willy sonríe, y hay algo triunfal en esa sonrisa.

Sus manos se posan en el cuello de Babe, frías, demasiado lentas. Los dedos recorren su mandíbula, suben por sus mejillas, bajan por sus brazos hasta las muñecas. El contacto se alarga más de lo necesario. Willy inhala cerca de su oído.

—Charlie es un tonto.— susurra.— Tener esto y dejarlo ir.

—Ya basta.— Babe se aparta bruscamente.— ¿Ya quedó? ¿Tu olor quedó a suficiente distancia?

Willy ríe, un sonido bajo y satisfecho.

—Suficiente. Vamos.

La otra parte. El subsuelo de Bangkok que Babe sólo había escuchado en historias de Charlie. Túneles interminables, iluminados con antorchas antiguas, llenos de puertas que parecen llevar a ninguna parte. El aire es frío, húmedo, huele a tierra y a algo metálico que Babe prefiere no identificar.

Caminan en silencio durante lo que parecen horas. Sombras se mueven en los bordes de la luz, ojos brillan en la oscuridad y desaparecen.

—No te separes de mí.— dice Willy, y esta vez no hay coquetería en su voz, sólo advertencia.— Aquí no todos respetan las marcas.

—¿Sabes dónde está Charlie?

—Sé dónde suele esconderse cuando quiere desaparecer. Un lugar al sur de los túneles, cerca del río antiguo. Pero es un territorio complicado.

—Llévame.

Willy lo mira, y en sus ojos hay algo que Babe no alcanza a interpretar. Una mezcla de diversión, deseo, y algo más oscuro.

—Lo haré, Babe. Pero cuando lo encontremos...quiero estar ahí para ver su cara cuando te vea con mi olor en la piel.

La sonrisa de Willy es la de un gato que ha atrapado un canario.

Y Babe, por primera vez, se pregunta si acaba de cometer un error.

El reencuentro

La habitación es pequeña, apenas iluminada por velas. Charlie está de espaldas cuando Babe entra, y por un instante todo parece detenerse. Su silueta, esa forma de pararse con las manos en los bolsillos, la manera en que inclina ligeramente la cabeza...Es él. Es su Charlie.

Pero Charlie se da la vuelta y la sorpresa en su rostro es tan genuina que Babe siente el impacto en el pecho.

—¿Qué haces aquí?

La voz de Charlie es un susurro ronco, como si no hubiera hablado en días. Sus ojos recorren a Babe de arriba abajo, incrédulos, como si estuviera viendo un fantasma.

—Vine por ti.— responde Babe, y aunque quería que sonara firme, le sale un temblor.— Vine por ti, idiota.

Charlie parpadea. Da un paso adelante, luego se detiene.

—No deberías estar aquí. Es peligroso, Babe. Tienes que irte.

—No.— Babe sacude la cabeza, y ya siente la rabia empezando a hervir.— No me voy. Me tuviste un mes esperando, un mes sufriendo, un mes sin saber nada de ti. Y ahora vengo hasta este agujero del infierno para encontrarte y lo primero que me dices ¿es qué me vaya?

—Babe...

—Cállate. No quiero escuchar tus excusas. Dejaste una carta, Charlie. Una puta carta, como si lo nuestro no valiera más que eso. Desapareciste. Me dejaste solo, esperando como un estúpido frente a la puerta, como un perro esperando a su dueño.

Las palabras salen disparadas, cada una más afilada que la anterior. Charlie lo mira, y en sus ojos hay dolor, culpa, algo que parece arrepentimiento.

—Lo hice por protegerte. Ya viste lo que pasó. Casi mueres por mi culpa, Babe. ¿No entiendes? No puedo...

—¿Protegerme?— Babe ríe, pero es un sonido amargo, roto.— ¿Protegerme de qué? ¿De ti? Charlie, el único peligro en mi vida eres tú cuando te pones estúpido y decides por mí. Yo no te pedí que me protegieras. Yo te pedí que estuvieras conmigo. Siempre. Pase lo que pase.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú el que tiene que verte en una cama de hospital, con la sangre manchando todo, luchando por respirar. Es fácil decirlo cuando no eres tú el que carga con trescientos años de ver morir a todos los que ama.

—¡Entonces déjame elegir!— Babe da un paso al frente, desafiante.— Déjame decidir si quiero correr ese riesgo. Porque yo te elijo a ti, Charlie. Te elijo a ti todos los putos días, con todo y tu estupidez de vampiro dramático de trescientos años. Pero tú no me dejaste elegir. Tú decidiste por mí.

Charlie aprieta la mandíbula. Hay una lucha interna en sus ojos, algo que cambia, que se oscurece.

Y entonces pasa.

Su nariz se dilata ligeramente. Un gesto casi imperceptible que Babe, en su furia, no nota.

Pero los ojos de Charlie comienzan a transformarse. El marrón claro se tiñe de rojo, primero tenue, luego más intenso, hasta arder como brasas.

—Babe.— su voz es diferente. Más grave. Más fría.— ¿A qué huele?

—¿Qué?— Babe frunce el ceño, confundido.— ¿De qué hablas?

Charlie da un paso adelante, y hay algo en su movimiento que hace que Babe retroceda instintivamente.

—Huelo a Willy en ti. En tu cuello. En tus muñecas. En tu cara.

El nombre cae como una bomba. Babe abre la boca para explicar, para decirle que fue para encontrarlo, para que los otros vampiros no lo atacaran. Pero entonces recuerda la escena de hace unos minutos. La mujer. Las manos de ella en Charlie. Las sonrisas. El roce en sus brazos.

Y la rabia le quema la garganta.

—¿Willy?— bufa.— ¿Eso es lo qué te importa? ¿Eso? Acabo de verte con una mujer pegada a ti, tocándote, sonriéndote como si fueras un maldito trofeo. ¿Y vienes a preguntarme por Willy?

—Ella no es nada, Babe. Su poder son las ilusiones, mostró algo que no era para hacerte reaccionar, y caíste porque estabas cerca de ella.

—¿Ilusiones?— Babe ríe, pero la risa se quiebra.— ¡Claro, ahora resulta que todo lo que vi no era real! Qué cómodo, Charlie. Qué malditamente cómodo.

—Es la verdad.

—¡MIENTES!— el grito de Babe retumba en la habitación.— ¡Mientes igual que mentiste en esa carta, igual que mentiste cuando dijiste que me amabas pero te fuiste igual!

Charlie da otro paso. Su mandíbula está tensa, sus ojos rojos brillan con una intensidad aterradora.

—Babe, cálmate.

—¡No me digas que me calme!— Babe ya no puede controlarlo. El dolor de un mes, la espera, las cartas, la desesperación, todo se desborda.— ¡Me dejaste! ¡Me abandonaste como si no fuera nada! ¡Y ahora te molesta que haya tenido que pedir ayuda a Willy para encontrarte, para bajar a este agujero de mierda, para venir a rogarte como un estúpido!

—No te estoy pidiendo que ruegues.

—¡Pues eso es lo que estoy haciendo!— las lágrimas queman en sus ojos, pero todavía no caen.— ¡Rogándole a un vampiro de mierda que me quiera, que se quede, que no me vuelva a dejar!

Charlie abre la boca, pero Babe no le da tiempo.

—¿Sabes qué? ME HICISTE UN FAVOR. ¡ME IRÉ CON WILLY ENTONCES!

Da media vuelta. Sus piernas tiemblan pero avanza hacia la puerta. Un paso. Dos.

Y entonces el mundo se desvanece.

En una fracción de segundo está contra la pared, la espalda golpeando la piedra fría, y Charlie está frente a él. Su mano rodeó su cuello, pero no aprieta. Es una jaula, no una amenaza. Un control absoluto, la fuerza de trescientos años contenida en ese contacto.

Babe jadea. Y entonces las ve.

Rojo. Fuego. Lava.

Los ojos de Charlie arden como carbones encendidos, y hay algo en ellos que Babe nunca había visto. Algo primitivo. Algo que da miedo.

—¿Ese hijo de puta te puso su olor?— la voz de Charlie es grave, tan grave que vibra en el pecho de Babe.— ¿Te dejaste tocar por él?

Babe forcejea instintivamente, pero es como intentar mover una montaña. Charlie no se mueve ni un centímetro.

—¡Suéltame ya, cabrón!— grita, y ahora las lágrimas sí, ahora las lágrimas desbordan sus ojos y ruedan por sus mejillas.— ¡Eres un traidor! ¡Un infiel! ¡Te dejaste tocar por esa mujer, te vi! ¡Me dejaste, me mentiste, me abandonaste y ahora vienes a hacerme esto!

Sus puños golpean el pecho de Charlie. Una vez. Dos. Tres. No duelen, no pueden dolerle a un vampiro, pero Babe golpea igual, con toda la furia, con todo el dolor, con toda la desesperación de un mes esperando.

—¡Te odio!— solloza, y las palabras se ahogan en llanto.— ¡Te odio tanto, Charlie! ¡Cómo pudiste! ¡Cómo pudiste hacerme esto!

Charlie lo deja golpearlo. No se mueve. Su mano sigue en el cuello de Babe, firme pero sin lastimar, y sus ojos rojos lo miran con una intensidad que debería dar miedo, pero Babe está más allá del miedo.

—Babe — la voz de Charlie intenta ser calmada, aunque hay un temblor en ella.— Babe, mírame. Por favor.

—¡No quiero mirarte!

—Babe.— más firme ahora.— Fue una ilusión. El poder de esa mujer es mostrar cosas que no son. Crear imágenes, deseos, miedos. Tú caíste en ello porque estabas cerca de su rango. Pero yo la miré, sólo la miré, y se largó de mi vista. No la toqué. No la quería. No quiero a nadie que no seas tú.

Babe solloza, sacudiendo la cabeza.

—Mientes.— pero su voz ya no tiene la fuerza de antes.— Eres un mentiroso.

Charlie gruñe. Es un sonido bajo, animal, que vibra en el aire entre ellos.

—Deja de ser tan terco, mi amor.

Y entonces lo besa.

No es un beso suave. No es un beso de reconciliación tierna. Es un devorar. Es hambre de un mes, necesidad de cada noche que pasó mirando su ventana desde la calle, posesividad de sentir el olor de otro en su piel, celos que queman más que sus propios ojos, enojo porque se atrevió a decir que se iría con Willy.

La boca de Charlie captura la suya con una intensidad que roza lo salvaje. Sus manos sueltan su cuello para enredarse en su cabello, para sujetar su rostro, para mantenerlo ahí, contra él, imposible de escapar. Y Babe, por un momento, deja de forcejear. Por un momento, sus manos dejan de golpear y se aferran a la camisa de Charlie, como si él también tuviera miedo de que desaparezca.

El beso sabe a lágrimas. A las de Babe, que no paran de caer. Lágrimas de dolor, enojo y celos como a la vez rabia contenida de un mes.

Cuando finalmente se separan, jadeando, Charlie apoya su frente contra la de Babe.

Sus ojos siguen siendo rojos, pero ahora hay algo más en ellos. Algo que parece rendición.

—Nunca.— susurra Charlie, la voz rota.— Nunca más vuelvas a decir que te vas con otro. Nunca. Porque te juro, Babe, te juro que no soy un buen vampiro cuando se trata de ti. Y no sé qué podría hacer si realmente te pierdo.

Babe solloza, y esta vez no intenta esconderlo.

—Me dejaste.— repite, pero ahora es un lamento, no un reclamo.— Me dejaste solo.

—Lo sé. Y nunca podré perdonármelo. Pero tú tampoco puedes irte con Willy. Ese hijo de puta lleva años queriendo lo que es mío.

—No soy tuyo.— murmura Babe, sin convicción.

Charlie sonríe, apenas un esbozo, pero es la primera sonrisa que Babe le ve en un mes.

—Eres mío. Lo sabes. Lo sabes desde el primer día. Y yo soy tuyo. Para siempre. Aunque intente hacer el idiota y protegerte, aunque me vaya, aunque me esconda. Siempre tuyo.

Babe lo mira a través de las lágrimas.

—Te odio.

—Lo sé.

—Te odio mucho.

—También lo sé.

—No vuelvas a hacerlo. Nunca. Si vuelves a irte, te juro que te busco, te encuentro y te mato yo mismo. Aunque seas un vampiro de trescientos años.

Charlie ríe, un sonido bajo y tembloroso, y lo abraza. Lo abraza tan fuerte que Babe siente que sus costillas podrían quebrarse, pero no le importa.

—No me iré.— promete Charlie contra su cabello.— No puedo. Ya lo intenté y casi muero de verdad. La eternidad sin ti no es vida, Babe. Es sólo esperar a dejar de existir.

Y Babe, por fin, se permite llorar. Todo el llanto contenido de un mes. Todas las lágrimas que no pudo soltar. Ahí, en los brazos de Charlie, contra su pecho, empapando su camisa.

Afuera, en los túneles, la noche sigue su curso.

Pero aquí, en esta habitación de velas, dos personas se encuentran después de perderse.

Y por ahora, es suficiente.

El llanto de Babe se ha convertido en hipidos ocasionales, pequeños temblores que recorren su cuerpo mientras Charlie lo sostiene contra su pecho. Sus dedos acarician su espalda con una lentitud deliberada, como si estuviera memorizando cada vértebra, cada espacio de piel que había estado demasiado tiempo sin tocar.

—¿Me perdonas?— murmura Charlie contra su cabello.

Babe resopla, un sonido húmedo y quebrado.

—No.

—¿Me perdonarás algún día?

—Tampoco.

Charlie sonríe contra su piel. Puede sentir el enfado de Babe, sí, pero también puede sentir cómo sus manos aún se aferran a su camisa, cómo su cuerpo se relaja contra el suyo a pesar de todo.

—Entonces pasaré el resto de mi eternidad intentando que me perdones.— susurra.— ¿Te parece justo?

Babe levanta la cabeza. Sus ojos están rojos, hinchados, la nariz colorada, el cabello revuelto. Un desastre. El desastre más hermoso que Charlie ha visto en trescientos años.

—No.— responde Babe con la voz aún temblorosa.— Me parece poco.

Charlie ríe, y es un sonido tan cálido, tan genuino, que Babe siente que algo se deshace en su pecho. Pero antes de que pueda decir nada más, nota algo diferente. El rostro de Charlie se inclina lentamente hacia su cuello. Su nariz roza la piel justo donde la mandíbula se encuentra con el cuello.

—Charlie...

—Shsss.— susurra Charlie, y su aliento es frío pero eléctrico.— Todavía te huele. Ese maldito hijo de puta todavía te huele.

Hay un gruñido bajo en su garganta, y Babe siente el escalofrío recorrer su espalda.

Luego, los colmillos.

No es una mordida. Es un roce. La punta de los colmillos deslizándose sobre su piel como si estuvieran trazando un mapa, una caricia de peligro y promesa. Babe contiene el aliento.

—Voy a borrarlo.— murmura Charlie contra su piel.— Voy a borrar cada puto rastro de él en ti.

Sus labios se posan en su cuello. Un beso.

Luego otro. Luego la lengua, húmeda y lenta, recorriendo el mismo camino que antes habían hecho los dedos de Willy. Babe tiembla.

—Charlie...

—Dime.— la voz de Charlie es grave, vibrando contra su piel.— Dime que quieres que pare.

Babe abre la boca. Cierra la boca.

Charlie sonríe, y Babe lo siente en la curva de sus labios sobre su piel.

—Eso pensé.

Entonces los colmillos muerden. Con suavidad, con precisión, apenas rompiendo la piel. No duele. Es todo lo contrario. Es una electricidad que viaja desde su cuello hasta la punta de sus dedos, hasta lo más profundo de su vientre. Babe gime, un sonido que no puede contener.

Charlie chupa lentamente, una vez, dos. Su lengua pasa sobre los pequeños agujeros, sellándolos, sanándolos con esa habilidad vampírica que Babe nunca termina de entender. Luego se separa apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos.

Sus ojos ya no son rojos. Bueno, no del todo.

Todavía hay un brillo carmesí en ellos, pero mezclado con algo más oscuro, más hambriento.

—Quiero follarte tan mal, mi amor.— susurra Charlie, y las palabras caen como piedras en agua tranquila.— Quiero recordarte quién te hace gemir. Quién te hace temblar. Quién es el único que puede tenerte así.

Babe jadea. Literalmente jadea, como si le hubieran quitado el aire. Sus manos, que todavía estaban aferradas a la camisa de Charlie, aprietan más fuerte.

—Charlie...

—¿Sí?— Charlie inclina la cabeza, y hay algo peligroso en su sonrisa.— ¿Qué pasa, mi amor? Dime lo que quieres.

—Bésame.— susurra Babe.— Joder, Charlie, bésame.

Charlie obedece. Pero no es un beso tierno como el de antes. Es un beso sucio, profundo, con lengua y dientes y ese hambre que habían estado conteniendo durante un mes. Las manos de Babe se enredan en su cabello, tirando, y Charlie gruñe contra su boca.

—Te he extrañado.—.murmura Charlie entre beso y beso.— Te he extrañado tanto que duele.

—Entonces no te vayas más.— Babe responde, y su voz es un ruego.— No te vayas nunca más.

Charlie no responde con palabras. Responde con acción.

En un movimiento que Babe ni siquiera alcanza a procesar, el mundo da un vuelco.

Ya no está contra la pared. Está sobre la cama, la espalda contra un colchón viejo que huele a humedad, y Charlie está sobre él, entre sus piernas, mirándolo como si fuera lo único que existe.

—Voy a prepararte.— dice Charlie, y no es una pregunta.— Voy a hacerlo lento. Quiero oírte. Quiero sentirte. Quiero que recuerdes esto cada vez que cierres los ojos.

Sus manos encuentran el borde del pantalón de Babe. Tira, y la tela cede como si fuera papel. Babe ni siquiera se molesta en protestar por la ropa arruinada. No puede pensar en nada que no sean las manos de Charlie en su piel.

El pantalón desaparece. La ropa interior también. El aire fresco de la habitación golpeó su piel caliente, y Babe jadea, pero Charlie no le da tiempo de sentirse expuesto. Sus manos están en sus muslos, empujándolos hacia arriba, abriéndolo.

—Mírate.— murmura Charlie, y sus ojos recorren el cuerpo de Babe de arriba abajo.— Tan jodidamente hermoso. Y todo mío.

Babe quiere decir algo ingenioso, algo que corte esa arrogancia, pero lo único que sale de su boca es un gemido cuando los dedos de Charlie encuentran su entrada.

—¿Preparado, mi amor?— pregunta Charlie, y hay una dulzura retorcida en su voz.— Ha pasado un mes. No quiero hacerte daño.

—Hace un mes que no me tocas.— jadea Babe.— Hazlo ya, Charlie.

Charlie sonríe. Y entonces un dedo entra.

Lento. Deliberadamente lento. Babe arquea la espalda, un sonido ronco escapando de su garganta. Charlie lo mira, absorbiendo cada expresión, cada temblor, cada pequeño movimiento de su cuerpo.

—Así.— susurra Charlie.— Así, mi amor. Qué bien te sientes. Qué jodidamente bien.

El dedo se mueve dentro de él, explorando, recordando. Luego un segundo dedo, y Babe gime más fuerte.

—Charlie...

—Dime.— Charlie se inclina, su boca cerca de su oído.— Dime lo que necesitas.

—Más.— Babe apenas puede formar palabras.— Necesito más.

Charlie obedece. Sus dedos se mueven con una precisión que solo trescientos años de práctica pueden dar, encontrando ese punto, ese lugar que hace que Babe vea estrellas.

—Ahí.— gime Babe.— Joder, Charlie, ahí.

—¿Aquí?— Charlie presiona justo ahí, y Babe gime, se retuerce, y Charlie sonríe.— Qué bonito gimes, mi amor. Me volví loco este mes sin oírte.

Sus dedos no dejan de moverse. Entran y salen, a veces rápidos, a veces lentos, siempre encontrando ese punto. La otra mano de Charlie sostiene su muslo, abriéndolo más, dejándolo expuesto.

—Mírate.— murmura Charlie.— Tan abierto para mí. Tan perfecto. ¿Sabes cuántas veces soñé con esto? Cada noche, mirando tu ventana desde la calle, imaginando que estaba ahí dentro, contigo, haciendo esto.

—Charlie.— Babe apenas puede hablar, los dedos dentro de él volviéndolo loco.— Charlie, ya...ya estoy listo...

—¿Estás seguro?— Charlie sonríe, y hay algo diabólico en esa sonrisa.— ¿Seguro qué puedes conmigo?

—Te mato.— jadea Babe.— Si no te metes dentro de mí ahora mismo, te juro que te mato.

Charlie ríe, un sonido bajo y ronco. Luego sus dedos desaparecen, y Babe gime por la pérdida, pero antes de que pueda quejarse, siente algo más. La punta de Charlie presionando contra él.

—Mira.— ordena Charlie.— Mira cómo entro en ti.

Babe baja la mirada. Ve a Charlie, sus ojos rojos brillando en la penumbra, su cuerpo tenso, contenido. Y luego lo ve entrar.

Lentamente. Pulgada a pulgada.

El gemido que escapa de Babe es casi un sollozo.

—Joder.— susurra Charlie, y su voz tiembla.— Joder, Babe. Te sientes...No hay nada como esto. Nada como tú.

Cuando está completamente dentro, se detiene. Deja que Babe se acostumbre, que respire, que deje de temblar. Luego se inclina, capturando su boca en un beso profundo.

—¿Me perdonas?— murmura contra sus labios.

Babe lo mira. Sus ojos aún están húmedos, su rostro todavía marcado por el llanto y el deseo.

—No.— responde.— Pero puedes seguir intentándolo.

Charlie sonríe. Y entonces comienza a moverse.

El primer movimiento de Charlie es lento, profundo, como si estuviera saboreando cada centímetro del camino. Pero Babe no quiere lento. No después de un mes. No después de todo.

—Más.— jadea, sus uñas clavándose en la espalda de Charlie.: Más fuerte, Charlie. No te contengas.

Charlie lo mira, y en sus ojos rojos hay una pregunta silenciosa.

—¿Seguro?

Babe responde levantando las caderas, buscando más profundidad, más de él.

—Joder, Charlie. Hazlo ya.

Eso es todo lo que Charlie necesita escuchar.

El siguiente embate es brutal. Charlie entierra toda su longitud de una vez, sin contemplaciones, y Babe grita. No de dolor.

De todo. De placer, de necesidad, de un mes de vacío llenándose de golpe.

—Así.— gruñe Charlie contra su cuello.— Así quiero oírte. Así quiero que grites, mi amor. Para que todos sepan de quién eres.

Sus caderas se mueven con una velocidad que solo un vampiro puede tener, cada embate haciendo que la cama cruja, que la cabecera golpee contra la pared. Babe se aferra a él como si fuera a desintegrarse, sus piernas enredadas en la cintura de Charlie, sus talones presionando para que entre más hondo.

—Charlie.— gime.— Charlie, sí, así, joder...

Charlie atrapa su boca en un beso voraz. No hay sutileza, no hay dulzura. Hay dientes, lenguas, el sabor de la sangre cuando un colmillo roza accidentalmente el labio de Babe. Charlie gruñe al sentirla, y su lengua lame la pequeña herida, hambrienta.

—Sabes a todo.— murmura contra su boca.— Sabes a mí. Sabes a nosotros.

Baja por su cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas que tardarán días en desaparecer. Cuando llega a su pecho, se detiene. Sus ojos brillan.

—Esto también hay que quitarlo.

Y antes de que Babe pueda preguntar, Charlie hunde la cabeza y atrapa un pezón entre sus dientes. Mordisquea, tira, chupa.

Babe gime, arqueando la espalda, y Charlie aprovecha para hacer lo mismo con el otro, usando sus dedos para pellizcar el que acaba de dejar.

—Charlie.— jadea Babe.— Charlie, tus colmillos...

—¿Te gusta?— la voz de Charlie es un ronroneo oscuro.— ¿Te gusta cuando juego contigo?

—Sí.— la confesión escapa de sus labios sin permiso.— Sí, joder, sí.

Charlie sonríe, satisfecho, y vuelve a sus pezones. Los chupa, los lame, los muerde con la suficiente suavidad para no romper la piel pero con la suficiente intensidad para que Babe sienta cada diente. Sus caderas no dejan de moverse ni un segundo, manteniendo ese ritmo brutal que está volviendo loco a Babe.

Pero Babe no es solo receptor. Nunca lo ha sido.

Sus manos se enredan en el cabello de Charlie y tiran con fuerza, obligándolo a levantar la cabeza. Luego atrapa su boca, devolviéndo el beso con la misma intensidad salvaje. Muerde su labio inferior, saborea el metal frío de su sangre, y Charlie gruñó contra su boca.

—Así me gusta.— murmura Charlie.— Mi Babe luchador.

Babe baja a su cuello. Chupa la piel pálida, dejando sus propias marcas, sabiendo que en un vampiro no durarán pero importándole un carajo. Quiere marcarlo. Quiere que todos sepan que Charlie es suyo tanto como él es de Charlie.

—Mío.— murmura contra su piel.— Joder, Charlie, eres mío.

—Tuyo.— responde Charlie, la voz rota.— Siempre tuyo.

Muerde su mandíbula, saboreando el sabor de su piel. Charlie jadea, algo que casi nunca hace, y Babe siente una oleada de poder al saber que puede afectarlo así.

Entonces Charlie cambia el ángulo de sus embestidas. Más profundo. Más duro. La cama golpeó contra la pared con un ritmo frenético. Babe gime, grita, dice cosas que ni siquiera entiende.

Y entonces ocurre.

Un movimiento particularmente brusco, particularmente salvaje, hace que la cabeza de Babe se estrelle contra la cabecera de madera. El golpe duele, un dolor agudo que atraviesa el placer.

—¡Charlie!— protesta Babe, llevándose una mano a la cabeza.— ¡Idiota! ¡Ten cuidado con mi cabeza!

Charlie se detiene un segundo. Mira a Babe, su expresión de dolor mezclada con deseo, su mano frotando el punto del golpe. Y entonces se ríe. Una risa ronca, genuina, que sacude todo su cuerpo.

—¿Te ríes?— Babe lo golpea en el pecho.— ¡Casi me partes la cabeza, hijo de puta!

Charlie atrapa su puño y lo lleva a sus labios, besando sus nudillos.

—Deja de quejarte, mi amor.— murmura con una sonrisa burlona.— Y sigue gimiendo para tu hombre.

Babe abre la boca para responder con algo ingenioso, pero Charlie elige ese momento para embestir de nuevo. Más brutal que antes. Más profundo. Todo lo que iba a decir se convierte en un gemido largo, interminable.

—Eso es.— susurró Charlie, sus caderas moviéndose sin piedad.— Así quiero oírte. Así quiero que todos sepan lo bien que te trato.

—No me tratas bien.— jadea Babe entre embestidas.— Me estás matando.

—Pero te encanta.

Y no puede negarlo. Porque le encanta. Le encanta esta versión de Charlie, la que solo él ve, la que solo él puede manejar. La bestia que se vuelve mansa solo para él, pero que también sabe ser bestia cuando lo necesita.

Las embestidas continúan. Brutales.

Profundas. Cada una hace que Babe vea estrellas, que pierda el aliento, que se aferre más fuerte. Charlie vuelve a sus pezones, chupando, mordiendo, dejándolos sensibles e hinchados. Luego sube a su boca, besándolo con desesperación.

—Charlie.— jadea Babe entre besos.— Charlie, quiero...

—¿Qué quieres, mi amor?.— Charlie ralentiza apenas, solo para escucharlo.— Dime lo que quieres.

Babe lo mira. Sus ojos están llenos de lágrimas de placer, su rostro enrojecido, su cuerpo marcado por cada beso y mordisco de Charlie. Y en ese momento, en medio de todo, lo sabe. Lo sabe con una certeza que va más allá de la lógica.

—Quiero ser como tú.

Charlie se congela. Todo su cuerpo se tensa, y por un segundo deja de moverse.

—Babe...

—Quiero ser como tú, Charlie.— repite Babe, su voz quebrada por el placer pero firme en la intención.— Quiero estar contigo para siempre. Quiero la eternidad contigo.

Charlie lo mira. Sus ojos rojos parpadean, y por un momento Babe ve miedo en ellos.

Miedo real.

—Mi amor...eso no es...No sabes lo que pides. La eternidad no es...

—Sé lo que pido.— Babe lo interrumpe, sus manos en el rostro de Charlie, obligándolo a mirarlo.— Sé lo que significa. He visto lo que eres, he visto lo que sufres. Y aún así te quiero. Te quiero tanto que duele. Y no quiero un "para siempre" humano, Charlie. No quiero envejecer mientras tú te quedas igual. No quiero dejarte solo dentro de cincuenta o sesenta años. Quiero todo. Quiero cada segundo de tu maldita eternidad.

Charlie traga. Su mandíbula está tensa, sus ojos brillan con algo que podría ser humedad.

—Babe, no es justo para ti. Perderías tanto. Tu humanidad, tus amigos, tu vida...

—Mi vida eres tú.— Babe aprieta sus manos en su rostro.— Joder, Charlie, después de este mes lo supe. Mi vida no funciona sin ti. No quiero una vida que no sea contigo.

Charlie negó con la cabeza, pero Babe no lo dejó hablar.

—Cachorro.— la palabra sale de sus labios como un ruego, como una caricia.— Cachorro, por favor. Hazlo.

El silencio se alarga. Solo se escuchan sus respiraciones entrecortadas, el latido frenético del corazón de Babe, el zumbido de las velas.

—¿Estás seguro?.— la voz de Charlie es apenas un susurro.— Completamente seguro, Babe. Porque si lo hago...si lo hago, no hay vuelta atrás. Serás como yo. Para siempre.

Babe sonríe. Es una sonrisa temblorosa, llena de lágrimas y deseo y amor.

—Nunca estuve más seguro de nada.

Charlie lo miró un largo momento. Luego, lentamente, su boca baja hacia su cuello. Sus labios besan la piel, justo donde las venas laten con fuerza.

—Te dolerá.— advierte.— Duele como el infierno.

—Me da igual.

—Y tendrás hambre. Hambre de verdad. Los primeros años son los peores.

—Tendré al vampiro más viejo y poderoso para cuidarme, ¿no?— Babe sonríe.— Estaré bien.

Charlie ríe, un sonido húmedo.

—Eres terco. Siempre has sido terco.

—Por eso me amas.

—Por eso te amo.— confirma Charlie.

Y entonces baja la cabeza. Sus colmillos rozan la piel, justo sobre la arteria.

—¿Listo, mi amor?

Babe respira hondo. Sus manos se aferran a los hombros de Charlie.

—Hazlo, cachorro. Hazme tuyo. Para siempre.

Charlie muerde.

Una semana después

El departamento en Bangkok ha cambiado.

Las cortinas negras ahora cubren cada ventana, gruesas y pesadas, sellando cualquier rayo de sol que intente colarse.

Pero dentro, la vida sigue. Una vida diferente.

Una vida eterna.

Charlie observa desde el umbral de la habitación. Babe está sentado en el borde de la cama, recién despierto, aunque esa palabra ya no significa lo mismo. La luz de las velas dibuja sombras en su rostro, acentuando cada ángulo, cada curva. Su piel...Charlie no puede evitar maravillarse. La piel de Babe tiene ahora un brillo sutil, irreal, como si alguien hubiera pasado un filtro de perfección sobre ella. Sus ojos, antes de un marrón cálido, tienen destellos ámbar que aparecen cuando la luz los golpea de cierta manera.

Es hermoso. Tan jodidamente hermoso que duele.

—¿Vas a quedarte ahí mirando cómo un acosador o vas a entrar?— la voz de Babe lo saca de su ensimismamiento. Hay un tono burlón en ella, pero también una sonrisa.— Llevas cinco minutos parado en la puerta.

Charlie sonríe y entra, sentándose a su lado en la cama.

—No puedo evitarlo. Eres...— niega con la cabeza, buscando las palabras.— No sé. Diferente. Más. No sé explicarlo.

Babe lo mira, y sus ojos ámbar brillan con curiosidad.

—¿Diferente cómo? ¿Más feo? Porque si es para decirme que ahora parezco un murciélago, te juro que...

Charlie ríe y lo besa, interrumpiendo la amenaza.

—Eres más hermoso.— murmura contra sus labios.— Irrealmente hermoso. Y no es solo la piel o los ojos. Es...todo. La forma en que te mueves, la forma en que me miras. Eres perfecto.

Babe pone los ojos en blanco, pero Charlie ve el rubor que sube a sus mejillas. Los vampiros pueden sonrojarse. Es uno de los mitos falsos que Babe está aprendiendo a desmentir.

—Deja de decir tonterías.— murmura, pero se acerca más.— ¿Cómo sé que no me estás viendo con ojos de enamorado?

—Porque tengo trescientos años, mi amor. He visto a muchos vampiros recién nacidos. Y ninguno, ninguno, se ve como tú.

Babe lo mira, y hay algo en sus ojos, una mezcla de vulnerabilidad y amor, que hace que el pecho de Charlie se apriete.

—¿En serio no me veo raro?

Charlie responde atrapando su boca en un beso profundo. Cuando se separan, ambos jadean ligeramente.

—En serio. Eres la criatura más hermosa que he visto en trescientos años. Y eso incluye todos los museos, todas las galerías, todas las cortes europeas que visité cuando era joven. Nadie. Nunca. Como tú.

Babe sonríe, y esa sonrisa ilumina toda la habitación.

—Bueno.— dice, levantándose.— Ya que soy tan hermoso, ¿qué tal si me enseñas a no romper cosas? Porque llevo una semana y ya he destruido tres tazas, dos platos y una puerta.

Charlie ríe.

—La puerta no fue tu culpa. Esa puerta ya estaba vieja.

—La puerta era de metal, Charlie.

—...Vale, sí, esa fue tu culpa.

El sótano del edificio abandonado que Charlie usa como refugio secundario se ha convertido en su gimnasio particular. Es un espacio amplio, con columnas de concreto y suelo de cemento. Perfecto para lo que necesitan.

—Vale.— Charlie se planta frente a Babe, con los brazos cruzados.— Lo primero que necesitas entender es que ahora eres más fuerte de lo que jamás imaginaste. Tu cerebro todavía funciona con parámetros humanos. Si quieres levantar algo, tu cerebro calcula la fuerza que necesitarías como humano. Y eso no sirve.

Babe asiente, concentrado.

—Entonces, ¿cómo lo hago?

—Tienes que dejar de pensar. Literalmente. Tu cuerpo sabe lo que puede hacer. Tienes que confiar en él. Ven, inténtalo conmigo.

Charlie extiende las manos. Babe lo mira, dudoso.

—¿Vas a sujetarme?

—Voy a intentar que me muevas. Empújame.

Babe apoya las manos en el pecho de Charlie y empuja. Con fuerza humana. Charlie ni se inmuta.

—Más.— dice Charlie.— Mucho más. Confía en tu cuerpo.

Babe frunce el ceño, concentrado. Respira hondo, aunque ya no necesita respirar, y empuja de nuevo. Esta vez Charlie retrocede un paso, y una sonrisa se extiende por su rostro.

—Ahí está. ¿Lo sientes?

—Sí.— Babe mira sus manos, incrédulo.— Joder, sí. Es como si...

—¿Cómo si hubieras estado usando solo el diez por ciento de tu fuerza toda tu vida?

—Exacto.

Charlie ríe y lo atrae hacia él, besando su frente.

—Bienvenido a la eternidad, mi amor. Ahora, intenta levantarme.

Babe lo mira.

—¿Levantarte?

—Sí. Quiero ver si puedes.

Babe duda un segundo, luego pasa sus brazos alrededor de Charlie y lo levanta del suelo. Lo hace con una facilidad que lo sorprende. Charlie ríe desde arriba, enredando sus piernas alrededor de su cintura.

—¿Ves? Fácil.

—Eres increíblemente ligero.— murmura Babe, girando con él en brazos.— ¿Siempre fuiste así?

—Siempre. Pero tú antes no podías levantarme. Bienvenido al club de los fuertes.

Babe ríe y lo deja en el suelo, pero Charlie no se separa. Lo mantiene cerca, sus brazos alrededor de su cuello.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —pregunta Charlie en voz baja.

—¿Qué?

—Que ahora podemos hacer esto sin miedo a romperte.

Y antes de que Babe pueda responder, Charlie lo levanta y lo lanza contra la pared.

Pero no con violencia. Es un movimiento controlado, preciso. Babe golpea la pared y Charlie está sobre él en un instante, atrapando su boca en un beso.

—Charlie.— ríe Babe entre beso y beso.— Estamos entrenando.

—Esto es entrenamiento.—.murmura Charlie contra su cuello.— Entrenamiento de resistencia. De reflejos. De...

—De baboso.— Babe se ríe, pero sus manos se enredan en el cabello de Charlie.— Eres un baboso.

—Tu baboso.— corrige Charlie, mordisqueando su mandíbula.— Para siempre.

Días después

—Vale, ahora lo difícil.— dice Charlie, separándose de Babe después de un entrenamiento especialmente intenso.— Controlar la sed.

Babe asiente, serio. Es el tema que menos han tocado, el que más miedo le da.

—¿Cómo sé cuándo es hambre real y cuándo es...otra cosa?

Charlie se sienta en el suelo y Babe hace lo mismo, frente a él.

—El hambre real es diferente. Es una necesidad física, como la sed humana pero multiplicada por mil. La otra...—duda.— La otra es más complicada. Puede ser emocional, o reactiva. Cuando ves sangre, por ejemplo. O cuando sientes emociones muy fuertes.

—¿Y cómo la controlo?

Charlie sonríe con ternura.

—La controlas recordando quién eres. Recordando lo que amas. La bestia vive dentro de ti ahora, pero tú eres el que manda. Ella te da fuerza, velocidad, sentidos. Pero tú decides cuándo usarla.

Babe lo mira, procesando.

—¿Y si pierdo el control?

—No lo perderás.— Charlie está seguro.— Confío en ti. Y además.— sonríe.— estoy yo aquí. Soy el vampiro más poderoso que existe, ¿recuerdas? Puedo detenerte si es necesario.

—Qué bonito.— Babe pone los ojos en blanco.— Mi novio puede noquearme si me porto mal.

—Exacto. Como debe ser.

Babe ríe y le lanza un golpe juguetón. Charlie lo esquiva con facilidad, pero Babe ya esperaba eso y lanza otro, y otro. Pronto están en el suelo, rodando, riendo, forcejeando como cachorros.

Charlie termina arriba, sujetando las muñecas de Babe contra el suelo.

—Te atrapé.— dice, sonriendo.

—Me dejé atrapar.— responde Babe, devolviendo la sonrisa.

—Mentira.

—Verdad.

—Menti...

Babe levanta la cabeza y lo besa. Charlie se rinde inmediatamente, soltando sus muñecas para enredar las manos en su cabello.

—Te quiero.— murmura Charlie contra sus labios.— Te quiero tanto.

—Ya lo sé.— responde Babe, y hay una sonrisa en su voz.— Yo también te quiero, mi cachorro de trescientos años.

Charlie gruñe, pero es un gruñido feliz.

—No soy un cachorro.

—Eres mi cachorro. Y punto.

Charlie negó con la cabeza, pero está sonriendo. Luego baja la cabeza y muerde suavemente el cuello de Babe, justo donde las marcas de su transformación todavía son visibles.

—¿Te duele?— pregunta en voz baja.

—No. Ya no. Solo...

—¿Solo?

—Solo me recuerda que soy tuyo. Para siempre.

Charlie levanta la cabeza y lo mira. Sus ojos rojos brillan en la penumbra.

—Para siempre.— repite.— ¿Asustado?

Babe sonríe, y es una sonrisa llena de paz.

—No. Contigo, nunca.

Una noche, en el techo del edificio

Están sentados en el borde, mirando Bangkok desde las alturas. Las luces de la ciudad parpadean abajo, un mar de neón y vida. El viento es fresco, pero ellos ya no sienten frío.

—¿Nunca te aburres?— pregunta Babe.— Quiero decir, trescientos años viendo lo mismo...

Charlie negó con la cabeza.

—No es lo mismo. Todo cambia. La ciudad, la gente, las modas. Lo único que no cambia es...— duda.— Bueno, hasta ahora lo único que no cambiaba era yo. Solo. Viendo pasar el mundo.

Babe apoya su cabeza en su hombro.

—Ya no estás solo.

Charlie sonríe y besa su cabello.

—Ya no.

—Vamos a tener que encontrar un lugar nuevo, ¿no?— Babe señala el horizonte.— Bangkok es genial, pero no podemos quedarnos para siempre. La gente notará que no envejecemos.

—¿Ya estás planeando nuestra huida?— bromea Charlie.

—Soy un vampiro previsor.

Charlie ríe.

—Podríamos viajar. Europa, Asia, América. Hay muchos lugares donde perderse. Y con el tiempo, podemos volver. Cuando la gente nos haya olvidado.

Babe asiente, pensativo.

—¿Sabes qué quiero hacer primero?

—¿Qué?

—Ver un amanecer. Desde algún lugar alto. Sé que no podemos tocarlo, pero quiero verlo. Contigo.

Charlie lo mira, conmovido.

—Lo haremos. En cuanto estés listo para viajes largos, te llevaré a un lugar que conozco. En los Alpes. El amanecer allí es...— busca la palabra.— Eterno.

Babe sonríe.

—Eterno. Me gusta esa palabra.

Charlie lo besa. Suavemente. Tiernamente.

Un beso que sabe a promesa.

—Te amo.— susurra.— Mi Babe eterno.

—Te amo.— responde Babe.— Mi Charlie. Mi cachorro. Mi todo.

Abajo, Bangkok sigue su ritmo. Arriba, dos vampiros se abrazan bajo las estrellas.

Y tienen toda la eternidad por delante.

Un mes después - Fiesta vampírica en la parte baja de Bangkok

La sala es enorme, una antigua bodega subterránea transformada en un salón de baile que bien podría estar en la Europa del siglo XVIII. Arañas de cristal cuelgan del techo, velas negras flotan en el aire por obra de algún hechizo, y la música...la música es una mezcla inquietante de violines antiguos y ritmos modernos que solo los oídos vampiros pueden apreciar en su totalidad.

Babe mira a su alrededor con los ojos muy abiertos. Hay vampiros de todas las épocas, con ropas de todos los siglos, mezclados en una coreografía imposible. Algunos bailan, otros beben de copas de cristal tallado, otros simplemente observan desde las sombras con expresiones aburridas.

—¿Ves?— murmura Charlie a su lado, con el brazo rodeando su cintura posesivamente.— Es aburrido. Te lo dije.

—¿Aburrido?— Babe se gira hacia él, incrédulo.— Charlie, hay un tipo con capa del siglo XVIII bailando con una chica vestida de los años veinte. Es fascinante.

Charlie resopla, pero hay una sonrisa en sus labios.

—Eres un neófito curioso.

—Soy tu neófito curioso.— corrige Babe, y le da un beso rápido.— Déjame disfrutar.

Llevan una hora en la fiesta y Babe no ha dejado de mirar todo con esa mezcla de admiración y entusiasmo que Charlie encuentra adorable, aunque nunca lo admitiría en voz alta. Ve a Babe señalar cosas, hacer preguntas en voz baja, absorber cada detalle como una esponja.

Pero entonces Charlie siente algo. Una presencia conocida. Molesta.

La mujer de antes. La de las ilusiones.

Se acerca lentamente, con esa sonrisa que Charlie ha visto usar a demasiadas vampiresas a lo largo de los siglos. Una sonrisa que dice "soy un problema".

—Charlie.— su voz es un susurro meloso.— Cuánto tiempo.

Charlie ni siquiera la mira.

—No tengo nada que hablar contigo.

Ella ríe, un sonido que pretende ser musical pero que a Charlie le parece irritante. Su mano se extiende para tocar su brazo, pero Charlie se aparta antes de que pueda hacer contacto. Rápido. Frío. Indiferente.

—No me toques.

La mujer frunce los labios, molesta. Pero antes de que pueda decir algo más, otra voz se suma a la conversación.

—¿No te cansas de ser tan puta?

La mujer se gira, y ahí está Babe. Ha aparecido a su lado con esa velocidad que los vampiros nuevos todavía no controlan del todo, pero que él parece manejar con una facilidad sorprendente. Sus ojos tienen ese brillo ámbar que Charlie tanto ama, y en su rostro hay una sonrisa afilada.

—¿Disculpa?— la mujer lo mira con furia.— ¿Qué acabas de decir?

—Lo que oíste.— Babe inclina la cabeza, y su sonrisa se ensancha.— No eres sorda, ¿verdad? Aunque con esa cara de pez, todo es posible.

Charlie contiene una sonrisa. Su Babe.

Siempre tan filoso.

La mujer gruñe, y su mano sale disparada hacia Babe. Pero el golpe nunca llega. Babe lo detiene con una facilidad pasmosa, su mano rodeando la muñeca de ella como si fuera un juguete.

Y entonces pasa algo que hace que Charlie contenga el aliento.

Los ojos de Babe cambian. El ámbar se intensifica, se vuelve más claro, más frío. Azul grisáceo. Como el hielo. Como la tormenta.

Charlie ha visto ese color antes, en sus propios ojos cuando la bestia asoma, solo que las de él son rojo carmesí fuego. Pero Babe es un recién nacido. No debería poder...

—Sabes.— dice Babe, su voz tranquila, aterradoramente tranquila.— mi Charlie me advirtió que no viniera. Dijo que esto sería aburrido. Y tenía razón. Hasta ahora.

La mujer intenta soltarse, pero no puede.

Babe la sostiene con una fuerza que no debería tener.

—Pero lo más aburrido de todo.— continúa Babe.— son vampiros como tú. Los que llevan décadas, siglos, y todavía actúan como adolescentes en celo. ¿No te da vergüenza? ¿Tener cien años y no haber aprendido nada?

—Suéltame.— sisea ella.

—Claro.— Babe la suelta y ella retrocede, frotándose la muñeca.— Pero antes, un consejo gratis: la próxima vez que quieras tocar a mi Charlie, piensa si realmente quieres enfrentarte a mí. Porque él es peligroso, sí. Pero yo...— sonríe, y es una sonrisa que hiela la sangre.— Yo soy nuevo. Todavía no he aprendido a controlarme. Y los nuevos somos impredecibles.

La mujer lo mira con una mezcla de furia y algo que podría ser miedo. Luego mira a Charlie, que la observa con una sonrisa de orgullo apenas disimulada, y decide que no vale la pena. Desaparece entre la multitud.

Babe exhala y se gira hacia Charlie. Sus ojos vuelven al ámbar cálido de siempre.

—Bueno.— dice, y hay un temblor en su voz.— Debí haberte hecho caso. No debimos venir.

Pero Charlie no responde.

Babe frunce el ceño. Charlie está callado.

Demasiado callado. Y sus ojos...sus ojos no son marrones. No son el gris cálido de siempre. Son rojos. Rojos carmesí. Fuego.

Lava. Como esa noche en la habitación, pero más intensos. Más peligrosos.

—¿Charlie?— Babe da un paso hacia él.— ¿Qué sucede, Cachorro?

Charlie lo mira. Largo. Fijo. Y cuando habla, su voz es baja, controlada, aterradoramente calmada.

—¿Willy te besó en la mejilla?

El mundo se detiene.

Babe parpadea.

—¿Cómo...cómo sabes eso?

Charlie sonríe. Pero no es una sonrisa cálida.

Es una sonrisa fría, cortante, que no llega a sus ojos.

—Le leí la mente a esa mujer.— dice, como si fuera obvio.— No te olvides que ese es uno de mis poderes. Ella lo vio. Cuando Willy te besó. Antes de bajar. Y pensó que era...— su mandíbula se tensa.— Divertido.

Babe resopla, aliviado. Es solo eso.

—Ah, eso. Sí, me besó pero no fue nada. Fue un beso de despedida, de esos de "suerte, belleza". Ni siquiera le di importancia. Fue...

—Así que.— Charlie lo interrumpe, y su voz es más afilada ahora.— aparte de que te puso su olor, te tocó. Tuvo el atrevimiento de besarte.

—Charlie...

—Ese hijo de puta te besó.— los ojos de Charlie brillan con una intensidad aterradora.— Lo mató.

Da media vuelta, y Babe sabe, sabe con certeza, que si no hace algo, Charlie va a ir a buscar a Willy y va a hacer exactamente eso.

Matarlo.

—No.— Babe se planta frente a él, bloqueando el paso.— Cachorro, no hagas eso.

Charlie se detiene. Sus ojos rojos se estrechan.

—¿Lo defiendes, mi amor?— pregunta, y hay un filo en su voz que Babe nunca había escuchado.— ¿Tanto te preocupa su miserable vida?

—No.— Babe niega con la cabeza, rápido.— Claro que no. Me importa una mierda lo que le pase a Willy. Pero no quiero que te metas en problemas por su culpa. No vale la pena.

Charlie ríe. Es una risa baja, peligrosa, que hace que un escalofrío recorra la espalda de Babe.

—¿Te da miedo lo qué pueda hacerle, mi amor?— da un paso adelante, y Babe retrocede instintivamente.— ¿Qué saqué mi bestia interior y me divierta con él?

—Charlie...

Pero Charlie ya está frente a él. Su mano agarra su cintura con firmeza, atrayéndolo hacia sí. Su boca se posa en su oreja, y cuando habla, su voz es un susurro que vibra en todo el cuerpo de Babe.

—Porque te juro, Babe, que si alguien más te toca...si alguien más se atreve a poner un solo dedo en lo que es mío...— sus colmillos rozan su lóbulo.— No voy a ser responsable de lo que pase.

Babe traga. Su corazón, que ya no late, debería estar acelerado. Pero en su lugar, siente otra cosa. Calor. Deseo. Ese peligro que siempre ha existido en Charlie, ese lado oscuro que solo él puede ver, solo él puede manejar.

—Cariño.— susurra, y su voz sale más temblorosa de lo que esperaba.

Charlie separa la cabeza lo suficiente para mirarlo. Sus ojos siguen siendo rojos, pero ahora hay algo más en ellos. Algo que Babe reconoce.

Entonces Babe se muerde el labio inferior. Sin pensar. Un gesto nervioso, inconsciente.

Charlie gruñe.

Es un sonido animal, profundo, que parece venir de algún lugar primitivo dentro de él. Y antes de que Babe pueda procesar lo que pasa, el mundo desaparece.

Ya no están en la fiesta. Están en algún lugar oscuro, privado, lejos de todos. Charlie lo tiene contra la pared, su cuerpo presionando contra el de Babe, su boca buscando la suya con una urgencia desesperada.

—Charlie.— jadea Babe entre beso y beso.— ¿Dónde...

—No importa.— gruñó Charlie contra su boca.— Lo único que importa es que eres mío. Mío. Y nadie, nadie, va a volver a tocarte.

Sus manos recorren el cuerpo de Babe con posesividad, marcando territorio, recordando.

Babe gime, enredando sus dedos en su cabello, tirando con fuerza.

—Soy tuyo.— susurra.— Siempre tuyo, Charlie. Willy no significa nada.

—Lo sé.— Charlie muerde su labio inferior, justo donde Babe se mordió antes, y Babe gime más fuerte.— Pero necesito recordártelo. Necesito que lo sientas. Cada puta parte de ti.

Sus caderas se presionan contra las de Babe, y Babe puede sentir lo excitado que está, lo cerca del límite. Por él. Siempre por él.

—Entonces.— Babe sonríe contra su boca, desafiante incluso ahora.— Recuérdamelo.

Charlie sonríe. Es una sonrisa peligrosa, hambrienta.

—Con gusto, mi amor. Con mucho gusto.

Y el mundo se reduce a ellos dos. A la oscuridad. A las manos. A los besos. A la promesa eterna de que, pase lo que pase, siempre serán el uno del otro.

Reclamar lo suyo

El sonido de la tela rasgándose llena la oscuridad del lugar donde Charlie los ha llevado. No sabe dónde están, no le importa.

Solo existen las manos de Charlie, su boca, su cuerpo contra el suyo.

—Charlie.— protesta Babe cuando siente el aire fresco en sus piernas.— ¡Charlie, mi ropa!

Otro desgarrón. El pantalón cae al suelo en jirones. Luego la ropa interior corre la misma suerte. Babe está ahora desnudo de cintura para abajo, solo cubierto por la camisa que Charlie, por algún milagro, ha dejado intacta.

Charlie gruñó contra su cuello, un sonido vibrante que hace temblar a Babe.

—Es lo que menos me importa.— murmura, y su voz es grave, peligrosa.— Quiero follarte. Y nada va a impedir que lo haga, mi amor.

—Pero...

Babe no termina la frase. La mano de Charlie rodea su cuello. No aprieta, no lastima, pero es una jaula. Un recordatorio de quién manda aquí. Babe jadea, sus ojos encontrándose con los de Charlie, esos ojos rojos que brillan en la penumbra con una intensidad aterradora.

—Usa esa hermosa boca para gemir.— ordena Charlie, su voz un susurro controlado.— Para gemirle a tu hombre, mi amor. Basta de berrinches.

Babe quiere responder algo, quiere decirle que no es un berrinche, que su ropa era cara, que…

Pero entonces Charlie lo levanta como si no pesara nada, y sus piernas se enredan instintivamente alrededor de su cintura. La pared contra su espalda, Charlie frente a él, entre sus muslos.

—Así.— murmura Charlie, satisfecho.— Así quiero verte.

Una mano de Charlie abandona su cuerpo por un segundo. El tiempo justo para bajarse los pantalones lo necesario, para liberar su miembro. Luego lo alinea con la entrada de Babe.

—Charlie.— jadea Babe, anticipando.— Charlie, espera, no...

Pero Charlie no espera.

Entra de una vez. Brusco. Profundo. Sin contemplaciones.

Babe grita. Es un sonido ronco, desgarrado, que se pierde en la oscuridad. No es dolor exactamente, es todo. La sensación de ser llenado tan repentinamente, tan brutalmente, después de un mes de no tener esto, después de semanas de tensión y celos y reencuentros.

Charlie ríe. Una risa baja, posesiva, que vibra contra su piel.

—Así es como quiero que uses esa boca, mi amor.— susurra, y comienza a moverse.— Así. Gimiendo para mí. Gritando para mí.

Babe lo golpea. Su puño impacta contra su pecho, débil, inútil.

—¡Idiota!— jadea entre embestidas.— ¡Bestia! ¡Charlie, eres un idiota!

Charlie gruñe, y su mano vuelve al cuello de Babe. No aprieta, solo sujeta. Controla.

Domina.

—Sigue.— lo reta, sus caderas moviéndose con un ritmo implacable.— Sigue insultándome. Me encanta cuando te pones así.

—Eres un...un...

Pero las palabras se pierden. Charlie ha encontrado ese ángulo, ese punto, y Babe ya no puede formar frases coherentes. Solo gemidos. Solo jadeos. Solo el sonido de sus cuerpos encontrándose una y otra vez.

—Eso es.— murmura Charlie, satisfecho.— Eso es, mi amor. Déjate llevar.

Su boca encuentra su cuello. Chupa, muerde, deja marcas. Babe gime más fuerte, sus uñas clavándose en la espalda de Charlie.

—Mío.— susurra Charlie contra su piel.— Mío. De nadie más.

—Tuyo.— responde Babe, la voz rota.— Charlie, tuyo.

Charlie sonríe contra su cuello. Luego sube a su boca, atrapándola en un beso profundo, sucio. Sus lenguas se encuentran, se pelean, se acarician. Cuando se separan, ambos jadean.

—¿Sabes lo qué pensé cuando supe que te besó?— pregunta Charlie, sus caderas sin detenerse ni un segundo.

—¿Qué?— Babe apenas puede hablar.

—Pensé en arrancarle la cabeza. Pero luego pensé en algo mejor— sus embestidas se vuelven más profundas, más duras.— Pensé en venir a casa y recordarte, una y otra vez, de quién eres.

—Charlie...

—Porque eres mío, Babe. Mío. Y quiero que lo sientas. Cada vez que te muevas. Cada vez que recuerdes este momento. Cada puto segundo de tu eternidad.

Baja a su pecho. Sus dedos encuentran los botones de la camisa, los arrancan con impaciencia. La tela se abre, dejando al descubierto su torso. Y Charlie ataca sus pezones.

Los chupa, los muerde, los lame. Babe gime, se retuerce, tira de su cabello. Pero Charlie no se detiene. Sigue embistiendo, sigue marcando, sigue reclamando.

—Mírate.— murmura Charlie contra su piel.— Tan hermoso. Tan mío. Y ese hijo de puta tuvo el descaro de tocarte.

—Charlie.— Babe apenas puede pensar.— Charlie, ya...

—¿Ya qué, mi amor?— Charlie levanta la cabeza, sus ojos rojos brillando con diversión cruel.— ¿Ya vas a venirte? ¿Tan rápido?

—Cállate.— jadea Babe.— Tú también...

—Claro que sí.— Charlie sonríe.— Pero primero quiero oírlo. Quiero oírte decir de quién eres.

Babe lo mira. Su cuerpo está ardiendo, cada embiste lo acerca más al límite. Pero hay algo en los ojos de Charlie, esa mezcla de celos y amor y posesividad, que hace que su corazón eterno se acelere.

—Tuyo.— susurra.— Soy tuyo, Charlie. Siempre tuyo.

Charlie gruñe, y el sonido es pura satisfacción.

—Eso quería oír.

Sus embestidas cambian. Más rápidas. Más profundas. Buscando el mismo fin. Babe gime, se aferra a él, entierra su rostro en su cuello.

—Charlie...Charlie, voy a...

—Conmigo.— ordena Charlie.— Vente conmigo, mi amor.

Y Babe obedece. Porque siempre obedece cuando se trata de esto. Cuando se trata de ellos.

Su cuerpo se tensa, un grito escapando de sus labios, mientras el orgasmo lo sacude con una intensidad que lo deja temblando. Charlie lo sigue un segundo después, un gruñido profundo vibrando contra su piel, su cuerpo presionándolo contra la pared mientras se vacía dentro de él.

Por un momento, solo existe la oscuridad.

Sus respiraciones, aunque no las necesitan.

El latido de sus cuerpos. La sensación de estar juntos, completos.

Charlie apoya su frente contra la de Babe.

Sus ojos ya no son rojos. Bueno, no del todo.

Todavía hay un brillo, pero es más cálido.

—Te amo.— susurra.— Te amo tanto que a veces duele.

Babe sonríe, débil.

—Ya lo sé. Pero podrías controlar tus celos.

—No puedo.— Charlie ríe.— Soy un vampiro de trescientos años. Los celos son parte del paquete.

—Eres un idiota.

—Tu idiota.

Babe niega con la cabeza, pero está sonriendo.

—¿Podemos irnos a casa ahora? Hace frío aquí.

Charlie lo mira, y hay ternura en sus ojos.

—A casa.— repite.— Me gusta cómo suena.

—Pues claro. Es nuestra casa.

Charlie lo besa. Suave. Tierno. Un contraste absoluto con todo lo que acaba de pasar.

—Vamos a casa, mi amor.

Charlie cubre con su ropa a Babe.

Y luego desaparecen en la oscuridad, dejando atrás la fiesta, los problemas, los celos.

Solo ellos dos.

Como siempre debe ser.

¡FIN!