SEVEN HARMONY: ORIGEN

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Summary

**SEVEN HARMONY: ORIGEN — LAS CRÓNICAS DEL PRINCIPIO** Antes de las Torres 666, de los pactos de jerarquía y de las guerras que fracturaron la realidad, hubo un tiempo de rutinas simples y ambiciones silenciosas. Esta no es la historia de dioses en sus tronos, sino de los cimientos que los hicieron posibles. **El Estratega y el Pecador:** Un joven Hipólito, obsesionado con el orden y los códigos, cruza su destino con un Homa Giri que aún no cargaba el peso de su título. Entre misiones menores y un mundo que los marginaba, nace la alianza improbable que sostendría a la academia. **La Soberana Solitaria:** Antes de unirse a la familia Giri, Clematis reinaba como Dragona Imperial en formación. Ritual, poder y aislamiento definen a una monarca que desconocía cuánto podía alterar su destino un encuentro banal con el mundo humano. **La Bruja del Sistema:** Mucho antes de administrar torres y pactos, Sukgi gobernaba el Umbral de los Ángeles Oscuros con cortesía absoluta y una curiosidad secreta por la humanidad, gestionando mundos mientras ocultaba su fascinación por lo cotidiano. Tres relatos entrelazados sobre días ordinarios, debilidades ocultas y momentos mínimos que moldearon a las entidades más poderosas del sistema. Porque antes del final de una leyenda… existen las cenizas donde fue encendida.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1: DUO VOS QUIN - EL DESPERTAR DEL SUGI SOGI

CAPÍTULO 1: DUO VOS QUIN – EL DESPERTAR DEL SUGI SOGI

PARTE 1: LA SENTENCIA DEL MAESTRO

El aire en el Gremio de Exploradores Vos Quin estaba saturado de una mezcla opresiva y familiar: el olor acre del metal oxidado, el polvo de pergaminos que databan de eras olvidadas y el penetrante aroma del sake de hidromiel que el Maestro Isaac, conocido en los bajos mundos comoRarotec, consumía con una parsimonia irritante. A sus cuarenta y cinco años, Isaac era una presencia que desafiaba la lógica; su cabello negro azabache caía sobre una venda que ocultaba sus ojos blancos y ciegos, pero su percepción iba más allá de lo visual. Su brazo derecho de metal negro y su pierna derecha de metal rojo, grabados con runas de alquimia espectral, emitían un leve zumbido bajo la luz de los cristales de maná, recordándole a todos que su cuerpo era un campo de batalla entre la carne y la ingeniería prohibida.

Frente a él, dos jóvenes de dieciséis años representaban el futuro incierto del gremio.Hipólito, envuelto en su chaqueta azul de cuello alto y corte impecable, mantenía una postura de arrogancia lánguida, con una sonrisa que parecía burlarse incluso de la gravedad. A través de sus gafas oscuras, procesaba flujos de información que volverían loco a cualquier mortal. A su lado,Homa Giriera el polo opuesto: de complexión robusta y mirada humilde, su cabello blanco corto resaltaba sobre sus ojos rojos. En un gesto cargado de una hermandad que trascendía la sangre, Homa pasó su brazo por los hombros de Hipólito, apretándolo con fuerza en un abrazo que intentaba transmitir una seguridad que él mismo no sentía del todo.

—¿Estás nervioso, Hipo? —susurró Homa con una sonrisa pequeña pero cálida, notando el leve temblor en los dedos de su amigo—. Tus flujos de maná están un poco más acelerados de lo normal. Sabes que si las cosas se ponen feas, siempre puedes esconderte detrás de mí. Mi espalda es lo suficientemente ancha para los dos, y mi Sugi Sogi tiene hambre de cualquier amenaza que te toque.

Hipólito soltó una risita seca y le dio un golpe juguetón en las costillas a su amigo, ajustándole un poco el cuello de la camisa a cuadros con cuidado perfeccionista. —En tus sueños, glotón. Si alguien protege a alguien aquí, soy yo quien te mantendrá a salvo con mis fracturas espaciales. Además, no te conviene que me pase nada; ¿quién más va a invitarte los banquetes de clase alta cuando volvamos? No dejes que la Gula te nuble el juicio, hermano.

—Escuchen bien, par de diamantes en bruto —sentenció Isaac, ajustando su Manto Fúnebre mientras el ambiente se espesaba por la liberación inconsciente de su Sugi Sogi—. El gremio no necesita soldados promedio; necesita leyes vivientes. Los enviaré al Umbral. No es una simple mazmorra de extracción; es una anomalía temporal donde el espacio se dobla bajo el peso del maná denso. Su misión no es recolectar piedras, sino transmutar su voluntad en una ley absoluta. El Sugi Sogi no es una herramienta que se usa, es la afirmación de que su existencia es más real que el acero que intenta cortarlos. No saldrán hasta que el mundo les obedezca, no importa si pasan días o décadas en su interior.

Hipólito soltó una carcajada vibrante, acomodándose la venda bajo las gafas con un gesto teatral que ocultaba su verdadera preocupación. —No te preocupes, Homa. Con mi control espacial, estaremos fuera antes de que el viejo Isaac termine su próxima botella. Aunque su alquimia negra sea impresionante, nada supera al Hechicero Supremo en potencia. ¿Verdad, hermano?

Homa asintió, apretando el puño. Sus ojos rojos seguían escudriñando los rincones buscando algo que devorar para calmar la ansiedad. —Solo espero que el tiempo pase rápido, maestro. Mi concentración depende directamente de mi última comida, y la Gula no es una compañera paciente. Hipo, si ves algún monstruo que parezca comestible o que tenga una reserva de maná sabrosa, me avisas de inmediato. No quiero desmayarme de hambre mientras salvo tu trasero engreído.

Sin más preámbulos, Isaac activó un círculo de transmutación espectral. Los hilos de energía envolvieron a los jóvenes, brillando con un tono negro y plata. Justo antes de ser succionados, Homa tomó la mano de Hipólito con una firmeza férrea, asegurándose de que el torbellino dimensional no los separara en el proceso. —Juntos en esto, ¿recuerdas? —dijo Homa con voz firme, desafiando la gravedad del portal. —Hasta el final, Homa. No te soltaré —respondió Hipólito antes de que la oscuridad absoluta los reclamara.

PARTE 2: LA PRISIÓN DEL TIEMPO Y EL COLAPSO EXISTENCIAL

Dentro del Umbral, el concepto de “tiempo lineal” se fracturó. El cielo era un crepúsculo perpetuo de bosques de hongos luminiscentes cuyas esporas sabían a ozono y sangre. Habían pasado dos años de entrenamiento infernal, aunque en el exterior solo hubieran transcurrido minutos. La lucha era una constante ineludible que los obligaba a vivir en un estado de alerta paranoica. Hipólito intentaba desesperadamente perfeccionar suPercepción Infinita, buscando manipular la distancia atómica entre él y los ataques enemigos. Pero el Sugi Sogi aún era una fiera indomable; cada vez que intentaba imponer una “regla” de invulnerabilidad, sus venas se tensaban como cuerdas de piano a punto de romperse, dibujando ramificaciones púrpuras bajo su piel.

En un instante de fatiga mental extrema, un grupo de goblins lo emboscó desde las raíces de un árbol de maná. Un orco colosal aprovechó la apertura para descargar un garrote de hierro macizo. El impacto fue devastador; lanzó a Hipólito contra el tronco, fracturando no solo sus costillas, sino su confianza. Al caer, el suelo se manchó con una mezcla de savia viscosa y su propia sangre caliente.

Homa, que estaba a unos metros luchando contra la fragmentación de su propia conciencia para que los siete pecados capitales dejaran de ser una carga psicológica, vio caer a su hermano. El mundo pareció detenerse. —¡HIPÓLITO! —rugió, una nota de terror puro mezclada con una furia volcánica. Ignorando a las arpías que le desgarraban la espalda, corrió hacia él y se interpuso entre el orco y el cuerpo inerte de su amigo. Cubrió a Hipólito con su propio torso, recibiendo los golpes mientras escupía bocanadas de sangre que quemaban como ácido en su camisa a cuadros. Sus ojos rojos se nublaban, la regeneración automática fallaba ante la magnitud del daño, pero no se movió ni un milímetro.

Ambos terminaron colapsando en un claro, rodeados por una horda de pesadilla: perros infernales con mandíbulas de lava y minotauros que hacían vibrar la tierra con cada paso. Homa, de rodillas y con las manos desgarradas por la fricción del suelo, miró a Hipólito. El joven hechicero tenía una lente de sus gafas rota, la venda manchada y el cabello blanco cubierto de polvo y sangre.

—¡No puedo morir aquí! —gritó Homa, su voz quebrándose—. ¡No antes de verte convertido en el gran Hechicero que dices ser! ¡Levántate, Hipo! ¡No me dejes solo en este infierno!

Hipólito, apoyado en un codo y temblando por el shock, le dedicó una sonrisa débil pero llena de un afecto infinito. —Y yo no puedo dejar que mueras con el estómago vacío, idiota. El mundo necesita mi arrogancia para brillar, y yo necesito a mi mejor amigo para que me aplauda cuando lo haga. Si mueres aquí, ¿quién me llamará presumido con esa cara de hambre?

En ese momento de debilidad absoluta, donde sus cuerpos ya no respondían, sus almas se entrelazaron. Homa le extendió la mano, no como un rival, sino como una extensión de su propia existencia. —Enseñémosle a estos monstruos quiénes somos realmente, hermano. No como discípulos de Isaac, sino como los dueños de este lugar. Dame tu mano, Hipo. Mi Sugi Sogi es tu escudo, y tu voluntad será mi espada.

Hipólito golpeó la mano de Homa con una fuerza que hizo saltar chispas de maná puro. —No necesito tu ayuda para levantarme, hermano... pero gracias por estar aquí para sostenerme cuando el mundo se volvió demasiado pesado. Será divertido ver cómo intentas seguirme el ritmo ahora que mi Sugi Sogi ha despertado por ti. En ese choque de puños, sus núcleos existenciales resonaron. El Duo Vos Quin dejó de ser un nombre para convertirse en una ley inmutable de la naturaleza.

PARTE 3: EL CARNICERO Y EL LINAJE DEL PECADO

Homa se puso de pie, y el aire a su alrededor comenzó a licuarse por el calor de su presencia. Activó suArma Onda, pero esta vez el cielo de la mazmorra se inundó de antorchas carmesíes: elLinaje Carmesí. Miles de armas conceptuales, forjadas en el dolor y la ambición, flotaban como un ejército silencioso. El Minotauro Alpha, una bestia de pelaje negro y cuernos de obsidiana, rugió con una Presión Existencial que habría desintegrado a un explorador común.

El hacha gigante descendió con la intención de borrar a Homa del mapa. Él invocó laHarpe, la hoz divina, para interceptar el golpe. El choque vaporizó los árboles circundantes. Homa sentía cómo sus huesos crujían, pero su voluntad era más densa que el acero. En un acto de sacrificio calculado, hundió una daga de sangre en su propio costado para activar elModo Armadura de Arma Onda. Su cuerpo se comprimió, quemando cada caloría en una combustión de maná índigo. —Configuración: Ira y Pereza. Tanque de Asalto —sentenció Homa.

Su percepción se volvió sobrehumana, pero la complejidad de sostener dos pecados simultáneos casi fractura su mente. El minotauro lanzó una patada lateral que lo envió volando, y en el aire, el hacha cercenó el brazo izquierdo de Homa. El grito que soltó no fue de agonía, sino de una furia que hizo que las antorchas del cielo cayeran como meteoros sobre la horda. Con los cuernos del Alpha atravesando su abdomen, Homa ignoró el vaciado de sus órganos y concentró todo su peso ontológico en su mano derecha. —Corte Fúnebre...

La fusión de los siete pecados en un solo acto de violencia conceptual partió al minotauro y a la montaña detrás de él en dos mitades perfectas. Homa cayó en el cráter, respirando con dificultad mientras veía su brazo brotar de nuevo en una danza grotesca de fibras y músculos. —¡Hipo! —gritó con voz ronca—. ¡Es tu turno! ¡Demuéstrales que el espacio es solo un juguete en tus manos! ¡No me hagas haber perdido un brazo en vano!

PARTE FINAL: LA FRACTURA DE LA REALIDAD Y EL RETORNO

En el otro extremo, Hipólito estaba inmovilizado por duendes que jugaban con sus heridas, mientras el líder orco destrozaba sus piernas con un garrote. Hipólito yacía en el barro, con la banda negra cayendo finalmente de sus ojos, revelando sus ojos de diamante gris que brillaban con una intensidad aterradora. —Me aburro de este escenario... —dijo, y su voz no fue un sonido, sino una orden directa al tejido de la creación—.Corrupción Fractura.

El Sugi Sogi de Hipólito se expandió como una onda de choque invisible, borrando la existencia de cada monstruo en un radio de cien metros. No murieron; simplemente dejaron de ser coherentes con la realidad que Hipólito había impuesto. Sus átomos se desintegraron en milisegundos. Hipólito sonrió, sus ojos diamantinos reflejando el vacío que acababa de crear.

Horas más tarde, Homa llegó cojeando hasta él. Al ver a su hermano en ese estado de agotamiento total, Homa se arrodilló y, con una ternura que pocos conocían, colocó la cabeza de Hipólito sobre su regazo. —Lo lograste, presumido —le dijo Homa con voz suave, mientras usaba un cambio de clase a “Mago Santo” para sanar las fracturas y cerrar las heridas abiertas—. Mírate, eres un desastre, pero eres el desastre más poderoso que he visto. Gracias por no dejarme solo. Hipólito cerró los ojos, permitiéndose por fin descansar bajo el cuidado de su hermano. —Tú no estás mucho mejor, Carnicero. Hueles a sangre de minotauro y a sudor rancio. Pero... gracias por cubrirme la espalda. Literalmente. Homa soltó una carcajada ronca y le dio un pequeño beso fraternal en la frente, un gesto de alivio puro por haber sobrevivido a la prueba de Isaac. —Vamos a casa, Hipo. Ya tuvimos suficiente “entrenamiento” por hoy.

Al salir del Umbral, el sol de la tarde del mundo real los cegó. Frente a ellos, el Maestro Isaac los esperaba con una mesa rebosante de comida, sake y carne asada. El tiempo en el Umbral había sido traicionero: habían pasado seis años subjetivos. Ahora tenían veintidós años; eran hombres marcados por la guerra, con cicatrices en el alma y un poder que hacía temblar el aire.

Sin embargo, la solemnidad del momento se rompió cuando un grupo de mujeres —las antiguas novias de Hipólito— aparecieron como una tormenta. —¡¿Crees que puedes desaparecer años sin decir una palabra?! —gritó la primera, propinándole una bofetada que resonó en todo el valle. —¡Dijiste que solo sería una misión corta, mentiroso! —exclamó la segunda, descargando otro golpe.

Hipólito, el Hechicero Supremo capaz de borrar átomos, estaba ahora acorralado y rojo de vergüenza, recibiendo una lluvia de bofetadas sin atreverse a usar su poder. Homa, que ya se había sentado a devorar una pierna de jabalí, observaba la escena con una sonrisa burlona y los ojos brillantes de diversión. Cuando las mujeres finalmente se alejaron indignadas, Homa se acercó a su hermano, quien se sobaba la mejilla con una expresión de humillación cómica.

Homa pasó un brazo por su cuello y lo atrajo hacia él en un abrazo reconfortante, aunque no pudo evitar soltar una risita. —Vaya, Hipo. Parece que tus “ojos de diamante” no vieron venir ese ataque. Las fracturas espaciales no sirven de nada contra el despecho, ¿eh? ¿Estás vivo, “Rey del Espacio”? Hipólito suspiró, hundiendo la cara en el hombro de su hermano, buscando refugio. —Me duele más el orgullo que la cara, Homa. Ellas son mucho más aterradoras que el minotauro Alpha. —No te preocupes —le dijo Homa con cariño, dándole unas palmaditas afectuosas en la espalda—. Ven aquí, siéntate a mi lado. Te guardé la mejor parte del asado y un poco de sake caro que le robé a Isaac mientras miraba hacia otro lado. Nada cura un corazón apaleado como una buena comida y tu hermano recordándote lo idiota que eres frente a las mujeres.

Hipólito sonrió de verdad, sentándose junto a Homa bajo el cielo estrellado. Isaac los miraba desde lejos, sabiendo que el Duo Vos Quin no solo era fuerte por su Sugi Sogi, sino por ese vínculo inquebrantable que acababa de nacer. La leyenda apenas estaba comenzando.