Bajo Fuego y Promesas | Kookmin

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Summary

Un omega enamorado del hombre más peligroso de la ciudad. Un heredero creciendo en su vientre. Y una guerra que huele a traición. Cuando Jimin queda embarazado del líder de la mafia, deja de ser solo el amor secreto… y se convierte en el blanco perfecto. Entre balas, promesas y caricias que arden más que la pólvora, descubrirá que amar a un rey del crimen no es un cuento de hadas —es una sentencia. Pero si van a caer, caerán juntos.

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1
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n/a
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16+

ÚNICA PARTE

El amor no debería oler a pólvora.

Pero el de Jimin sí.

Desde que se enamoró del hombre al que todos llamaban el Líder, su mundo dejó de ser primavera y se volvió una ciudad en guerra. No era solo un alfa poderoso. Era el nombre que susurraban con miedo en los callejones, el que firmaba acuerdos con una sonrisa y sentencias con la misma elegancia. El rey de un imperio construido entre sombras.

Y aun así, cuando estaba con él, era simplemente Jungkook.

El hombre que apoyaba la frente en su vientre y respiraba como si ahí estuviera el único lugar seguro del universo.

Ahora ese vientre guardaba algo más que latidos propios.

Guardaba vida.

—No saldrás hoy.

La voz de Jungkook no era negociable. Era suave, pero tenía filo.

Jimin lo observó desde el sofá, con una mano descansando sobre la curva incipiente de su abdomen. Aún no era evidente para el mundo, pero él lo sentía todo el tiempo. Como una promesa latiendo bajo su piel.


—No puedes encerrarme para siempre —susurró.


Jungkook se arrodilló frente a él. Traje negro impecable. Anillos brillando como advertencias. Ojos oscuros cargados de tormenta.

—Si pudiera, lo haría.

No era posesión vacía. Era miedo real.

Desde que se supo que el líder de la mafia tendría un heredero, los enemigos dejaron de apuntarle a él. Apuntaron al punto más vulnerable.

A Jimin.

Omega. Dulce. Valioso.

Blanco perfecto.

Jimin alzó una mano y tocó la mejilla de su alfa.

—No soy frágil.

—Estás embarazado de mi hijo —respondió Jungkook con la voz baja, casi quebrada—. Eso te convierte en mi todo.

La habitación se quedó en silencio. El aire pesado con lo que ninguno decía: ya habían intentado atacarlo una vez.

Un disparo que rompió una ventana.

Un mensaje claro.

Jimin sintió un escalofrío, pero no apartó la mirada.

—No me arrepiento —dijo con firmeza—. Ni de amarte. Ni de esto.

Tomó la mano de Jungkook y la guió hasta su vientre.

El alfa cerró los ojos al contacto. Su respiración cambió. Se volvió más profunda. Más lenta.

Como si tocara algo sagrado.

—Te prometí que te daría el mundo —murmuró—. Y ahora tengo que asegurarme de que el mundo no te destruya.

Se habían conocido en una noche que parecía escrita por el destino.

Jimin trabajaba como bailarín en un club exclusivo. No era inocente. Sabía quién era el hombre que lo observaba desde el reservado privado. Pero no supo que lo miraría como si no fuera mercancía, sino milagro.

Jungkook no tocó a nadie esa noche.

Solo a él.

Y cuando lo hizo, fue como si el universo se inclinara.

El romance fue un incendio inevitable. Prohibido. Intenso. Adictivo.

Jimin supo que se estaba enamorando cuando Jungkook comenzó a quitarse el arma antes de abrazarlo.

Cuando dejó de oler a sangre y empezó a oler a hogar.

Ahora el hogar estaba rodeado de guardias.

Cámaras.

Autos blindados.

Una jaula dorada.

Esa noche, Jimin no pudo dormir. El miedo se filtraba entre las rendijas del silencio. Jungkook no estaba en la cama; estaba en su despacho, resolviendo asuntos que siempre terminaban en violencia.

Jimin se levantó y caminó descalzo por el pasillo.

Lo encontró de pie, con la camisa arremangada y el teléfono aún en la mano. Su expresión era fría. Letal.

—Van a moverse pronto —dijo Jungkook sin mirarlo—. Lo sé.

Jimin entró y cerró la puerta.

—Entonces adelantémonos.

El alfa levantó la vista.

—No quiero que estés cerca de nada de esto.

—Pero ya estoy —respondió con suavidad—. Llevo tu sangre dentro.

Las palabras cayeron pesadas.

Jungkook caminó hacia él, despacio. Como si temiera romperlo.

—No me importa el imperio —susurró—. Me importas tú.

Jimin apoyó la frente en su pecho.

—Entonces mírame.

Jungkook lo hizo.

Y en esos ojos no había líder de la mafia.

Había un hombre enamorado.

Jimin tomó su rostro entre las manos y lo besó.

No fue un beso desesperado.

Fue lento.

Profundo.

Como una promesa renovada.

Jungkook respondió con un gruñido suave, bajando las manos por su espalda hasta su cintura. Sus labios se movieron con necesidad contenida, como si intentara memorizar cada segundo.

—Te deseo —murmuró contra su boca—. Incluso ahora… más que nunca.

Jimin sonrió levemente.

—Entonces ámame.

Y lo hizo.

Sin prisa.

Sin violencia.

Jungkook lo llevó hasta el sofá del despacho, como si cargara algo invaluable. Sus caricias eran reverentes, explorando su piel con cuidado, deteniéndose cada vez que Jimin suspiraba más fuerte.

El deseo estaba ahí. Vivo. Ardiente.

Pero también estaba la ternura.

Jungkook besó su vientre por encima de la tela.

—Gracias —susurró.

Jimin sintió que el corazón se le desbordaba.

Cuando hicieron el amor, fue un lenguaje sin palabras. Sus cuerpos encajaban con la familiaridad de quienes ya se han elegido mil veces. No hubo brusquedad, solo intensidad controlada. Respiraciones mezcladas. Dedos entrelazados.

Jimin se aferró a él cuando el placer lo atravesó, y Jungkook sostuvo su rostro como si temiera que desapareciera.

En ese instante, el mundo exterior dejó de existir.

No había enemigos.

No había balas.

Solo ellos.

El ataque llegó tres días después.

Un auto explotó frente a la mansión.

El estruendo sacudió los cimientos.

Jimin gritó instintivamente, cubriendo su vientre.

Jungkook ya estaba a su lado antes de que el humo se disipara.

—¿Estás bien? —sus manos temblaban al revisarlo.

—Sí… sí.

Pero el mensaje era claro.

No iban a detenerse.

Esa noche, Jungkook reunió a sus hombres. La guerra no sería defensiva.

Sería final.

Jimin lo observó desde la escalera.

Sabía lo que eso significaba.

Sangre.

Venganza.

Más enemigos.

Cuando quedaron solos, Jimin habló primero.

—No quiero que pierdas quién eres por protegerme.

Jungkook soltó una risa amarga.

—¿Quién soy, Jimin?

Él bajó los escalones hasta quedar frente a su alfa.

—El hombre que me sostiene cuando tengo náuseas a las tres de la mañana. El que me canta en voz baja cuando cree que estoy dormido. El que habla con nuestro bebé como si pudiera escuchar.

Silencio.

Jungkook apretó los puños.

—También soy el hombre que puede matar sin pestañear.

—Lo sé —dijo Jimin, acercándose más—. Pero no eres solo eso.

Tomó su mano y la llevó a su vientre otra vez.

—Este bebé no necesita un rey del crimen. Necesita un padre.

Las palabras lo atravesaron más fuerte que cualquier bala.

Jungkook cayó de rodillas.

Y lloró.

No fuerte.

No dramáticamente.

Pero lo suficiente.

Jimin lo abrazó.

Y en ese abrazo había algo más poderoso que cualquier imperio.

La guerra fue corta.

Brutal.

Definitiva.

Jungkook eliminó a quienes se atrevieron a amenazar lo que era suyo.

Pero cuando volvió a casa esa última noche, dejó su arma en la entrada.

Como símbolo.

Como decisión.

Encontró a Jimin dormido en el sofá, una manta cubriéndolo.

Se arrodilló frente a él y apoyó la frente en su vientre.

—Está hecho —susurró—. Se acabó.

Jimin abrió los ojos lentamente.

—¿De verdad?

—Sí.

No más mensajes.

No más amenazas.

No más sombras acechando.

Solo ellos.

Jimin acarició su cabello.

—Entonces quédate.

Jungkook subió al sofá con él, envolviéndolo con cuidado.

—Voy a cambiar cosas —dijo en voz baja—. El negocio. La estructura. Todo.

—¿Por mí?

—Por nosotros.

Jimin sonrió.

—Sabía que debajo del traje negro había un corazón blando.

Jungkook resopló.

—No le digas eso a nadie.

—Es nuestro secreto.

Se quedaron en silencio, escuchando el latido compartido entre los tres.

La mafia aún existía.

El mundo seguía siendo peligroso.

Pero algo había cambiado.

El amor ya no olía solo a pólvora.

También olía a futuro.

A cuna.

A esperanza.

Y mientras Jungkook besaba suavemente el vientre de Jimin, prometiéndole protección sin cadenas, entendió algo que ningún enemigo podría arrebatarle:

El verdadero poder no era el miedo que inspiraba.

Era la familia que estaba construyendo.

Y por ella, estaba dispuesto a reinventarse.

No como líder.

Sino como padre.

Sino como hombre.

Sino como el alfa que eligió amar, incluso cuando el mundo le enseñó a destruir.


Fin?