Lo que pudo ser

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Summary

Amelia Daniela tiene tres reglas no escritas: no confiar, no esperar, no sentir. Lo aprendió a golpes, a soledades y a cicatrices que nadie más ha visto. Su vida es un castillo de naipes construido con cafeína, desvelos y un cinismo que la mantiene a salvo de cualquier conexión humana. Hasta que una madrugada, mientras lucha contra un informe a las 4:30 a.m., alguien irrumpe en su silencio. Mirco no debería estar ahí. Es meticuloso, calculador, un enigma con chaqueta de cuero y mirada heterocromía que parece haberlo calculado todo. Lleva semanas apareciendo sin permiso: le ordena la habitación, le cocina, la desafía con esa calma irritante de quien lo tiene todo bajo control. Pero Mirco también carga con sus propias cadenas: un apellido que no le pertenece, una familia que lo usa como adorno y una fotografía vieja donde dos niños sonríen bajo un árbol de flores doradas. Uno es él. La otra niña… tiene los mismos ojos verdes que Danny. Cuando un choque absurdo entre una moto y un auto negro une sus destinos a los de un grupo de inadaptados magnéticos —una guitarrista solar que cree en las grietas por donde entra la luz, un terremoto humano con acento de tierra caliente, un enfermero con alma de papá gallina y un "amienemigo" que habla como si redactara informes pero se derrite por un dulce de guayaba—, Danny y Mirco descubrirán que a veces la familia no se hereda: se encuentra

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Madrugada

El ser humano, sencillamente el animal más complejo que ha pisado la Tierra. ¿No lo crees?


No hablo solo de su compleja funcionalidad biológica: cómo se mueve, cómo vive, cómo piensa, siente y anhela. Puede sonar romántico, pero es más racional de lo que suponen. Así como la ciencia explica el movimiento a través de la biomecánica, también puede explicar el proceso de pensamiento en cada persona: 

  “Pensar”


“Intuir”


“Percibir”


“Sentir.”


Acciones evidentes para algunos, pero para otros adquieren una profundidad insondable. No somos solo un patrón... Somos circunstancias, posibilidades y... Evolución, un sistema en constante movimiento que jamás seguirá el mismo trayecto dos veces… he de allí que cada experiencia es tan única como la persona que la vive.





— ¡Agh! ¡No es posible! —vociferé exasperada, mientras mis ojos, cansados por las interminables horas frente a la pantalla, corregían los errores de aquel mentado informe. 


Todo por haberme unido a este estúpido curso. Debería medir mejor mis impulsos y curiosidades. 


Me incliné contra el espaldar de la silla y desvié la mirada hacia mi reloj de mesa. 


«4:30 a. m.»


Rayos. Me había desvelado nuevamente. Pasé la mano por mi rostro, rasgué mis ojos fatigados y levanté los lentes empañados. Al observar mi habitación oscura y desordenada, hallé el reflejo de mi situación. En este punto, mi vida era una constante ráfaga de energía que terminaba en resultados inesperados... pero extrañamente eficientes. 


— ¡Maldito informe! —alcé los brazos  mientras la pantalla reverberaba ante mis ojos enrojecidos. 


¿Por qué seguía haciendo esto? 


Me desplomé contra el respaldo del escritorio. Tragué saliva. La madrugada se hizo eterna. Mi reflejo en el cristal nocturno confirmó el desastre: cabello revuelto, pómulos hundidos, lentes empañados. Mi cuarto —caótico espejo de la mente— olía a café frío y caos. 


Casi lo lograba, claro. Siempre casi. Esos arrebatos de ingenio que nacen del caos... tan brillante como efímeros. Tan inesperados como eficaces. 


Pero ahora solo anhelaba dormir. 


Precisamente había caído en esa situación por invertir mi tiempo libre en desentrañar los secretos de una novela gráfica. Sonreí a la pantalla de oreja a oreja al recordar cómo había descifrado la trama y sus múltiples rutas sin ninguna guía. Justo entonces, mi puerta se abrió de golpe. Entre la luz del pasillo, recortada contra la penumbra del dormitorio, vislumbré una silueta. No, otra vez no...


Allí estaba aquel muchacho, extrañamente pulcro en su atuendo de tintes góticos y rebeldes. Al captar mi sonrisa soñadora, juraría que un destello de asombro cruzó su rostro de salamandra estoica. 


«Mirco» —como se hacía llamar, aunque algo me decía que ese no era su nombre real—, un ser tan misterioso como excéntrico. Durante dos semanas había perseguido el objetivo de revolucionar mi existencia con su presencia, tras ignorarme (inconscientemente) durante meses en nuestra clase de Filosofía. Un trabajo grupal lo hizo «descubrirme», y desde entonces insistía en «socializar» conmigo... De entre todos los posibles candidatos en aquel pintoresco curso. 


—Danny... ¿Qué haces a estas horas? —inquirió con voz serena pero punzante. 


— ¿Sigues descifrando historias clichés en vez de dormir? —Mirco cruzó los brazos, haciendo que los puños de su chaqueta de cuero crujieran como advertencia. Su perfume a bergamota y tinta china invadió mi espacio personal.


Fantástico. Justo lo que me faltaba: un vampiro de biblioteca jugando a ser mi conciencia. Al menos traía un aroma más agradable que el de café y humedad de mi cueva personal.


—Socializar a las 4:30 a.m. no está en mi lista de prioridades —murmuré, apartando los lentes para frotarme los párpados. En el cristal empañado de mis gafas, su figura se distorsionó como un espectro. 


—Tu lista de prioridades incluye teorías conspirativas sobre ficción gráfica —replicó mientras tomaba asiento en mi cama deshecha, como si perteneciera allí. Un zapato de plataforma quedó suspendido sobre mis notas regadas—. ¿Sabes que la privación del sueño causa paranoia? 


El resplandor azulado del monitor iluminó su sonrisa de dientes perfectos. Odio cuando tiene razón.


No dejaré que gane esta conversación. Tomé aire y pensé cómo continuar. 


—A mí me gusta perseguir unicornios y misterios. ¿Puedes culparme? —respondí con acidez, la ironía coloreando mi voz mientras una sonrisa caprichosa se dibujaba en mis labios. Incliné la cabeza, desafiante—. Obviamente estoy terminando el trabajo que tiene como fecha límite en... aproximadamente tres horas —añadí con tono desinteresado, como si el tiempo no fuera más que un detalle trivial. 


—No es posible que siempre te encuentre así después de los fines de semana —replicó él, sus ojos rasgados entre el fastidio y la preocupación—. ¿Dónde está tu instinto de supervivencia? Esto es un desastre, y tú… tú pareces un zombi.


Mientras se masajeaba el puente de la nariz, suspiró sin pedir permiso y, como si fuera lo más natural del mundo, comenzó a ordenar la habitación. Recogió libros, sudaderas olvidadas y botellas de refresco vacías, cada movimiento preciso, casi ritualístico. Llevaba dos semanas con esta rutina: regañarme, limpiar el caos y luego arrastrarme a la facultad. Era como si supiera que siempre me encontraría así, como si hubiera calculado cada minuto para asegurarse de que llegaríamos a tiempo. Su dedicación meticulosa a estos planes casi me impresionaba. Casi.


— ¿Por qué te tomas la molestia? —Pregunté, la curiosidad teñiendo mi voz mientras observaba sus movimientos—. No soy nada tuyo.


La frase salió sin pensar, admito que me hallaba más interesada en su reacción que en mis propias palabras. Mirco se detuvo en seco. Sus ojos, delineados con maquillaje oscuro, me miraron fijamente, una mezcla de confusión y algo más que no logré descifrar. Vi cómo sus dedos se aferraban con fuerza a una botella que acababa de recoger del suelo.  Finalmente, con esa voz suave que contrastaba con su apariencia, respondió: 


— ¿Qué clase de pregunta es esa? Lo hago porque soy tu amigo, Dan. 


El silencio se extendió como una mancha de tinta entre nosotros. Amigo. La palabra resonó en mi cabeza con un eco extrañamente discordante. Observé cómo la botella crujía bajo su puño cerrado, las arrugas del plástico reflejando la tensión que ahora llenaba la habitación.


—"¿Amigo?" —Repetí, alzando una ceja mientras apartaba un mechón de pelo rebelde de mi frente—. "Qué concepto tan curioso viniendo de alguien que hace tres meses ni sabía mi nombre."


Mirco dejó la botella aplastada sobre el escritorio con un golpe seco. Su perfil afilado se recortaba contra la luz del pasillo, acentuando el contorno de sus pómulos maquillados. Por un instante, pareció considerar seriamente arrojarme el libro de filosofía que sostenía.


—"Precisamente por eso" —respondió al fin, pasando un dedo por el lomo del libro para quitarle polvo imaginario—. Descubrí que eres la única persona interesante en este asilo de mediocridad académica. Su sonrisa gótica reapareció, mostrando aquel colmillo ligeramente más afilado que los demás. —Además, alguien tiene que asegurarse de que no te desangres sobre tus propios apuntes, pues yo te creo capaz de llegar a ese extremo.


Al escuchar aquella afirmación Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. El olor a café dulce de mi taza se mezclaba con el de su imperturbable presencia.


—"Qué conmovedor" —murmuré, dejando caer las palabras como gotas de veneno—. "Pero no necesito un guardián, y mucho menos uno que se viste como un vampiro de segunda categoría."


La carcajada de Mirco cortó el aire como un cuchillo.


—Eso dice la chica que lleva puesta la misma sudadera desde el viernes—contraatacó, señalando mi atuendo con un gesto teatral—. Vamos, Dan. Termina ese trabajo. Te doy una hora antes de que te arrastre a la ducha. — Hizo una pausa dramática mientras abría la cortina, dejando que la primera luz del amanecer bañara el caos de mi habitación—. Y sí, el agua estará fría. Como castigo por tu actitud.


Alcé las manos en señal de rendición, pero no pude evitar esbozar una sonrisa. Maldita sea. Había vuelto a ganar.


Una carcajada ronca se me escapó mientras visualizaba en mi mente el chorro helado que ya anticipaba. 


— ¿Agua fría? Qué original. Casi tan creativo como tu paleta de colores


—espeté, señalando su chaqueta negra sobre camisa de encaje fucsia. 


Pero mis manos, traicioneras, ya tecleaban con furia renovada en el informe. Tres horas. Podría lograrlo si el vampiro decorativo me dejara concentrar. Mirco no se inmutó. Con precisión de relojero, recogió mi taza de café frío y la sostuvo como prueba del crimen: 


—Neurotransmisores en coma, vasos sanguíneos convertidos en tuberías de expresso... ¿Sabías que tu pulso parece el tamborileo de una ardilla en pánico?


Sus dedos, adornados con anillos de plata, alzaron la cortina completamente. La luz del amanecer se coló como un intruso, iluminando el polvo danzante y mis apuntes garabateados con ideas sueltas al margen. 


—Cinco minutos por página —declaró, ajustando su pulsera de cuero con detalles plateados—. O te arranco el enchufe.


El monitor parpadeó. 04:47 a. m. Tragué saliva, seca y áspera. Cada palabra que escribía resonaba en mis sienes. Perseguir unicornios tiene precio, pensé, mientras el cursor titilaba como una burla. Fuera, los pájaros empezaban su coro matutino. El mundo despierta... y yo llevo treinta horas despierta. De reojo, vi cómo Mirco doblaba mi sudadera manchada de café con inexplicable reverencia. Su perfil, serio contra la ventana, parecía esculpido en roca. ¿Por qué lo hace? ¿Aburrimiento? ¿Obsesión? ¿O acaso...?


— ¡No pienses, escribe! —Rugió sin volverse, como si hubiera leído mi mente—. O añado hielo extra a la ducha.


Una sonrisa involuntaria asomó en mis labios. Maldita salamandra gótica. 


El tictac del reloj de pared se volvió metralla en mis sienes. 04:57 a.m. Mis dedos tamborileaban sobre el teclado, transformando teorías y artículos científicos en párrafos aceptables. De reojo, vi la silueta de Mirco inclinándose sobre mi estantería caótica. Sus uñas negras rozaban los lomos como un arqueólogo tocando reliquias sagradas. 


—La epistemología de Moore—murmuró, sacando un volumen subrayado con furia—. ¿Usaste esto para explicar la escritura de novelas gráficas? ¿En serio crees que esto justifica no dormir tres días?


—Justifica mi derecho a colapsar como una supernova—gruñí, corrigiendo una frase por quinta vez. Las letras bailaban sobre la pantalla. 


Un golpe seco hizo temblar el escritorio. Una lata de bebida energética, condensación helada deslizándose por sus costados, apareció junto a mi mano derecha. 


—Bebe. Antes de que tus neuronas declaren independencia. Y tu mente genere un golpe de estado.


El gesto me sorprendió más que la orden. Abrí la lata. El líquido burbujeante me quemó la garganta, dulce y químico, como un incendio controlado. 


—Sigue mirándome así y pensaré que te importo—solté entre tos. 


Él no respondió. En cambio, alzó mi sudadera abandonada. Por un instante, su expresión se suavizó al palpar el desgaste en la rústica tela, las manchas de café en las mangas... Luego, con un movimiento brusco, la arrojó al cesto de ropa sucia. 


—Cuarenta minutos, Danny. — Su voz sonó extrañamente ronca—. Y no sonrías. Se te nota el canibalismo intelectual.


El cursor parpadeó sobre la última página. Fuera, el cielo empezaba a teñirse de azul cobalto. Los pájaros callaron de repente, como si el mundo contuviera el aliento. 


—Terminado—susurré, dejando caer la frente sobre el teclado. Las teclas marcaron mi piel con signos de interrogación. 


Sentí sus pasos acercarse. Algo frío y rectangular rozó mi brazo: mi teléfono, con la alarma ya programada para dentro de dos horas. 


—Ducha. Ahora —ordenó, pero sus dedos se demoraron al retirar una hebra de cabello pegado a mi mejilla—. Y esta vez no negociaré la temperatura.


Al levantarme, el mundo osciló. Sus manos me sostuvieron por los codos, rápido, impersonal. Como agarrando un artefacto explosivo. 


— ¿Crees que aguantaría tu caos si no me importarás? —pregunto él mientras me sentía ligera ante su presencia 


Sus ojos oscuros, libres por fin de la ironía, se clavaron en los míos. 


—Aunque espero que no salga esta declaración de la habitación—susurró, empujándome hacia el pasillo iluminado—. Ahora ve y prepárate antes de que digas algo que arruine mi reputación de vampiro insensible. 


La puerta del baño se cerró tras de mí. Al otro lado, escuché el sonido familiar de los libros siendo ordenados por altura y color. Exacto. Metódico. Implacable. 


Maldito relojero de almas rotas.


Al salir, envuelta en la toalla que olía a lavanda ajena, encontré el caos domesticado. Los libros erguidos como soldados. Las botellas desaparecidas. Hasta mi sudadera mugrienta colgaba, limpia y doblada con esquinas perfectas, sobre la silla. Y en el centro del orden impuesto, un plato humeante: tortilla perfecta, espinacas y dos cerezas ácidas como guiño. 


—Comida real—aclaró desde la puerta, ajustándose un anillo de plata—. No negociable.


Me senté. El tenedor tembló en mi mano. La primera bocanada de huevo caliente me trajo una punzada de nostalgia absurda. Nadie cocinaba para mí desde...


—Sabes—murmuré, clavando el tenedor en una cereza—, si esto es amistad, apesta a sacrificio.


Él se apoyó en el marco, cruzando los brazos. La luz del amanecer teñía de violeta el lápiz labial negro que siempre llevaba. 


—Todo lo valioso apesta a sacrificio, Danny—respondió, su voz más suave que la seda— Ahora come. El vampiro tiene horario que cumplir.


Mientras masticaba, observé sus manos. Esas manos de uñas pintadas de negro que habían restaurado el caos, cocinado, incluso apartado mi cabello de la cara. Manos que no tocaban sin propósito. El teléfono vibró. Su mirada bajó al mensaje, y por un segundo, solo un segundo, vi cómo su máscara de frialdad se resquebrajaba. Algo oscuro, urgente, pasó por sus ojos antes de apagar la pantalla con un chasquido seco. 


— ¿Problemas en la corte de los vampiros? —pregunté, mitad broma mitad alerta. 


Él esbozó una sonrisa que no llegó a los ojos. 


—Solo recordatorios de que hasta los guardianes tienen cadenas—dijo, alisándose inexistentes arrugas de la chaqueta—. Acaba. El auto espera.


En el plato, las cerezas brillaban como gotas de sangre. Y yo, por primera vez, me pregunté qué cadenas llevaba él... y por qué las ocultaba bajo capas de cuero y sarcasmo. 


Al terminar, agarre lo más esencial (mis audífonos, llaves y teléfono) y salí de volada hacia la puerta del dormitorio, para iniciar un nuevo día.


El auto encendido era un símbolo de la realidad fuera de mi habitación. Me deslicé en el asiento del pasajero mientras Mirco ajustaba el retrovisor con precisión milimétrica. El motor rugió, ahogando el crujir de mis huesos exhaustos. 


— ¿Sobrevivirás al examen? —preguntó sin mirarme, los dedos aferrados al volante como si fuera un timón en alta mar. 


—Sobreviví a tu ducha ártica, Señor frío—murmuré, reclinando la cabeza contra el vidrio frío. Las calles desiertas se desdibujaban en neblina grisácea— Ontología es pan comido comparado con eso. 


Un resoplido. Casi una risa. 


—Bueno, Dan. Aprovecha tu energía mística.


Cerrando los ojos, el mundo se redujo a vibraciones: el motor, la lluvia que empezaba a golpear el techo, el leve crujir de cuero cuando Mirco cambiaba de marcha. ¿Por qué? La pregunta flotaba entre nosotros, tan perceptible como el olor a tierra mojada. ¿Por qué él cruzaba la noche para ordenar mi caos? ¿Por qué yo lo permitía? 


En la penumbra del auto, atisbé su perfil. La máscara gótica se desvanecía en mi mente imaginándomelo; sin lápiz labial negro, sin anillos de plata. Solo un joven con ojos afilados aunque tranquilos y una cicatriz tenue junto a la ceja izquierda que nunca había notado. Guardianes con cadenas, había dicho. En mi cabeza simplemente se desvaneció aquella imagen… Mirco sin esos detalles simplemente ya no era Mirco.


— ¿Duele? —la pregunta escapó antes de pensarla. Mis dedos señalaron débilmente su cicatriz. 


Él se tensó. Por un segundo, creí que frenaría en seco. 


—Menos que tu existencia autodestructiva —Su voz ronca rompo la tensión. Pero su mano derecha abandonó el volante, rozando la cicatriz con un gesto que hablaba de viejas batallas—. Duerme. Falta media hora.


No lo discutí. El sueño me arrastró como un remolino, pero antes de hundirme, lo vi: en el tablero, medio oculta bajo un paño negro, una foto ajada. Dos niños sonrientes bajo un árbol de flores doradas. Uno era muy parecido a él, sin tinte fucsia en el pelo, sin sombra en los ojos, sin adornos. La otra niña... tenía mis mismos ojos verdes, desafiantes. 


El auto viró bruscamente. La foto desapareció bajo el paño. Y yo atribuí aquella extraña visión como paranoia... ¿Cuándo Mirco dejaría de adelantarse a los hechos con precisión matemática? Aunque el cansancio no me dejo seguirle dando vueltas al asunto y mis ojos se cerraron.


Cuando desperté, la lluvia había cesado. Estacionaba frente a la facultad, los ojos silenciosos pero juzgadores de los compañeros fijos en nuestra entrada, sin embargo a mi compañero no parecía molestarle. Mientras Mirco sacaba un pequeño ponquesito de uno de sus bolsillos, me miro en silencio.


— ¿Lista para enfrentar la realidad?—preguntó, devorando su ironía junto al diminuto postre


Bajé del auto, las piernas temblorosas. Su chaqueta negra, ahora abotonada hasta el cuello, ocultaba toda marca, toda historia. 


— ¡Ja! Yo siempre estoy lista—mentí, ajustándome los lentes doblados. 


Al caminar hacia el edificio, sentí su mirada en mi nuca. Pesada. Vigilante. Un caballero sopesando su siguiente cruzada.


“El sol ascendía, derritiendo las sombras de la noche. Pero algunas sombras, sabíamos, nunca se van.”