ONE SHOT
El aire cálido de Bangkok envolvía la bulliciosa tarde. Charlie caminaba con las manos en los bolsillos, observando el caos ordenado de la ciudad. No esperaba que un giro distraído en una esquina lo llevará directamente a chocar con alguien.
—Lo siento.— dijeron ambos al unísono.
Charlie levantó la vista y se quedó paralizado.
El hombre frente a él era más bajo, pero su presencia era imponente. Cabello oscuro, ojos que en ese momento eran de un marrón profundo, y una mandíbula definida que parecía esculpida. Pero no era su apariencia lo que hizo que el lobo interior de Charlie se agitara inquieto. Era algo más. Algo instintivo.
—¿Estás bien?— preguntó el desconocido, con una voz que tenía un tono ronco y cautivador.
Charlie asintió, recuperando la compostura.
—Sí, perdón, estaba distraído.
—No te preocupes.— el otro sonrió levemente, pero su mirada se detuvo en Charlie con una intensidad inusual.
Hubo un momento de silencio incómodo, pero ninguno de los dos hizo ademán de seguir su camino. Finalmente, Charlie decidió romper el hielo. Extendió su mano.
—Me llamo Charlie.
El otro lo miró, y por un instante, sus ojos parecieron brillar con algo parecido al reconocimiento. Tomó su mano con firmeza.
—Babe.
El contacto fue como un electroshock. Una corriente cálida recorrió el brazo de Charlie, extendiéndose por todo su cuerpo. Sintió a su lobo interior erguirse, gruñendo bajamente en su conciencia, reaccionando de una manera que nunca antes había experimentado. Vio cómo los ojos marrones de Babe comenzaron a cambiar, tornándose en un azul grisáceo hipnótico, casi plateado.
Babe, por su parte, sintió algo similar. La mano de Charlie era cálida, y su lobo interior, ese Alfa especial que lo diferenciaba de los demás, se revolvió con una fuerza que lo dejó sin aliento. Miró los ojos de Charlie y los vio transformarse en un rojo carmesí profundo, como llamas en la oscuridad.
Ambos sabían lo que significaba. Ambos conocían la leyenda. Sus lobos habían reconocido algo en el otro. Algo que iba más allá de la lógica.
Pero ninguno dijo nada. Solo se miraron, con las manos aún unidas, perdidos en los colores que habían aparecido en sus ojos.
Babe fue el primero en sonreír. Una sonrisa lenta, confiada, que curvó sus labios de manera atractiva. Charlie respondió con otra sonrisa, más reservada, pero igual de genuina.
Finalmente, Babe soltó su mano, y Charlie sintió la pérdida de contacto como un pequeño vacío. Pero entonces, Babe habló:
—Hace un calor terrible, ¿no?— dijo, como si nada hubiera pasado, como si sus ojos no hubieran cambiado de color hace apenas segundos.
Charlie asintió, entendiendo el juego. Ambos decidieron, por ahora, ignorar lo evidente.
—Sí, Bangkok en su máximo esplendor.
Babe rió suavemente. Luego, con una naturalidad que sorprendió a Charlie, preguntó:
—¿Quieres dar un paseo conmigo?
Charlie lo miró. Sabía quién era Babe.
Cualquiera en Tailandia conocía a la familia Supan. Y Babe debía saber quién era él, un Annuntak. Familias enemigas. Las más poderosas. Pero en ese momento, bajo el sol de Bangkok, con la memoria del tacto de su mano aún fresca en su piel, nada de eso parecía importar.
—Claro.— respondió Charlie.— Es tranquilo caminar.
Caminaron sin un destino fijo, alejándose de las calles principales hacia zonas más tranquilas. El ruido de la ciudad se fue amortiguando mientras se adentraban en un pequeño parque.
—Nunca imaginé que te conocería así.— dijo Babe, rompiendo el silencio.— Quiero decir, en persona.
—Yo tampoco.— admitió Charlie.— Siempre pensé que sería en algún evento aburrido, con traje y corbata, y nuestros padres vigilándonos.
Babe rió, un sonido sincero que a Charlie le pareció agradable.
—Qué descripción tan acertada. Sí, definitivamente eso hubiera sido un fastidio.
—¿Un fastidio?— Charlie levantó una ceja, divertido.— ¿Eso es todo? Yo hubiera dicho una catástrofe anunciada.
—Tienes razón, catástrofe es más exacto.— Babe sonrió, mirándolo de reojo.— Pero esto...esto es diferente.
Charlie asintió lentamente.
—Sí, lo es.
Pasaron junto a un vendedor ambulante y Babe se detuvo.
—¿Te gusta el té tailandés?
—Nunca lo he probado.
Babe lo miró con incredulidad genuina.
—¿Nunca? ¿Cómo es posible?
—Mi familia...— Charlie hizo un gesto vago.— Siempre todo muy formal. Bebidas en vasos de cristal, nunca en bolsas de plástico en la calle.
Babe negó con la cabeza, como si eso fuera un pecado capital. Se acercó al vendedor y compró dos vasos. Le tendió uno a Charlie.
—Bienvenido al mundo real, Annuntak.
Charlie tomó el vaso, sintiendo el plástico frío y sudoroso contra sus dedos. Bebió un sorbo.
El sabor dulce y cremoso del té con leche condensada inundó su boca. Era extrañamente delicioso.
—¿Qué opinas?— preguntó Babe, observándolo con atención.
—Creo que he estado viviendo en una burbuja.
Babe sonrió ampliamente, y Charlie notó que cuando sonreía de verdad, sus ojos se arrugaban ligeramente en las comisuras. Era un gesto que lo hacía ver más joven, menos intimidante.
Siguieron caminando, sorbiendo sus tés.
—Entonces.— dijo Charlie después de un rato.— ¿qué hace el hijo menor de los Supan paseando solo por Bangkok?
—¿No puedo disfrutar de mi ciudad?—.Babe fingió estar ofendido.— Además, hoy logré escaparme de mis guardaespaldas. Necesitaba un respiro.
—¿Tus padres te siguen vigilando?
—Siempre. Dicen que es por seguridad. Pero a veces solo quiero ser una persona normal, ¿sabes? Caminar sin que nadie me observe, comprar mi propia comida, chocar con desconocidos guapos en la calle.
Charlie sintió un leve calor en sus mejillas ante el comentario.
—No sé si "guapo" sea la palabra adecuada.
—¿Ah, no?— Babe se detuvo y lo miró directamente.— Entonces dime, ¿qué palabra usarías?
Charlie sostuvo su mirada. El azul grisáceo había desaparecido de sus ojos, ahora eran de un marrón cálido, pero su intensidad seguía siendo la misma.
—No lo sé.— respondió Charlie con honestidad.— Tal vez...interesante.
—¿Interesante?— Babe pareció considerar la palabra.— Me gusta. Es mejor que guapo. Guapo es aburrido. Interesante tiene capas.
—Como una cebolla.— bromeó Charlie.
Babe soltó una carcajada, una carcajada genuina y sonora que hizo que algunas personas cerca los miraran.
—¿Me estás comparando con una cebolla? Eso es nuevo.
—Las cebollas tienen muchas capas.— defendió Charlie, sonriendo.— Y algunas son dulces.
—Algunas te hacen llorar.— añadió Babe, con un brillo juguetón en los ojos.
—Eso también.
Continuaron caminando, dejando atrás el parque y adentrándose en un mercado local.
Babe señalaba cosas aquí y allá, contando anécdotas de cuando era niño y lograba escapar de sus niñeras para venir a comprar dulces. Charlie escuchaba fascinado, viendo una faceta de Babe que nadie más conocía.
No era el heredero poderoso de los Supan.
Era solo un chico de 22 años con recuerdos de infancia.
—¿Y tú?— preguntó Babe mientras observaban a un artesano tallando madera.— ¿Cómo era tu infancia?
Charlie se encogió de hombros.
—Más solitaria, supongo. Mi familia es...estricta. Siempre había expectativas. Nunca hubo tiempo para escapadas al mercado.
—Eso suena triste.
—Era lo que conocía. No lo sabía triste hasta ahora.
Babe lo miró con algo parecido a la compasión, pero no dijo nada. En cambio, se acercó al artesano y compró una pequeña figura de un elefante tallado. Se la tendió a Charlie.
—Para que recuerdes que hoy te escapaste conmigo.
Charlie tomó la figura, girándola entre sus dedos. El elefante era pequeño, cabía en la palma de su mano, pero los detalles eran precisos. Se lo guardó en el bolsillo.
—Gracias.
—No hay de qué.— Babe sonrió.— Es un recuerdo de tu primer té tailandés y tu primer paseo con un enemigo.
—¿Eso somos?— preguntó Charlie.— ¿Enemigos?
Babe se tomó un momento para responder. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados.
—Hoy no.— dijo finalmente.— Hoy solo somos Babe y Charlie. Dos personas que chocaron en una calle.
Charlie asintió, sintiendo que esas palabras tenían más peso de lo que aparentaban.
El mercado comenzaba a cerrar, los vendedores guardaban sus mercancías. Se dieron cuenta de que habían pasado horas caminando, hablando de todo y de nada.
—Debería regresar.— dijo Babe, con cierto pesar en la voz.— Mis guardaespaldas deben estar histéricos.
—Y yo tengo una cena familiar.— suspiró Charlie.
Ambos se miraron, conscientes de que al regresar a sus vidas, volverían a ser los hijos de familias enemigas. Pero por un momento, aquí, en el crepúsculo de Bangkok, eran solo ellos.
—¿Podremos volver a hacer esto?— preguntó Charlie, sorprendiéndose a sí mismo con la pregunta.
Babe sonrió, esa sonrisa que arrugaba sus ojos.
—¿Quieres?
Charlie asintió.
—Entonces sí.— Babe dio un paso atrás, alejándose.— Nos encontraremos de nuevo, Charlie. Tal vez no mañana, ni pasado. Pero nos encontraremos.
—¿Cómo lo sabes?
Babe se llevó una mano al pecho, justo donde estaba su corazón.
—Porque mi lobo no me dejará olvidarte.
Charlie sintió un nudo en la garganta. Asintió, sin palabras.
Babe le dedicó una última sonrisa y se dio la vuelta, perdiéndose entre las sombras del atardecer. Charlie se quedó quieto un momento, sintiendo el peso del pequeño elefante en su bolsillo y el eco del tacto de su mano en la suya.
Luego, con un suspiro, también se giró y comenzó el camino de regreso a su vida, llevándose consigo el secreto de esa tarde, la memoria de unos ojos que cambiaron de color y la promesa tácita de un reencuentro.
El aire de Bangkok seguía cálido, pero algo en él había cambiado. O quizás, lo que había cambiado era él.
Día 4
El café era pequeño, escondido en una callejuela que solo los locales conocían.
Charlie llegó primero, pidiendo dos tés y sentándose en la mesa del fondo, la que tenía una vista parcial de la entrada pero quedaba oculta desde la calle.
Babe apareció diez minutos después, con una gorra calada hasta los ojos y una mochila que no combinaba con su ropa de marca. Se deslizó en la silla frente a Charlie con una sonrisa de complicidad.
—¿Crees qué alguien nos vio?— preguntó en voz baja, quitándose la gorra.
—Si te soy honesto, no creo que a nadie le importe lo suficiente como para seguirte.— respondió Charlie, deslizando uno de los vasos hacia él.— Té tailandés, como te gusta.
Babe tomó el vaso, agradecido.
—Huele igual que el del otro día.
—Es del mismo puesto. El señor ya me conoce.
Babe arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Has vuelto? ¿Solo?
Charlie asintió, jugando con la pajita de su bebida.
—Quería ver si sabía igual cuando no estaba contigo.
—¿Y sabía?
—No.— Charlie levantó la vista, encontrando sus ojos.— Faltaba algo.
El silencio se instaló entre ellos, cargado de significado. Babe desvió la mirada, concentrándose en su té.
—Mi hermano mayor preguntó por qué llegué tan tarde el otro día.— dijo Babe, cambiando de tema.— Le dije que había conocido a alguien.
Charlie casi se atraganta.
—¿Qué? ¿Le dijiste eso?
—Tranquilo.— Babe sonrió.— Dije que conocí a un posible contacto de negocios. No mencioné nombres.
—Ah.— Charlie exhaló.— Bien. Por un momento pensé...
—¿Qué pensaste?
—Nada.
Babe lo observó por encima del vaso, con una expresión que Charlie no supo interpretar. Pero no presionó.
Pasaron la tarde hablando de todo y de nada.
De las películas que veían de niños, de los profesores particulares que les enseñaban idiomas, de las primeras veces que sintieron a sus lobos interiores despertar. Babe contó que el suyo se manifestó a los 16, durante una pelea en el colegio.
—El otro chico terminó con un brazo roto.— dijo, con cierto pesar.— No fue mi intención. Perdí el control.
Charlie asintió, comprendiendo.
—El mío llegó a los 17. Estaba solo en mi habitación, leyendo. De repente sentí como si algo se encendiera dentro de mí. Mis ojos se pusieron rojos y asusté a mi madre cuando entró a verme.
—¿No sabías qué eras Enigma?
—Lo sospechaba. En mi familia, los Enigmas son raros. El último fue mi bisabuelo.— Charlie hizo una pausa.— Mis padres no saben muy bien cómo tratarme. No hay manual para criar a un Enigma.
Babe sonrió con suavidad.
—Y mis padres no saben cómo tratar con un Alfa especial. Parece que tenemos eso en común.
—¿El ser rarezas?
—Ser diferentes.
Se miraron, y por un momento, Charlie sintió que alguien lo entendía de verdad. No como miembro de una familia poderosa, no como un Enigma, sino como Charlie, simplemente Charlie.
Cuando salieron del café, el sol ya se estaba poniendo. Caminaron sin rumbo, dejando que sus hombros se rozaran de vez en cuando, sintiendo ese cosquilleo que ambos conocían pero no mencionaban.
—¿Mañana?— preguntó Babe, deteniéndose en una esquina.
—¿Dónde?
—¿Conoces la librería en Charoen Krung? La vieja, con los estantes de madera.
Charlie asintió. Había pasado frente a ella muchas veces, pero nunca había entrado.
—A las tres.— dijo Babe.— Lleva algo de dinero. Quiero comprarte un libro.
—¿Un libro?
—Sí. El otro día mencionaste que te gusta leer. Quiero saber qué tipo de libros te gustan.
Charlie sintió un calor extraño en el pecho.
—Está bien. A las tres.
Babe sonrió, se puso la gorra y se alejó calle abajo, perdiéndose entre la gente. Charlie se quedó un momento, viéndolo irse, con el sabor del té aún en los labios y una sonrisa tonta que no podía controlar.
Día 7
La librería era un laberinto de pasillos estrechos y estantes que llegaban hasta el techo. Olía a papel viejo y madera, y el único sonido era el crujido de las tablas del suelo bajo sus pies.
Babe y Charlie estaban en la sección de literatura tailandesa, hojeando libros al azar.
—¿Este?— Babe sostenía un volumen de poesía.— ¿O prefieres algo más...no sé, más moderno?
Charlie tomó el libro, leyendo la contraportada.
—La poesía está bien. Pero honestamente, leo de todo. Novelas, ensayos, incluso manuales de jardinería.
—¿Jardinería?— Babe rió bajo.— ¿Tú, jardinería? No puedo imaginarte con las manos en la tierra.
—Es relajante. Mi abuela tenía un jardín en la casa de Chiang Mai. Cuando era niño, pasaba horas con ella, plantando flores.— Charlie guardó silencio un momento.— Era el único lugar donde no tenía que ser perfecto.
Babe lo miró, y algo en su expresión se suavizó. Extendió la mano y, casi sin pensar, rozó los nudillos de Charlie con los suyos.
—¿Puedo decirte algo?— preguntó en voz baja.
Charlie asintió, sintiendo el pulso acelerarse.
—Desde que te conocí, no he podido dejar de pensar en ti.— Babe mantuvo la mirada fija en sus manos, aún rozándose.— Y no sé qué significa. No sé si es mi lobo, o si es otra cosa. Pero estás en mi cabeza todo el tiempo.
Charlie tragó saliva.
—A mí me pasa lo mismo.
Ambos se quedaron en silencio, procesando la confesión. El roce de sus manos era eléctrico, pero ninguno se atrevía a dar el siguiente paso.
Finalmente, Charlie retiró la mano, con cuidado, y fingió interesarse en un libro cercano.
—Deberíamos... deberíamos seguir buscando.
Babe asintió, aunque su expresión mostraba una pizca de decepción. Pero no dijo nada.
Solo siguió a Charlie entre los estantes, manteniendo una distancia prudente.
Salieron de la librería con dos libros cada uno. Se sentaron en un banco cercano, viendo pasar los barcos por el río.
—¿Crees qué esto está mal?— preguntó Charlie de repente.
—¿El qué?
—Esto. Nosotros. Encontrarnos a escondidas, como si hiciéramos algo prohibido.
Babe consideró la pregunta.
—Nuestras familias pensarían que está mal. Pero ellas no deciden por nosotros.
—¿No?
—No.— Babe lo miró con determinación.— Mis padres eligieron odiar a los Annuntak hace décadas, por razones que ni siquiera recuerdo bien. ¿Por qué debería yo heredar ese odio?
Charlie sonrió débilmente.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
—Lo sé. Pero por ahora, aquí estamos. Y aquí quiero estar.
Charlie sintió que las palabras de Babe deshacían algo dentro de él, algo que había estado tenso y alerta desde que nació. Por un momento, solo por un momento, se permitió creer que podía ser feliz.
Día 18
El cine era pequeño, de esos que proyectan películas antiguas. Babe había elegido una comedia romántica tailandesa de los 90, y Charlie había aceptado sin protestar.
La sala estaba casi vacía. Solo dos o tres personas más, sentadas lejos. Ellos ocuparon las butacas del centro, con las palomitas entre ambos.
La película era tonta, predecible, pero Charlie no podía concentrarse. Estaba demasiado consciente de la presencia de Babe a su lado, de su hombro rozando el suyo, de su respiración calmada.
En una escena particularmente absurda, Babe rió, y el sonido resonó en Charlie como una caricia. Giró la cabeza para mirarlo, y descubrió que Babe ya lo estaba mirando.
La luz de la pantalla iluminaba sus rostros, creando sombras que bailaban en sus pieles. Charlie vio cómo la mirada de Babe bajaba a sus labios, solo por un segundo, y luego volvía a sus ojos.
El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que Babe podía oírlo.
—Charlie...— susurró Babe.
—Dime.
—¿Puedo...?— No terminó la frase. No hizo falta.
Charlie asintió, casi imperceptiblemente.
Babe inclinó la cabeza, acercándose lentamente, dándole tiempo a Charlie para apartarse si quería. Pero Charlie no quería. Al contrario, se inclinó también, cerrando la distancia.
Sus labios se encontraron en un beso suave, apenas un roce. Fue breve, casto, pero la electricidad que recorrió sus cuerpos fue innegable. Sus lobos interiores rugieron en sus mentes, celebrando el contacto.
Cuando se separaron, ambos estaban sonrojados y sin aliento.
—Vaya.— murmuró Charlie.
—Sí.— susurró Babe, con una sonrisa tonta.— Vaya.
Se miraron, y por primera vez, no sintieron la necesidad de esconderse o ignorar lo que pasaba. Sonrieron, y luego, sin decir nada más, volvieron a mirar la pantalla, pero sus manos se buscaron en la oscuridad y entrelazaron los dedos.
El resto de la película pasó sin que ninguno de los dos recordará una sola escena.
La confesión
La música resonaba en cada rincón del antro, ritmos latinos que invitaban al movimiento y al desenfreno. Luces de colores cruzaban la pista de baile como relámpagos, iluminando cuerpos sudorosos que se movían al compás de la bachata. El olor a alcohol, perfume y deseo flotaba en el aire denso del local.
Babe y Charlie estaban en una esquina, en una mesa pequeña y pegajosa por las bebidas derramadas. Frente a ellos, una botella de ron y dos vasos con hielo que ya comenzaban a diluirse.
—¡No puedo creer que nunca hayas venido a un lugar así!— gritó Babe, acercándose al oído de Charlie para que pudiera escucharlo por encima de la música.
Charlie rió, el alcohol ya haciendo efecto en su sistema.
—En mi mundo, estos lugares no existen. Solo fiestas de alta sociedad con champán y conversaciones vacías.
—Pues bienvenido al mundo real, Annuntak.— Babe levantó su vaso.— Aquí la gente baila, bebe y se olvida de quién es por unas horas.
—¿Y tú?— preguntó Charlie, inclinándose también.— ¿Quién eres tú cuando bailas?
Babe sostuvo su mirada, y por un instante, el bullicio del local pareció desvanecerse.
—Soy solo Babe. El que puede ser él mismo.
Brindaron, bebiendo el ron que quemaba la garganta pero calentaba el pecho. Pasaron la hora siguiente así, bebiendo, hablando de tonterías, riendo por cualquier cosa. Babe contó anécdotas de sus escapadas adolescentes, Charlie reveló secretos de su infancia solitaria. La complicidad entre ellos era tangible, un hilo invisible que los unía más allá de las palabras.
En un momento, Babe se levantó, tambaleándose ligeramente.
—Voy al baño.— dijo, señalando con el pulgar.— Me enjuago la cara. Vuelvo.
Charlie asintió, viéndolo alejarse entre la multitud. Apoyó la cabeza en la pared, dejando que la música lo envolviera, sintiendo el ritmo en su pecho.
No supo cuánto tiempo pasó. Quizás cinco minutos, quizás diez. Pero cuando abrió los ojos, alguien estaba frente a su mesa.
Una mujer. Omega. Hermosa, con una blusa ajustada y una falda corta que dejaba ver sus piernas tonificadas. Su perfume era dulce, empalagoso, y sus ojos estaban fijos en Charlie.
—¿Bailas conmigo?— preguntó, con una sonrisa coqueta.— Estás solo y la noche es joven.
Charlie se enderezó, incómodo.
—Espero a alguien.
—¿Tu novia?— la Omega se inclinó, mostrando más escote.— No veo a ninguna mujer cerca.
—No es una mujer. Es un hombre.
La Omega rió, como si eso no importara.
—Mejor. Así no hay competencia. Un baile, solo un baile. ¿Qué tanto?
Charlie negó con la cabeza, pero la Omega era persistente. Se sentó en el borde de la mesa, acercándose más, hablando de cosas que Charlie ni siquiera escuchaba. Su mano rozó su brazo, y él se apartó instintivamente.
Pero en ese momento, Babe regresaba del baño.
Había logrado despejarse un poco con el agua fría, pero cuando sus ojos encontraron la escena, todo el alcohol en su sistema se transformó en algo más oscuro. Vio a la Omega inclinada hacia Charlie, vio su mano en su brazo, vio la sonrisa de ella, y algo dentro de él...rugió.
Su lobo interior se erizó, gruñendo en su conciencia con una furia que no había experimentado antes. El olor agrio de los celos inundó sus propias fosas nasales, una feromona amarga que ni siquiera podía controlar. Sus puños se cerraron a los costados, y sintió cómo sus ojos comenzaban a cambiar, el azul grisáceo tiñendo su visión.
¿Celos? pensó, casi sorprendido de sí mismo. ¿Estoy sintiendo celos?
Pero no había duda. Ver a alguien más acercarse a Charlie, verlo sonreírle a otra persona, ver su espacio invadido por una desconocida...era como un puñal en el pecho.
Quería arrancarla de ahí, quería marcar territorio, quería que todos supieran que Charlie era...
¿Qué era Charlie para él?
No esperó a responder. Dio media vuelta, decidido a irse. A alejarse antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse. La multitud se abría a su paso, quizás intuyendo la furia que emanaba de su cuerpo.
Charlie sintió las feromonas antes de verlo.
Ese olor agrio, amargo, que cortó a través del perfume barato de la Omega como un cuchillo. Conocía ese olor. Lo había olido en otros Alfa, en situaciones de tensión. Pero nunca en Babe.
Levantó la vista y lo vio. Babe, dándose la vuelta, alejándose entre la gente. Sus ojos, incluso a la distancia, brillaban con ese azul grisáceo que Charlie había aprendido a reconocer.
—Disculpa.— dijo Charlie, apartando a la Omega sin miramientos.— Tengo que irme.
La mujer protestó, pero él ya no la escuchaba. Sus piernas se movieron solas, abriéndose paso entre la multitud, siguiendo la estela de Babe.
Lo alcanzó cerca de la salida. Su mano se cerró alrededor de su muñeca, deteniéndolo.
—Babe, espera.
Babe se giró, y Charlie sintió el impacto de su mirada. Sus ojos azul grisáceo brillaban con una luz peligrosa, y su mandíbula estaba tensa, los músculos de su cuello marcados por la furia contenida.
—Suéltame.— dijo, con voz baja y cortante.
—¿Qué te pasa?— preguntó Charlie, confundido.— ¿Por qué te vas?
—¿En serio te preguntas eso?—.Babe rió sin humor, intentando liberar su muñeca.— Se te notaba muy a gusto con esa Omega. No quería interrumpir.
Charlie frunció el ceño.
—¿Estás celoso?
—¡No me toques!— Babe tiró con más fuerza, pero Charlie no soltaba.— Se te notaba muy a gusto, dije. No me interrumpas.
—Babe, no seas así...Ella no me interesa.
—Sí, claro.— Babe volvió a reír, amargamente.— Se nota tu falta de interés. Con lo cerca que estaba, con lo mucho que sonreías. Seguro que no te interesaba nada.
Charlie sintió la frustración crecer en su pecho. Babe seguía forcejeando, intentando liberarse, pero Charlie era un Enigma. Su fuerza superaba con creces la de un Alfa normal, incluso la de un Alfa especial como Babe.
Sin pensar, sin medir las consecuencias,
Charlie gruñó. Un sonido profundo, animal, que surgió de lo más hondo de su ser. Con un movimiento rápido, giró a Babe y lo llevó contra la pared más cercana.
La multitud seguía en lo suyo, bailando, bebiendo, besándose. Nadie les prestaba atención. Eran solo dos cuerpos más en la penumbra del antro.
—Basta.—.dijo Charlie, con voz ronca, su rostro a centímetros del de Babe.— Joder, basta.
Babe lo miró, desafiante, pero Charlie pudo ver el brillo de algo más en sus ojos. Algo frágil, algo herido.
—Me encantas tú.— las palabras salieron de Charlie sin filtro, directas desde el alma.— Me vuelves loco solo tú. ¿Me escuchas? Solo tú.
Babe parpadeó, y Charlie vio cómo sus ojos se humedecían, cómo las lágrimas amenazaban con desbordarse.
—Mientes.— susurró Babe, con voz quebrada.— Eres un mentiroso. Déjame ir. Quiero irme de aquí.
Charlie negó con la cabeza, suavizando el agarre pero sin soltarlo. Con una mano, acarició su mejilla, atrapando una lágrima que comenzaba a deslizarse.
—Mi amor.— dijo, y la palabra salió con una ternura que contrastaba con la situación.— No vas a irte. Escúchame. Eres mío. ¿Entiendes? Me perteneces.
Babe intentó hablar, pero Charlie no lo permitió.
—Te amo.— continuó Charlie, con una intensidad que quemaba.— Joder, te amo tanto. ¿Me oyes? Tanto.
Y entonces, sin esperar respuesta, sin dar tiempo a réplicas, Charlie inclinó la cabeza y devoró su boca.
No fue un beso suave, ni tierno, ni casto. Fue un beso con hambre, con años de tensión acumulada, con deseo contenido y necesidad desesperada. Fue un beso que decía todo lo que las palabras no habían podido expresar en meses de encuentros secretos y miradas cómplices.
Babe gimió contra sus labios, un sonido que se perdió en la boca de Charlie. Sus manos, que antes intentaban liberarse, ahora se aferraban a su camisa, tirando de él, acercándolo más. Charlie respondió apretando el trasero de Babe con una mano, con posesividad, con la necesidad de marcar, de reclamar, de hacerle entender que era suyo y de nadie más.
El beso se alargó, se profundizó, se volvió más urgente. Cuando finalmente se separaron, ambos jadeaban, sus frentes apoyadas una contra la otra.
Pero Charlie no se detuvo. Inclinó la cabeza y comenzó a besar el cuello de Babe, recorriendo la piel con sus labios, mordiendo suavemente aquí y allá, dejando marcas que desaparecerían en horas pero que en ese momento eran una declaración de propiedad.
—¿Me crees ahora?— susurró Charlie contra su piel, entre beso y beso.— ¿Me crees ahora, mi amor?
Babe dejó caer la cabeza hacia atrás, ofreciendo más su cuello, entregándose a las caricias. Sus ojos estaban cerrados, las lágrimas secándose en sus mejillas.
—Sí.— susurró, con voz temblorosa.— Te creo.
Charlie levantó la vista, encontrando sus ojos.
El azul grisáceo se había suavizado, mezclados con el marrón original, creando un color nuevo, hermoso.
—Yo también te amo.— dijo Babe, con una sinceridad que desarmaba.— Te amo tanto, Cachorro.
Charlie sintió que el corazón le estallaba de felicidad. Una risa escapó de sus labios, una risa posesiva, feliz, casi incrédula. Apoyó su frente contra la de Babe, compartiendo el mismo aire.
—Cachorro.— repitió, saboreando la palabra.— ¿Así me llamas ahora?
—Te llamo como quiero.— respondió Babe, con una sonrisa temblorosa.— Eres mío también, ¿sabes? No solo tú me posees a mí. Yo también te poseo a ti.
Charlie sonrió, una sonrisa amplia, genuina, que iluminó su rostro.
—Me parece justo.
Volvió a besarlo, pero esta vez fue diferente.
Más lento, más profundo, más de descubrimiento que de reclamación. Sus manos recorrían la espalda de Babe, mientras las de Babe se enredaban en su cabello.
La música seguía sonando, la gente seguía bailando, el mundo seguía girando. Pero ellos estaban en su propia burbuja, en su propio universo de dos.
El penthouse de Charlie estaba en lo alto de uno de los edificios más exclusivos de Bangkok. Desde sus ventanales se veía la ciudad extendida como un manto de luces, pero ninguno de los dos tenía ojos para el paisaje.
La puerta del ascensor apenas se había cerrado cuando Charlie tomó a Babe de la cintura, girándolo y empujándolo suavemente contra la pared del recibidor. Babe rió entre dientes, pero la risa se transformó en un jadeo cuando Charlie mordió su labio inferior.
—Por fin solos.— murmuró Charlie contra su boca.— Por fin.
Babe enredó los dedos en su cabello, tirando con suavidad.
—Toda la noche pensando en esto. En ti.
—¿Y qué pensabas exactamente?— preguntó Charlie, con una sonrisa ladina.
—En tus manos. En tu boca. En todo lo que quiero que me hagas.
Charlie gruñó, un sonido profundo que vibraba en su pecho. Sin soltarlo, lo guió hacia la cocina abierta del penthouse. La encimera de mármol negro estaba fría, pero a Babe no le importó cuando Charlie lo alzó sin esfuerzo y lo sentó en ella.
Charlie se colocó entre sus piernas, sus cuerpos presionados, sus frentes juntas.
—Babe.— dijo, con una voz ronca que no parecía la suya.— Quiero follarte, mi amor. Quiero hacerte mío de una maldita vez.
Babe sintió que el calor le subía a las mejillas, pero no apartó la mirada. Al contrario, sostuvo los ojos de Charlie, esos ojos que ya comenzaban a teñirse de rojo carmesí.
—Hazme tuyo, Charlie.— susurró.— Hazme tuyo.
No hizo falta nada más.
Charlie lo besó con una urgencia que llevaba meses contenida. Sus manos recorrieron el cuerpo de Babe, desabrochando botones, bajando cremalleras, despojándolo de cada prenda con una impaciencia que hacía temblar sus dedos. Babe correspondía, arrancando la camisa de Charlie, dejando al descubierto su pecho, su piel morena y cálida.
Cuando estuvieron ambos desnudos, Charlie se separó solo lo necesario para mirarlo.
Babe estaba hermoso, recostado sobre el mármol, su piel contrastando con el negro de la encimera, su pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada.
—Eres perfecto.— dijo Charlie, casi sin aliento.— Joder, eres perfecto.
Babe extendió la mano, acariciando su mejilla.
—No me hagas esperar más, Cachorro.
Charlie sonrió, una sonrisa posesiva y hambrienta. Besó la palma de su mano, luego su muñeca, luego el antebrazo, subiendo lentamente hasta llegar a su cuello. Allí se detuvo, aspirando su aroma, el olor de Babe mezclado con el de su excitación.
—Hueles tan bien.— murmuró.— Siempre hueles tan bien.
—Charlie...
—Shh. Déjame disfrutarte.
Bajó por su pecho, lamiendo, besando, mordiendo suavemente. Sus labios encontraron un pezón y lo chuparon, saboreando la piel, sintiendo cómo Babe se arqueaba bajo él. El gemido que escapó de sus labios fue música para sus oídos.
—¿Te gusta?— preguntó Charlie, levantando la vista.
—Sí.— jadeó Babe.— No pares.
Charlie no paró. Alternó entre un pecho y el otro, dedicándoles la misma atención, hasta que Babe estaba retorciéndose bajo sus caricias. Luego siguió bajando, besando su estómago, sus caderas, deteniéndose justo donde Babe más lo necesitaba.
—Charlie, por favor...
—¿Por favor qué?— Charlie sonrió contra su piel.— Pídemelo.
Babe gimió frustrado.
—Te necesito dentro. Ya.
—Eso no es pedirlo.
—Por favor, Charlie.—.Babe enredó sus dedos en su cabello, tirando con desesperación.— Por favor, fóllame. Hazme tuyo. Te lo pido.
Charlie gruñó, satisfecho. Besó la punta de su erección, solo un roce, antes de enderezarse.
Tomó uno de sus propios dedos y lo llevó a su boca, chupándolo con lentitud, manteniendo la mirada fija en Babe todo el tiempo.
—Quiero que me mires.—.dijo, sacando el dedo con un chasquido.— Quiero ver tu cara cuando te penetre.
Babe asintió, sin aliento.
Charlie llevó el dedo húmedo a la entrada de Babe, rodeándola con suavidad, sintiendo cómo el cuerpo de Babe temblaba ante el contacto.
—¿Preparado?— preguntó.
—Sí...sí, Charlie, hazlo.
El dedo entró lentamente, dando tiempo a Babe para adaptarse. Charlie observó cada microexpresión en su rostro, el modo en que sus ojos se cerraban, el modo en que sus labios se separaban para dejar escapar un suspiro tembloroso.
—Duele un poco.—.admitió Babe, en voz baja.
—Lo sé. Respira. Poco a poco.
Charlie movió el dedo con cuidado, explorando, buscando. Cuando encontró el punto que hizo que Babe se arqueara y gimiera, supo que estaba en el lugar correcto.
—Ahí.— jadeó Babe.— Charlie, ahí.
—¿Te gusta?
—Sí, dios, sí.
Charlie añadió un segundo dedo, luego un tercero, siempre vigilando las reacciones de Babe, siempre asegurándose de que estuviera listo. El calor que lo envolvía era casi insoportable, y su propia erección palpitaba con necesidad, pero se obligó a ser paciente.
—Ya.— susurró Babe después de un rato.— Ya estoy listo. Te necesito.
Charlie retiró los dedos lentamente, y Babe gimió por la pérdida. Pero entonces Charlie se posicionó entre sus piernas, alineándose con su entrada, y Babe contuvo el aliento.
—Mírame.— ordenó Charlie.— Quiero que me mires cuando entre.
Babe abrió los ojos, encontrando los suyos. El rojo carmesí de Charlie ardía, y el azul grisáceo de Babe brillaba con la misma intensidad.
—Eres mío.— dijo Charlie, y empujó.
El grito de Babe se perdió en la boca de Charlie, que lo besó con desesperación mientras se hundía en él. El calor, la presión, la sensación de finalmente estar unidos era abrumadora. Charlie se quedó quieto un momento, temblando, permitiendo que Babe se adaptara a su tamaño.
—¿Estás bien?— preguntó contra sus labios.
—Sí.— susurró Babe, con lágrimas en los ojos.— Sí, Charlie. Eres...eres enorme.
Charlie rió suavemente.
—¿Duele?
—Un poco. Pero duele bien.
—Dime si quieres que pare.
—No quiero que pares. Muévete, por favor.
Charlie comenzó a moverse. Lentamente al principio, dejando que Babe se acostumbrara al ritmo. Pero pronto la necesidad se impuso, y sus embestidas se volvieron más profundas, más rápidas, más urgentes.
El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la cocina, mezclado con los gemidos de Babe y los gruñidos de Charlie. La encimera se movía ligeramente con cada embestida, pero ninguno de los dos se fijaba en eso.
—Así.— jadeó Babe.— Así, Charlie, justo así.
—¿Te gusta?— Charlie inclinó la cabeza para morder su cuello.— ¿Te gusta sentirme dentro?
—Sí...me encanta...eres tan grande...
—Eres tan estrecho.— respondió Charlie, con voz ronca.— Me aprietas tan rico. Parece que no quisieras soltarme.
—No quiero...no quiero que te vayas nunca.
Charlie gruñó, satisfecho, y aumentó el ritmo.
Sus manos recorrían el cuerpo de Babe, apretando sus caderas, acariciando su pecho, pellizcando sus pezones. Cada gemido de Babe era un combustible que lo impulsaba a más.
—Te voy a marcar.— dijo Charlie de repente, con una ferocidad que sorprendió incluso a sí mismo.— Te voy a marcar como mi pareja. Para que todos sepan que eres mío.
Babe asintió frenéticamente.
—Hazlo...hazlo, Charlie, quiero ser tuyo.
Charlie bajó la cabeza y mordió la unión entre su cuello y su hombro. No con violencia, sino con posesividad, hundiendo sus colmillos lo suficiente para dejar una marca, para que el olor de ambos se mezclara, para que el vínculo quedará sellado.
Babe gritó, pero no de dolor. Era un grito de éxtasis, de entrega total. Sintió cómo su lobo interior respondía al de Charlie, cómo algo se asentaba en su pecho, una certeza, una conexión que iba más allá de lo físico.
—Mío.— gruñó Charlie contra su piel.— Joder, eres mío.
—Tuyo.— susurró Babe, abrazándolo con piernas y brazos.— Siempre tuyo.
Charlie siguió moviéndose, sintiendo cómo el cuerpo de Babe se tensaba a su alrededor. Sabía que estaba cerca, lo veía en sus ojos, en su respiración entrecortada, en el modo en que sus uñas se clavaban en su espalda.
—Ven conmigo.— ordenó Charlie.— Quiero sentirte correrte mientras estoy dentro.
—Charlie...Charlie, voy a...
—Ahora, Babe. Ahora.
Babe se corrió con un grito, su cuerpo convulsionándose alrededor de Charlie, apretándolo de una manera que lo llevó al límite. Charlie lo siguió segundos después, enterrándose profundamente mientras se corría dentro de él, sintiendo cómo el nudo en la base de su erección se hinchaba, atándolos, asegurándose de que nada de su esencia se perdiera.
Se quedaron así, jadeando, sudorosos, unidos. Charlie apoyó su frente contra la de Babe, sus respiraciones mezclados en el aire cálido.
—Te amo.— susurró Charlie.— Te amo tanto que duele.
Babe sonrió débilmente, acariciando su nuca.
—Yo también te amo, Cachorro. Más de lo que creí posible.
Pasaron largos minutos así, hasta que el nudo cedió y Charlie pudo separarse suavemente. Lo hizo con cuidado, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto, como si quisiera compensar la rudeza del encuentro.
—¿Estás bien?— preguntó, ayudándolo a bajar de la encimera.
Babe se sostuvo en él, sus piernas temblorosas.
—Estoy perfecto. Un poco dolorido, pero perfecto.
Charlie sonrió, besando su frente.
—Ven. Vamos a la ducha.
—¿Me llevarás en brazos?
—¿Quieres?
Babe asintió, con una sonrisa cansada pero feliz. Charlie lo levantó sin esfuerzo, y Babe enredó sus brazos alrededor de su cuello.
—Eres fuerte.— murmuró Babe, apoyando la cabeza en su hombro.
—Para ti, siempre.
Caminaron hacia el baño, dejando atrás la ropa esparcida y la encimera desordenada.
Pero nada de eso importaba. Solo importaba el calor de sus cuerpos, la certeza de sus sentimientos, y la promesa de un futuro que enfrentarían juntos.
Porque a partir de ahora, ya no eran solo Charlie y Babe. Eran uno solo. Y nada, ni sus familias ni el mundo entero, podría separarlos.
En la ducha, el agua caliente caía sobre ellos mientras se besaban lentamente, sin prisa, como si tuvieran toda la eternidad por delante.
—Mañana.— dijo Babe en un susurro.— Mañana hablaremos con ellos.
Charlie asintió, enredando sus dedos en su cabello mojado.
—Mañana. Juntos.
—Pase lo que pase.
—Pase lo que pase.
Y en ese momento, bajo el agua, abrazados, supieron que no importaba lo que viniera. Lo enfrentarían. Porque su amor era más fuerte que cualquier enemistad, más poderoso que cualquier odio heredado.
Eran Charlie y Babe. Y eso era suficiente.
La sala de juntas del hotel más lujoso de Bangkok nunca había visto una reunión como aquella. De un lado de la larga mesa de caoba, los Supan: el padre de Babe, un hombre imponente de cabello cano y mirada dura; su madre, una mujer elegante de gestos fríos; y dos de sus hermanos mayores, con expresiones que iban del desconcierto a la furia apenas contenida.
Del otro lado, los Annuntak: el padre de Charlie, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos apoyados en la mesa; su madre, que no había dejado de mirar a Charlie con una mezcla de incredulidad y decepción; y su hermana mayor, la única que parecía más curiosa que enfadada.
En los extremos, como si fueran acusados en un juicio, Charlie y Babe estaban sentados juntos, sus manos entrelazadas bajo la mesa, un pequeño gesto de desafío y apoyo mutuo.
—Esto es una locura.— rompió el silencio el padre de Babe, golpeando la mesa con la palma.— Una auténtica locura. ¿Desde cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?
Charlie tomó aire, apretando la mano de Babe.
—Desde hace meses. Nos conocimos por casualidad. Y estamos juntos porque queremos estarlo.
—¿Casualidad?— la madre de Charlie rió sin humor.— No creo en las casualidades. Esto es una estrategia, una manipulación. ¿Qué pretenden, Supan? ¿Usar a su hijo para acceder a nuestros negocios?
—¿Nosotros?— el padre de Babe se levantó de su silla, furioso.— Ustedes son los que siempre han querido desplazarnos. ¡Mi hijo no es un peón en sus juegos!
—¡Ni el mío!— el padre de Charlie también se puso de pie.— Pero aquí está, sentado al lado de un Supan, como si nada.
—Basta.— la voz de Charlie cortó el aire, firme, serena.— Siéntense, por favor.
Ambos padres lo miraron, sorprendidos por el tono. Charlie nunca hablaba así. Charlie siempre era el hijo perfecto, el que callaba, el que obedecía.
Pero ese Charlie ya no existía.
—No vine aquí a pelear.—.continuó Charlie, levantándose lentamente.— Vine a presentarles a mi pareja. A la persona que amo. Y vine a decirles que, les guste o no, Babe y yo vamos a estar juntos.
Babe se levantó también, colocándose a su lado. Su mano encontró la de Charlie, y esta vez no la escondieron. La mostraron, desafiante, a todas las miradas incrédulas.
—Lo que dice Charlie es cierto.— afirmó Babe, con voz clara.— No importa lo que digan. No importa lo que hagan. Vamos a estar juntos.
—¿Y qué sabes tú del amor?— la madre de Babe habló con desdén.— Tienes 22 años. No sabes nada de la vida.
—Sé lo que siento.— respondió Babe, sin inmutarse.— Y sé que Charlie es la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida.
—Es ridículo.— el padre de Charlie negó con la cabeza.— Son jóvenes, inmaduros. Esto pasará. Mientras tanto, nuestra reputación...
—¿Nuestra reputación?— Charlie lo interrumpió, algo que nunca había hecho.— ¿De verdad vas a hablar de reputación cuando deberías estar hablando de mi felicidad?
El silencio que siguió fue sepulcral.
La hermana de Charlie, la única que no había hablado, observaba la escena con atención.
Había algo en la mirada de su hermano que no reconocía. Una determinación, una fuerza, que nunca antes había visto.
—Hermano.— dijo suavemente.— ¿Estás seguro de esto? ¿Completamente seguro?
Charlie la miró, y por primera vez en mucho tiempo, ella vio a su verdadero hermano. No al heredero perfecto, no al Enigma controlado, sino al Charlie que reía cuando eran niños, al Charlie que siempre había buscado su lugar en el mundo.
—Nunca estuve más seguro de nada.— respondió.— Babe es mi destinado. Nuestros lobos se reconocieron desde el primer momento. Esto no es una elección, es...es algo más grande que nosotros.
La hermana asintió lentamente, y luego se volvió hacia sus padres.
—Si es su destinado.— dijo.— no hay nada que hacer. Todos sabemos que los destinados no pueden separarse. Es ley de naturaleza.
—No creo en esas supersticiones.— bufó el padre de Charlie.
—No es superstición.— intervino Babe.— Es biología. Mis ojos cambian cuando lo veo. Los suyos también. Nuestros lobos se llaman. Si intentan separarnos, nos enfermaremos, nos consumiremos. ¿Eso quieren? ¿Hijos enfermos?
Las familias se miraron entre ellas, incómodas. Todos conocían las historias de destinados separados a la fuerza. Nunca terminaban bien.
—Esto es un desastre.— murmuró la madre de Babe, llevándose una mano a la sien.— Un desastre absoluto.
—No tiene por qué serlo.— dijo Babe, con una calma que sorprendió a todos.— Charlie y yo podemos ser el puente entre nuestras familias. Podemos terminar con esta enemistad absurda que viene de nuestros abuelos.
—¿Puente?— el padre de Babe rió con amargura.— Llevamos décadas compitiendo, odiándonos. No se arregla con una boda.
—¿Y si lo intentamos?— la voz de Charlie fue suave, pero firme.— ¿Qué tenemos que perder? ¿El odio? ¿El rencor? ¿De verdad vale tanto la pena?
Otro silencio. Largo, incómodo, pesado.
Fue la madre de Charlie quien habló primero, y su voz sonaba cansada. Derrotada.
—No podemos permitir que esto se sepa.— dijo lentamente.— El escándalo sería...devastador para ambas familias.
—Entonces que no haya escándalo.— respondió Charlie.— Que haya una boda. Rápida, discreta, pero boda al fin.
—¿Casarlos?— el padre de Babe negó con la cabeza.— ¿Así, sin más?
—Tiene sentido.— intervino la hermana de Charlie, ganándose miradas de sorpresa.— Si se casan, la unión queda sellada. Las familias se unen. Los negocios se unen. Dejamos de ser enemigos y nos convertimos en algo más fuerte.
—¿Aliados?— preguntó el padre de Babe, con escepticismo.
—Familia.— corrigió Babe.— Eso es lo que seríamos. Familia.
Los padres se miraron entre ellos, a través de la mesa, a través de décadas de rivalidad y desconfianza. Algo cambió en sus expresiones. Quizás fue el cansancio, quizás la resignación, quizás un destello de esperanza.
Finalmente, el padre de Charlie suspiró profundamente.
—Dos semanas.— dijo, y todos lo miraron.— En dos semanas se casan. Y esto se acaba. No más secretos, no más escándalos. Se casan y punto.
La reunión se disolvió entre murmullos, llamadas a abogados, y miradas de reojo hacia la pareja. Pero cuando todos se fueron, cuando el último de los padres abandonó la sala, Charlie y Babe se quedaron solos, frente a frente.
—¿Dos semanas?— susurró Babe, aún en shock.— En dos semanas seremos maridos.
—Maridos.— repitió Charlie, saboreando la palabra.— Me gusta cómo suena.
Babe rió, una risa nerviosa, feliz, incrédula.
—No puedo creerlo. Pensé que iba a ser una batalla campal. Pensé que nos desheredarían, que nos echarían de casa.
—Yo también.— admitió Charlie.— Pero mira, aquí estamos. Comprometidos.
—Comprometidos.—.Babe repitió, y luego se lanzó a sus brazos.— Te amo, Charlie Annuntak. Bueno, pronto Charlie...¿cómo te llamarás? ¿Supan-Annuntak? ¿Annuntak-Supan?
Charlie rió, abrazándolo fuerte.
—No lo sé. Pero mientras sea tuyo, me da igual.
Se besaron allí, en la sala vacía, con el eco de la discusión aún resonando en las paredes. Pero ya no importaba. Lo habían logrado. Habían enfrentado a sus familias y habían ganado.
Bueno, más o menos.
Dos semanas después
La ceremonia fue pequeña, íntima, en un jardín privado a las afueras de Bangkok. Solo las familias, algunos testigos, y un juez que los unió en matrimonio con palabras sencillas pero profundas.
Charlie vestía de blanco, Babe de negro.
Intercambiaron anillos, intercambiaron votos escritos por ellos mismos, intercambiaron miradas que decían más que cualquier discurso.
Cuando el juez declaró "Pueden besar al novio", Charlie tomó a Babe por la cintura y lo besó con todo el amor que llevaba dentro.
Sus familias, aún incómodas, aplaudieron con educación. La hermana de Charlie lloraba.
Los padres miraban al suelo.
Pero a ellos no les importó.
Porque al final, lo único que importaba era que eran uno. Que eran destinados. Que eran maridos.
Y que nada, nunca, los separaría.
La mansión de los Supan siempre había imponido respeto, pero en los últimos meses, sus pasillos se habían vuelto más cálidos. Las visitas de Charlie eran cada vez más frecuentes, y aunque al principio los padres de Babe lo miraban con desconfianza, con el tiempo habían comenzado a aceptar que aquel chico no era el enemigo que imaginaban.
Esa tarde, Babe había ido solo a visitar a su familia. Charlie estaba en una reunión de negocios, así que aprovechó para pasar tiempo con su madre en el jardín, tomando té y hablando de cosas sin importancia.
—Te ves bien, hijo.— comentó su madre, sirviéndole más té.— El matrimonio te sienta bien.
Babe sonrió, llevándose la taza a los labios.
—Charlie me hace feliz. Muy feliz.
—Ya lo veo. Y me alegro. Aunque al principio...
—Lo sé, mamá. Pero ya pasó. Ahora somos familia.
Su madre asintió, con una sonrisa suave.
—Hablando de familia, tu padre mencionó que los Annuntak han propuesto una inversión conjunta. Algo sobre unos terrenos en el norte.
—Charlie me comentó. Cree que puede ser beneficioso para ambos.
—¿Tú qué crees?
Babe pensó un momento.
—Creo que si queremos dejar atrás la rivalidad, tenemos que empezar a actuar como aliados. Esto es un buen comienzo.
Su madre asintió, orgullosa.
—Siempre fuiste el más sensato de mis hijos.
Babe rió.
—No se lo digas a mis hermanos.
De repente, sin aviso, una oleada de náuseas lo golpeó. El té, que momentos antes sabía delicioso, ahora le revolvía el estómago.
Palideció, llevándose una mano al abdomen.
—¿Babe?— su madre se inclinó, preocupada.— ¿Qué pasa?
—No...no sé.— tragó saliva, intentando controlar el mareo.— Me siento...mal.
No pudo decir más. Se levantó bruscamente y corrió hacia el interior de la casa, buscando el baño más cercano. Su madre lo siguió, alarmada, llamando a los sirvientes.
Babe apenas llegó al baño de la planta baja cuando el vómito lo dobló sobre el inodoro.
Su estómago se vació violentamente, una y otra vez, hasta que solo quedaron arcadas secas.
—¡Babe!— su madre entró, arrodillándose a su lado, sosteniendo su frente.— ¿Qué tienes? ¿Qué comiste?
—No lo sé...— jadeó Babe, temblando.— No comí nada raro...
Sus hermanos mayores aparecieron en la puerta, seguidos por su padre, cuyo rostro mostraba una preocupación que pocas veces dejaba ver.
—¿Qué pasa?—.preguntó el padre, acercándose.— ¿Está enfermo?
—Llamen al doctor.— ordenó la madre, sin dudar.— Rápido.
Uno de los hermanos salió corriendo mientras los otros ayudaban a Babe a levantarse y lo llevaban a una habitación cercana. Lo acostaron en una chaise longue, y su madre le puso un paño frío en la frente.
—Tranquilo, hijo.— susurró.— Ya viene el doctor.
Babe cerró los ojos, respirando hondo. Las náuseas habían pasado, pero se sentía débil, extraño. Y había algo más...un olor diferente en su propia piel. No sabía describirlo, pero era nuevo.
El doctor de la familia llegó en menos de veinte minutos, un hombre mayor con años de experiencia tratando a los Supan. Entró en la habitación con su maletín, saludó brevemente y se arrodilló junto a Babe.
—Cuéntame qué pasó.— dijo, mientras comenzaba a tomarle el pulso.
—Náuseas repentinas.— explicó Babe.— Vómito. Ahora me siento mejor, pero débil.
—¿Dolor? ¿Fiebre?
—No, solo...un mareo extraño.
El doctor asintió, continuando con su revisión.
Tomó la temperatura, revisó sus ojos, presionó suavemente su abdomen. En un momento, frunció el ceño, como si algo le llamara la atención.
—¿Puedo hacerte unas preguntas más personales?— preguntó, bajando la voz.
Babe asintió, confundido.
—¿Has tenido relaciones recientemente con tu esposo?— preguntó el doctor, con profesionalismo.
Babe sintió que las mejillas le ardían, pero respondió con honestidad.
—Sí. Somos recién casados, así que...
—Entiendo. ¿Y ha habido...marcaje? ¿Nudo?
Babe asintió de nuevo, más colorado aún.
—Varias veces. Charlie es...muy posesivo.
El doctor sonrió ligeramente, como si confirmara algo. Se levantó y se dirigió a la familia, que esperaba ansiosa en la puerta.
—Necesito hacerle un análisis rápido.— dijo.— ¿Pueden darnos unos minutos a solas?
Los padres y hermanos intercambiaron miradas, pero obedecieron, cerrando la puerta tras ellos. El doctor sacó una pequeña máquina de su maletín, algo que Babe no reconoció.
—Esto es un detector hormonal.— explicó el doctor.— Mide ciertos niveles que...bueno, mejor hagamos la prueba.
Colocó un pequeño sensor en el interior de la muñeca de Babe y esperó. La máquina emitió unos pitidos, y luego mostró una lectura en su pequeña pantalla.
El doctor sonrió ampliamente.
—Felicidades, joven Supan.— dijo, guardando el aparato.— Estás embarazado. Aproximadamente dos semanas, quizás un poco más.
Babe se quedó paralizado. El mundo parecía detenerse a su alrededor.
—¿Em...embarazado?— susurró.— ¿Yo?
—Los Alfas especiales como tú tienen esa capacidad.— explicó el doctor con calma.— Es raro, pero no imposible. Y dado que tu esposo es un Enigma, las probabilidades aumentan. El vínculo entre destinados también influye.
Babe no podía procesarlo. Llevó una mano a su abdomen, aún plano, aún sin señales de lo que crecía dentro.
—¿Está...está bien? —preguntó, con voz temblorosa.— El bebé, quiero decir.
—Por lo que veo, todo está en orden. Pero deberás comenzar los chequeos prenatales cuanto antes. Te daré el nombre de un especialista en embarazos de Alfa.
Babe asintió, aturdido. El doctor guardó sus cosas y abrió la puerta, donde la familia esperaba con ansiedad.
—¿Y bien?— preguntó el padre, impaciente.
El doctor sonrió, dirigiéndose a ellos.
—Su hijo está embarazado. Deben empezar a prepararse para la llegada de un nuevo miembro a la familia.
El silencio fue absoluto. Luego, la madre de Babe soltó un grito ahogado, llevándose las manos al rostro. Los hermanos se miraron, incrédulos. El padre pareció tambalearse, apoyándose en la pared.
—¿Embarazado?— repitió.— ¿Mi hijo?
—Sí, señor Supan. Un embarazo de aproximadamente dos semanas. Todo parece estar bien, pero necesitará seguimiento médico.
La madre de Babe entró corriendo a la habitación, abrazando a su hijo con fuerza.
—¡Vas a ser papá!— exclamó, entre risas y lágrimas.— ¡Voy a ser abuela!
Babe rió débilmente, todavía en shock.
—Mamá...cálmate.
—¿Cómo voy a calmarme? ¡Es una noticia maravillosa!
Los hermanos entraron también, felicitándolo con abrazos y palmadas en la espalda. Incluso el padre, con su habitual seriedad, se acercó y puso una mano en su hombro.
—Felicidades, hijo.— dijo, con voz ronca.— Vas a ser un buen padre.
Babe sintió que los ojos se le humedecían.
—Gracias, papá.
Pasaron la hora siguiente hablando, haciendo planes, imaginando cómo sería el bebé. La madre ya estaba pensando en nombres, en habitaciones, en todo. Babe dejó que su alegría lo envolviera, aunque por dentro aún estaba procesando la noticia.
Pero cuando el sol comenzó a ocultarse, supo que debía irse. Necesitaba decírselo a Charlie. Necesitaba ver su cara cuando se enterara.
—¿Te llevamos?— ofreció uno de sus hermanos.
—No, gracias. Iré en mi coche.—.Babe sonrió.— Quiero decirle a Charlie yo mismo.
—Claro, claro.— Su madre lo abrazó una vez más.— Ve. Y luego nos cuentas cómo reaccionó.
Babe asintió y salió de la mansión, con el corazón latiéndole acelerado y una mano protectora sobre su vientre.
El penthouse estaba vacío cuando llegó. Las luces estaban apagadas, y solo el resplandor de la ciudad entraba por los ventanales. Babe se sentó en el sofá, acariciándose el abdomen, intentando ordenar sus pensamientos.
No tuvo que esperar mucho. Media hora después, escuchó el ascensor. Se levantó, nervioso, y fue hacia la entrada.
Charlie apareció con una sonrisa cansada, pero al ver a Babe, su expresión cambió. Algo en su mirada, en su postura, le dijo que pasaba algo.
—¿Qué pasa, mi amor?—.preguntó Charlie, acercándose.— ¿Estás bien?
Babe lo miró, y de repente todas las palabras que había ensayado se desvanecieron. Solo una quedó, la más importante.
—Estoy embarazado, Cachorro.— dijo, con voz temblorosa.— Vamos a ser papás.
Charlie se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron, su boca se entreabrió, y por un momento Babe temió que se desmayara.
Pero entonces, Charlie sonrió. Una sonrisa lenta, maravillosa, que iluminó todo su rostro.
—Lo sabía.— dijo, y su voz era un susurro maravillado.— Sabía que lo estabas.
Babe frunció el ceño, confundido.
—¿A qué te refieres?
Charlie rió, acercándose más, tomando su rostro entre sus manos.
—He estado oliendo otro olor en ti, mi amor. Desde hace unos días. Un aroma nuevo, suave, diferente. No estaba seguro, no quería ilusionarme si no era cierto, pero...lo sabía. En mi corazón lo sabía.
—¿Podías olerlo?— Babe estaba asombrado.
—Los Enigmas tenemos sentidos más desarrollados. Y tú eres mi destinado. Tu olor es parte de mí. Cualquier cambio, por mínimo que sea, lo percibo.— Charlie apoyó su frente contra la de Babe.— Seremos padres, mi amor. Vamos a tener un hijo.
Babe sintió que las lágrimas que había contenido todo el día finalmente escapaban.
—Te amo, Charlie. Te amo tanto.
Charlie lo abrazó con una fuerza que transmitía todo su amor, toda su felicidad, toda su necesidad de protegerlo a él y a lo que llevaba dentro.
—Y yo a ti.— susurró contra su oído.— Más de lo que las palabras pueden decir.
Se besaron con una ternura que contrastaba con la pasión de otros encuentros. Era un beso de promesas, de futuro, de familia.
Charlie lo sostuvo como si fuera lo más preciado del mundo, porque lo era.
Cuando se separaron, Charlie bajó la mirada hacia su abdomen, aún cubierto por la camisa. Con manos temblorosas, levantó la tela y dejó al descubierto la piel suave de Babe.
—Tenemos que preparar todo.— dijo, con emoción.— La habitación, la ropa, los muebles. ¿Sabes si es niño o niña? No, muy pronto. Da igual, será perfecto. Será nuestro.
Babe rió.
—Cálmate, Cachorro. Apenas son dos semanas. Falta mucho.
—Lo sé, pero...es que estoy tan feliz. Tan increíblemente feliz.
—Yo también.
Se sentaron en el sofá, abrazados, viendo las luces de la ciudad. La mano de Charlie no se separaba del abdomen de Babe, acariciando suavemente, como si ya pudiera sentir la vida que crecía dentro.
Se quedaron en silencio, imaginando, soñando. La noche avanzaba, y con ella, la certeza de que su familia crecía.
—Charlie.— dijo Babe después de un rato.— ¿Tienes miedo?
—Un poco. ¿Tú?
—Mucho. Pero contigo, el miedo es menos miedo.
Charlie lo abrazó más fuerte.
—Pase lo que pase, estaremos juntos. Tú, yo y este pequeño. Siempre juntos.
—Siempre.— repitió Babe.
Y en la penumbra del penthouse, con la ciudad brillando abajo, dos lobos destinados celebraban la llegada de un nuevo lobo.
El futuro era incierto, pero por primera vez, ambos sabían que lo enfrentarían con la mejor de las compañías.
El uno al otro.
El penthouse estaba en silencio cuando Charlie abrió la puerta. El sol de la tarde se filtraba por los ventanales, creando largas sombras en el suelo de mármol. Dejó las llaves en la entrada y llamó, como siempre.
—¡Mi amor! Ya llegué.
Silencio.
Extraño. Babe solía salir a recibirlo, con esa sonrisa que iluminaba todo. Charlie frunció el ceño y recorrió la sala, el comedor, la cocina.
Nada. Su lobo interior se agitó, inquieto.
—¿Babe?
Subió las escaleras hacia la habitación principal. La puerta estaba entreabierta, y una luz tenue escapaba por la rendija. Se acercó con cautela, empujando la puerta suavemente.
Y entonces vio la escena.
La cama estaba irreconocible. Sábanas, mantas, almohadas, y lo que parecía ser toda la ropa de ambos armarios, formaban una especie de estructura circular, un nido.
Camisas de Charlie, sudaderas de Babe, incluso algunas prendas que no recordaba haber visto en meses, estaban apiladas con cuidado, creando un espacio acogedor en el centro.
Y en medio de ese nido, estaba Babe.
Estaba arrodillado, rodeado de tela, con los ojos completamente transformados en ese azul grisáceo que Charlie conocía tan bien.
Su pecho subía y bajaba con respiración agitada, y sus manos sostenían una de las camisas favoritas de Charlie contra su pecho, justo donde su vientre comenzaba a mostrar una pequeña curva.
—Babe...— susurró Charlie, dando un paso adelante.
El gruñido que surgió de la garganta de Babe lo detuvo en seco. Era un sonido profundo, animal, de advertencia.
—No te acerques.— dijo Babe, con una voz que no era del todo la suya.— No te acerques a nosotros. No te acerques a mi Malee.
Charlie parpadeó, procesando. Malee. Ese nombre...no habían hablado de nombres todavía, pero allí estaba, saliendo de los labios de Babe con una certeza absoluta.
Y entonces comprendió.
El instinto de anidación. Había leído sobre eso en los libros que compró cuando Babe confirmó el embarazo. Los o las Oemgas, Alfas embarazados, desarrollaban comportamientos protectores. Construían nidos para sentirse seguros. Y en ese estado, cualquier intruso, incluso su pareja, podía ser visto como una amenaza.
Charlie sonrió con ternura, a pesar de la situación. Babe era tan hermoso, tan feroz, tan...suyo.
—Babe.— dijo con voz suave, calmada.— Soy yo. Charlie. Tu Cachorro. ¿Recuerdas?
Babe parpadeó, y por un momento, la niebla azul grisácea de sus ojos pareció disiparse ligeramente.
—¿Cachorro?— repitió, con voz más temblorosa.
—Sí, mi amor. Soy yo. No voy a lastimarlos. Nunca. A ti ni a Malee.
El nombre resonó en el aire. Babe lo miró, y lentamente, sus ojos comenzaron a suavizarse. El azul grisáceo se mezcló con su marrón natural, creando un color cambiante, hermoso.
—Charlie.— susurró, y esta vez era su voz, la de verdad.— Charlie...
—Estoy aquí, mi amor.— Charlie dio otro paso, muy lento.— ¿Puedo acercarme?
Babe asintió, y Charlie vio cómo las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos.
—No sé qué pasó.— dijo Babe, con voz quebrada.— De repente sentí que necesitaba...necesitaba protegerla. Necesitaba un lugar seguro. Y empecé a juntar cosas y...
—Es el instinto.— Charlie se arrodilló junto al nido, sin entrar aún.— Es normal. Los Alfas embarazados construyen nidos. Es su forma de proteger a la cría.
—¿Lo sabías?
—Leí sobre eso. Quería estar preparado para todo.
Babe sonrió débilmente, todavía con lágrimas en los ojos.
—Siempre tan previsor, Cachorro.
—Siempre pensando en ti.—.Charlie extendió la mano.— ¿Puedo entrar?
Babe dudó un momento, mirando el nido, mirando a Charlie, mirando las prendas que había apilado con tanto cuidado. Luego asintió, y con un gesto casi tímido, apartó una manta para hacerle espacio.
Charlie se deslizó dentro del nido con cuidado, respetando cada pliegue, cada prenda colocada con intención. Se recostó junto a Babe, y este inmediatamente se acurrucó contra él, buscando su calor.
—Lo siento.— murmuró Babe contra su pecho.— Por haberte gruñido.
—No tienes que disculparte.—.Charlie besó su frente.— Entiendo. Tu cuerpo está haciendo lo que cree mejor para proteger a nuestra hija.
—¿Nuestra hija?— Babe levantó la vista.— ¿Estás seguro de qué es niña?
—El doctor dijo que sí. Y ahora tú la has llamado Malee.— Charlie sonrió.— Malee. Es hermoso.
Babe se sonrojó ligeramente.
—Salió sin pensar. Es el nombre de mi abuela. La que te conté, la que me enseñó a ser fuerte.
—Lo sé. Y es perfecto. Malee Supan-Annuntak.
—Supan-Annuntak.— repitió Babe, saboreando las palabras.— Suena bien.
—Suena a hogar.
Se quedaron abrazados un rato, envueltos en el nido que Babe había creado. Charlie acariciaba su espalda con suavidad, sintiendo cómo los músculos de Babe se relajaban poco a poco.
Pero entonces, algo cambió.
Charlie lo olió antes de sentirlo. Las feromonas de Babe, ese aroma único que lo volvía loco, comenzó a transformarse. Dejó de ser ese olor protector, casi agresivo, para convertirse en algo más...cálido. Más necesitado. Más hambriento.
—Babe...— murmuró Charlie, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía.
—Tengo calor, Cachorro.—.susurró Babe contra su cuello, y su voz tenía un tono que Charlie conocía bien.— Mucho calor.
Charlie tragó saliva.
—¿Es por el embarazo?
—Sí.— Babe se movió, acomodándose mejor.— Los libros que leíste...¿hablaban de esto?
—Algo. El aumento de hormonas puede...intensificar ciertas necesidades.
—Necesidades.— repitió Babe, y ahora estaba sobre él, mirándolo desde arriba, con los ojos brillantes.— Sí. Tengo necesidades, Charlie.
Charlie lo miró, allí arriba, con su vientre apenas curvado, con su piel luminosa, con esa mezcla de ternura y deseo en la mirada.
Era tan hermoso que dolía.
—¿Qué necesitas, mi amor?—.preguntó Charlie, con voz ronca.— Dímelo.
Babe se inclinó, sus labios rozando los de Charlie.
—Te necesito a ti. Te necesito dentro.
—¿Y Malee? ¿No le hará daño?
—No.— Babe negó con suavidad.— El doctor dijo que a partir del cuarto mes es seguro. Dijo que incluso es bueno, que fortalece el vínculo.
Charlie sonrió, una sonrisa posesiva y hambrienta.
—Entonces, ¿qué esperas?
Babe no esperó más. Lo besó con una urgencia que hacía meses no mostraba, con un hambre que parecía acumulada. Charlie respondió con la misma intensidad, sus manos recorriendo el cuerpo de Babe, despojándolo de la ropa que aún llevaba.
El nido los envolvía, suave y cálido, mientras se movían juntos en un ritmo antiguo. Charlie tuvo cuidado, más cuidado que otras veces, consciente de la vida que crecía dentro de Babe. Pero Babe no quería cuidado, quería pasión, quería sentirlo, quería que Charlie lo poseyera por completo.
—Más fuerte.— jadeó Babe.— Charlie, por favor, más fuerte.
—No quiero lastimarte. Lastimarlos.
—No lastimas. Necesito sentirte. Necesito saber que soy tuyo. Que somos tuyos.
Eso fue todo lo que Charlie necesitó oír.
Las caricias se volvieron más firmes, los besos más profundos, los movimientos más intensos. El nido crujía suavemente con cada embestida, pero se mantenía firme, como un testigo mudo de su amor.
—Te amo.— susurraba Charlie una y otra vez.— Te amo a ti y a nuestra hija. Son todo para mí.
—Y tú para nosotros.— respondía Babe, aferrándose a él.— Todo, Charlie. Todo.
Cuando finalmente llegaron al clímax, fue juntos, como siempre, como debía ser.
Charlie sintió cómo el cuerpo de Babe se tensaba a su alrededor, y se dejó llevar, enterrándose profundamente, sellando su unión una vez más.
Después, agotados y felices, se quedaron abrazados en el nido. Charlie acariciaba el vientre de Babe con ternura, sintiendo la pequeña curva bajo sus dedos.
—Hola, Malee.— susurró.— Soy tu papá. Bueno, uno de ellos. El otro está aquí, agotado por haberme usado para saciar sus necesidades.
Babe le dio un golpecito sin fuerza.
—Cállate.
Charlie rió, besando su frente.
—Te amo, mi amor. Te amo a ti y a nuestra pequeña.
—Y yo a ustedes.— Babe apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón.— Más que a nada en el mundo.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Este nido es increíblemente cómodo. ¿Podemos quedarnos aquí para siempre?
Babe sonrió contra su piel.
—Tonto. No podemos vivir en un nido.
—¿Por qué no? Tiene ropa, mantas, y a mis dos personas favoritas. ¿Qué más necesito?
—Comida. Baño. No ensuciar el nido.
—Detalles.
Babe rió, una risa suave y feliz que a Charlie le encantaba. Se quedaron así, envueltos en el nido, en su amor, en la promesa del futuro.
—Charlie.— dijo Babe después de un rato.
—¿Mmm?
—Gracias. Por entenderme. Por no asustarte. Por ser mi Cachorro.
Charlie lo abrazó más fuerte.
—Siempre, mi amor. Siempre.
Y en la penumbra de la habitación, rodeados de ropa y mantas y amor, los dos lobos destinados durmieron el sueño de los felices.
Porque tenían todo lo que necesitaban.
El uno al otro.
Y muy pronto, a su pequeña Malee.
Su familia
Nueve meses. Habían pasado nueve meses desde aquella tarde en que Babe anunció su embarazo en el nido que construyó con tanto amor. Nueve meses de chequeos médicos, de noches en vela por los antojos, de ver cómo el vientre de Babe crecía lentamente, cobijando a su pequeña Malee.
Y ahora, finalmente, estaba aquí.
El hospital privado donde Babe había dado a luz era uno de los mejores de Bangkok. La cesárea había sido programada con semanas de antelación, y todo había salido perfecto. El doctor, el mismo que había confirmado el embarazo nueve meses atrás, sonreía orgulloso mientras entregaba a la pequeña a su padre.
Babe la sostenía en sus brazos, con los ojos llenos de lágrimas que no intentaba contener.
Malee era diminuta, perfecta, con un pequeño mechón de cabello oscuro y unos ojos que aún no habían decidido de qué color serían.
—Es hermosa.— susurró Babe, con voz rota por la emoción.— Es tan hermosa.
Charlie estaba a su lado, una mano en su hombro, la otra acariciando suavemente la mejilla de su hija. También lloraba, sin vergüenza, sin disimulo.
—Es igual a ti.— dijo Charlie, con voz temblorosa.— Tiene tu nariz. Tus labios.
—Tiene tu forma de fruncir el ceño.— respondió Babe, riendo entre lágrimas.— Mira, está frunciendo el ceño.
Era cierto. La pequeña Malee, envuelta en una manta suave, fruncía el ceño como si el mundo ya le pareciera indigno de su aprobación.
—Definitivamente es hija de Charlie.— bromeó Babe.
—Oye, yo no frunzo el ceño.
—Sí, lo haces. Todo el tiempo. Es adorable.
Charlie iba a replicar, pero en ese momento la puerta se abrió y ambas familias entraron con cuidado, respetando la intimidad del momento pero ansiosas por conocer a la nueva integrante.
La madre de Babe fue la primera en acercarse, con lágrimas en los ojos.
—¿Puedo...puedo verla?
Babe asintió, y con cuidado, su madre tomó a Malee en brazos. Su expresión se transformó en una de pura devoción.
—Es perfecta.— susurró.— Absolutamente perfecta.
El padre de Babe se acercó también, y aunque intentaba mantener su habitual seriedad, sus ojos delataban la emoción.
—Bienvenida, pequeña Malee. Bienvenida a la familia.
Los Annuntak se acercaron después. La madre de Charlie, que había pasado de la desconfianza inicial a un amor incondicional por su nuero, abrazó a Babe con cuidado.
—¿Cómo estás, hijo? ¿Dolor? ¿Molestias?
—Bien, mamá.— respondió Babe, y la palabra salió natural, porque ahora realmente lo sentía como su madre.— Un poco cansado, pero bien.
—Claro, claro. Has hecho un gran trabajo.— Lo besó en la frente.— Estamos tan orgullosos de ti.
El padre de Charlie, más reservado, se limitó a asentir con aprobación y a sonreír cuando tuvo a Malee en brazos por un momento.
La hermana de Charlie, la que siempre había apoyado la relación, no pudo contener las lágrimas.
—Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida. La pequeña Malee. Suena bien, ¿no?
—Suena perfecto.— respondió Charlie, abrazándola.
Pasaron una hora así, turnándose para sostener a la pequeña, haciéndole fotos, llorando y riendo. Las dos familias, antes enemigas, ahora están unidas por una pequeña que llevaba la sangre de ambas.
Cuando finalmente se despidieron, prometiendo volver al día siguiente, Babe y Charlie se quedaron solos en la habitación. El atardecer entraba por la ventana, tiñendo todo de tonos dorados.
—¿Cansado?— preguntó Charlie, sentándose en la cama junto a él.
—Mucho. Pero feliz.— Babe miró a Malee, que dormía en una pequeña cuna junto a la cama.— No sabía que se podía sentir tanto amor.
—Yo tampoco.— Charlie enredó sus dedos con los suyos.— Gracias, mi amor. Gracias por darme esta familia.
Babe sonrió, apoyando la cabeza en su hombro.
—Gracias a ti por hacerla posible.
Pasaron unas horas. La noche había caído sobre Bangkok, y la habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una pequeña lámpara. Malee comenzó a moverse en su cuna, emitiendo pequeños sonidos que pronto se convertirían en llanto.
Babe se incorporó con cuidado, sintiendo el tirón de la cesárea pero ignorándolo.
—Tiene hambre.— dijo, con una sonrisa cansada.
Charlie se levantó rápidamente.
—¿La traigo?
—Sí, por favor.
Charlie tomó a Malee con la suavidad de quien sostiene algo más preciado que la vida misma. La pequeña se calmó ligeramente al sentir el calor de su padre, pero pronto volvió a quejarse, buscando instintivamente el pecho.
—Aquí está, tú papi.— dijo Charlie, entregándosela a Babe con cuidado.— Tu pequeña hambrienta.
Babe la acomodó en sus brazos, y con una naturalidad que aún lo sorprendía, llevó a Malee hacia su pecho. La pequeña encontró el pezón casi de inmediato, comenzando a succionar con la urgencia de quien sabe lo que quiere.
Charlie observaba, fascinado. Era algo que había visto muchas veces en los últimos días, desde que el calostro apareció y luego la leche. Pero cada vez lo dejaba sin aliento.
Ver a Babe, su Babe, su Alfa especial, su esposo, amamantando a su hija...era la imagen más hermosa y perturbadoramente sexy que había presenciado jamás.
—¿Qué miras?— preguntó Babe, notando su intensa mirada.
—A ti. A ustedes.— Charlie se sentó en la cama, acercándose.— Es increíble, ¿sabes? Que puedas hacer esto.
—Lo sé.— Babe sonrió, acariciando la cabecita de Malee.— Nunca imaginé que un Alfa hombre pudiera...pero aquí estamos.
—Aquí están.— Charlie extendió la mano, acariciando suavemente el pecho que no estaba siendo usado.— ¿Te duele? ¿Cuándo no toma de los dos?
—Un poco. A veces se llenan y tengo que sacarme leche.
Charlie tragó saliva.
—¿Puedo...puedo ver?
Babe lo miró, y en sus ojos había una mezcla de diversión y deseo.
—¿Quieres verme sacarme leche, Cachorro?
—Quiero verte. Quiero ver todo de ti. Siempre.
Babe sonrió, una sonrisa lenta y coqueta a pesar del cansancio. Con cuidado, mientras Malee seguía alimentándose de un pecho, Babe llevó su mano libre al otro. Con un suave movimiento, presionó, y una gota de leche apareció en el pezón.
Charlie sintió que perdía la respiración.
—Dios, Babe...— susurró.
—¿Te gusta?
—Me vuelves loco. Siempre lo has hecho. Pero esto...— Negó con la cabeza, incrédulo.— Es demasiado.
Babe rió suavemente, cuidando de no molestar a Malee.
—Mi pobre Cachorro. Tan posesivo. Tan hambriento.
—De ti. Siempre de ti.
Malee terminó de alimentarse, y Babe la cambió de pecho con la ayuda de Charlie. La pequeña siguió comiendo, ajena al efecto que estaba teniendo en su padre.
Cuando finalmente terminó y volvió a dormirse en brazos de Babe, Charlie la tomó con cuidado y la colocó en su cuna. Luego regresó a la cama, y sin decir palabra, se inclinó hacia el pecho de Babe, el que aún tenía gotas de leche en el pezón.
—¿Puedo?— preguntó, con voz ronca.
Babe asintió, mordiéndose el labio.
Charlie inclinó la cabeza y, con una suavidad infinita, lamió la gota de leche. El sabor era dulce, cálido, y algo en lo más profundo de su ser, su lobo interior, rugió con aprobación.
—Charlie...— jadeó Babe.
—¿Sabes qué?— murmuró Charlie contra su piel.— Esto te hace aún más mío. Si eso es posible.
Y entonces, sin prisas, comenzó a chupar suavemente, imitando los movimientos de su hija pero con una intención muy diferente.
Babe gimió, arqueándose ligeramente, una mano enredada en el cabello de Charlie.
—Eres un obsesivo.— susurró Babe, pero no había queja en su voz.
—Tuyo. Obsesivamente tuyo.
La leche fluyó, y Charlie la bebió con una devoción casi religiosa. Sus manos recorrían el cuerpo de Babe con cuidado, evitando la zona de la cesárea, pero acariciando cada centímetro de piel que podía alcanzar.
Cuando finalmente se separó, los ojos de ambos brillaban con ese color característico.
Azul grisáceo y rojo carmesí, encontrándose en la penumbra.
—Te amo.— dijo Charlie.— Te amo a ti y a nuestra hija. Son mi todo.
—Y tú el nuestro.— Babe acarició su mejilla.— Siempre tú, Cachorro.
Charlie sonrió, y luego volvió a inclinarse, pero esta vez para besarlo. Un beso profundo, lento, lleno de promesas. Sabía a Babe, sabía a leche, sabía a hogar.
—¿Crees que podamos...?— preguntó Charlie en un susurro, con una sonrisa pícara.
—¿Ahora?— Babe rió.— Acabo de tener una cesárea, Charlie.
—Lo sé, lo sé. Pero no ahora ahora. Pronto. Cuando el doctor diga que sí.
—¿Tan desesperado estás?
—Por ti, siempre.
Babe sonrió, acariciando su nuca.
—Pronto, Cachorro. Te prometo que pronto. Mientras tanto, podemos...encontrar otras formas.
Charlie levantó una ceja, interesado.
—¿Otras formas?
—Eres creativo. Estoy seguro de que se te ocurrirá algo.
Charlie rió, una risa baja y posesiva.
—Oh, se me ocurrirán muchas cosas. Pero ahora, solo quiero estar aquí. Contigo. Con ella.
Se recostaron juntos en la cama, mirando la cuna donde Malee dormía plácidamente. La habitación estaba en silencio, roto solo por la respiración calmada de los tres.
—¿Feliz?— preguntó Charlie en voz baja.
—Inmensamente. ¿Tú?
—Nunca lo fui tanto.— Besó su sien.— Gracias, Babe. Por todo.
—Gracias a ti, Charlie. Por hacerme el hombre más feliz del mundo.
Y así, abrazados, con su hija durmiendo cerca, los dos destinados cerraron los ojos, sabiendo que al despertar, la aventura continuaría.
Pero por ahora, solo querían disfrutar de este momento de paz.
De familia.
De amor.
Tres meses después
Malee crecía sana y fuerte, con los ojos color avellana que cambiaban según la luz, heredando lo mejor de ambos padres. Ya sostenía la cabeza, ya sonreía, ya tenía a sus dos papás completamente rendidos a sus pies.
Babe se había recuperado por completo de la cesárea, y aunque aún amamantaba, había comenzado a complementar con fórmula para poder descansar un poco más. Charlie, por supuesto, seguía fascinado con el proceso, y no perdía oportunidad de "ayudar" cuando Babe necesitaba vaciar los pechos.
—Eres un enfermo.— decía Babe, riendo, mientras Charlie "colaboraba".
—Tuyo. Enfermamente tuyo.
Y así vivían, en una burbuja de amor y pañales y noches sin dormir y momentos robados. Las familias los visitaban a menudo, y la rivalidad había quedado tan atrás que a veces les costaba recordar que alguna vez existió.
Malee era el puente que unió dos mundos.
Era la prueba de que el amor podía más que el odio.
Y mientras crecía, rodeada de amor, sus padres sabían que le estaban dando el mejor regalo posible: una familia unida, fuerte, y llena de cariño.
Porque al final, eso era lo único que importaba.
El amor.
Siempre el amor.
¡FIN!
Dedicado a @patricia19898 la idea que me pediste, hice lo mejor que pude…Espero te guste….