Prólogo
Desde el año 200 d. C., los humanos comenzaron a poder transformarse en animales antropomórficos gracias a un proceso llamado «teriomorfación».
Al principio, surgían niños con colmillos más grandes y afilados, otros con huesos extrañamente ligeros y flexibles, o pequeños con una piel inusualmente fría y una mirada asesina sin precedentes.
Después de tan solo unas pocas generaciones, finalmente surgió la primera teriomorfación completa: Zayd, hijo de Talha, en el Reino de Himyar (la actual Yemen). Se dice que, tras la pérdida de su hermano a manos de unos bandidos, sintió tanta furia que, de repente, emanó un vapor hirviente de todo su cuerpo. Se escuchaba cómo sus huesos crujían y se rompían para volver a ensamblarse; sus dientes caían y brotaban otros afilados como cuchillos, mientras su piel se desgarraba y estiraba para hacerse más dura, cubriéndose de poderosas escamas verdes. Al terminar, se había convertido en un hombre cocodrilo de más de cuatro metros de largo
Se cuenta que treinta hombres lo rodearon con lanzas. Lo apuñalaron, lo insultaron, lo maldijeron... pero nada sirvió. Zayd los masacró a todos con una aterradora facilidad y, a partir de ese momento, cada vez más personas fueron capaces de teriomorfarse.
En el presente, la sociedad finalmente se adaptó al cambio. Ahora, todos los humanos heredamos una afinidad animal. Nuestro ADN y morfología están hechos para adaptarse a la teriomorfación según cada afinidad. Esto quiere decir que una persona con afinidad de león obtendrá características físicas (y muchas veces, también mentales) propias del felino, facilitando así el proceso teriomórfico.
Dicho proceso consta de un ritual donde una persona libera todo su potencial genético para convertirse en una versión antropomórfica de su afinidad animal. Una vez completada la teriomorfación, puede permanecer en ese estado el tiempo que este desee, pero a cambio de consumir una cantidad de energía y calorías extremadamente alta. Por eso, el cuerpo desarrolló un órgano específico que almacena dicha energía para el teriomorfismo: el «terionón».
Incluso desde antes de la teriomorfación, los humanos ya resolvían sus diferencias con la guerra y la matanza. Sin embargo, ahora hemos convertido dichas diferencias en espectáculos sangrientos entre luchadores feroces, capaces de pelear por días sin desangrarse, sin quejarse ni morir. Lo que antes se resolvía bajo la mesa por miedo a la opinión pública, ahora se exhibe y promueve con total descaro.
Al final, muchos concordamos en que es preferible que dos hombres se destrocen entre ellos por diferencias políticas a que lo terminen haciendo millones de personas inocentes en una catastrófica guerra. Por ello, hasta hace solo unas pocas décadas, se creó la ATM: los responsables de coordinar, ejecutar y administrar todas las peleas teriomórficas del mundo entero.
Sin embargo, en lugar de convertir las peleas teriomórficas en un recurso para evitar muertes inocentes, la ATM decidió usar todo el poder que ganó para someter a toda la humanidad. Comenzaron a cambiar leyes, tradiciones, culturas y a codificar el comportamiento que las «presas» deberían tener, como la sumisión y la obediencia. Esto quiere decir que si una persona que no posee poder intenta resistirse a los deseos de alguien más poderoso, entonces será aniquilada.
De todos los torneos, existe uno que destaca sobre el resto: la Luna Sangrienta. Se celebra cada ocho años y el premio es convertirse en el Alfa de la jerarquía mundial, obteniendo la capacidad de controlar a toda la sociedad. Allí impera el despiadado Tigre Jack, quien ha liderado la ATM durante casi tres décadas, siendo el principal responsable de la miseria que padecen las personas comunes.
Les contaré la historia de Colmillo, la razón por la que ahora somos libres: cómo un «don nadie» destruyó la jerarquía de poder y, en lugar de dominarnos, nos liberó.
Empezó en el año 2016, en España, cuando se celebraba la apertura de un hospital de última generación llamado «Ala Dorada». Pero, en las profundidades, se celebraba una apertura un poco más visceral, cuyo premio eran acciones mayoritarias del establecimiento. Aunque había un problema: faltaba un luchador en la habitación de espera. Era el luchador de un muy exitoso empresario llamado Jonathan, dueño de una línea farmacéutica llamada «Farmacias Camaleón».
De repente, al último minuto, un hombre encapuchado caminaba en su forma humana al lado de decenas de luchadores transformados en bestias.
—¡JAJAJA! ¿Te perdiste de camino a la guardería? Lárgate antes de que te arranque la cabeza de un cornazo —dijo uno de los luchadores, un Toro.
Sin embargo, Colmillo no dijo ni una sola palabra. Se mantuvo en silencio, con total indiferencia ante su provocación.
—¿Estás sordo o qué, hijo de puta? ¿Quién coño te crees para no responderme? ¿No sabes quién soy? —dijo el Toro, furioso.
Colmillo se mantuvo callado. El Toro, en un arranque de furia, lo empujó bruscamente, pero no logró moverlo ni un centímetro.
«¿Qué? Juraría que lo empujé... ¿por qué no se movió? ¿Quién es este hombre?», pensó, completamente confundido.
Antes de que la situación escalara, fueron interrumpidos por la voz del presentador.
—¡Damas y caballeros! Es un honor presentarles a la cúpula de luchadores del Torneo de Combate Teriomórfico «Frenesí». A continuación, los luchadores emergerán de la plataforma giratoria. Si aún no conocen las reglas, se las recordaré.
El presentador explicó que un Torneo Frenesí consiste en una plataforma circular gigante que surge del suelo. Allí, los veinte peleadores luchan a muerte o por incapacitación. No hay jueces, no hay reglas... todo vale. Puedes lanzar a los contrincantes por los bordes para hacerlos caer decenas de metros, patearles las partes bajas, escupir sus ojos o cualquier técnica rastrera que exista. Gana el último que permanezca en pie.
—Eres nuevo en esto, ¿no? ¿Cuál es tu peleador? —preguntó un empresario a un joven emprendedor que participaba en el torneo.
—Es ese Golden Retriever de ahí, señor.
—Oh, ya veo. No parece ser muy fuerte, ¿no? ¿Es tu primera vez aquí? —preguntó el empresario.
—S-sí señor, es mi primera vez en esto.
—No te preocupes, lo importante es que ganes experiencia. Es probable que tu peleador muera, pero, cuando un torneo como este termina, generalmente el peleador campeón es subastado por empresarios para participar en torneos de mayor élite; básicamente, esto sirve para descartar a quienes no sirven.
—¿O sea que pelean sabiendo que solo uno sobrevivirá? ¡Ese luchador es mi hermano! —dijo el emprendedor, aterrado.
El empresario se quedó mudo un segundo, pero luego sonrió.
—Aún no des a tu hermano por muerto. Los cánidos poseen cuerpos muy resistentes. A menos que le corten la cabeza o le perforen un órgano vital, no morirá... Eso creo.
—Dios mío... no sé por qué dejé que me convenciera de ir a pelear él en lugar de mi peleador, incluso ya le había pagado... Solo espero que esté bien...
—Deberías confiar más en tu hermano. Si tu peleador ve que no crees en él, peleará peor.
Antes de que siguieran hablando, el presentador dio la señal final. El Frenesí estaba a punto de empezar y el público lo sabía. Estaban eufóricos por ver sangre derramarse.
—¿Quién será el último luchador en pie? ¡La Pantera, alias «La Muerte Negra», es el favorito para ganar este combate! ¿Podrán los demás hacerle frente o se matarán entre ellos antes de enfrentarlo? ¡Averígüenlo, damas y caballeros! ¡Porque el Torneo Frenesí comienza... AHORA!








