đCAPITULO Iđ
El dĂa que Hiroshi Sakuragami naciĂł, el clan celebrĂł como si hubiese descendido una deidad. DespuĂ©s de 100 años, habĂa nacido una mujer. No llorĂł al abrir los ojos y los ancianos lo tomaron como una señal de fortaleza. Su padre, Tendo Sakuragami, sonriĂł con un orgullo que no estaba dirigido a su hija, sino al poder que ahora poseĂa. Con el nacimiento de la niña, Ă©l ascendĂa a lĂder del clan hasta que ella alcanzara la mayorĂa de edad. Diecisiete hermanos varones observaron a la reciĂ©n nacida desde la distancia. No la miraban como hermana, sino como sĂmbolo. Como herencia. Como arma.
Hiroshi creciĂł entre pasillos silenciosos y normas estrictas. Le enseñaron a inclinar la cabeza en el ĂĄngulo exacto, a caminar sin que el dobladillo del kimono susurrara contra el suelo, a hablar solo cuando se le dirigiera la palabra. Una lĂder no debĂa ser emocional. Una lĂder debĂa ser impecable. AsĂ aprendiĂł a contener la risa, a suavizar la voz y a esconder cualquier deseo que no estuviera alineado con el clan.
A los ocho años conoció a Satoru Gojo.
Fue durante una reuniĂłn entre clanes. Hiroshi mantenĂa la postura perfecta cuando sintiĂł una mirada insistente. Al levantar los ojos, encontrĂł un azul imposible. Brillante. Insolente. Vivo. Satoru Gojo ya tenĂa esa sonrisa ladeada que parecĂa desafiar al mundo entero. No la observaba como reliquia ni como futura herramienta polĂtica. La miraba con curiosidad infantil.
-ÂżAsĂ que tĂș eres la famosa niña especial? -dijo sin el mĂĄs mĂnimo respeto por el protocolo.
Hiroshi hizo una reverencia automĂĄtica.
Ăl soltĂł una risa ligera. -QuĂ© aburrida eres.
Aquella fue la primera vez que alguien le habló sin miedo o reverencia. Y también la primera vez que quiso dejar de ser perfecta.
Con Satoru aprendiĂł a correr por jardines que no estaban destinados a juegos. A ensuciarse las manos. A reĂr sin cubrirse del todo la boca. Ăl era arrogante incluso de niño, consciente de que era diferente por los Seis Ojos, consciente de que el mundo algĂșn dĂa girarĂa a su alrededor. Pero con ella no presumĂa poder; presumĂa libertad. Y Hiroshi, criada como un tesoro encerrado, comenzĂł a desearla.
A los doce años entendiĂł lo que significaba pagar el precio de la libertad. Su hermano mayor, tambiĂ©n llamado Tendo, se enamorĂł de una mujer no hechicera. Una humana comĂșn. Cuando su padre lo descubriĂł, lo despojĂł del apellido frente al clan entero. Lo declarĂł desenterrado, como si nunca hubiese pertenecido a la familia. Hiroshi observĂł la escena sin poder intervenir. Antes de marcharse, su hermano se inclinĂł frente a ella y susurrĂł que esperaba volver a verla algĂșn dĂa. En sus ojos no habĂa arrepentimiento, solo alivio. Esa imagen se grabĂł en el corazĂłn de Hiroshi como una herida silenciosa.
Ese mismo año comenzĂł a notar que su corazĂłn latĂa distinto cuando estaba cerca de Satoru. ConvenciĂł a sĂ misma de que era simple afecto. AdmiraciĂłn. Nada mĂĄs.
A los quince años, Satoru hizo algo que nadie mĂĄs se habrĂa atrevido a hacer: enfrentĂł directamente a Tendo Sakuragami y solicitĂł que Hiroshi ingresara a la Escuela TĂ©cnica de HechicerĂa de Tokio. Lo hizo con esa seguridad desvergonzada que lo caracterizaba en su juventud, recostado con las manos en los bolsillos, como si estuviera pidiendo prestado un libro y no el futuro de la hija mĂĄs valiosa del clan. ArgumentĂł que su potencial debĂa pulirse junto a otros hechiceros de Ă©lite. En realidad, simplemente no querĂa que ella siguiera encerrada.
El padre aceptĂł porque vio oportunidad. Una uniĂłn futura entre el portador de los Seis Ojos y la niña que nacĂa cada cuatro siglos consolidarĂa un poder incuestionable.
En la escuela, Satoru ya no era el niño curioso. Era mĂĄs alto, mĂĄs fuerte, completamente consciente de que era el mĂĄs poderoso de su generaciĂłn. Caminaba con arrogancia, se burlaba de sus superiores y sonreĂa como si nada pudiera tocarlo. Sin embargo, cuando estaba con Hiroshi, su voz bajaba apenas un tono. No la trataba como lĂder futura ni como reliquia polĂtica. La trataba como igual.
Una tarde cualquiera, bajo el cielo amplio del campus, la mirĂł fijamente y dijo sin rodeos:
-SĂ© mi novia.
Hiroshi parpadeĂł, sorprendida por la falta de ceremonia.
-ÂżEso es una orden?
-Es un privilegio -respondió él, sonriendo con descaro.
Ella sintiĂł que el mundo, por primera vez, le pertenecĂa un poco. AceptĂł.
Durante un tiempo, todo fue ligero. Las misiones compartidas, las discusiones absurdas, las miradas cĂłmplices. Hiroshi pensĂł que quizĂĄs podĂa equilibrar su destino con ese fragmento de felicidad.








