Amor o Venganza

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Summary

Esmeralda Carstens fue víctima de la traición más brutal: acusada injustamente, encarcelada y despojada de su hijo. Años después regresa como Katherine Johnson, una poderosa empresaria, dispuesta a destruir a sus enemigos uno por uno. Tendrá que elegir el amor por sus hijos o la venganza de quienes la destruyeron, Los Carstens —una familia de secretos oscuros, donde padre e hija comparten un vínculo incestuoso— se convierten en su blanco principal, mientras un viejo enemigo, Massimo Ferragamo, reclama el imperio que le fue robado. Creída muerta por todos, inicia la etapa final de su venganza: arrasar con quienes la hundieron, incluso si eso significa enfrentarse a Leandro, el único hombre que amó y padre de sus hijos y que ahora la repudia por haberse convertido en un monstruo. Pero al infiltrarse en una familia marcada por el poder, la ambición y los secretos más oscuros, descubre que la verdad es más peligrosa de lo que imaginaba. Entre traiciones, muertes y pasiones prohibidas, deberá decidir qué vale más: su venganza… o el amor de sus hijos que alguna vez juró proteger.

Genre
Drama/Romance
Author
Yazmin
Status
Ongoing
Chapters
109
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 - La Desesperación

El zumbido de la televisión llenaba la sala. Estaba recostada en el sofá del salón de la Casa Grande, hundida en mi película favorita, cuando lo sentí.


No fue un ruido.

No fue una palabra.

Fue una presencia.


La sombra de Don Agustín se alargó sobre mí… y antes de entender qué pasaba, ya estaba encima. Su peso me aplastó contra el sofá.


—Tío… ¿qué está…?


No terminé la frase. Sus labios cayeron sobre mi cuello, bruscos, urgentes. El olor de su aliento a tabaco me revolvió el estómago. Sus manosásperas se colaron bajo mi vestido, trepando por mis piernas como cuchillas heladas.


—Siempre tan hermosa… —murmuró con una voz grave que me heló la sangre—. No sabes cuánto tiempo he esperado esto.


Intenté apartarlo.

—¡No! —quise gritar, pero su palma me tapó la boca.


—Shhh… —susurró cerca de mi oído—. Aunque grites nadie te va a escuchar. No hay nadie en la Hacienda.


La presión era tan fuerte que apenas podía respirar. El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera romperlo. Tiró de un tirante de mi vestido y empezó a besarme los hombros; su bigote raspaba mi piel. Temí lo peor.


—Siempre supe que te convertirías en una mujer…—dijo con una risa baja—. Demasiado mujer para vivir aquí sin que alguien la reclame.


El miedo se convirtió en rabia. Moví las rodillas lo más que pude, lo empujé con las piernas… y logré apartarlo lo suficiente para escupir las palabras:

—¡¿Qué le pasa?! ¡Soy su sobrina! —Me levanté como pude.


Por un segundo se quedó mirándome. Sus ojos estaban oscuros.

—Tú sabes bien que no eres mi sobrina, eres una simple recogida —respondió con frialdad.


Corrí hacia la puerta principal antes de que pudiera tomarme nuevamente.

—¡Esmeralda! —rugió.


Abrí la puerta con manos temblorosas.—¡No vuelva a acercarse a mí!


—Vas a regresar maldita… —su voz me cortó en seco—.Rogando que te siga dando la vida que siempre has tenido.


Me quedé paralizada con terror.


—Porque sabes muy bien —continuó con una calma aterradora— que fuera de esta casa no eres nada. Sin los Carstens no serías nada. —Su mirada bajó por mi cuerpo. —Y cuando regreses… rogarás porque te haga mía.


Su risa fue un puñal que me siguió hasta la calle.


Huí medio desnuda, con el vestido torcido, las lágrimas ardiéndome los ojos y la sensación pegajosa de sus manos todavía sobre mí.


—Dios… —susurré mientras corría—. Dios, por favor…


Cada paso me recordaba lo que había estado a punto de pasar.


Me sentía sucia.

Me sentía en shock.

Deseé en ese momento no haber nacido.


Hasta que la pradera apareció frente a mí. Y allí, entre la tierra y el sudor, estaba Erick. Trabajaba ajeno a mi tormenta. No sabía si acercarme o pasar de largo. Me detuve a arreglarme la ropa. Me sequé las lágrimas con mis manos. Tragué la náusea y el temor. No podía contarle lo sucedido en la Casa Grande. La vergüenza me inundaba, tenía que disimular.


Respiré profundo, tragué saliva e intenté sonar natural.

—Hola, Erick —mi voz tembló más de lo que quería.


Él levantó la cabeza sorprendido.

—Hola, Esmeralda… Se incorporó lentamente, limpiándose las manos enel pantalón.—¿Qué te trae por aquí? —Dijo como si mi presencia le incomodara. Sus ojos recorrieron mi rostro con atención. —¿Estás bien?—Arqueó la ceja.


Mi garganta se cerró.

—Sí… —Mentí. —Te vi y… quise saludarte. — Tenía que inventar algo. De pronto me giré hacia un lado y vi un bote lleno de agua. La excusa perfecta.—¿Me invitas un vaso de agua?


Él frunció el ceño.—Claro. Mientras llenaba el vaso, volvió a mirarme.—Estás pálida.


—Debe ser el calor.


—Esmeralda… —dijo con una seriedad que me hizo evitar su mirada—. ¿Qué pasó?


—Nada.


—¿Segura?


Asentí y le arrebaté el vaso antes de que siguiera preguntando y bebí a sorbos.


Entonces lanzó la pregunta que me atravesó:—¿Por qué me hablas ahora? Hace mucho que no lo haces.


Sentí el peso del pasado caer sobre nosotros.—


¿De qué te asombras? —respondí con una sonrisa falsa—. ¿Acaso ya no puedo saludarte?


Erick soltó una pequeña risa amarga.—Me sorprende que hagas como que se te olvidan las cosas. —Sus ojos se clavaron en los míos. —Fuiste muy clara aquella vez.


Recordé la discusión de hace dos años. Sus palabras. Las mías. Pero no tenía fuerzas para revivirlo.

—No vine a pelear Erick —murmuré.


—Entonces ¿a qué viniste?


Volví a tomar agua porque no sabía que responder y me senté en una piedra que estaba cerca. Él volvió a su labor, de espaldas, ignorando mi presencia.


Pero yo no podía dejar de mirarlo. Su piel morena clara, la curva de sus hombros, el brillo terroso de sus brazos, esos ojos olivos que dicen más que él.


¿En qué momento Erick se convirtió en un hombre?


—¿Vas a seguir mirándome así? —dijo sin voltear.


Me sobresalté. Se dio cuenta de ¿cómo lo miraba?

—¿Así cómo?


—Como si quisieras decir algo… pero no te atrevieras.


Suspiré aliviada y el silencio me ahogó. Me levanté antes de pensarlo. Dejé el vaso sobre la piedra. Y lo besé.


Sin permiso.

Sin aviso.

Solo urgencia.


Él respondió… por un segundo. Luego se apartó de golpe.

—¿Qué haces? —su tono era un filo—. ¿No fuiste tú quien me dijo que me alejara?


—Fue un impulso… lo siento. —La vergüenza me quemó la cara. —No debí hacerlo.


Di media vuelta para retirarme. Pero me tomó delbrazo.

—Esmeralda…


Me jaló hacia él y me besó otra vez. Esta vez con fuerza. Su mano en mi espalda. Su calor pegado al mío. Mi piel empezaba arder. Por un instante olvidé todo.


Pero de pronto me empujó.—¡Vete! —Sus ojos ardían. —No juegues conmigo.


—Yo no estoy jugando…


—Entonces ¿qué estás haciendo?


No supe responder.


—Primero me dices que desaparezca —continuó con voz tensa—. Dos años sin mirarme… como si nunca nos hubiéramos conocido, y ahora vienes, me besas y esperas ¿qué actúe como si nada?


—No esperaba nada…


—¡Exacto! —dijo con frustración—. No puedes esperar nada de mi después de tantos años. —Respiró hondo. —Vete, Esmeralda.


Las lágrimas me nublaron la vista.


Él se giró para darme la espalda.

—Y no vuelvas a buscarme.


Caminé de regreso a la Casa Grande con el corazón hecho pedazos, no por Erick si no por todo lo que me había pasado en esta tarde. La casa estaba vacía por suerte. O no. Subí rápido las escaleras tratando de no hacer ruido, cerré la puerta con llave y me tiré sobre la cama.


El miedo a que Don Agustín entrara seguía vivo, como si respirara en la habitación.


Pensé en lo que pasó. Y en Erick.

—¿Por qué a mí? —susurré al techo brotándome las lágrimas.


El sueño me atrapó sin avisar.


De repente escuché golpes suaves en la ventana. Abrí los ojos. Y una silueta estaba en el balcón.

—Esmeralda… —susurró una voz conocida. —Esmeralda…


Erick.


Corrí a abrir.

—¿Estás loco? ¿Qué haces aquí? Si te ven los guardias te matan.


Apenas moví la ventana, me sujetó el rostro y me besó como si necesitara respirar de mí.

—Perdóname —dijo contra mis labios


—Erick…yo…


—Fui un tonto al dejarte ir. —Su voz se suavizó. —Vine por ti.


—¿Por mí? —Pregunté sorprendida.


—Sí. —Me miró con una intensidad que me hizo temblar. —Porque, aunque me hayas apartado… nunca dejé de amarte.


Mi corazón latía demasiado fuerte.

—Erick… yo…


—Shhh —susurró—. No digas nada si no quieres.


Me besó con una intensidad desbordante, me guió hasta mi cama y me acostó suavemente, sus manos recorrían mi cuerpo lentamente, mis manos torpes empezaron a desabrochar su camisa, sin darme cuenta nos habíamos quedado sin ropa, sus besos ardían mi piel, hasta que su movimiento me arrancó un gemido de dolor, que cada vez se convertía en una sensación placentera, me sentía cada vez más viva, suavizó su vaivén y sonrió satisfecho porque sabía que se llevaba algo muy preciado de mí. Fue suave hasta terminar.


Nos quedamos juntos en silencio.


—Siempre esperé este momento —murmuró finalmente mientras besaba mi frente.


El cansancio me venció entre sus brazos. Y sin darme cuenta… me dormí.


Olvidándome que si Don Agustín se enteraba que Erick estaba conmigo, las cosas podrían ser fatales.


---


Cada vez que abría los ojos, mi habitación, parecía más pequeña, más oscura… como si el aire se espesara con cada respiración.


Me incorporé. La sábana estaba fría. Demasiado fría.


Y sin embargo… mi piel ardía. Aún podía sentir el peso de Erick sobre mí, el roce de su boca.


Fue un sueño, repetía en mi cabeza, pero mis manos, temblando, buscaban en mi cuerpo la prueba de lo contrario.


No había marcas.

No había nada.

Nada… excepto la certeza.


Me levanté y abrí la ventana. El amanecer pintaba el cielo azul y destellos dorados. Desde ahí podía ver los campos y, más allá,la silueta de la casa de Erick, apenas un punto entre la neblina.


Quise llamarlo. Quise correr hacia allí. Pero algo me clavó los pies al suelo: miedo… y una pregunta que no me dejaba en paz.

Si no vino… entonces, ¿quién estuvo conmigo anoche?¿Será que Don Agustín me drogó para hacerme suya? El miedo me inundó. Y un ruido en el pasillo me arrancó del pensamiento. Pasos. Lentos. Firmes. Llegando.


Me alejé de la ventana. El sonido se detuvo justo frente a mi puerta.


Un golpe seco.


—Esmeralda… —la voz de mi tío Agustín, ronca, como arrastrando cada sílaba—. Tenemos que hablar.


Mi corazón se detuvo un segundo. Miré el cerrojo. Y pensé… si lo abre, no salgo viva de aquí.

—No tenemos nada que hablar —respondí, tratando de que mi voz sonara firme.


Hubo un silencio. Solo mi respiración acelerada y el crujir de la madera bajo sus pies.


—Abre la puerta, Esmeralda. Sus palabras no fueron un grito… pero el peso de su voz me aplastó igual.


Miré alrededor buscando una salida. La ventana estaba abierta, pero el balcón quedaba demasiado alto. Si salto… no sé si me rompo las piernas o me salvo.

—No voy a repetirlo —dijo, y escuché el metal de la manija golpear contra el cerrojo.


Di un paso atrás. Luego otro. Mis dedos buscaron cualquier objeto para defenderme. Encontré una lámpara de cerámica, que estaba sobre una mesita; el frío de la base me dio un poco de valor.


—Esmeralda… —su voz ahora era más baja, más venenosa—. No me hagas enojar.


Golpe.

Otro golpe.

El cerrojo tembló.


—¡Váyase! —grité, sintiendo cómo me ardían los ojos.


El siguiente golpe fue tan fuerte que pensé que la puerta cedería. Me apreté contra la pared a lado de la puerta, la lámpara lista esperando para dar el golpe.


Y entonces… silencio.Pasos alejándose. Lentos. El eco se fue apagando hasta que quedé sola con mi respiración y el latido en mis oídos.


No sé cuánto tiempo pasó antes de atreverme a moverme. Me asomé por la ventana: la figura de mi tío Agustín en el patio, las manos detrás de su espalda, platicando con un trabajador de él, como si nada hubiera ocurrido.


Pero lo conocía lo suficiente para saber que no se había rendido. Solo estaba esperando.


Me dejé caer al suelo. Y en ese instante lo decidí:no podía quedarme ahí.


---


Desperté sola, la cama intacta y la ventana cerrada.


¿Entonces fue solo un sueño? No… no podía ser.


Porque aún sentía el calor de sus manos de Erick en mi piel, el olor de su cuello todavía estaba en mi respiración y mi mi corazón seguía golpeando… como si mi tío Agustín estuviera aquí. Y eso era lo más aterrador.