Capítulo 1
¿Qué quieren de mí? Gritó Bridella cuanto fuerte pudo y un chillido desesperado de una bebé recién naciendo lo cubrió todo, estridente y punzante. Muy caótico para entender, pero el alma vieja que ocupaba ese pequeño no estaba del mejor ánimo para controlar nada.
Bridella lloró, gritó, quiso romperlo todo, pero esas manos endebles como la gelatina que acababa de nacer, no respondía. Sin lágrimas, aturdida y desesperada Bridella intentaba sacar su dolor, hasta que la voz tranquilizadora de la madre la llamó y ese pequeño cuerpo reconoció instintivamente el ritmo, la paz, la emoción.
Despacio fue tomando aire, aferrándose a lo que conocía.
Bridella era un alma, espiritu, energía, ente, o como quieras llamarla, que había estado en este mundo que odiaba durante tanto tiempo, siempre enfrentando pruebas y aprendiendo cosas que ya consideraba innecesarias. Había muerto y regresado a la vida de miles de formas distintas, sin entender el por qué.
La pequeña, nueva vida estaba agotada. Pero la vieja vida no tenía ganas de preocuparse por eso, ella lloró y lloró durante horas en el hospital. Los padres trataron de calmarla, alimentarla, arrullarla, los doctores realizaron pruebas, pero nada funcionaba, Bridella solo podía llorar.
Ellos no podían entender, porque cuando naces en la especie humana pasado un tiempo olvidas lo que fuiste antes de llegar ahí y esos estúpidos doctores, como los llamaba ella, se pensaban quesiendo tan pequeña todo está en el cuerpo como si eso fuese lo único. Ellos no podían ni imaginar que Bridella sufría por los tres pequeños que dejó solos hacía tan poco tiempo antes. Hacía solo un par de horas que un jabalí salvaje salió corriendo de entre los matorrales en la oscura carretera, y el conductor no pudo esquivar al animal y fue lanzado a un costado con tanta violencia, que había muerto antes de tocar el suelo.
Ella todavía sentía el impacto del auto cuando la atropelló.
“Espero que te salga sarna en las manos, desgraciado”, maldijo ella, rabiosa. Y siguió llorando su desdicha.
La nueva madre cargó desesperada a la bebé, suplicándole, decirle lo que le dolía, porque nadie lograba consolarla, y, Bridella entendiendo lo que esa mujer sentía se tranquilizó. Sintió el alivio que los bebés experimentan al escuchar la voz que los acompaña durante su primer trayecto en este mundo y lo aprovechó.
Cuando por fin la bebé cerró los ojos, durmió, como solo los recién nacidos saben hacerlo y mientras su conciencia permanecía fresca, logró desprender su esencia, dejando atrás el aura y el cuerpo a la que ahora estaba unida.
Se podría decir que era como ser atraído por imanes fuertes hacia donde estaba el cuerpo anterior. Y sí, la jabalí golpeada aún yacía al costado de la carretera, Bridella no le prestó mucha atención y siguió de largo sin sentir la más mínima preocupación, tenía un lugar muy importante al que ir y tan poco tiempo para hacerlo. Rápido siguió el rastro de la energía brillante de sus cachorros, quienes aún la esperaban, amontonados, cubriéndose del frío.
Los tres pequeño jabalíes percibieron la presencia, y levantaron sus hocicos tratando de olfatear, buscando entre las sombras de aquel bosque, llamando con chillidos. Bridella abrazó con tristeza el color lila que de ellos emanaba. Los tres reconocieron a su amada madre y chillaron aún más fuerte, al entender que no volvería más cómo la conocían.
Mamá les habló con claridad, y sus voces resonaron con fuerza. Porque, es cierto, que los animales, por su baja conciencia del mundo, son mucho más perceptivos a aquello que no se puede ver con los ojos, ni oír con los oídos. Entre cantos suaves intentó calmar sus pequeñas almas, sabiendo que ellos comprendía que debía ser así. Se fueron acurrucando uno contra el otro envueltos con energía pura de mamá, así entre la tristeza y el acongojo cerraron los ojos y durmieron.
Bridella fue entonces atraida de vuelta a esa pequeña bebé pero ya no gritaba; apenas si ladeó la cabeza, sin interes. Aún estaba triste, pero con esa calma extraña, porque sabía que sus cachorros estaban a salvo. Confiaba en que ya eran lo suficientemente grandes para defenderse. Después de todo, eran jabalíes salvajes y, sin mamá, tendrían que hacerse aún más fuertes.
Los días pasaron y ella fue llevada a su casa, donde se notaba que la esperaban con amor y calidez. Todo estaba calmado, lo que para Bridella era mucho mejor, porque los recién nacidos dormían más de lo que lloraban, lo que le daba oportunidades de visitar a sus propios bebés mientras aún pudiese. Pasó todo el tiempo que pudo con ellos. Poco a poco, fueron sintiendo el alivio que ella les transmitía y, con ello, el olvido dio paso a la madurez.
Bridella siempre sentía dolor al dejar a sus pequeños a la deriva; eso nunca cambió, y lo odiaba. Pensaba que, después de tantas veces, ya habría aprendido la lección que ese dolor ofrecía, pero en muchísimas ocasiones dejó bebés de todas las especies que no sobrevivieron sin ella, y aún más decepción sentía.
Resignada, apartó su esencia de los cachorros, dejándolos libres y confiando en que algún día se cruzarían en su camino otra vez.
Si hay algo que debes saber es que, con los animales, todo es cuestión de energía. Pueden sentir a las plantas a su alrededor, hablarles e incluso, cuando muere un animal, agradecen por su esencia. El instinto era algo que Bridella siempre admiró en las vidas que tuvo como animal, planta, célula o incluso molécula, participando en un todo vasto y complejo, que crece y evoluciona.
Los humanos, en cambio, se aturden rápidamente, son egoístas y usan los instintos de modo erróneo, para el centro en vez de expandirlo. Según Bridella, no tenían oportunidad de conectar con el color que los rodea, por lo que perdían, con los años, la habilidad de comunicarse con otras especies. Le había ocurrido tantas veces que ya no podía contarlas más. Siempre que reencarnaba en un humano, mientras ese humano viviera, ella perdía sus memorias si tenía suerte tardaría unos pocos años, y las recuperaba cuando moría otra vez, siempre esperando no volver a revivir, pero volviendo cada vez.
Si al menos pudiera ser un árbol de nuevo, en medio del Amazonas, o un témpano de hielo con un manantial en el centro, donde nadie pudiese entrar.
Ella quería trascender más que nada, porque no había cosa alguna que pudiera aprender más. ¿Amar? ¿Odiar? ¿Temer? ¿Qué? No, no había nada que el mundo pudiera ofrecer. Alguien se había olvidado de recogerla, y eso era claro.
Ya debía haber ascendido hace mucho, pero seguía atrapada en este plano. Este mundo la mantenía atada. Si moría, regresaba al poco tiempo, sin poder escoger a dónde ir, sin tener poder sobre su destino; solo pasaba al siguiente ciclo.
Se supone que todos tenemos un punto al que llegar, una misión, algo que debemos aprender para trascender. Pero Bridella, para su desgracia, continuaba regresando. ¿Debía ser humilde? Lo fue. ¿Debía ser arrogante? Lo fue. ¿Debía caer y levantarse? Ya lo había hecho miles de veces, y aun así nacía en un cuerpo diferente cada vez.
Cuatro mil años en este rincón de la línea le parecían un error. Y lo único que podía hacer era continuar…