SUBIENDO LA TRENSION Y UN CRIMEN CAP 1
El día no era agradable en la ciudad de Montserrat. El calor caía pesado sobre el cementerio, como si incluso el aire se negara a moverse.
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La familia Casuali despedía a Abigail, la sobrina de Nadia.Los lamentos se mezclaban con el sonido seco de los pasos sobre la grava. Era una procesión lenta, cargada de dolor. Abigail había sido querida… demasiado querida para irse así, en un accidente tragico en la carreter.
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Pero no todos lloraban.Walter permanecía inmóvil, con la mandíbula tensa y la mirada endurecida.
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—¿Tuviste que llegar a esto para darte cuenta de que estabas equivocada, Nadia? —murmuró, apenas audible—. Ya es tarde… demasiado tarde.
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Nadia apretó el pañuelo entre sus manos.—Basta, Walter —susurró, sin mirarlo.Pero él ya no hablaba por ella. Hablaba por sí mismo.
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—Voy a cargar con esto toda mi vida. Y lo peor es que no puedo hacer nada… más que odiarte.
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Nadia cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya estaban enterrando el ataúd.
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Walter se dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás.Nadia lo observó irse, con lágrimas silenciosas corriéndole por el rostro.
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Nadie preguntó nada.
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Nadie se atrevió.Porque todos sabían… o sospechaban.
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Walter llegó al coche y abrió la cajuela buscando un cigarrillo. No tenía encendedor.Golpeó el volante con rabia.
—Todo fue culpa mía…
—murmuró—. Yo debería estar ahí abajo, no ella.
—Papá, otra vez te estas molestando, contigo mismo, nada a cambiara, por mucho que te molestes.
Tras esucharla voz, el Levantó la mirada hacia el retrovisor.Valentina estaba sentada en el asiento de atras.
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No había ido al funeral. Nadia había decidido que no era “apropiado”. Decía que su discapacidad.
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—esa incapacidad de llorar— incomodaría a los demás.Valentina lo miró un instante… y luego desvió la vista hacia la ventana.—
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¿Estás enfadada porque no te dejaron ir? —preguntó él, más suave.—No iba a ir —respondió ella, mascando chicle—. No soy normal.
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Todos me miran raro.Walter tragó saliva.
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—Eres perfectamente normal, Valentina. El problema es la gente… no tú.
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Ella no respondió.El silencio volvió a llenar el coche.Walter miró la hora y exhaló con cansancio.
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—No soporto estar aquí… Vámonos.Arrancó el coche sin esperar respuesta.
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Horas después, un taxi dejó a Nadia frente a la casa.Entró con el rostro endurecido.
El televisor estaba encendido.
Walter dormía en el sofá, con una botella vacía sobre el pecho y varias más en el suelo.
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Nadia soltó una risa amarga.
—Claro… aquí estás.Él abrió los ojos, confundido.
—Ni siquiera fuiste capaz de esperarme —continuó ella—.
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¿Crees que puedes hacer lo que quieras en esta casa?
Walter se incorporó, tambaleante.—¿Esta casa? —escupió—.
Técnicamente, es mía. Soy el hijo del antiguo dueño…
¿recuerdas?—No me importa, ya vete —dijo Nadia, fría—.
Llévate tus cosas y desaparece. Ve con tus amantes, me da igual.Los ojos de Walter brillaron con furia.
—¿Mis amantes?
—rió sin humor—.
¿Y Lorenz? ¿También es imaginación mía?Nadia levantó la mano para abofetearlo.
Pero esta vez no ocurrió.Walter le sujetó el brazo con fuerza.
—No
—dijo entre dientes—.
Esta vez no.Nadia intentó soltarse.
—Suéltame.—
No hasta que te retractes.
—Suéltame o te juro que…
—¿Qué? —la interrumpió, apretando más—.
¿Me vas a pegar otra vez?
¿Como siempre?
El miedo cruzó por primera vez el rostro de Nadai.
.—Walter… me estás lastimando.
—Tú me lastimaste primero —respondió él—.
La empujó con violencia. Nadia cayó contra el sofá, sin aire.
El silencio se rompió en la casa.
Desde su habitación, Valentina escuchaba.Se había quedado mirando el techo, atrapada en recuerdos de Abigail.
No eran buenos recuerdos… pero eran lo único que quedaba.El grito la hizo levantarse.
Se acercó a la puerta.Escuchó todo.
El golpe.
El tono de su padre.
El miedo en la voz de su madre.Su corazón empezó a latir más rápido.Corrió hacia su viejo teléfono.Sin señal.—No… no, no, no…—¡Walter, suéltame! —gritó Nadia desde la sala.Valentina apretó el teléfono con fuerza.No quería involucrarse.
Nunca lo hacía.Porque en esa casa… nunca había importado.
Pero esta vez…
Esta vez era diferente.
La tensión en el living era insoportable.
Nadia retrocedía, tropezando con los muebles, buscando la puerta como única salida.
—¡Basta!
—gritó, con la voz quebrada—.
¡Te advierto, Walter, si me haces daño vas a ir a la cárcel!Pero él no la escuchaba.
O peor aún… ya no le importaba.
Walter la alcanzó antes de que pudiera llegar a la puerta. La sujetó con violencia y la empujó contra el sofá.
—¡Me arruinaste la vida! —rugió, fuera de sí—.
¡Yo tenía una hija… y ahora no tengo nada!
Nadia intentó zafarse, golpeándolo como podía, desesperada por respirar.
—¡Suéltame!Pero las manos de Walter se cerraron alrededor de su cuello.
El aire dejó de entrar.
—Nunca me amaste…
—continuó él, temblando entre rabia y lágrimas—.
Solo me usaste…
porque la detestabas.Nadia arañó sus brazos, sus manos, lo que fuera.
Su vista empezaba a nublarse.
—¡Ayuda…!
—logró emitir, apenas un hilo de voz.Afuera, un coche se detuvo frente a la casa.Una mujer miró hacia la entrada, dudando.
—Llegamos, Joe…
—dijo en voz baja—.
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LlmAquí vive tu padre.—Lo odio —respondió el niño, seco, sin mirarla.La mujer suspiró y tocó el timbre.Nadie respondió.—Tal vez no están… —murmuró.Pero algo no se sentía bien.Se acercó lentamente a la ventana.
Dentro, Nadia ya casi no podía moverse.
Sus manos caían sin fuerza.Walter la mantenía inmovilizada contra el sofá, completamente fuera de control.
—¡Sufre! —gritaba—. ¡Te lo mereces!En su habitación,
Valentina escuchaba todo.
Los golpes.
Los gritos.
El silencio extraño que vino después.Algo dentro de ella se rompió.
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Sus manos temblaban cuando abrió el cajón y tomó el arma.
No quería hacerlo.
Nunca había querido formar parte de nada de meters en sus problemas.
Pero esta vez…
Si no hacía algo, su madre iba a morir.
Salió al pasillo.Cada paso le pesaba.Hasta que lo vio.
Su padre, encima de Nadia.Sus manos en su cuello.El cuerpo de su madre… casi inmóvil.
—¡NO!
—gritó.Walter se giró, sobresaltado.Valentina alzó el arma, temblando de pies a cabeza.
—¡No vas a matarla! —dijo, con la voz rota—. ¡Te juro que disparo!
Walter la miró, incrédulo.
—Valentina… baja eso…Pero ella no podía.
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Sus manos no respondían. Miró a su madre.
Los ojos de Nadia, apagándose.Y entonces cerró los suyos…Y apretó el gatillo.
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El disparo rompió el aire.
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Pero no fue hacia Walter.La bala atravesó la ventana.Afuera, la mujer cayó al instante.
Joe gritó, desesperado.
—¡MAMÁ!El silencio fue absoluto.
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Walter se quedó inmóvil.Nadia cayó al suelo, tosiendo, recuperando el aire entre espasmos.
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Valentina dejó caer el arma.No podía moverse.No podía pensar.—¿Qué… qué hiciste…?
—susurró Walter, en shock.Se acercó a la ventana.Vio el cuerpo.Y lo entendió todo.
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Sin decir nada, recogió el arma del suelo.Y, antes de que alguien pudiera detenerlo, disparó contra su propio brazo.
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El grito de dolor llenó la casa.Nadia reaccionó al instante.
—¡¿Estás loco?!—Llama… a la policía… —dijo él, apretando la herida, pálido—. Y a una ambulancia.
La miró, con una urgencia desesperada.
—Voy a decir que fui yo… todo…
—respiró con dificultad—. Valentina no tuvo la culpa…
¿me oyes?
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Nadia dudó apenas un segundo.
Luego corrió hacia el teléfono.Porque ahora…ya no se trataba solo de sobrevivir.Sino de decidir quién iba a cargar con la verdad.








