Baby (Depto.13) Libro 3

Summary

BABY: Soy muy estricto con las reglas, y con razón. Hacen la vida simple. Predecible. Segura . Mis compañeros de piso quizás no estén de acuerdo, pero creo que son una necesidad. Que es exactamente por lo que enamorarme del único chico heterosexual del apartamento es una pésima idea. Jungkook Jeon es un rompedor de reglas. Está sin camisa en momentos inapropiados, es alérgico a llamar a la puerta y de alguna manera está convencido de que fingir ser mi novio no es gran cosa. Pero para mí, definitivamente sí lo es. Entre todos los abrazos y halagos, me resulta cada vez más difícil recordar que esto es falso. Los besos se sienten reales, las caricias se prolongan y estoy olvidando cómo era no tener toda la atención de este hermoso chico sobre mí. Solo hay una forma en que esto termina, pero si hay algo de lo que estoy seguro, es que Jungkook Jeon vale la pena el dolor de corazón. ************** JUNGKOOK: Creo firmemente que hay algunas reglas que están hechas para romperse. Puede que mi compañero de piso favorito no esté de acuerdo, pero estoy bastante seguro de que puedo hacerle cambiar de opinión. Baby cree que no puedo soportar ser su novio falso solo porque soy heterosexual. No entiende cuánto me gusta estar cerca de él. No paso mis noches viendo películas de los ochenta porque me gusten. Lo hago porque es el único momento en que baja la guardia. Lo que empezó como un favor que NO me pidió, se ha convertido en lo más real de mi vida. Solo espero poder convencerle de que valgo la pena el riesgo. Puede que sea más fácil decirlo que hacerlo, pero si hay algo que sé, es que Baby Park vale la pena la lucha.

Genre
Romance
Author
jimena
Status
Complete
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. PRÓLOGO

Baby

Hace cuatro años…

—¿A qué te refieres?

—Es que es… raro —afirma Zeke con una mueca de desprecio muy sutil, y es exactamente el golpe para el que me estaba preparando.

Es casi imperceptible, esa mirada. Él oculta muy bien lo que siente , y mucho más. Sabe esconderlo, hacerme sentir loco por siquiera pensar que lo vi, pero no estoy loco. Sé que no lo estoy.

Y no es tan amable como alguna vez pensé. Esas sonrisas encantadoras que solían provocar que las mariposas estallaran en mi vientre… ahora puedo ver a través de ellas. Solía pensar que era hermoso, pero eso fue antes de que me mostrara fragmentos de la persona que mantiene oculta. Le creí; pensé que era agradable y divertido. Todavía actúa así de vez en cuando, todavía me lanza esa sonrisa de dientes perfectos, pero ya no es lo mismo. Hace que se me revuelva el estómago, me pone más que nervioso. Cualquier tontería puede hacerlo estallar; es imposible seguirle el ritmo.

Siempre me arrepiento de entrar aquí, de seguirlo como un perrito faldero para poder escondernos en un clóset literal. Un armario de verdad. Debo odiarme a mí mismo.

¿Por qué otra razón seguiría haciendo esto?

—Sinceramente, es asqueroso que siquiera lo preguntes, que quieras hacer eso. Yo no quiero. No sé cuántas veces tengo que decirte que no soy un puto gay.

—Yo…

Siento que el calor me sube a la cara tan rápido, la sensación de toda esa sangre agolpándose en mi rostro es tan abrumadora que ni siquiera puedo terminar la idea. Yo no pregunté. Me propongo nunca pedirle cosas; ya aprendí la lección. Hay un límite para la humillación que un chico puede soportar. Pero él exigió saberlo, usó su voz dulce para engañarme y hacerme pensar que realmente quería una respuesta.

Es mi culpa. Sabía que iba a hacer esto. Zeke siempre sale con cosas así: me dice que podemos intentar algo nuevo y luego me trata como si fuera la cosa más vil que existe solo por sugerir algo.

«No soy gay». Lo dice al menos una vez cada vez que estamos aquí. Como si de alguna manera fuera heterosexual por rogarme, a un chico, que le haga una mamada cada vez que tiene oportunidad.

—Solo chúpame la polla. Tengo cosas que hacer.

—Zeke, yo…

—No tenemos tiempo para esto, Min. La primera campana va a sonar pronto.

Se lleva la mano al botón del pantalón y yo… observo. No me defiendo. Solo miro. Me hace sentir asqueroso. Sucio. Tan despreciable como él cree que soy.

Y el apodo no ayuda. Solía hacerme sentir especial. Él es el único que me llama así; para todos los demás soy Jimin, Minie o Baby. Solía pensar que era tierno, pero él lo arruinó. Lo convirtió en algo repulsivo.

Se me revuelve el estómago mientras la saliva llena mi boca y siento que podría vomitar. Dios, nunca me dejaría olvidarlo. Lo usaría como munición cada vez que me pusiera la vista encima. Una parte demente de mí casi quiere hacerlo: vomitar sobre todo su uniforme escolar. O sobre sus zapatos ridículamente caros. Tal vez eso lo asquearía lo suficiente como para dejarme en paz.

Tengo que decir que no. No. No debería ser tan difícil. Es una de las palabras más cortas que existen: una sola sílaba.

—Date prisa. —Su mano me empuja el hombro y me estremezco. Todo mi cuerpo retrocede, golpeando la puerta detrás de mí con un estrépito que lo molesta al instante—.¿Pero qué mierd…? —La expresión de su rostro en este momento es exactamente la razón por la que decir que no es tan difícil. Esta vez no es sutil, para nada. Está llena de odio. Nunca me ha pegado, pero a veces me mira y juraría que lo va a hacer.

—No quiero.

Mis labios se separan de nuevo mientras me preparo para darle una excusa, pero… no tengo ninguna. No tengo idea de dónde vino esa valentía, pero estoy agradecido por ella, por haberle dicho finalmente la verdad. He estado de rodillas para él muchas veces, pero no siempre he querido estar ahí. Solo que nunca se lo dije. Nunca dije lo contrario, así que ni siquiera puedo culparlo.

El que está jodido aquí soy yo.

—Tú… —Me agarra la muñeca, apretando los dedos con fuerza, y me quedo helado; mi instinto de lucha o huida no me sirve de nada. Pero todo termina tan rápido como empezó, con un resoplido y una última mirada de repulsión para rematar—. Como quieras. Gracias por dejarme con las ganas.

Y entonces se abre paso a empujones, y el clic de la puerta al cerrarse me indica que se ha ido. Suelto un gran suspiro porque es un alivio. Es un alivio inmenso… y sin embargo me siento culpable. Siento que hice algo malo.

Siempre se siente así cuando me deja aquí encerrado.

Me ha entrenado lo suficientemente bien como para saber que debo quedarme quieto unos minutos; cinco para ser exactos. Este armario no está en una parte concurrida de la escuela, pero por la remota posibilidad de que haya alguien acechando, no quiere que me vean con él. No a solas. Ser sorprendido en cualquier lugar con el único chico abiertamente gay de nuestra escuela católica privada, es un suicidio social más efectivo de lo que fue unirse a los matletas en el año dos mil cuatro. La preparatoria no es exactamente lo que Chicas Pesadas pintaba, pero a veces puede serlo. De hecho, a veces es mucho peor. Y esta resulta ser un infierno literal.

Irónico, considerando la cantidad de cruces que hay por todas partes.

Mi teléfono vibra en el bolsillo trasero para recordarme que no todo el mundo en esta escuela es un asco. Kyra ha sido mi amiga desde el día en que nos conocimos. Ella es la única razón por la que alguien me dirige la palabra, incluido su hermano, que aún no sale del armario.

No han pasado cinco minutos, pero supongo que Zeke está lo suficientemente lejos como para no enterarse si me voy un minuto antes. Y si lo hace, ¿qué más da?

Bueno, no… todavía no me siento tan indiferente al respecto, pero siento que me doy asco a mí mismo, y a menos que quiera que esa mierda se extienda, necesito a alguien que no me trate como si no valiera nada. Y esa es básicamente solo Kyra, quien no tiene idea de que a su propio hermano le gustan los chicos.

Y para ser justos, realmente le creo cuando insiste en que no es así. Los chicos hacen que se le ponga la polla dura, pero estoy seguro de que los odia por eso. Especialmente a mí.

—¡Minie!

Le lanzo una mirada fulminante cuando la veo. Su voz de interiores no existe. Un grupo de chicos, Zeke y sus amigos engreídos entre ellos, empiezan a burlarse como idiotas porque el apodo les resulta así de gracioso, y casi me dan ganas de morderla.

Pero no es solo ese apodo, son todas las cosas que la gente me llama. El inusual «Jim» los hace reír porque… bueno, no soy un Jim. Los profesores me llaman Jimin, mi nombre, e incluso eso los hace reír.

Jimin, Mimi, Minie, Min… no importa. Los odio todos. Realmente, lo única forma que me gusta que me llamen, es el apodo que mi mamá me puso. Me llamó así por uno de sus personajes de película favoritos; tanto mi nombre real como el apodo que me dio, y siempre lo he adorado. No fue sino hasta que empecé el jardín de niños que supe que «Baby» no era mi nombre real. Entiendo que suele ser un nombre cariñoso, pero mi mamá lo hizo mío.

Principalmente, me gusta porque se siente como yo.

Pero de ninguna manera dejaría que ninguno de estos imbéciles lo oyera. El hecho de que la gente descubriera mi segundo nombre casi arruina mi vida; un hecho que apenas estoy exagerando. Hubo un anuncio real por los altavoces diciendo que estaba prohibido incluso mencionarlo, y eso fue apenas una semana después de que se descubriera.

En realidad no importa cómo me llamen. Todos se ríen de mí, y tiene muy poco que ver con mis muchos nombres diferentes. Es todo lo que soy. Mis madres lesbianas y la marihuana: los mayores pecadores que existen, según todos ellos. «¡No es de extrañar que sea marica, tiene dos mamás! Ja, ja, ja». Quién soy, qué soy. Mi voz, mi estatura, cada uno de mis átomos, es motivo de risa.

Y Kyra lo sabe, así que por qué grita tan fuerte, es algo que me supera.

—¿Era necesario?

Finalmente está lo suficientemente cerca como para tocarla, y considero seriamente clavarle los dientes en el brazo.

—Vamos, Minie… no nos importa lo que piensen esos tipos.

Enfatiza lo poco que le importa levantándoles el dedo corazón a todos antes de agarrarme del brazo y arrastrarme a la mesa en la que siempre nos sentamos. No es que eso sirva de nada para detener sus risas. O los piropos que le lanzan a ella. O los insultos que me lanzan a mí. El único al que no escucho decir nada, es a Zeke.

No puedo creer lo mucho que ese pequeño detalle solía significar para mí.