Capítulo 1- Ella no volvió a casa
El impacto fue lo último que escuché.
Un chirrido agudo, metal retorciéndose… y después, nada. Se formó una oscuridad total, un silencio espeso lo invadió todo, como si el mundo hubiera dejado de existir de repente.
Pero antes de desaparecer por completo… hubo algo más.
El olor a Gasolina, a quemado, el aire denso que me raspaba la garganta.
Intenté moverme pero no pude. Mi cuerpo no respondía, era como si ya no me perteneciera. Quise abrir los ojos… pero el peso era insoportable.
Entonces escuché voces, lejanas al principio y algo confusas.
—¡Aquí! ¡Está aquí!
—Respira… rápido, está respirando.
Noté unas manos, alguien me tocó el rostro y el cuello.
Yo solo sentía frío, mucho frío.
—Tiene el pulso débil. Hay que inmovilizarla y llevárnosla cuanto antes.
Quise hablar. Decir que estaba ahí. Que podía oírlos pero mi voz simplemente no salió.
El sonido de una sirena comenzó a crecer a mi alrededor, mezclándose con el caos. Todo se volvió borroso e inestable.
Y justo antes de volver a caer en la oscuridad…pensé en él, en mi perro Argos.
……..
En casa, el silencio empezó a pesar.
Argos levantó la cabeza de golpe.
No era un sonido concreto lo que lo alertó, sino la ausencia de todo lo demás, no había pasos, no se escuchaban las llaves. No estaba su voz…
Se incorporó lentamente, con las orejas tensas y espero varios segundos… y nada.
Se acercó a la puerta, olfateando el aire con insistencia. El rastro estaba ahí… pero era débil. Incompleto. Algo no encajaba.
Rascó la madera una vez. Luego otra, más fuerte.
Un leve llanto escapó de su garganta.
Ella siempre volvía. Pero esta vez no y el no sabía el porqué.
Argos se quedó quieto unos segundos, como si intentara entender algo que no podía.
Entonces bajó el hocico hasta el suelo y lo encontró, el olor de Marta… salía hacia fuera.
Sus patas se tensaron. Salió por la ventana del salón estaba abierta y no tenía más de medio metro de altura.
Sin dudarlo más, empezó a seguir el rastro.
El aire de la calle era distinto. Más frío, más ruidoso.
Argos dudó apenas un instante antes de avanzar.
El olor estaba disperso, roto por otros cientos de olores: coches, personas, comida, asfalto caliente pero seguía ahí, debil… pero suficiente.
Avanzó trotando, con el hocico casi rozando el suelo, concentrado y un coche pasó demasiado cerca y el sonido lo hizo retroceder de golpe, sus patas resbalaron levemente en el pavimento.
Se quedó quieto, respirando rápido. Pero no se fue. Sabia que no podía.
Volvió a bajar el hocico y volvió a olerla, el rastro continuaba.
Cruzó la calle cuando el ruido disminuyó, inseguro pero decidido.
Una voz humana gritó algo a lo lejos, pero Argos no se detuvo, el no entendía el peligro, solo entendía que ella no estaba y eso estaba mal. Muy mal.
El camino se alargó, calles desconocidas, esquinas llenas de ruido, personas que pasaban sin mirarlo, algunos incluso lo esquivaban y otros simplemente lo ignoraban.
Nadie entendía que no era un perro perdido. Que estaba buscando a su unica familia.
El olor empezó a intensificarse.
Argos aceleró el paso, mientras su respiración se volvía más agitada. Algo dentro de él le decía que estaba cerca. Muy cerca.
Y entonces se frenó en seco. En frente un edificio grande y frío con puertas que se abrían y cerraban solas.
El olor de Marta estaba ahí, claro e inconfundible.
Argos se detuvo frente a la entrada automática. No cruzó.
El ruido, la gente, el movimiento… todo era demasiado.
Se quedó quieto. Observando, esperándola.
Sus ojos no se apartaban de la puerta. Porque ella estaba dentro y él lo sabía.
Se sentó y decidió no moverse, no importaba cuánto tiempo pasara. No importaba el frío, el hambre o el miedo. Desde luego no se iría sin ella.