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Si el tiempo nos perdona, puedo amarte una vez mas

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Summary

Amelia desapareció de la vida de Oliver sin dar explicaciones. Cuatro años después, él ha logrado reconstruirse y está a punto de casarse en Italia con otra mujer. Todo parece estar en su lugar... hasta que el destino le juega una mala (o perfecta) pasada. La chef encargada del catering de su boda es Amelia. La mujer que lo dejó. La mujer que nunca pudo olvidar. Y no vuelve sola. Oliver descubre que Amelia es madre de una niña de cuatro años, el mismo tiempo que tiene la ausencia que marcó su vida. El pasado irrumpe con fuerza, obligándolo a cuestionar sus decisiones, su presente y el amor que creyó haber superado. "Si el tiempo nos perdona" es una novela sobre segundas oportunidades, secretos que cambian destinos y amores que no desaparecen, solo esperan. Porque no todos los amores llegan cuando mas los deseamos... pero algunos llegan justo a tiempo.

Genre
Romance
Author
Eloise
Status
Complete
Chapters
81
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

ASIA

Como un sueño te me fuiste

Y solo quedan recuerdos tristes



Nápoles era una ciudad que parecía latir al compás de su propia música. El bullicio de los vendedores en las plazas, los balcones repletos de ropa, el aroma de la masa recién horneada mezclado con el café. Cada rincón tenía vida, historias, secretos. Para muchos, era solo un lugar pintoresco que inspiraba fotografías pero para Amelia, era un refugio. Allí había encontrado una segunda oportunidad donde su dolor podía transformarse en arte a través de la cocina, donde podía reinventarse sin que nadie cuestionara su pasado.

Cuatro años habían pasado desde que dejó Bogotá. Cuatro años desde que huyó sin mirar atrás, dejando familia, amigos y, sobre todo, al hombre que había marcado su vida: Oliver Vega. Había sido su primer amor verdadero, su canción favorita hecha persona y también, el recuerdo más doloroso que cargaba. Pensar en él aún le apretaba el pecho, aunque se había prometido miles de veces no dejar que ese fantasma dictara su presente.

Ahora, con el tiempo y la distancia, Amelia no era la misma. La joven despreocupada y espontánea se había transformado en una mujer fuerte, disciplinada y perfeccionista. Era conocida en toda la ciudad como Amelia Curé, una de las chefs más solicitadas de Nápoles. Sus manos, que antes solían temblar entre lágrimas y dudas, se habían convertido en instrumentos capaces de crear experiencias inolvidables. Pero lo más importante no era su reputación, ni los restaurantes que la aclamaban, ni las revistas que querían entrevistarla. Lo más importante era Rosemary, su hija. La pequeña a la que llamaba Rosi, su mayor orgullo pero también su secreto más grande.

Aquella tarde, Amelia caminaba por las calles empedradas con el teléfono en la mano, escuchando la voz cálida de Natalia, su amiga de siempre. Natalia y Sebas habían sido parte de su vida en Colombia y a pesar de la distancia, la amistad seguía intacta.

—Me emociona tanto que vengan, el evento que sea que tienen es la excusa perfecta para verlos nuevamente —decía Amelia con una sonrisa—. La casa es de ustedes, ya saben. Y claro, Rosi estará feliz de verlos.

—La última vez que la vimos era apenas una bebé —respondió Natalia emocionada— Ahora seguro que ya está hecha toda una señorita.

Amelia apretó el paso y miró de reojo su reloj. —Sí, ha crecido mucho. Les va a encantar verla.

Hubo un silencio breve en la línea antes de que Natalia riera, aunque con cierto nerviosismo. —Amelia, hay algo que deberías saber antes de que...

—Nati, lo siento, debo colgar —la interrumpió Amelia, llegando frente al restaurante—. Ya estoy en el trabajo y tengo que preparar todo. Nos vemos en dos días, ¿sí? Dale un abrazo a Sebas de mi parte.

Guardó el teléfono en su bolso y respiró hondo. Apenas cruzó las puertas del restaurante, su expresión cambió: de la amiga cálida y sonriente pasó a la chef impecable, con una mirada calculadora y pasos firmes. El sonido de las cacerolas, los cuchillos golpeando contra las tablas de cortar y el murmullo del personal la envolvieron de inmediato.

—¿Todo listo? —preguntó, recorriendo con sus ojos cada estación.

—Sí, chef, todo en orden —respondió Marco, su sous-chef, ajustándose el mandil con nerviosismo, como siempre hacía cuando ella llegaba.

Amelia asintió con un leve gesto, aunque sus ojos no dejaban escapar un detalle. —Perfecto. Cuando lleguen los clientes, me acompañarás.

—Por supuesto, chef —afirmó él sin vacilar.

—¿Y Rosemary? —preguntó con suavidad, bajando la voz.

—Salió a tomar un helado con Laura. Regresarán en un rato.

Amelia asintió otra vez. Saber que su hija estaba bien con Lau le permitía concentrarse. Se encerró en su oficina unos minutos, revisando correos y ajustando el menú, aunque en el fondo sabía que era solo un intento por mantener la mente ocupada.

Un golpecito en la puerta interrumpió sus pensamientos. —Chef, la pareja ha llegado —informó uno de los empleados. —Marco ya los está atendiendo.

Amelia se levantó con calma, se acomodó el delantal y caminó hacia la sala de juntas. Desde el pasillo escuchó la voz de una mujer hablando animadamente con Marco.

—¡Qué emoción! No puedo creer que hayamos conseguido cita aquí. Me habían dicho que era casi imposible.

Amelia entró con una sonrisa cordial, lista para desempeñar el papel de chef profesional. —Mucho gusto, soy Amelia Curé.

—¡Por fin! —exclamó Sofía, estrechándole la mano con entusiasmo—. Soy Sofía Martínez, y créame que me siento la mujer más afortunada del mundo de tenerla como chef para nuestra boda.

—Muchas gracias, un gusto conocerla —respondió Amelia con calma—. ¿Su prometido no ha llegado aún?

—Se quedo comprando unas galletas —rió Sofía—. Las vio en una de sus vitrinas y dijo que le recordaban a algo, aunque no entendí muy bien qué. Ya debe estar llegando.

—Muy bien. Mientras tanto, puedo ir explicándole el proceso. Las degustaciones se dividen en tres etapas: hoy entradas y barra libre, en dos días el plato fuerte, y al final bebidas y postres. Así ustedes tendrán una experiencia completa.

Amelia comenzó a explicar el procedimiento de la degustación, manteniendo la compostura. Pero justo cuando Sofía asentía con entusiasmo, una voz interrumpió el aire de la sala. Una voz grave, familiar, imposible de olvidar.

—Perdón por la tardanza.

Amelia sintió que el mundo se le detenía. El tiempo retrocedió cuatro años en un segundo. Giró lentamente y lo vio: Oliver Vega. Su cabello un poco más largo, sus facciones más maduras, pero sus ojos... esos ojos verdes que una vez la hicieron sentir que era el centro del universo.

Él también la reconoció.

—¿Lia?

El susurro fue suficiente para quebrar el aire entre ellos. Amelia apretó la mandíbula, buscando fuerzas. El celular vibró en su bolsillo y aprovechó el momento.

—Disculpen, debo atender esta llamada —dijo con frialdad antes de irse a su oficina. Luego, al contestar, murmuró con voz temblorosa: —Laura, llévate a Rosi a casa. No vengan.

Colgó sin darle oportunidad de que respondiera y regresó con el rostro perfectamente controlado, como si nada hubiera pasado. Marco servía el vino para ellos y Sofía charlaba sin notar la tensión. Pero Oliver no dejaba de mirarla, con los ojos cargados de preguntas, de reproches, de un pasado que había quedado inconcluso.

—Chef, ya está todo listo —anunció Marco.

—Excelente —respondió Amelia, con la serenidad de quien lleva una máscara a la perfección.

Sofía, sonriendo, tomó a Oliver del brazo. —Mi prometido dice que este lugar es impresionante. ¿Verdad, amor?

Oliver apenas reaccionó, sus ojos fijos en Amelia. Finalmente, murmuró: —Sí, es... impresionante. Lia, no sabía que eras chef.

Amelia mantuvo la compostura. —Amelia —corrigió con suavidad, como marcando distancia.

Sofía los miró, intrigada. —¿Lia? ¿Se conocen?

El silencio se cargó de electricidad. Amelia respiró hondo y Respondió antes de que el lo hiciera. —Sí, nos conocimos hace años, en Bogotá. Yo era amiga de Sebastián y Mateo, por ellos conocí a la banda. Pero después me mudé aquí y perdimos el contacto. —Miró a Oliver directamente, fingiendo cordialidad—. ¿Cómo están los demás?

Oliver la miró con una mezcla de incredulidad y dolor. No podía creer que ella estuviera hablando de su pasado como si fuera algo trivial, como si no hubiera significado nada. Pero Sofía estaba allí, y él no podía decir lo que realmente sentía.

—Están bien —respondió él, con voz firme pero fría—. La banda ha crecido mucho. Nos ha ido bien.

Amelia asintió con una pequeña sonrisa de compromiso.—Me alegra escucharlo.

Sofía, aún confundida pero decidida a ignorar la tensión, intervino:—¡Qué pequeño es el mundo! ¿Verdad? —dijo, riendo nerviosamente—. ¿Y cómo es que nunca me mencionaste que conocías a Amelia, amor?

Oliver se aclaró la garganta. —Fue hace mucho tiempo —dijo, evitando la mirada de Amelia—. Como ella dijo, perdimos contacto.

Amelia asintió, agradecida de que él no profundizara más. Pero sabía que esto no había terminado. Oliver no era el tipo de persona que se conformaba con medias verdades, y ella lo sabía demasiado bien.

Amelia se apresuró a cambiar de tema. —¿Empezamos con la degustación? Marco les explicará cada plato.

Sofía asintió, emocionada, sin sospechar la tensión que habitaba en la sala . Oliver, en cambio, no apartaba la mirada de Amelia. Ella lo sintió como una presión en el pecho, incluso cuando se obligó a alejarse de la mesa y a refugiarse en la cocina.

Apoyada contra la pared de azulejos, cerró los ojos y respiró hondo, como si el aire pudiera devolverle la calma que había perdido en cuanto lo vio sentado allí, a pocos metros de ella. Sabía que no podía seguir postergando lo inevitable: Oliver estaba frente a ella otra vez, y con él volvían todas esas preguntas que había enterrado tantos años.

Amelia se quedó en la cocina unos minutos más, escuchando el murmullo de los hornos y el tintinear de las copas en el salón. Todo sonaba lejano. Se recogió un mechón suelto detrás de la oreja y trató de recomponerse, pero la imagen de Oliver, tan sereno por fuera y tan inquieto por dentro, la desarmaba.

Marco, su sous chef y mano derecha, se le acercó con una mirada de sincera preocupación.

—Amelia, ¿usted está bien? —preguntó en voz baja, sin querer incomodarla delante del resto del equipo.

Amelia parpadeó y forzó una sonrisa. —Sí, Marco... solo necesitaba un momento. ¿Cómo va la degustación?

—Bien —respondió él, aunque vaciló un segundo antes de añadir—. La señorita Sofía parece encantada, pero el señor... —hizo una pausa, bajando aún más la voz—. Parece distraído. Apenas ha probado un bocado.

Amelia apretó los labios, sintiendo cómo se le encogía el estómago. Sabía perfectamente por qué Oliver estaba distraído. Enderezó los hombros, se alisó el delantal y respiró hondo.

—Gracias, Marco. Ya vuelvo.

Cuando regresó a la sala, Sofía hablaba con entusiasmo, describiendo flores, vestidos, el viaje de luna de miel, mientras Oliver se limitaba a responder con monosílabos, con la vista fija en el mantel... o en Amelia cuando ella cruzaba la habitación.

—Chef, ¡esto está delicioso! —exclamó Sofía, señalando el plato de bruschettas con una sonrisa radiante—. Nunca había probado algo así.

Amelia curvó los labios en una sonrisa profesional. —Me alegra que le guste. Es una receta que perfeccioné en acá Nápoles, aunque no pude resistirme a darle un toque colombiano.

—¿Colombiano? —preguntó Sofía, intrigada—. ¿Es por eso que tiene ese sabor tan familiar?

—Sí. A veces los sabores de casa se cuelan en los platos, aunque uno no lo planee.

Entonces Oliver habló por primera vez en toda la tarde.

—Siempre fuiste buena para mezclar cosas que no parecían encajar.

Amelia se tensó. Sus ojos lo buscaron por un instante, leyendo en su expresión un mensaje que nadie más entendería.

—Gracias —respondió con una sonrisa apenas dibujada—. Supongo que de eso se trata la cocina... y la vida.

Sofía rió, sin notar el filo en aquel intercambio. —¡Definitivamente! Amor, ¿no crees que deberíamos pedirle a Amelia que prepare algo especial para la boda? Algo que combine Italia y Colombia, como estos platos.

Oliver no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en Amelia, como si buscara algo en ella.

—Sería un placer —dijo por fin, aunque el tono frío traicionaba lo que sentía en su interior.

Amelia asintió, profesional, aunque su corazón latía con fuerza. —Por supuesto. Podemos hablar de eso más adelante. Por ahora, disfruten de la degustación. Marco les explicará el siguiente plato.

El resto de la tarde se volvió un suplicio disfrazado de rutina. Sofía reía, hablaba de recuerdos con Oliver, de la magia de aquel primer beso bajo la lluvia, de cómo él le cantó una canción improvisada en su casa. Amelia sonreía con cortesía, asentía en los momentos correctos, fingía interés en cada detalle. Pero por dentro, cada palabra era como una astilla clavándose más hondo.

Él, en cambio, permanecía casi en silencio, contestando con frases breves, pero con los ojos puestos en Amelia cada vez que ella intentaba no mirarlo. El contraste era insoportable: Sofía rebosando alegría y Oliver convertido en un espectro que solo ella parecía ver en su verdadera forma.

Finalmente, todo fue aprobado. Sofía no paraba de hablar de lo feliz que estaba, de cómo todo era perfecto. Amelia sonrió hasta el último instante, hasta que la última copa fue retirada de la mesa.

—Marco, agenda la próxima cita en dos días —dijo, con la voz firme aunque sus manos temblaban apenas—. Srta. Sofía, Oliver... felicidades por la boda. Los dejo.

No esperó respuesta. Se giró y caminó hacia la cocina con pasos rápidos.

Dentro, sus empleados la miraron sorprendidos: nunca la habían visto tan pálida.

—Marco se queda a cargo —anunció, quitándose la filipina de un tirón y dejándola caer sobre una silla—. Me retiro temprano.

Esa tarde, Amelia salió del restaurante y caminó directo al garaje. Subió a su Mercedes-Benz, encendió el motor y se dejó llevar por el rugido del auto. Durante los últimos cuatro años había trabajado sin descanso, construyendo una vida que le había dado estabilidad, éxito y hasta lujos que nunca creyó posibles sin depender de su familia. Sin embargo, en ese instante nada de eso tenía peso. Solo quería llegar a casa, cerrar la puerta y apagar la tormenta que Oliver había despertado en ella.

Condujo más rápido de lo habitual, el pecho apretado, los recuerdos de la degustación repitiéndose en bucle en su mente. La forma en que él la miraba, el tono de su voz... era como si cuatro años se hubieran desvanecido y todo volviera a doler.

Al estacionar frente a su hogar, vio a través de la ventana la escena que siempre le devolvía la calma: Laura, su mejor amiga, jugando en el suelo con Rosi, que reía a carcajadas. Apenas la pequeña notó la llegada de su madre, soltó los juguetes y corrió hacia la puerta con su energía habitual.

—¡Mami! —gritó, lanzándose a sus brazos.

Amelia se agachó para recibirla y la abrazó fuerte.

—Mi niña... ¿cómo estás?

Rosi comenzó a contarle con emoción cada detalle de su día: que había pintado un sol enorme, que Laura le había dejado probar una galleta recién horneada, que había inventado un juego nuevo en el jardín. Amelia sonreía, acariciándole el cabello, pero sentía un nudo en la garganta que no conseguía tragar.

—Cariño, ve un momento al jardín y juega mientras hablo con tu tía Laura, ¿sí?

—Está bien, mami —respondió la niña sin protestar y salió hacia su pequeño parque de juegos.

Laura esperó a que Rosi se alejara, cruzándose de brazos, y la miró con una mezcla de sospecha.

—Viste a Oliver, ¿verdad?

Amelia se tensó de inmediato, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

—¡¿Cómo lo sabes?!

—Porque lo vi —replicó Laura con calma, haciéndole un gesto para que la siguiera hasta la cocina.

Amelia obedeció en silencio. Laura sirvió dos tazas de té, le empujó una hacia las manos y se apoyó en el mesón, estudiándola como si pudiera leerle los pensamientos.

—¿Dónde lo viste? —preguntó Amelia, tomando un sorbo con las manos temblorosas.

—Iba entrando al restaurante cuando él estaba viendo el estante de unas galletas.

Amelia abrió mucho los ojos, casi escupiendo el té. —¿¡Qué!?

—Sí —asintió Laura, encogiéndose de hombros—. Me lo topé de frente. Intenté evadirlo, pero no pude.

El corazón de Amelia dio un vuelco. —¡¿Y Rosi?!

Laura levantó las manos en un gesto tranquilizador. —Tranquila. No preguntó por ella.

—¿Segura?

—Segura —confirmó, aunque después hizo una pausa—. Pero...

Amelia la miró con el ceño fruncido. —¿Pero qué?

Laura esbozó una sonrisa entre divertida y resignada. —Fue por culpa de tu hija que no pude evadirlo.

—¿Qué hizo ahora?

—Pues que, como si fuera la dueña del negocio, empezó a recomendarle qué galletas comprar. “Esas de mantequillas son mis favoritas, señor”. Y claro, él se rió y le hizo caso.

Por un instante, Amelia no pudo evitar sonreír con ternura. Pero enseguida la preocupación volvió a su rostro.

—Rosi sabe que no debe hablar con extraños.

Laura la miró con firmeza. —Sabes perfectamente que Oliver no es un extraño.

Amelia se pasó las manos por el rostro, agotada. No necesitaba que nadie le recordara lo obvio. Rosi tenía su cabello castaño y ondulado, sí, pero esa sonrisa torcida, esos ojos verdes y el hoyuelo en la mejilla izquierda gritaban la verdad que Amelia había intentado ocultar durante cuatro años.

—No puede saberlo... —murmuró, más para sí misma que para Laura—. Nadie sabe, excepto ustedes tres.

—Amelia... —dijo Laura con tono grave—. Él no es idiota. Cuatro años desde que desapareciste, una niña de cuatro años... ¿cuánto crees que tardará en sumar dos más dos?

—¡Ya! —Amelia golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo temblar las tazas.

Laura guardó silencio unos segundos y luego suavizó la voz. —Lo único que te digo es que te prepares. Porque tarde o temprano, se va a enterar.

Amelia respiró hondo, intentando recuperar la compostura. —Por cierto —dijo, cambiando de tema de manera brusca— Sebastián y Natalia llegan en dos días para un evento que tienen. Se van a quedar aquí.

Laura arqueó una ceja. —¿En serio? ¡Qué bueno!

—Sí, aunque... —Amelia bajó la mirada—. Estoy casi segura que el evento por el que vienen es la boda de Oliver.

Laura abrió los ojos. —¡¿Qué?!

—Lo que escuchaste, el no solo estaba comprando galletas como un turista cualquiera —respondió Amelia con ironía amarga—. Mientras Oliver estaba comprando las estúpidas galletas, yo estaba con su prometida hablando del menú. Yo estaré a cargo del catering.

Laura se llevó las manos a la cabeza. —¡Tienes que estar bromeando!

—Ojalá.

—¿Y por qué aceptaste?

Amelia golpeó la mesa nuevamente. —¡Porque ni siquiera soy la que agendo a los clientes!

El silencio se hizo denso. Amelia dejó caer la cabeza entre sus manos, suspirando con frustración.

Laura la observó, con mezcla de compasión e impotencia. —Lía... ¿qué piensas hacer?

—Nada. Haré mi trabajo, como siempre.

—No me vengas con eso —replicó Laura, dándole un ligero empujón en el brazo—. Te conozco demasiado bien. No puedes decir que “nada” cuando tu cara al entrar era la de alguien al borde del colapso.

Amelia la miró fijamente, cansada de fingir. —No tengo opción, Lau. ¿Qué esperas? ¿Que renuncie a un contrato porque el novio es mi ex a quien le oculte que tiene una hija? ¿Que le diga a Sofía que no puedo encargarme de su boda porque su prometido es el amor de mi vida?

Laura la sostuvo de los hombros con firmeza. —No, no te pido eso. Solo quiero que me digas cómo planeas sobrevivir a esto sin destrozarte.

Amelia soltó una risa amarga. —Ya estoy destrozada. Solo que lo se disimular.

Por un instante, ninguna habló. Laura le acarició la mejilla con ternura.

—Entonces no me dejes fuera, ¿me oyes? Si todo se complica, si él intenta hablarte o... si sospecha algo de Rosi, quiero estar ahí. No lo cargues sola.

Amelia asintió, aunque en sus ojos brillaba la duda.

—Y hablando de Rosi —añadió Laura, más seria—. ¿Qué harás si él descubre la verdad?

Amelia bajó la mirada a la taza vacía, sus dedos apretando con fuerza el borde. —No lo hará... —susurró, aunque sonaba más a ruego que a certeza.

Laura no dijo nada más. Se limitó a rodearla con un abrazo fuerte. Amelia cerró los ojos y se dejó sostener, respirando por primera vez en toda la tarde.

Pero en el fondo, ambas sabían que el pasado había vuelto... y que tarde o temprano, la verdad terminaría por alcanzarlas.

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