1:CICATRICES
El cielo sobre la Ciudad de México no era negro, sino de un violeta enfermo, teñido por la contaminación y las luces de neón que nunca se apagaban. A setenta pisos de altura, sobre la aguja de cristal de la Torre Reforma, Arka permanecía inmóvil. El viento a esa altura rugía con la fuerza de un huracán, pero no lograba mover ni un solo cabello de su cabeza. Su figura, envuelta en una gabardina de cuero negro que parecía absorber la luz, era una mancha de vacío contra el horizonte.
Aparentaba veintitrés años, la edad en la que su biología decidió que la muerte no tenía jurisdicción sobre él. Sus rasgos eran afilados, casi crueles, y su piel tenía la palidez del mármol antiguo. Pero eran sus ojos los que traicionaban su naturaleza: dos esferas de un dorado incandescente, el color del oro fundido en el núcleo de una estrella. No eran los ojos rojos sucios de los infectados; eran los ojos de un Original, un ser que existía antes de que el concepto de "pecado" fuera inventado.
Arka cerró los párpados. Su mente no funcionaba como la de un humano. Él no recordaba el futuro, él lo habitaba.
La visión lo golpeó como un rayo: Tres minutos hacia adelante. Un sedán negro. Un neumático estallando por un clavo de acero templado. El coche derrapando. El impacto contra el muro de contención. El fuego. La mujer de ojos verdes atrapada, su tráquea colapsando bajo el peso del motor.
Arka abrió los ojos. El dorado de sus pupilas brilló con una intensidad violenta. No sentía compasión; la compasión requiere empatía, y Arka había dejado de ser humano hace cuarenta mil años en las estepas heladas de lo que hoy era Europa. Sin embargo, había algo en esa mujer, un rastro genético, una promesa que él había hecho en una vida que ya no le pertenecía.
—Tres minutos —susurró. Su voz sonaba como el crujido de un glaciar rompiéndose bajo su propio peso.
No saltó. Simplemente dio un paso al vacío. Mientras caía, su cuerpo no se aceleró por la gravedad; se deshizo. Miles de partículas de sombra y ceniza dorada se desprendieron de él, transformándose en una bandada masiva de cuervos negros que descendieron en una espiral perfecta hacia la autopista elevada.
Se materializó en el asfalto justo cuando el sedán negro pasaba a su lado a cien kilómetros por hora. El tiempo, para Arka, empezó a dilatarse. Vio el clavo entrar en la goma. Vio la estructura molecular del neumático fallar.
—Causalidad: Nulidad de Impacto —sentenció.
Extendió una mano. No hubo una explosión de energía, sino un cambio en las leyes de la física. El coche, que debería haber salido volando por los aires tras el reventón, simplemente se detuvo. El metal chirrió, las llantas dejaron marcas de quemado de veinte metros en el concreto, pero el vehículo permaneció en la tierra, como si una mano invisible de un gigante lo hubiera aplastado contra el suelo.
Arka caminó hacia la puerta del conductor. El cristal se hizo añicos ante su mera presencia. Dentro, la mujer jadeaba, en shock. En su cuello, un tatuaje de un sol negro con siete rayos brillaba débilmente. Arka la miró con una frialdad absoluta.
—Todavía no —dijo él—. Tu linaje tiene una deuda que pagarle al Vacío, pero no será esta noche.
—¿Quién... quién eres? —balbuceó ella, viendo el oro líquido en los ojos del extraño.
Arka no respondió. Sus sentidos, agudizados hasta el límite de lo divino, detectaron una distorsión en el aire. Un olor a ozono, azufre y algo mucho peor: nada. El vacío absoluto.
Desde las sombras de un callejón cercano, una figura emergió. Era un joven que aparentaba unos diecinueve años, de cabello blanco como la nieve y una expresión de aburrimiento eterno. Vestía ropa táctica moderna, pero su postura era la de un caballero antiguo. Sus ojos también eran dorados, aunque más pálidos, como el sol de invierno.
Era el Décimo, el último de los Originales.
—Llegas tarde, Cero —dijo Arka, sin apartar la vista de la mujer.
—El tiempo es relativo para nosotros, Segundo —respondió el Décimo. Su voz tenía un efecto extraño: donde él hablaba, el sonido del tráfico y las sirenas se apagaba. Era su poder de Anulación manifestándose de forma pasiva—. El Primero me ha enviado. Dice que dejes de jugar con los humanos. Los sellos en las fosas de las Marianas están vibrando. Los Exánimes han encontrado una grieta.
Arka sintió una punzada de dolor en la base de su cráneo. Un recuerdo que intentaba emerger: la cueva oscura, el olor a carne rancia de su propia familia, y la risa de Cainos, el Primero, mientras lo obligaba a mirar cómo el mundo desaparecía.
—Cainos no da órdenes, Cero. Él da sugerencias que el universo obedece —replicó Arka con amargura—. Pero yo no soy el universo. Soy su error de cálculo.
De repente, el callejón detrás del Décimo explotó en sombras. Tres figuras saltaron hacia ellos. Eran infectados, vampiros de ojos rojos, pero estaban deformados. Sus cuerpos estaban hinchados, con venas negras palpitando en el exterior de su piel y una sustancia viscosa goteando de sus bocas. No eran simples bebedores de sangre; eran recipientes de los Exánimes, sombras del vacío habitando carne muerta.
El Décimo ni siquiera se movió. Simplemente dejó que su aura se expandiera. Los infectados se congelaron a medio aire, sus habilidades de salto y fuerza anuladas por completo, cayendo al suelo como sacos de carne inerte.
—Están aquí —susurró el Décimo—. Y vienen por el linaje que estás protegiendo, Arka.
Arka se giró hacia los monstruos que intentaban levantarse. Sus ojos dorados se encendieron como faros en la tormenta. En su mente, vio mil formas de matarlos, mil futuros donde sus cenizas eran esparcidas por el viento. Elegiría la más dolorosa.
—Si el Vacío quiere guerra —dijo Arka, mientras sus manos se cubrían de una energía grisácea que distorsionaba el espacio—, le recordaré por qué nos crearon a nosotros para ser sus carceleros.