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KNOCKING

Summary

Basada en la Creepypasta con el mismo nombre. "Alguien llama a mi puerta, siempre... Forcejea, insulta; envía sobres; pero yo nunca abro. Porque no se qué es lo que está al otro lado"

Genre
Horror
Author
nchyx
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo Único

La primera vez que los escuché, tenía 7 años. Fue en el colegio, cuando le pedí permiso a la señorita Kim de dejarme ir al sanitario. Luego de un regaño sobre como debí haber aprovechado la hora del receso para ir y hacer mis necesidades, me dio la llave del baño de discapacitados, ya que estaba más cerca al salón y ella no quería que me demorara tanto y perdiera la oportunidad de aprender el abecedario. Fui entonces, encerrándome en el baño que más bien parecía un cuarto diminuto, con el suficiente espacio para que la gente con discapacidad, hiciera lo suyo. 

Me senté con los pies medio colgando y entonces, luego de un rato; lo escuché. Un toque en la puerta que me hizo rodar los ojos. —¡Ocupado! — grité en respuesta y seguí haciendo lo mío. Pero el toque regresó, esta vez con mas insistencia. —Hey, estoy usando el baño…

—Por favor, ábreme.

La voz al otro lado de la puerta sonaba a un adulto, pero no a ningún adulto que yo conociera. No conocía a todos los docentes del colegio, pero, al menos, los más cercanos no eran. Volví a gritar que estaba usando el baño, pero los toques en la puerta solo se intensificaron, más y más. Llegue a creer que derribaría la puerta, aunque esta no se movía.

—Por favor niño, necesito que abras la puerta ahora mismo… ¡ábreme!

Me apresuré a limpiarme y subirme los pantalones, haciéndome un ovillo en el piso sin dejar de mirar la puerta hasta que los toques cesaron. No sabía que había sido eso, pero hasta mi Yo de 7 años comprendía que era peligroso abrir la puerta del sanitario a un extraño siendo un niño. Me quedé ahí dentro hasta que la maestra Kim eventualmente, fue por mí.

Media hora encerrado.

La siguiente ocasión, fue cuando mis padres hicieron una fiesta para celebrar mi cumpleaños 8, el 12 de abril; tenían ya todo listo en el patio y el clima era hermoso. Perfecto para una parrillada con la familia, jugar con mis primos, comer pastel y abrir regalos. Hasta que asador decidió no encender y, por ser el “anfitrión” de la fiesta; mi padre me envió al cobertizo por carbón. Abrí apenas la puerta, colocándome de puntas para alcanzar la bolsa de carbón que estaba en una repisa de la pared de madera, un lugar ideal para no tener que abrir del todo el lugar. Apenas la tomé y cerré de nuevo, que los toques comenzaron a retumbar detrás de mí.

—Hey, niño… ábreme. —me quede petrificado. Mire sobre mi hombro sin moverme, hasta que la puerta comenzó a agitarse; como si alguien estuviera pateándola del otro lado. —¡Pequeño bastardo, abre la puta puerta o juro que te mataré!

Corrí tan fuerte como pude, la bolsa de carbón arrugándose entre mis manos por el miedo.

A partir de ahí, los escuchaba cada cierto tiempo. Siempre al cerrar una puerta; siempre teniendo que esperar al menos media hora para que se marcharan. Siempre diferentes. Pero siempre regresaban. Algunos sonabas afligidos, otros sonaban desesperados y otros… tan malvados. Incluso, me atreví a ponerles apodos. Crecer con estos… “extraños” tocando mis puertas sin importar cuales fuesen, se volvió una costumbre. Pero no por ser costumbre dejaba de asustarme.

Había uno que no hablaba. La primera vez que lo vi, fue luego de llegar de la preparatoria; cuando cerré la puerta principal de mi casa y grité anunciando a mi madre que había llegado, solo para no recibir respuesta. Eso significaba que no estaba. La puerta era de cristal borroso, de esos con los que solo puedes ver las formas de las personas a través de la transparencia. Tocó suavemente, llamando mi atención y… debido a que ya estaba al tanto de las cosas que sucedían cuando cerraba una puerta tras de mí estando solo; aguarde. Trague saliva y me acerque un poco, todavía con la mochila al hombro.

—¿Quién es? —no hubo respuesta al otro lado.

La forma detrás de la puerta, parecía una masa oscura, sabía que usaba gabardina y un gorro, porque había un manto cubriéndolo hasta los tobillos y la forma del sombrero en la parte de arriba. Pude darme cuenta de que era más alto que yo, siendo que, durante la pubertad; me había dando un buen estirón y ya medía 1.80.

Él tocó de nuevo, haciéndome dar un traspié hacia atrás, casi cayendo sobre el suelo. Y aunque fue pasivo, mucho más que los otros que me gritaban un montón de groserías y amenazas, la razón por la que me asustaba mucho más, era porque, debajo de la puerta, metió un sobre. Un sobre manila. Perfectamente cuidado.

No me atreví a tocarlo y corrí escaleras arriba. Eventualmente, conforme siguieron pasando los años, me mudé con mi novio Chanyeol; un tipo optimista y muy alegre, contraste a mí a quien todo el mundo decía que tenía una cara de “póker”. En fin. Él trabajaba rolando turnos cuando fue aceptado en su primer empleo luego de graduarnos; por lo que cuando tomaba el turno de noche; procuraba dejar todas las puertas abiertas. Creí que tener mascotas ayudaría, pero no fue así porque la primera noche que pase solo, apenas cerré la puerta de nuestra habitación, los golpes de hicieron presentes. Mis dos gatos tan solo se pararon frente a la puerta, expectantes.

—¡Ábreme! — esta vez, era una voz femenina. Parecía llorar, lamentarse. —Por favor, necesito que me ayudes… tan solo abre la puerta por favor, estoy desesperada.

Un llanto le siguió a aquella suplica. Y aunque estaba aterrorizado, pensé que lo mejor era colocarme los audífonos, habían sido un método muy efectivo, pero, la sensación de sentirme observado aun con la puerta entre ambos; se quedó. No pude dormir.

Si, era una costumbre, pero no lo hacía menos difícil. Seguía asustándome; seguía siendo agotador y, bueno; algunas veces incluso tan estresante hasta el punto de hacerme llorar, parando solo cuando Chanyeol venía a mi rescate. Le había contado, pero, sin poder demostrarlo, solo me apretó fuertemente entre sus brazos y me dijo que todo iba a estar bien.

Ese día lo encontré dormido en la cama. Era su cambio de turno por lo que lo dejé descansar. Le hice el desayuno y me fui al trabajo. Un día pesado después, volví. Al cerrar la puerta; el toque llegó casi de inmediato. Lento, y luego, se hizo mucho más pesado. Desesperado. Supe que era el cartero; como lo había nombrado, cuando un montón de sobres manila se dejaron ver por debajo de mi puerta, uno tras otro. Los tome todos, sin esperar encontrar nada escrito en las páginas dentro de estos porque, ciertamente; solo eran hojas en blanco. Eso me dejaba picado, con una sensación extraña y… mucha curiosidad.

En una ocasión, le pregunté que era lo qué buscaba con esas páginas en blanco, pero como era de esperar, nunca respondía. Me daba por vencido, y aunque en varias ocasiones intente aguantar hasta obtener respuesta, eventualmente lo veía desaparecer. Tome todos los sobres que dejó bajo la puerta, y no aguarde. Estaba muy cansado como para intentar obtener una respuesta. Subí las escaleras y, dejando las puertas abiertas, tomé una ducha y me metí a la cama. Durante la noche, la luz de la luna se colaba por las ventanas cuando las cortinas se balanceaban debido al aire del ventilador; hacía un calor de mierda. Deseaba tanto que Chanyeol estuviera aquí, pero luego de avisarle por mensaje que ya dormiría, me dejó en visto y no volvió a conectarse.

Mi hombre era muy trabajador.

Por la madrugada, la sed me invadió y baje por un vaso de agua. Creo que por lo adormilado que me encontraba, no me di cuenta cuando cerré la puerta de la habitación al volver. Los toques fuertes y desesperados al otro lado terminaron por despertarme por completo, abriendo mucho los ojos. Encendí la luz de la mesita y mi respiración se aceleró enseguida. Estos, no era como otros toques. Se escuchaban varios al mismo tiempo, como si muchas personas estuvieran al otro lado.

—¡Ábrenos! — grito una voz masculina del otro lado; mientras los toques continuaban fuertes y desesperados. —Por favor, ayúdanos. No podemos salir, estamos atrapados.

Trague saliva. Apagué de nuevo la luz y me hice un ovillo entre las sábanas de la cama, tanteé para ver si alguno de mis gatos se encontraba conmigo, pero me hallé solo en la habitación.

—¡Pendejo de mierda, ábrenos! — Esta vez, fue la voz de una mujer. —Sabemos que estás ahí… solo abre la puerta, ¡por favor!

Quise darme ánimos pensando “ah, primero me insulta y ahora pide las cosas por favor”, pero la verdad es que el pánico no me dejaba pensar en nada más. Sabía que ellos sabían que estaba ahí. Esconderme en mi cama no serviría de nada, pero, viendo la hora en mi celular, pensé que lo mejor era esperar a que amaneciera. La luz del sol se colaría por la ventana y, seguramente como siempre, ellos se irían. No dormí de todos modos, los toques siguieron siendo intensos, los gritos se hicieron más fuertes. Como si muchas voces gritaran por ayuda al mismo tiempo, tocando con los puños cerrados la puerta de madera de mi habitación. Los sobres se colaron por la parte de abajo, uno tras otro, creo que siendo más que los que recibí cuando llegué a casa, apilándose uno encima de otro hasta ir creando un desastre en el piso.

No me moví.

Y tampoco supe en que momento el sueño terminó por vencerme. Desperté sin las mantas, con la cortina de mi ventana tan firme que parecía papel. Me talle los ojos mientras me ponía de pie, estirando mi espalda; las voces y los toques se habían detenido, los sobres seguían en el piso por lo que solo los hice a un lado y tome el picaporte.

Lo giré, pero la puerta no se abrió. Traté y traté, jaloneé, empuje con todas mis fuerzas, pero no cedió. Desesperado, me asomé por el espacio donde la llave se adentraba para abrir; vi un librero repleto de libros de colores opacos y otros más alegres, de espaldas; un niño con una camisa roja.

—Oye, pequeño… ¿puedes abrirme por favor?

Él miro por encima de su hombro, y luego de regreso. —No me hables, estoy castigado.

El pánico me inundó cuando escuché los golpes tras de mí. La ventana. Podía ver una silueta de dos puños golpeando a través de la cortina gris clara; golpeaba fuerte, sin pronunciar nada. —Vamos chico, abre la puerta… ¡ahora! —comencé a desesperarme.

Había algo al otro lado de mi ventana, y la sensación que sentía ahora no era la misma que me producía cuando alguien tocaba a mi puerta, aun si esas voces sonaban tan molestas. Era como… como si lo que estuviera al otro lado fuese algo maligno.

—No me molestes. Lárgate.

Comencé a forcejear la puerta, ansioso por salir, desesperado, asustado. Alguien estaba apunto de entrar a mi habitación por la ventana, y no sabía qué era lo que quería ni tampoco que me haría. No comprendía tampoco porque al otro lado de mi puerta no estaba el pasillo hacia las escaleras, o al cuarto de invitados que Chanyeol insistió en colocar. Había un niño, sentado, castigado; con un enorme librero frente a él, lo que parecía un escritorio y una mesita de centro con un globo terráqueo en él.

Pero el niño se rehusaba a abrir, justo como yo cuando tenía 7 años y alguien llamaba a mi puerta.

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