Entre sombras y destino....(Mewgulf)

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Summary

Mew Suppasit es un hombre brillante, frío y completamente racional. Dueño de una poderosa empresa de tecnología, no cree en el amor ni en nada que no pueda explicarse con lógica. Gulf Kanawut, en cambio, vive en un mundo completamente distinto. Dueño de una pequeña cafetería, solitario y enigmático, Gulf guarda un secreto que lo ha aislado de todos: puede ver fantasmas... y, peor aún, puede ver el futuro de las personas con solo tocarlas. Dos mundos opuestos. Dos vidas que nunca debieron cruzarse. Hasta que un simple roce cambia todo. Cuando Mew entra por casualidad a la cafetería y sus manos se encuentran, Gulf ve algo imposible: un futuro cubierto de sangre, desesperación... y a Mew gritando su nombre antes de morir. Decidido a evitar ese destino, Gulf intenta mantenerse lejos. Pero el peligro ya ha comenzado. Algo oscuro, inteligente y sobrenatural se ha infiltrado en la vida de Mew. Una entidad que no solo observa... sino que quiere separarlos. A medida que la amenaza crece, también lo hace algo que ninguno de los dos esperaba: una conexión intensa, inevitable y peligrosa. Porque en un mundo donde el futuro parece escrito... su amor podría ser lo único capaz de cambiarlo. O destruirlos a ambos. Aviso Historia propia Contenido maduro

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Uno

La campanilla sobre la puerta sonó una sola vez… y luego el silencio volvió a instalarse como si nunca se hubiera ido.


Gulf levantó la mirada apenas unos segundos, más por costumbre que por interés. No había nadie.


Otra vez.


Suspiró suavemente y dejó la taza que estaba secando sobre la barra de madera. El aroma del café recién molido llenaba el aire, cálido, acogedor… completamente desperdiciado en un lugar donde casi nunca había clientes.


La cafetería era pequeña, escondida entre dos edificios más altos que parecían aplastarla. Afuera, la ciudad seguía su ritmo frenético, indiferente. Adentro, el tiempo parecía haberse detenido.


Y Gulf… prefería que fuera así.


Se acomodó las mangas de la camisa y volvió a su rutina mecánica: limpiar, ordenar, alinear cada objeto como si el orden pudiera mantener algo más bajo control.


Aunque sabía que no era así.


—Hoy tampoco vino nadie… —murmuró una voz a su izquierda.


Gulf no se sobresaltó.


Ni siquiera volteó de inmediato.


—Es lunes —respondió con calma, como si hablara con un cliente invisible—. La gente trabaja.


—O tal vez evitan este lugar.


Esta vez, Gulf sí giró ligeramente la cabeza.


Sentado en una de las mesas del fondo, un hombre lo observaba. O lo que quedaba de él.


Su ropa estaba manchada, vieja, y su piel… no parecía del todo piel. Había algo roto en su forma, como si no perteneciera del todo a este mundo.


Gulf sostuvo su mirada solo un segundo antes de apartarla.


—No empieces —dijo en voz baja.


El hombre sonrió, pero no era una sonrisa humana.


—Es solitario, ¿no crees?


Gulf apretó los labios.


Solitario.


Sí, lo era. Pero no por las razones que cualquiera imaginaría.


Se acercó a la mesa, dejando una taza de café frente al hombre, aunque ambos sabían que jamás sería tocada.


—Deberías irte —murmuró—. No perteneces aquí.


—Tú tampoco —respondió el fantasma sin dudar.


Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas.


Gulf cerró los ojos por un instante.


Había aprendido, con los años, que discutir no servía de nada. Ellos aparecían cuando querían, hablaban cuando querían… y desaparecían igual de fácil.


Igual que todo en su vida.


Se alejó de la mesa y volvió detrás de la barra, intentando ignorar la mirada fija que sentía sobre él.


No siempre había sido así.


Hubo un tiempo en que tocar a alguien no significaba nada.


Un simple roce. Un gesto cotidiano.


Ahora…


Sus dedos se tensaron ligeramente.


Ahora era un riesgo.


Porque cada contacto traía consigo algo que no podía controlar.


Imágenes.


Fragmentos.


Futuros.


A veces eran insignificantes. Una caída, una discusión, una risa.


Otras veces…


Gulf tragó saliva.


Otras veces eran cosas que nadie debería ver.


Por eso evitaba a las personas.


Por eso la cafetería siempre estaba vacía.


Por eso prefería hablar con fantasmas… antes que con los vivos.


La campanilla volvió a sonar.


Esta vez, no fue un eco.


Gulf se quedó completamente inmóvil.


El aire cambió.


Algo en su pecho se tensó sin razón aparente.


Lentamente, levantó la mirada hacia la puerta.


Y por primera vez en mucho tiempo…


alguien realmente había entrado.


.....




El sonido de los teclados era lo único constante en el piso treinta y dos.


Rápido. Preciso. Implacable.


Como él.


Mew Suppasit no levantaba la mirada de la pantalla frente a él. Sus dedos se movían con una velocidad casi mecánica, revisando líneas de código, contratos, informes… cualquier cosa que pasara por su escritorio terminaba siendo analizada, corregida y perfeccionada.


Nada escapaba a su control.


—La reunión con los inversionistas fue movida a las seis —dijo su asistente desde la puerta, con una tablet en mano—. Y el equipo de desarrollo espera tu aprobación para la fase final.


—Que esperen —respondió Mew sin apartar la vista—. Si no pueden anticiparse a errores básicos, no deberían estar en ese proyecto.


Su voz era tranquila.


Demasiado tranquila.


No había enojo… pero tampoco calidez.


Solo certeza.


El asistente dudó un segundo antes de asentir.


—Entendido.


La puerta se cerró suavemente.


Silencio otra vez.


Mew finalmente se recostó en su silla, observando la ciudad a través de los enormes ventanales. Desde esa altura, todo parecía pequeño. Ordenado. Predecible.


Así debía ser.


Todo tenía una lógica. Un patrón.


Incluso las personas.


Especialmente las personas.


Tomó su teléfono y revisó una notificación. Un mensaje sin abrir. Nombre desconocido.


Lo ignoró.


No tenía tiempo para distracciones.


Ni para tonterías.


Mucho menos para cosas que no podían explicarse.


—El amor es solo una reacción química —murmuró para sí mismo, casi con fastidio—. Nada más.


Una fórmula.


Un impulso.


Algo que podía medirse… y eventualmente, replicarse o eliminarse.


Nada especial.


Nada real.


Su mirada se endureció apenas un poco.


Porque si algo había aprendido…


era que creer en algo intangible solo llevaba a una cosa:


Pérdida.


El sonido de su computadora interrumpió sus pensamientos. Una alerta.


Frunció el ceño.


No era una notificación común.


Abrió el archivo rápidamente.


Líneas de código comenzaron a desplazarse por la pantalla… pero algo no encajaba.


Había una alteración.


Pequeña.


Casi imperceptible.


Pero estaba ahí.


—Qué… —susurró, inclinándose hacia adelante.


Sus dedos se movieron de nuevo, esta vez más rápido.


Rastreando.


Buscando.


Alguien había entrado en el sistema.


No había alarmas activadas.


No había registros claros.


Era limpio.


Demasiado limpio.


Mew sintió algo extraño en el pecho.


No miedo.


Nunca miedo.


Pero sí…


incomodidad.


—Interesante… —murmuró, entrecerrando los ojos.


Una sombra cruzó su reflejo en la pantalla.


Fue solo un segundo.


Cuando levantó la mirada, no había nada detrás de él.


El vidrio del ventanal mostraba la ciudad como siempre.


Viva.


Normal.


Controlable.


Mew se quedó observando su propio reflejo unos segundos más.


Luego negó con la cabeza.


—Ilusiones —dijo con firmeza.


Siempre había una explicación.


Siempre.


Volvió al código, más concentrado que antes.


Sin notar que, en la esquina inferior de la pantalla…


por una fracción de segundo…


apareció una línea que él no escribió:


“Te estoy esperando.”


La pantalla parpadeó.


Y desapareció.


Mew no la vio.


Pero algo, en algún lugar…


ya había comenzado a moverse.


.