EUSSTAS KID

Summary

Lo ví morir. Lo ví morir. ¿Entonces porque estaba frente a mi? ⚙️ONE-SHOT⚙️

Genre
Drama
Author
EusstasMai
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Eusstas Kid

El haki de observación de Shanks, afinado al máximo, le había mostrado un futuro que no podía permitir: él rayo masivo de Kid, cargado con los metales del Victoria Punk, arrasando con su flota y llevándose a sus compañeros. Por eso, cuando Kid, con una sonrisa altanera y el brazo mecánico crepitando de energía, se preparaba para disparar, Shanks ya se había movido.

La realidad se partió en dos. Un instante Kid estaba a punto de atacar, y al siguiente, un fogonazo rojo y en un parpadeo el Haki del Rey congeló el tiempo. Cuando la percepción volvió, Kid estaba en el suelo, el rostro contra la madera astillada de su cubierta, su ataque disuelto en una chispa moribunda y su cuerpo destrozado por la furia concentrada del Emperador. Su tripulación quedó paralizada, un cuadro de horror silencioso. Todos sabían, en lo más profundo de su ser, que cualquier movimiento sería su sentencia de muerte. Contra ese nivel, no había nada que hacer.

Y tú, ¿dónde estabas en ese momento?

Habías bajado a la santabárbara para hacer los últimos ajustes a los cañones. El eco metálico de tus herramientas contra el hierro era el único sonido, hasta que un golpe sordo y bestial sacudió todo el barco. El suelo se inclinó, las lámparas de aceite parpadearon y casi caes por la escalera de caracol. Un mal presentimiento te heló la sangre. Subiste a cubierta a toda prisa, y el caos te golpeó como una ola.

Todo era un desastre. La madera del mástil principal estaba astillada, había cuerpos inmóviles y un silencio sepulcral que pesaba más que cualquier grito de batalla. Diste unos pasos, y allí estaba él, junto al mástil. Eustass Kid. Sangrando de la cabeza y el torso, con los ojos abiertos pero vidriosos, mirando a ninguna parte. Su pecho apenas se movía.

No recuerdas haber tomado la decisión de correr, pero de repente estabas arrodillada a su lado. Tus manos, las mismas que momentos antes manipulaban metal con destreza, ahora temblaban sin control, intentando encontrar una herida que vendar, un punto de presión, algo. Pero todo era un desastre pegajoso y caliente. Las lágrimas nublaron tu vista antes de que pudieras contenerlas. Un grito desgarrador, animal, se abrió paso desde lo más profundo de ti, un nombre que era un secreto a voces que nunca habías tenido el valor de decirle en voz alta.

— ¡KID, DESPIERTA! ¡KID, MÍRAME!

La desesperación te hizo girar la cabeza, buscando un rostro familiar entre la niebla de llanto y pánico.

— ¡KILLER! ¡VEN AQUÍ, AYÚDAME! ¡KILLER!

Pero Killer no respondía. Buscaste con la mirada y lo viste... o más bien, viste su silueta, retorciéndose en el suelo, también herido de muerte. La esperanza se desmoronó por completo. Solo estabas tú.

Todos en el barco enemigo observaban la escena: tu desesperación, tus lágrimas cayendo sobre el rostro inmóvil de tu capitán, tus manos temblorosas manchadas de rojo. Nadie se movió.

Hasta que unas manos grandes y firmes te rodearon por detrás, levantándote del suelo sin miramientos. Una voz grave y fría sonó junto a tu oído.

— Ven aquí. Aunque siguiera vivo, de él no quedaría nada.

¿Qué?

La rabia te golpeó con más fuerza que el miedo. ¿Quién se atrevía a decir eso? ¿A tocarte mientras él...? Te giraste violentamente, y el llanto se cortó de golpe, reemplazado por una furia incandescente. Te encontraste con el rostro estoico y la larga coleta de Benn Beckman. Golpeaste su pecho con tus puños, con toda la fuerza que te daba la desesperación, pero él ni se inmutó. Al otro lado de la cubierta, viste a Shanks, observándote con una expresión impasible que te heló el alma. No había culpa, ni remordimiento. Solo una calma absoluta.

Llena de odio, escupiste en dirección a Shanks. Luego, girando la cabeza, escupiste directamente al rostro de tu captor.

Beckman parpadeó, una gota de saliva resbalando por su mejilla, pero no dijo nada. Simplemente, apretó su agarre y comenzó a arrastrarte hacia la borda de su barco, hacia el puente que los unía. Gritaste, pataleaste, llamando a Kid una y otra vez, tratando de que tu voz llegara a ese cuerpo inerte. Viste cómo tu barco, el Victoria Punk, junto a toda tu tripulación, era reducido a astillas y siluetas inmóviles por un ataque secundario de la tripulación de Shanks. Y entonces, lo peor.

El casco del Victoria Punk, agujereado y partido, comenzó a hundirse. Y Kid seguía allí, inconsciente.

— ¡NO! ¡ÉL NO PUEDE NADAR! ¡KILLER NO PUEDE AYUDARLE! ¡SUÉLTAME! — te debatiste con una fuerza que no sabías que tenías, estirando una mano hacia el punto donde la silueta de tu capitán desaparecía lentamente bajo las olas. Tú tenías que llegar, tenías que salvarlo.

— ENCIÉRRENLA. — La voz de Shanks cortó el aire como un latigazo, sellando tu destino.

Un golpe seco en la nuca y todo se volvió negro.

Si ese era el final, al menos querías haber muerto a su lado. Cualquiera de las dos opciones: salvarlo y vivir una vida normal, o perecer con él, te habría parecido un final digno. ¿Para qué demonios te querían viva?

Despertaste encerrada en una celda. El vaivén del barco te confirmó que seguías con ellos. No sabes cuánto tiempo pasó, sumida en un duelo seco y silencioso, hasta que la puerta se abrió.

— LARGO. — La palabra salió de tu garganta rasposa, llena de odio. No querías ver a nadie.

La figura pelirroja entró, llenando el pequeño espacio con su presencia.

— Si te mataba, Luffy no me lo perdonaría — dijo, como si eso lo explicara todo.

¿Luffy? ¿Esa era su justificación? La rabia te dio fuerzas para levantar la cabeza y mirarlo con los ojos inyectados en sangre.

— ¿Así que ahora es por Luffy? ¡Él también era su amigo... y TÚ! — tu voz se quebró.

— Basta. Él conocía su destino en el momento en que decidió enfrentarme en lugar de dar la vuelta.

— ¡Déjame ir! — suplicaste de repente, el odio transformándose en desesperación.

— No puedo.

— ¿No puedes o no quieres?

El pelirrojo suspiró, cansado.

— No quiero.

— Entonces mátame. Para ti no sería un problema. — Tu voz sonaba fría, hueca.

— Ya basta... — Su tono cambió, volviéndose cortante.

— ¡DÉJAME IR! ¡TENGO QUE SALVARLO! — Las lágrimas volvieron a brotar, calientes e incontenibles. — POR FAVOR, TE LO PIDO.

Shanks te miró. Sus ojos, que podían ser amables con los suyos, te observaban con una frialdad que rozaba el desprecio mutuo. Era la mirada de un hombre que ve un obstáculo molesto.

— Ya está muerto. — Fue lo último que dijo antes de salir, cerrando la puerta tras de sí.

⚙️

— Se escapó. — Las palabras de Beckman fueron directas, sin emoción.

— ¿Quieres que mande un grupo por ella? — preguntó, encendiendo un cigarrillo.

Shanks, de espaldas, mirando el horizonte, negó con la cabeza.

— Déjala. No vale la pena. Solo la encerré para que no fuera a ayudar a su capitán y terminara igual que él.

Beckman exhaló una nube de humo, observando a su capitán. — ¿Es así? Por cómo se puso, creí que era algo más que su capitán para ella.

⚙️

¿Cuántos días, semanas, meses han pasado?

No lo sé.

Busqué su cuerpo entre los restos que el mar devolvió a la costa durante semanas. No encontré nada.

— Tienes que dejar de buscar. Me decía una voz en mi cabeza, la mía propia, pero sonaba como la de Killer.

No. No puedo.

— ...

¡No me mires así!

— ...

— No... No puedo... Tú no viste lo que yo vi... Sus ojos... cómo su respiración se apagaba, mientras yo no podía hacer nada... Me pidió ayuda con la mirada y yo... fallé.

— Pero...

— ¡Basta! Él...

— Lo siento...

⚙️

— Tn, ¿cómo has estado?

— Bien.

— Han pasado los años, mírate. Eres toda una adulta ahora. Y por lo que veo, dueña de éste local.

— Sí... Fue un proceso, pero mírame ahora. Trabajé un tiempito con una anciana maravillosa, la señora Elara. Aprendí el oficio, guardé dinero, conocí a alguien nuevo... no funcionó. Y cuando la señora Elara se jubiló, me ofreció el local. Dijo que prefería que fuera mío a que se lo quedara el olvido.

Killer asintió lentamente, observando los detalles de la tienda.

— La señora Elara... ¿Ella...?

— Falleció el año pasado — respondiste con una sonrisa triste pero serena. — En paz, tranquila. Me dejó esto, algunos ahorros, y un montón de recuerdos. Le debo todo, la verdad.

— Ya veo. Me agrada el lugar, muy lindo. Y la ropa, muy de tu estilo — dijo Killer, aunque por dentro pensó “y de él”. Lo sabía, pero no lo mencionó.

Miró alrededor y entonces entraron algunas clientas. Tn las saludó y les dio la bienvenida a su local con una calidez que Killer no recordaba en ella. El tiempo pasa, y con este, las modas... y las personas.

Se despidió de ella con un leve movimiento de cabeza y se retiró del lugar, dejándola con su nueva vida.

⚙️

La campanilla de la puerta sonó, anunciando a un nuevo cliente. Llevaba meses, quizás un año ya, desde aquella última vez. Estaba en el pequeño almacén trasero, revisando los nuevos envíos de telas y accesorios que habían llegado esa mañana.

Al no escuchar el murmullo habitual de las clientas, decidí salir para atenderle.

Era un hombre.

Alto, de espaldas anchas. Vestía un gran abrigo rojo sobre una camisa oscura y pantalones negros con unos buenos zapatos. Estaba examinando unos brazaletes de metal en una vitrina, tocándolos con una curiosidad que no parecía la de un cliente común. Tal vez buscaba un regalo.

Me sequé las manos en el delantal y di un paso adelante.

— ¿Necesita ayuda? — pregunté, con el tono profesional que había perfeccionado con los años.

— No lo creo.

La voz. Esa voz ronca, profunda, que conocía mejor que la mía propia, resonó en la pequeña tienda y me atravesó el alma.

El hombre se giró lentamente. Ahora podía verlo bien: las botas, los pantalones negros ajustados, el abrigo rojo oscuro abierto sobre un torso cubierto por vendajes y una camisa holgada. Las piernas fuertes, las manos grandes apoyadas con despreocupación en la cadera. Pero lo que me robó el aliento fue su rostro. El cabello pelirrojo, más largo y alborotado que antes. La mandíbula marcada, el inicio de una barba descuidada. Y sus ojos...

— Porque ya lo encontré. — Sus manos se levantaron lentamente, con una parsimonia que me pareció una eternidad, y se quitaron las gafas de sol que ocultaban su mirada. Dos ojos color ámbar, profundos y cálidos, me miraron fijamente. Tenía una pequeña cicatriz nueva cruzando su ceja. Su expresión era una mezcla de dolor contenido, cansancio y una ternura tan inmensa que amenazaba con derrumbar los muros que había construido durante años. — Te encontré, mi amor.

No supe en qué momento crucé la distancia. Solo recuerdo el impacto de su pecho contra el mío, el olor a metal, a mar y a pólvora que aún llevaba impregnado, y sus brazos rodeándome, apretándome contra él como si temiera que fuera a desvanecerme. Yo estaba paralizada, en shock, sin poder procesar lo que mis ojos veían. Pero entonces, un calor húmedo resbaló por mis mejillas. Un sollozo seco escapó de mi garganta.

Él lo sintió. Sus grandes manos subieron lentamente hasta enmarcar mi rostro, alzándolo con una dulzura que contrastaba con su fuerza bruta. Sus ojos ámbar me recorrieron, deteniéndose en cada lágrima, en cada línea de cansancio y años de dolor. Con una ternura que partía el alma, sus dedos pulgares, ásperos y callosos, limpiaron mis lágrimas con una lentitud desesperante.

—...

— ¿...Querida?

Eustass Kid miró detenidamente su rostro, inclinando ligeramente la cabeza. Sus ojos ámbar recorrieron cada centímetro de ti, como si intentara grabar a fuego este momento. Ella había parado de llorar, pero sus mejillas aún estaban húmedas. Sus manos, las de él, grandes y ásperas, acariciaron su piel con una suavidad que no le conocía, como si ella fuera de cristal, como si temiera que al tocarla con demasiada fuerza pudiera romperse... o desaparecer.

Ella no podía creer lo que estaba viendo.

Su mente se negaba a procesarlo. ¿Qué estaba haciendo ahí el hombre que se suponía estaba muerto? El hombre al que vio hundirse en aguas heladas, arrastrado por los restos de su propio barco. El hombre cuyo cuerpo buscó durante semanas, meses, hasta que sus manos sangraron de remover escombros y su corazón se secó de esperanza. El hombre que, según todos, incluyendo ese maldito pelirrojo, había muerto.

Pero ahora estaba frente a ella.

Vivo.

Real.

— ¿Estás... estás vivo? — Su voz apenas fue un susurro, tembloroso, frágil. Como si hablar demasiado alto pudiera romper el hechizo y hacerle desaparecer.

Sin esperar respuesta, levantó sus manos temblorosas y comenzó a tocarlo con una urgencia desesperada. Sus dedos recorrieron sus brazos, firmes y cálidos bajo la tela de la camisa. Palparon el torso, encontrando el latido constante de su corazón. Subieron hasta su rostro, trazando la línea de su mandíbula, la nueva cicatriz en su ceja, sus labios entreabiertos. Necesitaba sentirlo, confirmar con cada terminación nerviosa que no era un fantasma, que no era un producto de su mente destrozada por años de duelo.

Kid se dejó tocar, inmóvil, observándola con una intensidad que quemaba. Cuando las manos de ella llegaron a su cabello pelirrojo, enredándose en los mechones alborotados, él cerró los ojos por un instante, inhalando profundamente. Al abrirlos de nuevo, sus pupilas estaban dilatadas, brillando con una emoción que rara vez dejaba ver.

— Claro que estoy vivo — respondió, su voz ronca, grave, pero con un temblor apenas perceptible que delataba sus propios años de búsqueda, de dolor, de rabia contenida. — No iba a dejar que me atraparan tan fácilmente, ¿recuerdas quién soy?

Una sonrisa torcida, arrogante, familiar, se dibujó en sus labios. Pero sus ojos... sus ojos no mentían. Detrás de esa fachada de orgullo, había un océano de tormento.

— Te busqué — continuó, atrapando una de sus manos entre las suyas y llevándola a sus labios. Depositó un beso en su palma, lento, deliberado, sin apartar la mirada de ella. — Maldita sea, si te busqué. Cuando desperté, en una maldita costa a kilómetros de donde me hundí, lo primero que hice fue preguntar por ti. Nadie sabía nada. Solo me dijeron que los malditos pelirrojos se habían ido y que... que una mujer había sido vista escapando de su barco días antes.

Apretó su mano con fuerza, como si ella fuera a escaparse de nuevo.

— Pensé que habías muerto. O peor, que te habían... — Negó con la cabeza, cortando esa línea de pensamiento. — Killer apareció semanas después. Me contó todo. Lo de tu encierro. Lo de tu llanto. Lo de cómo... — Su voz se quebró por un instante. — Cómo gritaste mi nombre mientras me hundía.

— Kid... — Tu propia voz era un hilo de aire. Las lágrimas amenazaban con volver, pero esta vez eran diferentes. No eran de desesperación, sino de una emoción tan abrumadora que apenas podías contenerla.

— Shanks pagará por esto — gruñó de repente, su mandíbula tensándose, un destello de la furia que lo caracterizaba encendiendo sus ojos. — Algún día, cuando sea lo suficientemente fuerte, le haré pagar cada maldito segundo de dolor que te causó. Que nos causó.

Pero luego su expresión se suavizó de nuevo, volviendo a esa vulnerabilidad que solo tú podías ver.

— Pero eso esperará. — Sus manos soltaron las tuyas para rodear tu cintura, atrayéndote hacia él hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos. — Ahora... ahora solo quiero esto. A ti.

Apoyó su frente contra la tuya, cerrando los ojos.

— Han sido tres malditos años, ¿sabes? — murmuró, su aliento cálido contra tus labios. — Tres años buscándote, preguntando, siguiendo pistas. Casi pierdo la cabeza cuando alguien me dijo que te habían visto en una isla con un tipo... casi lo mato antes de que terminara de hablar.

Una risa temblorosa escapó de tus labios, mezcla de incredulidad y alivio.

— ¿Celoso?

— No — gruñó, pero el rubor que asomó por sus mejillas lo delató. — Bueno... tal vez un poco. Pero no importa. Te encontré. Eso es lo único que importa.

Separó ligeramente la frente para mirarte a los ojos. Su expresión era seria, intensa, pero también había algo nuevo en ella. Algo que antes, en esos años de caos a su lado, nunca se había atrevido a mostrar.

— Escucha — dijo, su voz baja pero firme. — No voy a obligarte a nada. Si tienes una vida aquí, si eres feliz, si quieres que me vaya y no vuelva a aparecer... lo haré. Aunque me duela hasta los huesos, lo haré. Porque prefiero eso a verte sufrir otra vez por mi culpa.

Hizo una pausa, tragando saliva.

— Pero si todavía sientes algo por mí, por estúpido que sea... si todavía hay una parte de ti que quiera intentarlo... — Apretó los dientes, luchando contra su propio orgullo. — Me quedo. Me quedo, y te juro por mi vida que nunca volverás a llorar por mí. Yo mismo arrancaré la cabeza de cualquiera que se atreva a hacerte daño. Incluyéndome a mí.

El silencio llenó la pequeña boutique. Afuera, el sonido lejano del puerto, las gaviotas, la vida continuando indiferente al terremoto emocional que sacudía aquella habitación.

Él te miraba, esperando. Su pecho subía y bajaba con rapidez, sus manos ligeramente sudorosas contra tu espalda. Por primera vez en su vida, Eustass “Capitán” Kid, el azote de los mares, el hombre que desafió a un Emperador, parecía asustado.

Asustado de tu respuesta.

— Yo... — te habías perdido en su rostro, observando cómo esos tres años habían pasado por él. Ya no era el mismo joven capitán arrogante que conociste. Ahora se veía más adulto, más... maduro. La nueva cicatriz cruzando su ceja, la sombra de barba que no recordabas, las líneas apenas perceptibles alrededor de sus ojos... todo ello lo hacía ver, por extraño que pareciera, más guapo. Más real.

— Buenas tardes, jefa.

La voz juvenil desde la puerta rompió el hechizo como un martillazo en un cristal.

Ambos se giraron. En la entrada, una chica no mayor de diecisiete años sostenía su bolso de trabajo con una expresión que pasó de la cortesía profesional a la sorpresa total al ver la escena: su jefa, la dueña de la boutique, en los brazos de un hombre enorme de aspecto feroz, con el rostro aún húmedo por las lágrimas.

La chica tragó saliva, visiblemente incómoda.

— Yo... ehm... me pondré a trabajar inmediatamente. — Sus ojos iban de ti a Kid, de Kid a ti, sin saber dónde mirar. — Usted puede seguir... atendiendo al cliente. — Hizo una pausa, y añadió rápidamente: — Lo siento si interrumpí.

Kid no dijo nada. Sus brazos se habían tensado ligeramente alrededor de tu cintura cuando la chica apareció, pero no te soltó. Sus ojos ámbar simplemente se desplazaron hacia ti, esperando, observando, con esa intensidad que siempre había tenido pero que ahora parecía multiplicada por los años de separación.

Te separaste de él con suavidad, aunque cada fibra de tu ser protestaba por perder el contacto. Tus manos temblaban ligeramente mientras te limpiabas las mejillas con el dorso de la mano, tratando de recomponerte.

— Gracias, Mili — lograste articular, tu voz aún más temblorosa de lo que deseabas. — Estaré... estaré fuera un rato. ¿Puedes encargarte de la tienda?

La chica, Mili, asintió enérgicamente, demasiado rápido, con los ojos todavía muy abiertos.

— ¡Sí, sí! ¡Por supuesto, jefa! Tómese todo el tiempo que necesite, yo me encargo de todo, no se preocupe, que... — Se detuvo al darse cuenta de que estaba divagando, y se llevó una mano a la boca para callarse.

Sin decir más, te dirigiste hacia la pequeña habitación al fondo, la que usabas como almacén y vestidor. Tus piernas se sentían de gelatina, tu mente era un torbellino de emociones encontradas. Agarraste tu bolso, comprobando instintivamente que llevabas las llaves, y al salir, pasaste junto a Kid sin detenerte, solo con una breve mirada hacia la puerta.

— Vamos — dijiste, y tu voz sonó más firme de lo que esperabas. No te detuviste a ver si él te seguía, pero sentiste su presencia imponente moviéndose detrás de ti, un calor familiar a tu espalda.

Ya afuera del local, el aire del puerto te golpeó el rostro, llevándose parte del aturdimiento. La calle estaba tranquila a esa hora, solo algunos marineros y comerciantes yendo y viniendo. Señalaste con un movimiento de cabeza hacia la izquierda.

— Mi casa está al lado — explicaste, comenzando a caminar. — Es más... privado. Podemos seguir hablando sin interrupciones.

No lo miraste mientras decías eso. No podías. Porque si lo hacías, si volvías a ver esos ojos ámbar fijos en ti, probablemente te derrumbarías de nuevo en medio de la calle.

El trayecto fue corto, apenas unos metros hasta una puerta de madera oscura junto a una pequeña ventana con macetas. Tus manos aún temblaban ligeramente al buscar la llave en el bolso, y por un momento temiste no poder abrir. Pero entonces sentiste su mano sobre la tuya, deteniendo el movimiento.

— Tranquila — murmuró Kid, su voz baja y ronca cerca de tu oído. — No voy a desaparecer. Tómate tu tiempo.

Tragaste saliva, asintiendo sin volverte. Finalmente, la llave encontró la cerradura y la puerta se abrió.

Tu hogar. Pequeño, modesto, pero tuyo. Una sala con un sofá desgastado pero cómodo, una cocina diminuta al fondo, estanterías con libros y algunos objetos decorativos. Y en una esquina, casi como un altar privado, una pequeña repisa con una fotografía: tú y Killer, sonriendo frente al mar, tomada años atrás. Y junto a ella, un brazalete de metal oxidado, rescatado de entre los restos que el mar devolvió.

Kid lo vio al entrar. Sus ojos se fijaron en ese brazalete, y algo cambió en su expresión. La arrogancia habitual se desvaneció, reemplazada por algo más crudo, más vulnerable.

— ¿Eso es...? — preguntó, su voz extrañamente ronca.

Cerró la puerta detrás de él.

— Eso...

Tu voz se quebró al comenzar. Caminaste lentamente hacia el pequeño altar, tus dedos rozando el borde de la repisa con una reverencia casi religiosa. Kid se quedó junto a la puerta, inmóvil, como si moverse pudiera romper algo frágil.

— Después de que escapé de Shanks, estuve sin rumbo — continuaste, sin mirarlo, fija en los objetos frente a ti. — Me la pasaba buscándote. Día y noche. Recorrí playas, pregunté a pescadores, a marineros, a cualquiera que quisiera escucharme. No importaba lo que tuviera que hacer, no importaba cuánto tardara... iba a encontrar tu cuerpo.

Tu mano tembló al tocar el brazalete oxidado.

— Pero nunca lo hice. El mar nunca te devolvió.

Una pausa. Respiración profunda.

— Empecé a trabajar. No podía volver al mar después de lo que pasó. Cada vez que veía el horizonte, cada vez que escuchaba las olas... te veía a ti, hundiéndote. Así que me quedé en tierra. Encontré este pueblo, pequeño, apartado. Conseguí trabajo en una tienda de telas, ayudando a una anciana, la señora Elara. Ella me enseñó el oficio.

Te giraste ligeramente, aún sin mirarlo directamente, pero permitiendo que viera tu perfil.

— Los primeros meses fueron... difíciles. No comía bien, no dormía. Me despertaba gritando tu nombre. La señora Elara me aguantó. Me dejaba llegar tarde, irme temprano, llorar en el almacén. Creo que sabía que había perdido a alguien. Nunca preguntó, solo estuvo ahí.

Finalmente, te volviste hacia él. Tus ojos se encontraron con los suyos, y esta vez no desviaste la mirada.

— Y entonces conocí a alguien.

El cambio en la expresión de Kid fue sutil, casi imperceptible, pero lo viste. Un endurecimiento de la mandíbula, un parpadeo más lento. No dijo nada. Esperó.

— Se llamaba Arden. Era carpintero, trabajaba en el puerto reparando barcos. Llegó a la tienda un día buscando tela para unas velas pequeñas, algo para su hobby, me dijo. Era... amable. Tranquilo. Todo lo contrario a ti, ¿sabes? — Una sonrisa triste curvó tus labios. — Todo lo contrario al caos que era mi vida contigo.

Suspiraste, apoyándote contra la pared junto a la repisa.

— Al principio fui reacia. Cuando me invitó a tomar algo, lo rechacé. Cuando me trajo flores, las dejé marchitar en el mostrador. Cuando me preguntó si podía verme fuera del trabajo, inventé excusas. Porque cada vez que lo miraba, cada vez que intentaba sentir algo por él... me sentía culpable. Como si aceptar su amabilidad fuera traicionarte a ti. Como si moverme, seguir adelante, significara aceptar que estabas muerto.

Tu voz tembló, pero continuaste.

— Pero pasaron los meses. Luego un año. Luego casi dos. Y él seguía ahí. Siempre paciente. Siempre esperando. Un día, después de un año y medio de conocernos, me encontró llorando en el muelle. No sé cómo supo que estaría ahí. Solo apareció, se sentó a mi lado, y no dijo nada. Me dejó llorar hasta que no pude más. Y entonces me tomó la mano y dijo: “No tienes que olvidarlo para permitirte ser feliz”.

Una lágrima solitaria rodó por tu mejilla.

— Y en ese momento... me di cuenta de que tal vez, solo tal vez, podía intentarlo. No para reemplazarte, porque nadie podría. Sino para... no estar tan sola. Para sentir que la vida seguía, aunque la mía se hubiera detenido el día que te perdí.

Te limpiaste la lágrima con un movimiento rápido.

— Así que lo intenté. Salí con él. Aprendí a reír de nuevo, a disfrutar de las pequeñas cosas. Me enseñó a reparar muebles, a tomar té sin azúcar, a ver el atardecer sin que me doliera. No era amor, no como lo que sentía por ti. Pero era... algo. Era calor en los días fríos. Era compañía en las noches largas.

Tu mirada se perdió en el pasado por un momento.

— Duró casi un año. Terminó bien, sin peleas, sin rencor. Él quería algo que yo no podía darle. Un amor completo, sin fantasmas. Y yo... yo todavía tenía un altar en mi casa con tus cosas. Todavía... te esperaba, aunque supiera que no volverías.

Una sonrisa amarga.

— Y un par de meses después de terminar con Arden, la señora Elara decidió jubilarse. No tenía familia, así que me ofreció el local. Me dijo: “Esta tienda ha sido mi vida durante cuarenta años. Quiero que sea tuya, para que hagas con ella lo que yo no pude: vivir”. — Negaste con la cabeza, incrédula aún. — Así que aquí estoy. Dueña de una boutique gracias a una anciana que creyó en mí cuando yo no creía en nada.

Hiciste una pausa, reuniendo valor para lo siguiente.

— Y luego, tiempo después de tener ya el local, Killer volvió a mi vida.

La mención de su nombre hizo que Kid diera un paso adelante, instintivamente.

— Apareció un día en la puerta de la tienda, justo como tú hoy. Más delgado, con nuevas cicatrices, pero vivo. Casi me desmayo cuando lo vi. Me contó que había estado recuperándose, que había buscado tu rastro durante meses sin éxito, que al final tuvo que aceptar que... que te habías ido. Y que cuando supo que yo había sobrevivido, vino a buscarme para asegurarse de que estaba bien.

Tus dedos juguetearon con el brazalete oxidado.

— Killer se quedó. No en mi casa, no éramos de ese tipo de relación, pero cerca. Me ayudó con la boutique, con los problemas, con todo. Se convirtió en... no sé, en mi ancla. La única conexión que me quedaba contigo. Y sí, hablábamos de ti. Mucho. De tus ocurrencias, de tu terquedad, de cómo te enfadabas por cosas estúpidas. Killer me contaba historias que yo no sabía, y yo le contaba momentos que solo nosotros compartimos. Era... sanador, de alguna forma. Como si mantenerte vivo en nuestras conversaciones evitara que te fueras del todo.

Una sonrisa triste.

— Y entonces apareció Beckman.

El nombre del primer oficial de Shanks cayó en la habitación como una piedra en agua tranquila. Kid frunció el ceño, sus manos apretándose a los costados.

— No me mires así — dijiste rápido, levantando una mano. — No fue lo que piensas. Apareció un día, hará cosa de un año, en la puerta de la boutique. Dijo que Shanks le había pedido que... que verificara que estaba bien. Que “no quería la muerte de una inocente en su conciencia” y que necesitaba saber que había sobrevivido.

Te reíste sin humor.

— Le escupí, igual que aquel día en el barco. Pero él... él no se fue. Se quedó ahí, dejó que le gritara todo lo que sentía, y cuando terminé, solo dijo: “Lo sé. Mereces estar furiosa. Pero no vine a pelear, solo vine a ver con mis propios ojos que estabas viva. Nada más”.

Negaste con la cabeza.

— Al principio no quería verlo. Pero Beckman se quedó en el pueblo unos días, y de alguna manera, terminamos hablando. Me contó cosas de Shanks, de su tripulación, de cómo él también había perdido gente. No lo justificó, no intentó excusarlo. Solo... estuvo ahí. Y con el tiempo, aprendí a separar al hombre que cumplió órdenes del hombre que, de alguna forma extraña, parecía preocuparse genuinamente por mi bienestar.

Te encogiste de hombros.

— No somos amigos, no tanto. Pero hay un respeto. Viene de vez en cuando, a ver cómo estoy, a asegurarse de que todo funciona. A veces solo se sienta en el puerto y miramos el mar en silencio. Es... extraño. Pero es lo que hay.

Finalmente, después de todo, levantaste la vista y miraste a Kid directamente a los ojos. Los suyos eran un torbellino de emociones: dolor, culpa, rabia contenida, y algo más profundo, algo que apenas se atrevía a mostrarse.

— No te cuento todo esto para hacerte sentir culpable, Kid — dijiste, tu voz firme a pesar de las lágrimas que amenazaban con volver. — Te lo cuento porque lo necesito. Necesitabas saber por lo que pasé. Necesitas entender que no me quedé quieta esperando a que volvieras, porque todos, incluyéndote a ti en ese momento, me dijeron que no lo harías.

Diste un paso hacia él.

— Y necesitas saber también que mi respuesta a tu pregunta... la que me hiciste en la tienda, sobre si todavía siento algo por ti... — Tragaste saliva. — Ya la respondí, Kid. La respondí hace unos minutos atrás.

— ¿Y esa respuesta es... un sí? — preguntó Kid, entrecerrando los ojos con esa mezcla de arrogancia e inseguridad que solo él podía lograr. Seguía siendo el mismo a la hora de, a veces, retener las respuestas obvias.

— ¿Tú qué crees? — respondiste con una sonrisa, cruzando los brazos. — Te dejé entrar a mi hogar. Te dejó ver mi altar. Te conté mi vida. ¿Crees que haría todo eso por cualquiera que apareciera en mi puerta?

Kid caminó hacia ti para cerrar la distancia entre los dos, sus botas resonando contra el suelo de madera. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que su calor te envolviera, sus manos encontraron tus caderas con esa familiaridad que los años no habían borrado.

— Solo una cosa — murmuró, su voz baja y grave, sus ojos ámbar fijos en los tuyos con una intensidad que te hacía olvidar respirar. — No vuelvas a mencionar a ningún hombre más. Y menos a ese tal... Arden.

Pronunció el nombre como si fuera veneno.

— Hubieras omitido su nombre — continuó, su mandíbula tensándose. — No quería saber el nombre del hombre que pudo...

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo. Sus manos se apretaron ligeramente contra tus caderas, sus nudillos blancos por la tensión. A Kid le hervía la sangre de solo pensar que ese tal Arden te había mirado, que había ocupado un espacio en tu vida que él había dejado vacío. Que quizás, en alguna noche, había estado donde él quería estar.

— Kid.

Palmeaste su rostro suavemente, tus manos enmarcando sus mejillas, obligándolo a enfocarse en ti. Lo conocías muy bien para saber que en ese momento estaba en medio de una batalla interna de celos, imaginando escenarios que nunca ocurrieron.

— Kid, mírame — dijiste con firmeza, pero con ternura. Cuando sus ojos finalmente se encontraron con los tuyos, continuaste: — Nunca pasó nada entre él y yo. ¿Me escuchaste? Nunca.

Parpadeó, confundido.

— Pero dijiste que...

— Dije que salí con él. Dije que lo intenté. Y fue cierto. Salimos, compartimos tiempo, hubo... — buscaste las palabras correctas — ...hubo gestos. Una mano en el hombro, un abrazo de consuelo, una mejilla rozada. Pero nunca pasó nada más. ¿Entiendes?

Sus ojos recorrieron tu rostro, buscando mentiras, buscando dudas. No encontró nada.

— ¿Por qué? — preguntó, y en su voz había una vulnerabilidad que pocas veces mostraba. — Era un hombre decente, por lo que cuentas. Paciente. Amable. Todo lo que yo no soy.

Sonreíste, acariciando su mejilla con el pulgar.

— Porque cada vez que intentaba dar el siguiente paso, cada vez que la situación se volvía... íntima... — negaste con la cabeza. — Te veía a ti. Sentía tus manos, no las suyas. Escuchaba tu voz, no la de él. Y me di cuenta de que no podía. No podía entregarle algo que aún te pertenecía por completo.

Los ojos de Kid se suavizaron, esa dureza perpetua disolviéndose como hielo al sol.

— Además — agregaste con una sonrisa pícara —, Arden se dio cuenta antes que yo. Una noche, estábamos en su casa, la velas encendidas, la música de fondo, todo preparado para... ya sabes. Y en el momento clave, me detuvo, me miró y dijo: “Todavía no estás lista. Y tal vez no lo estarás nunca, y está bien. Pero no puedo ser yo quien te empuje a algo que no quieres”.

Soltaste una risa suave.

— Fue entonces cuando supe que con él no funcionaría. Porque a pesar de todo, a pesar de los meses, a pesar de su paciencia... yo seguía esperándote a ti.

Kid te observó en silencio por un largo momento. Luego, sin previo aviso, enterró su rostro en tu cabello, abrazándote con tal fuerza que por un instante te faltó el aire. Su cuerpo temblaba ligeramente.

— Idiota — murmuró contra tu pelo, su voz ronca y ahogada. — Maldita idiota. Deberías haberme olvidado. Deberías haber sido feliz con ese... con ese tipo. Habría sido más fácil.

— Pero no era él — susurraste, enredando tus brazos alrededor de su cuello. — Era... es... siempre serás tú.

Kid separó el rostro lo justo para mirarte. Sus ojos estaban húmedos, aunque jamás lo admitiría.

— Te juro — dijo, su voz grave pero firme — que voy a pasar el resto de mi vida haciéndote olvidar que algún día pensaste que podías ser feliz con alguien que no fuera yo.

— Eso es mucho tiempo — provocaste, sonriendo.

— Bueno — gruñó, inclinándose hacia ti —, entonces será mejor que empiece ya.

Y cuando sus labios encontraron los tuyos, no hubo más palabras. Solo él. Solo tú. Solo el latido compartido de dos corazones que, contra todo pronóstico, habían vuelto a encontrarse.

Fin.