Metanoia

All Rights Reserved ©

Summary

Tomás, un policía y detective criminal, arriba al hotel Nadir, un lugar nada pretencioso donde un gran misterio emerge ante sus ojos, ese misterio lo consumirá y Tomás no descansará hasta comprender la lógica y la verdadera razón de estos acontecimientos.u

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

El bus avanzaba lento, como si la carretera se resistiera a dejarlo pasar.

La lluvia y la nieve golpeaban las ventanas con una insistencia incómoda, no fuerte, pero constante… como si alguien estuviera tocando desde afuera.

Tomás abrió los ojos.

No recordaba haberse dormido.

En el parlante de la radio se lograba escuchar a bajo volumen y con un poco de interferencia una canción que pareció recodar.

Empezó a tararear un poco.

Alza tu cerveza

Brinda por la libertad

Y que el cielo te espere

Pues el infierno es este bar

Definitivamente era una canción del Mägo de Oz, escuhaba esa banda cuando era joven, mucho antes de haberse convertido en un policía igual que su padre. Recostó un poco la cabeza en el asiento de aquel bus y siguió cantándola, la letra volvía a su mente como si nunca la hubiera olvidado. El interior era viejo: asientos de tela gastada, luces amarillas parpadeantes, un leve olor a humedad.

Miró sus manos.

Firmes. Conocidas.

Pero había algo extraño… como si no le pertenecieran del todo. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta.

Un papel doblado.

Lo abrió.

“NO INTERVENGAS ESTA VEZ.”

Frunció el ceño.

—¿Qué…?

La letra no la reconocía.

Entonces sintió algo.

No fue un sonido.

Fue… una necesidad.

Levantó la vista.

Y la vio.

Dos asientos más adelante, una mujer miraba por la ventana.

Guardó el papel lentamente.

Cabello castaño, ligeramente húmedo. Su postura era rígida, pero no tensa… más bien contenida, como si algo dentro de ella estuviera a punto de romperse.

Tomás la observó más de lo necesario. Había algo en ella que le obligaba a verla. Era hermosa, no podia negarlo, pero sabia que en cualquier momento llegaria a su parada y seguramente no la volvería a ver. Nunca fue un hombre de dejarse sorprender y guiar por impulsos, siempre era muy racional y su trabajo como detective le habia ensañado que todo, absolutamente todo tenía una respuesta, solo se necesita un poco de razón para comprender, fuera el misterio aue fuera.

Cuando ella giró ligeramente el rostro, sus ojos se encontraron.

Eran claros.

Profundos.

Y había algo en ellos que lo incomodó de inmediato.

No era miedo.

No era curiosidad.

Era… distancia.

Lucía sostuvo la mirada apenas un segundo más, luego volvió hacia la ventana, como si ya hubiera decidido que no valía la pena.

Tomás se acomodó, no quiso parecer un acosador o peor aún un sicopata, Pero no dejó de pensar en ella ni en la canción que ya llegaba a su último verso.

—¿Se ve muy mal alla afuera? —preguntó una voz a su lado.

Tomás giró.

Un hombre que llegaba a los sesenta años, ojeroso, lo miraba con cierta abnegación, común en los hombres ancianos que ya han vivido mucho. Su nombre era Carlos.

—Es una gran tormenta —respondió Tomás.

El hombre soltó una risa breve, sin humor.

—No parece un viaje cualquiera.

No lo era. Pero Tomás no respondió.

— ¿a dónde se dirige? — insistió el hombre.

Tomás lo olvidó por un segundo, luego sacó su celular, Hotel Nadir aparecia en su busqueda de google. ingresó a whatsapp, todos los chats estaban borrados, lo hacía como una vieja costumbre. Se fijo que no alcanzaba señal, eran las 10:27 de la noche.

— Al Hotel Nadir— respondió, y sintió la necesidad de agregar —cuesitones de trabajo—

—todo va a salir bien— exclamó el viejo con una sonrisa serena, y se acomodó en su silla desdoblando un periódico arrugado que sacó de debajo de su axila.

Tomás vio en primera plana una fotografía de un accidente de tránsito, el carro parecia calcinado. Típica forografia amarillista.

Un poco más adelante, una pareja discutía en voz baja.

—Te dije que no quería venir —susurró la mujer, Camila.

—Ya estamos aquí —respondió el hombre, tenso—No tiene sentido seguir con eso.

En el asiento junto a ellos, una niña —Sofía— miraba hacia el pasillo.

No jugaba.

No hablaba.

Solo observaba.

Sus ojos se detuvieron un instante en Tomás, luego bajaron lentamente.

En la parte trasera, una anciana sentada tenía la mirada perdida. Sus labio se movian, susurrando algo que Tomás no lograba escuchar… Tomás desvió la mirada.

Algo no encajaba.

No en los detalles… sino en la sensación general.

Como si todos estuvieran esperando algo.

Sin saber qué.

El vehículo se sacudió levemente, el motor empezó a forzarse.

Tomás miró hacia el frente.

El conductor no hablaba.

Sus manos firmes sobre el volante.

Tomás se levantó.

Caminó por el pasillo.

A cada paso, sentía que el aire se volvía más denso.

Vio a un niño que le miraba fijamente y sin parpadear, Tomas se sintió perturbado, sin dejar de caminar hacia el frente pero sin quitarle la mirada al niño, era de poco menos de 5 años, viajaba solo al parecer y estaba descalzo. Pero Tomás no le dio más de la inportancia necesaria.

Llegó al frente.

—¿Todo bien?

El conductor tardó en responder.

El bus se detuvo.

Finalmente habló, sin girarse, sus ojos se cruzaron en el retrovisor.

—Hasta aquí llegamos.

—¿Cómo que hasta aquí? —preguntó Tomás.

Y en ese instante… sintió algo imposible de ignorar, ese hombre lo odiaba.

No con rabia.

Con certeza.

—la nieve nos detiene el paso— dijo el conductor

Tomás miró hacia afuera. No había una carretera clara, no había nada.

Solo nieve

Y a lo lejos…

Una construcción, una mansión tal vez. Iluminada, Esperándolos.