Mi Tía, La Diosa by ELBIGLAWRENCE at Inkitt
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MI TÍA, LA DIOSA

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Un experimento brillante sale terriblemente mal cuando un joven científico transforma accidentalmente a su tía Susan en una giganta de 1.200 metros de altura.

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Las cosas se salieron de control muy rápidamente.

Cada mañana despierto con el mismo peso asfixiante en el pecho. Mi espalda carga un fardo invisible que me dobla hacia adelante. Nunca pedí esto. Nunca lo quise. Me levanto, como algo sin sabor, sin esencia. Me ducho con agua hirviendo como si pudiera arrancarme la piel y luego me lavo los dientes hasta que sangran las encías. A veces me quedo mirando mi reflejo en el espejo empañado y siento náuseas. Gracias al cielo, hoy no tuve pesadillas.

Solo trataba de hacer algo bueno por el mundo.

Evito las noticias. Evito el teléfono. Evito cualquier pantalla. Sé perfectamente de qué van a hablar. Sé exactamente qué imágenes van a mostrar una y otra vez.

Hace dos meses yo estaba trabajando en un prototipo de transporte de materia: una puerta interespacial capaz de mover objetos de un punto a otro del planeta de forma instantánea. Era mi mayor logro. Mi contribución a la humanidad.

Entonces llegó mi tía Susan.

Nunca supe por qué entró al laboratorio ese día. Nunca supe por qué, con esa curiosidad infantil que siempre tuvo, tocó los controles. El portal se activó con un destello cegador y ella desapareció.

Apareció en el centro de Londres.

Ahora medía más de 1200 metros de altura. Su cuerpo era un exceso obsceno de carne madura y voluptuosa: pechos colosales, pesados y redondos que se desbordaban del bra negro, tan grandes que cada uno podría aplastar varios barrios enteros solo con su peso. Sus nalgas eran lo más impactante: dos globos gigantescos, gordos, suaves y absurdamente enormes, cubiertos por unos leggins de leopardo que se estiraban hasta el límite, marcando cada curva, cada pliegue y cada ondulación de aquella masa carnosa. El tejido estaba tan tenso que parecía a punto de rasgarse, dejando entrever la piel pálida y suave debajo. Aquel culo descomunal se balanceaba y temblaba con cada paso como dos montañas de gelatina caliente, hipnótico y letal.

Era una mujer de 54 años. Una tía normal, algo coqueta, que siempre traía galletas cuando visitaba. pero ahora parecía una diosa carnal y destructiva salida de la peor pesadilla de la humanidad.

Sus piernas gruesas y fuertes terminaban en unos tacones rojos de aguja que ahora funcionaban como armas de destrucción masiva. Cada tacón se clavaba en el suelo como una lanza divina, atravesando edificios, iglesias y estaciones de metro con facilidad, dejando cráteres profundos llenos de metal retorcido y cuerpos aplastados.

Su pelo rubio largo ondeaba al viento como una cascada dorada, enmarcando un rostro maduro y sensual: labios carnosos pintados de rojo intenso, ojos azules brillantes llenos de una alegría sádica y traviesa. Tenía el cuerpo de una mujer que había disfrutado la vida: caderas anchas, cintura todavía marcada a pesar de su tamaño, y una piel suave que brillaba ligeramente por el sudor causado por el esfuerzo de su nuevo tamaño.

Pero lo más perturbador era su expresión.

Susan sonreía. No con maldad pura, sino con una mezcla de sorpresa, placer y excitación genuina, como si acabara de descubrir el juguete más divertido del mundo. Mientras caminaba, sus nalgas colosales se sacudían pesadamente, golpeando edificios laterales y haciendo que estos se derrumbaran con un rugido. Sus pechos rebotaban con fuerza, aplastando torres y puentes bajo su movimiento natural. Cada paso provocaba terremotos que hacían estallar ventanas a kilómetros de distancia y convertían a la gente en una fina capa roja bajo sus pies.

—Oh, querido sobrino… —ronroneó con una voz grave, sensual y retumbante que hizo vibrar el aire—. Este es el mejor regalo que me han dado en toda mi vida.

Y lo decía en serio.

Cada paso era un genocidio.

Sus tacones rojos se clavaban en el asfalto como arpones, atravesando decenas de edificios y aplastando a cientos de personas en un solo movimiento. Cuerpos se convertían en manchas rojas y húmedas bajo sus suelas. Autos eran aplastados hasta quedar convertidos en láminas de metal ensangrentadas. La gente corría en todas direcciones, gritando, pero no había escapatoria. Miles de personas desaparecían bajo sus pies en menos de un parpadeo, reducidas a una pasta viscosa de carne, hueso y ropa destrozada.

Desde entonces, se podría decir que mi familia se ha convertido en la dueña absoluta del país.Mi tía Susan devoró al primer ministro y a todo el parlamento en una sola tarde. Los levantó como si fueran un puñado de dulces y se los metió en la boca uno por uno, masticándolos lentamente mientras sonreía. Nadie puede detenerla. Las ciudades que intentan rebelarse terminan destruidas… o algo peor. Muchas han sido levantadas del suelo y arrojadas directamente al oscuro, caliente y húmedo abismo entre sus nalgas gigantescas, donde desaparecen para siempre en una prisión de carne blanda y sudorosa.

Millones han muerto. Y es mi culpa.

A ella no le importa despertarse cualquier mañana, caminar hasta un pueblo cualquiera, arrancarlo de sus cimientos como quien arranca una mala hierba y comérselo entero de un solo bocado, con casas, coches y habitantes incluidos. Se escucha el crunch húmedo de los edificios rompiéndose entre sus dientes, los gritos ahogados de miles de personas siendo trituradas vivas, y luego el sonido gutural de su garganta al tragar.

Una vez fue al aeropuerto más transitado del país y cometió una de las peores masacres conocidas de la humanidad.

Tomaba los aviones llenos de pasajeros como si fueran juguetes de plástico. Los frotaba lentamente contra sus pezones enormes y endurecidos, destruyéndolos en el proceso. El metal se doblaba y rasgaba, los fuselajes explotaban contra la carne blanda y caliente de sus pechos, y los cuerpos de los pasajeros quedaban aplastados, convertidos en una pasta roja que se pegaba a su piel. Algunos tenían la desgracia de sobrevivir unos segundos más: Susan los sacaba de los restos retorcidos y los introducía directamente entre sus pechos colosales, apretándolos entre aquella carne suave y pesada mientras gemía de placer. Sus gritos se apagaban lentamente, ahogados por el calor y la presión de sus senos gigantes.

Birmingham lo tuvo mucho peor.

Ella simplemente se sentó en medio de la ciudad. Se bajó los leggins de leopardo con un movimiento lento y deliberado, revelando su enorme vagina y el profundo abismo entre sus nalgas. Luego utilizó todos los edificios de la urbe como juguetes personales. Con sus colosales manos agarraba barrios enteros, arrancando bloques de edificios como si fueran legos. A algunos los introducía directamente en su vagina, empujándolos profundamente mientras gemía con voz ronca y satisfecha. Otros los metía entre sus glúteos, aplastándolos contra la carne caliente y sudorosa hasta que solo quedaban ruinas y manchas rojas.

Tomaba lotes de cientos de personas entre sus dedos, los aplastaba sin piedad hasta convertirlos en una papilla sangrienta y luego se untaba los restos sobre sus pechos enormes, frotando la mezcla de sangre, vísceras y hormigón contra sus pezones como si fuera crema corporal. El olor a muerte y sexo se extendía kilómetros a la redonda.

El piso empieza a temblar. Ella se acerca.

El techo de mi casa es arrancado como si fuera de cartón. La luz del día desaparece, reemplazada por la sombra abrumadora de sus enormes senos. Dos de sus colosales dedos me levantan del suelo con delicadeza aterradora y me llevaran justo frente a su rostro. Sus mastodónticos labios, pintados de rojo intenso, se acercan lentamente y me besan. Un beso húmedo, caliente y pegajoso que me deja empapado en saliva.

—Muy buenos días para mi sobrino favorito —dice alegremente, con una voz que retumba como un trueno dentro de mi cabeza.

Estoy suspendido en el aire, casi ahogándome en sudor frío. No mentiré: tengo miedo de morir.

—¿Cómo vas con el trabajo? —pregunta. Su voz hace que me duelan los oídos.

—Bien… estará listo pronto —respondo con la voz temblorosa.

—Eso espero, sobrino. Ya estoy empezando a desesperarme.

Mi tía Susan me había encomendado la tarea de hacerla todavía más grande. Mucho más grande.

Para asegurarse de que no pensara en otra cosa, aplastó a Lia, mi pareja, frente a mí con el dedo meñique. Lo hizo despacio, disfrutando el momento. Vi cómo el cuerpo del amor de mi vida se hundía bajo aquella yema carnosa y caliente, cómo sus piernas se quebraron primero con un chasquido seco, luego su pelvis, y finalmente su torso se reventó como un globo lleno de sangre. Sus órganos se derramaron sobre la mesa del laboratorio en un charco caliente y brillante mientras Susan soltaba una risita suave, casi maternal.

“AYUDAME”, todavía recuerdo sus gritos de auxilio en mi cabeza.

—Era una distracción, cariño —me dijo después, lamiéndose un resto de sangre del dedo.

Desde entonces viene de vez en cuando a “motivarme”. Me levanta hasta su rostro, me besa con esos labios gigantes que aún huelen a muerte y ruinas, y me susurra con voz juguetona:

—Y recuerda, sobrinito —dijo entre risas alegres y terribles—. Quiero ser lo suficientemente grande como para tapar el sol con mi trasero… jajaja. O tal vez meter la Tierra entera entre mis tetas, ¿eh?

A veces quisiera abandonar este mundo, pero no puedo hacerlo sin reparar el daño que he hecho.

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