Capítulo 1
Donghae salió de su departamento a eso de las 5 de la mañana, como era de costumbre, se levantaba temprano todos los días a correr por que a esa hra había menos gente, menos tránsito, la ciudad era más tranquila.
El aire estaba frío y la ciudad todavía dormía, las calles estaban vacías, salvo por algún autobús temprano y el ruido distante del río que pasaba bajo el puente. Se ajustó los audífonos, pero no puso música, prefería escuchar su propia respiración mientras corría, le ayudaba a ordenar la cabeza.
Correr era lo único que le calmaba un poco los pensamientos, el murmullo y las voces constantes que tenía en la cabeza.
Llevaba el pelo recogido de forma descuidada y una sudadera holgada de color rosa. Nadie lo reconocía a esa hora, y eso le gustaba.
En la universidad era distinto, miradas, comentarios, invitaciones que siempre rechazaba, no quería involucrarse con nadie…. Tampoco podía si quisiera.
Cuando llegó al puente, bajó el ritmo un poco. Siempre lo hacía, le gustaba sentir el frío de la mañana, y quedarse por unos momentos observando el amanecer desde el puente. El río estaba oscuro y tranquilo, y por unos segundos se quedó mirando el reflejo de las luces lejanas sobre el agua.
Fue ahí cuando vio algo…algo que cruzó el cielo mientras aun no salía el sol.
No era un pájaro, tampoco una estrella. Fue demasiado rápido y demasiado grande. Una sombra envuelta en luz cayó en picada, perdiéndose más allá del puente, hacia la zona de árboles cerca del río.
Donghae no se movió; se sacó un audífono.
—¿Qué… qué fue eso…?
Se escuchó tarde el sonido de un golpe seco y apagado, dando la señal que algo había caído al suelo a lo lejos.
La curiosidad le ganó a su sentido común. Miró alrededor para ver si alguien más lo había visto, pero no había nadie más. Cruzó el puente y bajó por el sendero de tierra que llevaba hacia el río, con el corazón acelerado por alguna razón y no porque hubiera estado corriendo.
Ahí entre los árboles, vio un bulto, un cuerpo.
Lo primero que pensó fue que podría ser alguien herido, quizás de algún accidente, quizás alguien que había caído desde el puente, muchas opciones pasaron por su mente, así que se acercó despacio y con cuidado y cuando lo vio se paró en seco.
Era un hombre:
De cabellos rubios, casi blancos, su cabello claro estaba desordenado, manchado de tierra y hojas, llevaba ropa extraña, demasiado liviana para el frío, estaba inconsciente. El pecho le subía y bajaba con dificultad.
Donghae dio un paso más… y entonces pudo verlas con más claridad.
Unas alas grandes, abiertas de forma torpe contra el suelo. Las plumas estaban manchadas de barro y sangre. Algunas parecían quemadas en las puntas, otras estaban rotas, dobladas en ángulos imposibles.
Deben ser de mentira, de algún disfraz —pensaba, aun sin creer lo que estaba viendo.
Donghae sintió que el estómago se le apretaba.
—No… —susurró—. No puede ser, debe ser una broma. Decía a medida que se iba acercando más.
Se quedó mirándolo varios segundos, sin moverse, no gritó, no salió corriendo. El miedo y los nervios no lo dejaban actuar.
No había que ser muy inteligente para darse cuenta que era lo que tenía ante sus ojos.
Se agachó con cuidado, sin tocar las alas todavía, le temblaban un poco las manos.
—Oye… —dijo, más bajo—. ¿Estás vivo? Mientras lo picaba con una varita que había encontrado a un costado, no se atrevía a tocarlo directamente.
El rubio hizo un sonido leve, apenas un quejido, eso le confirmó que seguía vivo, apenas, pero vivo.
Donghae tragó saliva.
Las alas apenas se movieron, como por reflejo, y eso bastó para convencerlo del todo.
Eran demasiado grandes para esconderlas fácilmente, y claramente no estaban bien, ahora no sabía que rayos hacer.
Miró alrededor, pero seguía sin haber nadie y el cielo seguía oscuro, parecía que los minutos no pasaban nunca, el cielo aún no amanecía.
—Mierda… —murmuró.
Se pasó una mano por el pelo, caminó en círculos un segundo, tratando de pensar.
—Genial… —murmuró—. Justo a mí.
Siempre me tiene que pasar algo.
Miró alrededor otra vez, como esperando un milagro o algo que lo sacara del apuro en el que se estaba metiendo, pero nada. Suspiró, se pasó una mano por la cara y tomó una decisión.
—Está bien —dijo en voz baja—. No te puedo dejar aquí, te llevaré conmigo. Imposible llevarte a un hospital, que les voy a decir?
Ni él mismo se creía lo que estaba apunto de hacer, sabía que era una mala idea.
Se quitó la sudadera y la extendió sobre las alas, cubriéndolas lo mejor que pudo para que no se notaran, no era suficiente, pero ayudaría un poco. Luego, con mucho esfuerzo, pasó el brazo del rubio por encima de su hombro.
El peso se le fue encima de golpe.
—Eres más liviano de lo que pareces —gruñó, ajustándolo—.
Caminó despacio hacia la calle, cuidando de no lastimar más las alas.
Le reconfortaba que al menos su departamento quedaba a pocas cuadras de donde estaban.
Mientras lo llevaba por la calle solo podía pensar en 2 cosas:
Primero, agradecía que no hubiera gente a esa hra.
Y segundo cuestionaba por qué siempre le pasaban estas cosas y se metía en problemas.
¿Qué iba a hacer ahora con un ángel en su departamento?