CAPÍTULO 1: Cianotipo y sirenas de policía
Londres siempre ha tenido un sabor agridulce, pero esa noche sabía a adrenalina podrida y a pintura fresca.
El azul cian goteaba de mis dedos, manchando la acera de Southwark mientras las luces azules y rojas de las patrullas pintaban rítmicamente las paredes de ladrillo. No era la primera vez que terminaba con las manos en alto, pero sí era la primera vez que sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies. No por el arresto —ya era casi una experta en esquivar la mirada de los policías—, sino por el hombre que caminaba hacia mí desde la oscuridad de la calle, como si hubiera sido invocado por mis propios pecados.
James Harrison no pertenecía a mi mumdo Con su camisa blanca impecable, ligeramente desabrochada en el cuello, y ese abrigo largo de lana que ondeaba con el viento frío del Támesis, parecía una alucinación de lujo en medio de mi caos bohemio. Él era el orden; yo era la mancha de pintura que arruinaba su lienzo perfecto.
—Manos tras la cabeza, Miller —ordenó un oficial con voz de cansancio.
No podía moverme. Mis oídos estaban bloqueados, pero en mi cabeza, como un mecanismo de defensa automático, empezó a sonar "Kiwi" de Harry Styles. El ritmo frenético de la batería era lo único que me matenía en pie. Siempre era él. Harry era mi ancla cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso. Miré mis dedos manchados y recordé que, hace apenas diez minutos, estaba intentando plasmar esa misma energía eléctrica en un muro gris.
James se detuvo a un metro de distancia. No gritó. No me regañó. Se quedó allí, observando cómo el metal frío de las esposas se cerraba sobre mis muñecas. Su mandíbula estaba tan tensa que juraría que escuché el crujir de sus dientes. En su mirada había una mezcla de furia contenida y algo mucho más oscuro... algo que se parecía peligrosamente al deseo de protegerme del mundo, o de sacudirme hasta que entendiera que no podía seguir siendo una niña perdida en la ciudad.
—James... —mi voz salió como un hilo de seda roto, perdiéndose en el ruido de las sirenas.
Él dio un paso adelante, ignorando la advertencia del policía que intentaba apartarlo. Se acercó tanto que pude olerlo: sándalo, café caro y esa tormenta que siempre parecía seguirlo, incluso en los días soleados de Londres. Se inclinó hacia mi oído, y su aliento cálido rozó mi piel erizada, enviando una descarga eléctrica que me hizo olvidar que estaba siendo arrestada.
—No digas ni una sola palabra, Soph —susurró, su voz era una caricia de terciopelo y acero—. Yo me encargo de esto. Pero cuando salgamos de aquí, vas a pagar cada segundo de este infarto que me estás provocando.
Sentí el roce de su abrigo contra mi brazo mientras me llevaban hacia el coche patrulla. El contraste entre su pulcritud y mi desastre era tan doloroso que me quemaba por dentro.
Tres horas después, el silencio sepulcral de la celda fue interrumpido por el sonido de unos zapatos de cuero de mil libras golpeando el suelo de cemento. James apareció tras los barrotes como una sombra elegante. Ya no llevaba el abrigo, solo la camisa blanca, con las mangas remangadas hasta los codos, revelando sus antebrazos tensos, marcados por venas que delataban su autocontrol a punto de estallar. Se veía desaliñado para sus estándares —el cabello castaño algo revuelto, un botón más desabrochado—, lo que lo hacía verse más humano. Más alcanzable. Y por lo tanto, diez veces más peligroso.
El oficial abrió la puerta y James entró, cerrándola tras de sí con un eco metálico que retumbó en mi pecho.
—He pagado la fianza —dijo, apoyándose contra la pared fría, observándome con una fijeza que me obligó a encogerme en el banco de madera. Intenté inútilmente limpiar la pintura de mis uñas, restregándolas contra mis jeans desgastados—. Pero mi padre se ha enterado, Sophie. Y eso significa que el bufete también.
—Lo siento mucho, James. Sabes que ese muro en Southwark era... era una oportunidad única. La luz daba de una forma que...
—Me importa un carajo la luz y me importa un carajo el muro —me cortó, dando zancadas hacia mí. Me obligó a levantarme, tomándome del mentón con una delicadeza que me dolió más que si me hubiera gritado—. Me importa que cada vez que suena el teléfono a las tres de la mañana, mi corazón se detiene pensando que te ha pasado algo peor que una celda. Me importa que mi futuro dependa de que yo sea un pilar de moralidad, mientras tú te empeñas en saltar al vacío cada fin de semana.
Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se golpeaban. Bajé la vista a su cuello, a la curva de su clavícula que se asomaba por su camisa abierta. Era la misma imagen de la foto que guardaba en mi carpeta de "referencias" en el estudio, esa que me hacía suspirar cuando creía que nadie me veía. La tensión entre nosotros siempre había estado ahí, una cuerda tensada durante diez años, pero esta noche, en esta celda diminuta, la cuerda se estaba deshilachando.
—¿Qué quieres de mí, James? —pregunté, con voz temblorosa.
James bajó la mirada a mis labios. Por un segundo eterno, el aire en la celda se volvió irrespirable. Su mano subió desde mi mentón hasta mi nuca, sus dedos se enredaron en mi cabello pelirrojo con una urgencia que me hizo soltar un suspiro ahogado. Fue un gesto posesivo, hambriento. Un gesto que no era solo de "mejor amigo".
—Necesito que dejes de ser mi mayor problema y empieces a ser mi solución Soph—murmuró, casi rosandome el rostro que estaba a milímetros del suyo—. Mi padre cree que soy un irresponsable porque paso todo mi tiempo libre sacándote de líos. El bufete quiere ver estabilidad antes de hacerme socio. Así que vamos a dársela.
—¿De qué estás hablando?
—Un trato, Soph. Vas a ser mi novia. Ante mi familia, ante la prensa, ante cada maldito abogado de Mayfair. Una relación falsa, estable y perfecta. Yo limpio tu historial criminal de artista rebelde, y tú salvas mi carrera, que te parece?
Me quedé helada. Sus dedos seguían acariciando mi nuca, una caricia eléctrica que se sentía como una trampa de lujo.
—¿Novios falsos? —reí con un toque de histeria—. James, somos mejores amigos. Nos conocemos hasta las cicatrices. Se darán cuenta en un segundo de que no nos... miramos de esa manera.
James se inclinó más, apoyando su contra la mía. Cerré los ojos, mareada por su cercanía. En mi mente, la voz de Harry Styles cantaba suavemente algo sobre dulces criaturas, pero la realidad era mucho más amarga.
—Mírame, Sophie —ordenó. Al abrir los ojos, me encontré con una oscuridad en sus pupilas que me dio miedo y esperanza a partes iguales—. ¿Crees que me va a costar mucho trabajo fingir que quiero tocarte? ¿Crees que la gente no se creerá que estoy loco por ti cuando llevo una década sin poder mirar a otra mujer sin compararla con tu maldito desorden y tu cabello rojo?
El corazón me dio un vuelco tan violento que dolió. Esa era la parte que no estaba en el guion. Esa era la parte donde James Harrison dejaba de ser el abogado perfecto y se convertía en el hombre que me quitaba el sueño.
—James... —susurré, buscando sus labios por puro instinto.
—Acepta el trato, Sophie —dijo él, retrocediendo justo antes de que nuestras bocas colisionaran, recuperando su máscara de frialdad—. Sé mi novia por tres meses. Rompamos todas las reglas de Londres, menos una: no te enamores de mí. Porque si lo haces, no habrá contrato en el mundo que pueda salvarnos de lo que vendrá después.
Sentí el frío del metal de su reloj contra mi piel cuando me soltó. Se dio la vuelta y salió de la celda sin mirar atrás, dejándome allí, con el aroma de su perfume grabado en mi ropa y la certeza de que acababa de firmar un pacto con el diablo.
Me senté de nuevo en el banco, asimilando todo lo que acaba de pasar, y me abracé a mí misma. La primera regla de James era la más difícil de cumplir, porque Sophie Miller llevaba rompiéndola en secreto desde los quince años.