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El aire en el distrito judicial olía a ambición y a la sutil feromona de los alfas dominantes, un aroma que para Jimin era tan familiar como el de su propia piel. Caminaba por los pasillos de mármol, su figura esbelta y etérea, casi fantasmal, entre las masas de trajes oscuros y miradas altivas. Su piel, de un blanco inmaculado, contrastaba con el rubio de su cabello, y sus ojos, de un azul claro y penetrante, observaban el mundo con una inteligencia que pocos se atrevían a reconocer. Era un omega, y en este mundo, eso significaba ser poco más que un recipiente, una propiedad, un ser destinado a la sumisión y la procreación. Sin embargo, Jimin había desafiado esa sentencia. Era abogado, un logro impensable para muchos de su casta, pero una verdad incómoda para la sociedad alfista que lo rodeaba.
Su voz, aunque presente en cada estrategia legal, en cada argumento pulido y en cada victoria en los tribunales, nunca era realmente escuchada. Era la voz de Jeon Jungkook, su hermano alfa, la que resonaba en las salas, la que cosechaba los aplausos y la que se llevaba el crédito. Jungkook, alto y de contextura firme, con su propio cabello rubio y ojos azulados, aunque más oscuros que los de Jimin, era la encarnación del alfa ideal. Atractivo, imponente, siempre acaparando miradas, era el escudo de Jimin, su protector ante un mundo hostil que lo habría devorado sin piedad. Ante los ojos de todos, Jungkook era el hermano ejemplar que había sacrificado su propia vida para cuidar del omega, el responsable de que Jimin pudiera sostenerse en un sistema que lo rechazaba. Una narrativa conveniente, una mentira bien construida que ambos mantenían con una precisión casi artística.
Pero esa protección no era inocente. Bajo la superficie pulcra y respetable de su relación fraternal, se tejía una red de deseos prohibidos y una dependencia tan profunda como rancia. Los límites se habían desdibujado hacía mucho tiempo, y lo que la sociedad consideraría impensable, aberrante, era la realidad palpable que respiraban dentro de las paredes de la casa Jeon. Jungkook no solo protegía a Jimin; lo conocía. Conocía cada fisura en su armadura, cada debilidad forjada por años de desprecio y aislamiento. Y lo usaba. Aprovechaba su falta de apoyo, la manera en que el mundo lo había ido quebrando, para mantenerlo cerca, dependiente, contenido dentro de un vínculo que funcionaba bajo sus propias reglas, reglas que solo ellos dos entendían. Era un juego torcido, donde el control se disfrazaba de cuidado, y donde Jimin, aun siendo dolorosamente consciente de la manipulación, no tenía un lugar al cual escapar. No es que no quisiera, es que no sabía cómo. La jaula, aunque dorada, seguía siendo una jaula.
En el ámbito profesional, la mente de Jimin era el motor que impulsaba el éxito de la firma. Era él quien desentrañaba los casos más complejos, quien analizaba las leyes con una agudeza inigualable, quien construía los argumentos irrefutables que llevaban a la victoria. Pero era Jungkook quien se erigía como el abogado brillante, el genio legal ante la sociedad. Jimin permanecía en la sombra, un recurso silencioso, el as bajo la manga que nunca sería nombrado, su intelecto una herramienta para el ascenso de su hermano. Degradado por el mundo que lo rodeaba y reducido a lo que otros decidían que era, Jimin había terminado aceptando lo que Jungkook le ofrecía. No por debilidad, sino porque dentro de esa relación perversa, encontraba una forma de estabilidad, un equilibrio extraño que le permitía seguir existiendo sin ser completamente destruido por el exterior. Era un pacto tácito, una supervivencia mutua en la que el precio era su propia libertad y reconocimiento.
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