Entre acordes rotos

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Summary

Tomás solo quiere una cosa: entrar a la universidad. Emily solo quiere que lo deje en paz. Y hará lo necesario para lograrlo. Pero entre clases de francés, guitarras desafinadas y una casa demasiado silenciosa, ambos terminan enfrentándose a algo que va más allá que cualquier examen. A veces no necesitas que alguien te salve. Solo necesitas que alguien se siente contigo mientras aprendes a levantarte.

Status
Ongoing
Chapters
19
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Sesenta minutos

La primera vez que intentó enseñarle francés, lo insultó en menos de cinco minutos.

—¿Tú sí vienes con garantía por si te rompes? —dijo ella sin levantar la vista del celular.

Él se quedó en silencio. No esperaba aquel recibimiento. Durante un segundo intentó decidir si aquello era una broma… o si hablaba en serio.

—Con ese silencio, seguro serás un gran profesor —añadió ella, esbozando una sonrisa cínica mientras se colocaba los audífonos.

Fue en ese momento cuando él tomó dos decisiones. La primera: iba a cobrar hasta el último segundo de cada sesión. La segunda: no perdería el tiempo intentando tener una conversación normal con ella. Después de todo, el padre pagaba ridículamente bien. Lo suficiente como para ignorar que su hija era, sin duda alguna, un desastre de modales.

—Como ves, esta es Emily. Eres la quinta persona este mes, Tomás. Por favor… solo haz que diga tres frases en francés sin que aviente el cuaderno. —Volteó a ver a su hija y suspiró. —Mucha suerte —dijo antes de cerrar la puerta.

Tomás se aclaró la garganta —Bonjour, Emily. Je m’appelle Tomás. Enchanté —Esbozó una leve sonrisa y le extendió la mano.

Emily ni siquiera levantó la vista del celular

La mano de Tomás quedó suspendida en el aire unos segundos antes de retirarla —Bueno… como escuchaste, seré tu maestro. Y antes de que lo digas: sí, soy joven para ser profesor. Aprendí francés cuando era pequeño, así que puedes estar tranquila, estás en buenas manos.

Emily levantó la mirada por primera vez —Entonces no tuviste el talento suficiente para buscar otro trabajo.

Tomás sostuvo la mirada, sin perder la calma. Ya veo por qué no duran mucho aquí. No le voy a dar el gusto.

—Estoy aquí porque tu padre me dijo que tienes interés en aprender francés.

Emily frunció las cejas. Luego, casi en un susurro, murmuró. —No le creas todo lo que dice.

Tomás fingió no haber escuchado. Total, sus problemas familiares no son asunto mío, pensó. —Bueno… supongo que es momento de empezar. Solo tenemos sesenta minutos. ¿Te parece si vamos a la sala? —sonrió. Emily no reaccionó.

Tomás observó a su alrededor. —O… podemos quedarnos aquí.

La habitación era un desastre. Había papeles tirados en el suelo, ropa por todas partes. Lo que alguna vez fue un escritorio ahora era solo una montaña de ropa… o quizás siempre había sido una montaña de ropa. Su mirada se detuvo un segundo en el basurero desbordado, apartó la vista y sacó un cuaderno de su mochila — ¿Qué te han enseñado los otros profesores? — Si empiezo desde lo más básico, me va a despreciar aún más, se dijo a sí mismo.

—Nada.

Tomás asintió con calma —Bien… entonces hagamos algo. ¿Qué tal un pequeño examen para ver tu nivel? —Sacó una hoja y un lápiz de la mochila —Yo te digo la pregunta y tú escribes la respuesta. ¿Te parece?

—Mejor escribe las preguntas y yo escribo las respuestas. — respondió, con la vista fija en su celular.

—Ok, si te gusta de esa forma, lo haré así —observó a su alrededor, buscando un lugar donde apoyarse.

—No hay sitio donde puedas escribir, mi mesa está un poco sucia y mi tocador tiene cosas encima, pero esa parte del piso donde estás parado está libre, es espacio suficiente para apoyarte. ¿No te parece? —sonrió mientras lo decía.

Tomás miró hacia el piso donde estaba parado y exhaló. Volteó hacia Emily, ella aún se encontraba mirando su celular, entonces, dejó caer los hombros y se arrodilló. Comenzó a escribir preguntas gramaticales, oraciones que debían ser completadas y nombrar objetos cotidianos —Ten, no son muchas, toma el tiempo que necesites.

Emily tomó el papel, se sentó y apartó la ropa que estaba encima de su tocador para poner la hoja —Dame un lápiz.

Tomás le entregó una goma y el lápiz con el que escribió, parecía nuevo, una punta fina y la goma sin gastar. —Solo te pido que no uses la gota del lápiz, no me gusta que se vea desgastada, por favor.

—Sí, oye, tengo sed, ¿me puedes traer un vaso de agua?

—Puedes ir una vez termine la sesión.

Emily lo observó y esbozó una ligera sonrisa de malicia. —Bueno, pero ¿puedo escuchar música? Me concentro más cuando lo hago.

—Está bien, hazlo.

Emily tomó su celular y comenzó a revisarlo.

Lo que pareció una simple acción de unos segundos, se convirtieron en minutos —Oye, puedes comenzar con el examen, ya pasaron 5 minutos.

—Perdón, es que no encuentro que escuchar, pero te prometo que ya casi terminó.

Ya veo por qué todos renuncian rápido… Lo está consiguiendo, pensó Tomás.

Luego de otros 5 minutos, apartó el celular y comenzó a leer.

Mientras tanto, Tomás observaba alrededor con cautela, le molestaba ver el desorden. Imaginó, con molestia, cómo lo ordenaría todo en minutos.

El tiempo pasaba y cuando echó un vistazo a su reloj ya llevaba media sesión —¿Necesitas ayuda con algo o ya casi terminas?

—uhm... creo que ya terminé, toma.

Al ver el examen, todo estaba en blanco.

—Ah sí… tu lápiz

Emily le extendió el objeto con una lentitud deliberada. Tomás lo tomó, pero ella no lo soltó de inmediato, obligándolo a jalarlo. El lápiz, que antes lucía una punta perfecta y una goma intacta, ahora era un resto astillado y húmedo, con la madera marcada por dientes impacientes.

Un calor le subió por el cuello. Sus dedos se cerraron sobre la madera maltratada hasta que escuchó un crujido seco: el lápiz se partió en dos dentro de su puño. Clavó la vista en la puerta, donde el pomo de metal brillaba bajo la luz sucia de la habitación.

—Perdón, traté de contestar, pero no le entendí a tu letra... quizás si escribieras con un lápiz con punta de entendería más — dibujó una sonrisa burlona.

—Voy por tu vaso de agua —se levantó del piso y se dirigió a la puerta.

—Ahora si nos estamos entendiendo. —dijo Emily sonriendo.

Tomás salió cerrando la puerta tras de sí.

Al salir, se apoyó sobre la puerta y soltó un suspiro contenido, recorrió la casa con la mirada: era lo opuesto a su habitación. Todo estaba ordenado, aunque polvoso, pero la casa tenía cierta calidez. Bajó las escaleras, tomó un vaso y lo llenó de agua. Luego lo dejó. Tomó otro y lo observó —Este sí parece limpio — y se lo tomó.

Mientras llevaba el agua, en la sala, vio la foto familiar; parecía una familia feliz, una niña sonriendo y sus dos padres abrazándola, alzó la vista hacia el cuarto y un escalofrío le recorrió por el cuerpo —¿Dónde estará su mamá cuando pasan estas cosas? — Subió las escaleras y suspiró antes de volverse a meter al cuarto — Toma tu vaso.

Emily estaba acostada otra vez. —Ahí déjalo, lo tomaré cuando tenga sed.

Tomás sonrió, pero la vena que latía con fuerza en su frente contaba otra historia —Oye, te parece si dejamos esto por unos minutos, me he dado cuenta de que no nos conocemos, dime, ¿qué te gusta hacer?

—Nada relevante.

—Bueno, a mí me gusta… —Tomás hizo una pausa, buscando algo que no sonara demasiado aburrido—. El orden. Saber que, si pongo algo en un lugar, se va a quedar ahí.

Emily lo miró a ver y soltó una carcajada seca — Qué vida tan emocionante. ¿También te gusta ver cómo se seca la pintura en las paredes?

Tomás tensó las manos y la vena en su frente volvió a latir.

—Oye, si esto de enseñar es mucho para ti, quizá deberías encontrar otro trabajo a tu nivel.

Tomás suspiró — Nos quedan 20 minutos, ¿qué te gustaría hacer?

—uhm... Ya sé, juguemos a quedarnos callados, ¿ok?

Tomás se sentó e inclinó la cabeza hacia abajo. No hubo respuesta.

Al principio, el silencio se sintió incómodo, casi forzado. Pero los minutos pasaron… y nadie dijo nada. Emily se quedó mirando el techo, con los audífonos puestos. Cuando Tomás volvió a levantar la vista, ya habían pasado quince minutos.

Emily se reacomodó y aventó una prenda de ropa, la cual cayó y cubrió a Tomás.

—Ah, ¿sigues ahí? Realmente eres aburrido.

Tomás se quitó la prenda y la volteó a ver. —Ya fue suficiente —dijo Tomás, levantándose lentamente. —No sé cuál sea tu problema, pero esto no es una broma. Mientras tu padre me pague… voy a venir mañana.

Emily se giró en la cama para mirarlo. Por primera vez, la burla en sus ojos se transformó en algo parecido a la curiosidad. O quizás, era solo un nuevo nivel de fastidio. —Mañana no puedo —dijo ella, volviendo a ponerse los audífonos. — Mañana tengo cosas que hacer.

—Mañana a las cuatro, Emily —sentenció él mientras recogía su mochila—Tu padre ya lo pagó.

Salió del cuarto sin esperar respuesta. Mientras caminaba hacia la salida de la casa, las manos de Tomás le temblaban ligeramente. No observó el resto de la casa y azotó la puerta de la casa, con la fuerza suficiente para que se pudiera escuchar hasta las habitaciones de arriba.

Salió de la casa y se apoyó sobre la puerta. Esperó unos segundos… y entonces gritó dentro de su mochila para que nadie lo escuchara —¿Qué haré mañana? ¿En qué me he metido?

Más tarde, esa noche le llegó un mensaje del padre de Emily, al revisarlo decía: “¿Cómo te fue en tu primer día? ¿Irás mañana?”

Tomás lo leyó, y el recuerdo de lo duro que había sido el día le recorrió el cuerpo como un escalofrío. Sintió que la tensión subía por los brazos. No quiero ir. Pero le dije que iría, se dijo a sí mismo. Se quedó unos segundos frente al teclado, pensando qué responder.

Al final escribió: “Sí, iré mañana”.