Forzando el cambio
El día de hoy era uno de los peores que había vivido en toda mi vida, el calor era insoportable y hacía que por alguna extraña razón tuviera comportamientos menos apáticos de los que siempre tengo. Mientras que el ventilador del techo giraba con mucha pereza, moviendo el aire caliente de un lado a otro de mi cuarto. Yo miraba algunos videos cortos de Instagram, uno más aburrido que el anterior y con poca gracia. Según estaba tratando de matar el tiempo, aunque no lo estaba logrando. Veintisiete de marzo. Vacaciones de primavera. Y yo, Mario, atrapado en mi propia cabeza como siempre.
—Mijo, ¿seguro que no quieres venir de paseo con nosotros? —la voz de mi mamá atravesó la puerta como un rayo—. Tu papá ya consiguió los boletos de autobús.
Apreté los dientes. El sudor se me pegaba en la nuca y manchaba mi almohada a la vez.
—No, ama. Me quedo aquí —dije tratando de sonar desinteresado.
Como si de una novela de drama se tratara mi madre subió las escaleras y se metió a mi cuarto sin previo aviso.
—Porque no quieres ir mijo, a la playa que iremos todo esta bonito —dijo mientras se encontraba al lado de la puerta.
—Es que la verdad no me llama la atención el estar al descubierto a la vista de personas que no conozco —dije mientras seguía deslizando video tras video.
—Está bien mijo, no te quiero obligar a nada —dijo mientras daba la vuelta—. Ahí en la cocina te deje comida para unos dos días, también te deje dinero en la sala para que salgas y compres comida cuando se te acabe.
—Está bien mami, nos vemos en una semana —dije mientras me levantaba de mi cama—. Disfrutas de tu viaje.
La puerta se cerró con un golpe seco y el silencio volvió a llenar la casa. Me quedé sentado en el filo de la cama, sintiendo cómo el alivio y la culpa se peleaban en el estómago. Afuera, como si de una carrera se tratara, el motor de un taxi arrancó y se alejó llevándose a mis padres hacia la terminal de autobuses. Ahora sí estaba solo. Completamente solo y sin nadie con quien hablar.
Me levanté y caminé hasta la ventana que daba a la calle. Entre los árboles y casas, a tres calles de la mía, se veía el gran letrero oxidado del parque municipal. Siempre estaba ahí, como un imán que me jalaba los ojos cada vez que me asomaba. Nunca había ido. Demasiada gente. Demasiados ruidos. Pero hoy... hoy sentí algo distinto. Un cosquilleo en los dedos que me hizo apretar el marco de la ventana.
—¿Y si voy? —murmuré, sintiendo cómo la voz se me quebraba en el aire caliente.
Entonces mientras me ponía mis tenis, pensé en como yo, un joven de 18 años, no tiene amigo alguno. Era cierto, en los 18 años que llevo en este mundo no he tenido un amigo real, solo tal vez compañeros de escuela, pero no más que eso.
Al acabar de ponerme los tenis quede frente al espejo del closet, que me devolvió mi imagen: un chavo flaco, con el cabello revuelto y una playera holgada que me llegaba a mitad de los muslos. Me toqué la cara, pasando los dedos por la mandíbula suave, sin rastro de barba. Ni siquiera parecía de dieciocho.
Me metí las manos en los bolsillos del short y respiré hondo. El calor pegajoso de la tarde se colaba por la ventana abierta, pero el pulso acelerado de mi corazón no era solo por eso. Me pasé la lengua por los labios secos y tomé una decisión rápida, antes de que el miedo me ganara otra vez.
—Pues ni modo— me dije en voz baja mientras agarraba una gorra para taparme la cara.
Las escaleras crujieron bajo mis tenis cuando bajé. La casa estaba en silencio total, solo el tic-tac del reloj de cocina marcando el tiempo. Tome una botella de agua del refrigerador y la empuñé con fuerza, como si fuera un amuleto. Después me dirigí a la sala donde tomé un billete de cien pesos por si se me antojaba algo. La puerta principal chirrió al abrirse, y el aire caliente me golpeó en la cara como una manta húmeda.
El camino al parque era corto, pero cada paso me costaba. Los árboles me miraban desde arriba, sus hojas moviéndose perezosas con la brisa inexistente. Podía escuchar el murmullo de la gente antes de verla: risas de niños, el chillido de los columpios, música de algún radio lejano. Me detuve en la esquina, ajustándome la gorra y tragando saliva.
Al llegar a la entrada del parque, pude admirar la belleza de este, bueno, se miraba algo descuidado, pero con mucha naturaleza y juegos. Al entrar todo a dentro se miraba mucho mejor, se veía que todo el presupuesto se había ido adentro y no en la fachada. Algo que me sorprendió fue que había muchos vendedores en los alrededores.
Los vendedores ambulantes se encontraban en varios lugares, pero todos dentro de la entrada del parque. El olor a churros fritos y elote con mayonesa se mezclaba con el sudor de la gente. Respiré hondo, apretando la botella de agua hasta que el plástico crujió.
Trate de pasar entre todos los puestos, hasta que mis ojos se clavaron en un puesto un poco escondido entre los árboles: un carrito tipo nevera pintado de azul pastel con un letrero que decía “Paletas Don Juan” en letras rojas brillantes.
El tipo tras el mostrador me vio antes de que yo pudiera apartar la mirada. Un señor como de cincuenta y tantos, con una camisa hawaiana desabotonada que dejaba ver un vello plateado en el pecho. Sus ojos oscuros brillaron cuando me sonrió, mostrando unos dientes blancos bien cuidados.
—¡Ey, jovencito! ¿No me vas a saludar? —gritó, haciéndole señas con la mano como si fuéramos viejos compadres.
Me quedé paralizado. El tipo tenía algo en la voz, una especie de carraspera burlona que me hizo sentir como un insecto bajo un microscopio. Quise girarme y correr, pero mis pies se clavaron en el asfalto.
—¡Órale, no te me asustes, chamaco! —el señor Juan se río mientras sacudía una paleta frente a mis ojos—. ¿Qué te trae por acá tan solito? ¿Nadie te quiso acompañar?
Sentí cómo la garganta se me cerraba. Aparte mi cabeza hacia otro lado sin decir nada, pero el viejo siguió hablando como si no necesitara mi respuesta.
Traté de tratarlo por loco y seguí mi camino con un paso muy rápido. Pasando por juegos, canchas, muchos árboles y plantas que daban un aire de tranquilidad. De pronto llegué a lo que supuse era el final del parque, unas vallas de metal que impedían el paso.
Al acercarme a ellas descubrí una puerta de metal oxidada, que sin pensarlo la abrí y seguí caminando entre más árboles y maleza. Al final de esto se encontraba lo que parecía una casita donde había unos baños muy descuidados y atrás de esta casita había unas banquitas de concreto.
Como si de un milagro o casualidad se tratara, esto me servía ya que no había nadie por aquí y no tendría que socializar. Mi único motivo al que venía era a socializar y era justo lo que estaba evitando haciendo esto.
Entonces como apenas era la una de la tarde saque mi celular y comencé a ver videos para que el tiempo se pasara y yo poderme ir a mi casa. Y así fue, lo fresco de los árboles y la sombra que generaban hicieron que me sintiera muy bien y los reels lo hicieron mucho mejor. Así estuve un buen rato hasta que de la nada ya eran las cuatro de la tarde.
—Que tarde es, ya son las cuatro de la tarde —murmure mientras veía la hora en mi teléfono.
De pronto me empezaron a rugir las tripas de una forma nunca antes sentida. Creí que en algún momento alguna tripa se comería a la otra.
—Que hambre tengo —pensé mientras seguía viendo el teléfono.
Luego se me ocurrió la idea más brillante que se me haya ocurrido nunca. Iré al inicio del parque y me comprare algo de alguna de las cosas que venden las personas.
Me pare de la banca donde me encontraba y mientras caminaba entre los árboles iba pensando en toda la comida que había visto al inicio. Me podría comprar tal vez unos dorilocos bien preparados, o una maruchan con mucho limón y salsita, o un elote bien preparado con mayonesa y chilito en polvo del que no pica.
Todo mi trayecto me la pase pensando en toda la comida que había y cual podía a elegir. De pronto recordé al señor que vendía paletas del inicio, espero no encontrarlo otra vez, es una persona muy insistente.
Algo que me caracteriza es que si me insisten mucho llego a ceder y hacer cosas que de verdad no quiero hacer. Como hace rato que mi madre me dijo del viaje, ella no fue insistente y fue por eso que ahorita no me encuentro de camino a una playa que no conozco.
Tal vez es algo que debería de cambiar de mi forma de pensar, tener un poco más de carácter y criterio propio, para no ser un tibio sumiso nunca más en mi vida. A lo mejor y ya estoy cambiando, si no, no estaría en este parque.