El Almanaque de Sus Vidas Ajenas

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Summary

Octavio nunca fue un hombre de sueños memorables… hasta que uno comenzó a repetirse. Lo que al principio parecía una simple anomalía nocturna pronto se transforma en una inquietud imposible de ignorar: el mismo sueño, con los mismos detalles, las mismas personas desconocidas… repitiéndose con precisión inquietante. Mientras su vida cotidiana transcurre entre la calma de la soledad y la aparente estabilidad de su matrimonio, una grieta comienza a abrirse en su percepción de la realidad. ¿Son los sueños simples construcciones de la mente… o puertas hacia otras vidas?

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Irrupción.

EL ALMANAQUE DE SUS VIDAS AJENAS

José María Moreno

© 2025 José María Moreno

Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio —electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otro— sin el permiso previo y por escrito del autor.

Este es un trabajo de ficción. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

Acerca del Multiverso:

“Estas ideas ofrecen la asombrosa perspectiva de encontrar evidencia de la existencia de otros universos. Esto cambiaría profundamente nuestra percepción de nuestro lugar en el cosmos.”

Stephen Hawking

Primera Parte: Irrupción.

Capítulo 1

Octubre 3, 2024

Jueves

Octavio rara vez recordaba sus sueños, pero aquel se había grabado en su memoria con una precisión inquietante. Era un sueño perturbador, no solo por sus detalles, sino por la extraña sensación que le había dejado.

Aún perplejo, se dirigió al baño, se alivió y se duchó. Luego, tomó una pijama limpia del armario, se vistió y colocó la usada en el cesto de la ropa sucia. A pesar de la nostalgia por la ausencia de su esposa, que visitaba a su madre en una ciudad vecina, disfrutaba de la comodidad de su soledad. La libertad de disponer de su tiempo a su antojo era un placer poco frecuente.

Desde el inicio de su vida en pareja, ambos habían acordado que ella gobernaría el hogar. La decisión había sido acertada, pues le permitió desarrollar su profesión de diseñadora textil y de moda desde casa, montar su taller y contribuir a la economía familiar mientras administraba el hogar.

Aquella semana de soledad era un pequeño regalo que aprovechaba al máximo. Ambos comprendían que, de vez en cuando, necesitaban un respiro para recargar energías y preservar la armonía en su relación. Compartían un carácter fuerte, y este espacio les ayudaba a disipar tensiones.

Encendió la computadora, la sincronizó con el parlante, cargó MediaMonkey y puso “Chega de Saudade” de Caetano Veloso. En la cocina, preparó huevos revueltos con verduras y albóndigas, pan integral tostado con mantequilla y mermelada de mora, y lo complementó con una taza de café.

Disfrutó el desayuno acompañado por “Another Day in Paradise” de Phil Collins. Después de lavar lo que había usado, se dispuso a terminar el día con tranquilidad: escuchando música, leyendo y tomando una siesta. Sin embargo, al despertar, un pensamiento lo estremeció:

“¡Ocurrió otra vez!”

El mismo sueño se había repetido con exactitud. Las mismas situaciones, los mismos protagonistas. La inquietud inicial se transformó en temor, esa sensación de que algo desconocido estaba a punto de ocurrir sin saber el porqué ni las consecuencias.

“Esto debe tener una explicación, y hoy debo conocerla...", se dijo.

Decidido a buscar respuestas, encendió la computadora, abrió Copilot y escribió:

“Copilot, ¿qué son los sueños?”

La respuesta apareció enseguida:

“¡Buenos días, Octavio! Los sueños son pequeñas historias que nuestra mente crea mientras dormimos. Pueden ser vívidos, confusos, emocionantes o aterradores. Científicamente, se cree que están relacionados con la actividad cerebral durante el sueño REM, reflejando emociones, pensamientos y experiencias del día.”

“Pero también tienen un lado poético. Pueden ser espejos de nuestros deseos, inquietudes o incluso visiones de lo imposible. En muchas culturas, se han visto como mensajes, advertencias o puertas a mundos ocultos.”

Octavio leyó con atención, intentando darle sentido a su sueño. La explicación científica tenía lógica, pero su sueño no respondía a deseos personales. Estaba satisfecho con su vida. Sin embargo, la idea de una puerta a mundos ocultos le pareció plausible.

“En mi sueño me relaciono con personas en lugares desconocidos. ¿Cómo es posible? ¿De dónde los recuerda mi cerebro si nunca los he visto ni visitado?”

La única respuesta que le pareció razonable era la existencia de una vida paralela. Su ser coexistía en otra dimensión, y su otra vida se manifestaba en esta a través de los sueños.

Pero entonces surgieron nuevas preguntas:

“¿Por qué ese sueño se repitió de manera exacta dos veces?”

“¿Es un aviso? ¿Un llamado?”

Sin poder responderlas, el día transcurrió hasta la hora de dormir.

A la mañana siguiente, al despertar, supo que la situación era más grave.

¡Por tercera vez, el mismo sueño se había repetido, exactamente igual!

En sus detalles, en las emociones que lo seguían… todo idéntico.

Preocupado, consultó la hora en el reloj despertador de su mesa de noche: eran las 09:33. Fue al baño y, mientras estaba sentado, se sumió en sus pensamientos. “Me estoy volviendo loco”, concluyó.

Al terminar, se miró en el espejo…

¡Y lo que vio lo dejó sin aliento!

Su reflejo era diferente.

Mientras él vestía pijamas, su reflejo llevaba una camisa azul celeste, pantalón azul oscuro y una chaqueta negra. Además, lucía más joven.

Levantó el brazo izquierdo para comprobar si era su reflejo, pero nada ocurrió. ¡El reflejo no lo imitó!

De repente, su mente recordó la idea de las puertas a mundos ocultos mencionada por Copilot.

Extendió la mano… sus dedos se hundieron en el cristal.

Sin dudarlo, traspasó el espejo y, al otro lado, se encontró con el inicio de su sueño.


Capítulo 2

Octubre 21, 2000

Sábado

En el pequeño espejo de un baño, Octavio se reflejó. Desconcertado, tocó el vidrio y comprobó su solidez.

“¡La puerta ya se cerró!”, pensó angustiado.

Se llevó las manos al rostro, confirmando su existencia física.

“¿En dónde estoy?”, se preguntó una vez que logró serenarse.

Buscó en los bolsillos traseros de su pantalón y encontró un pañuelo. Lo acercó a la nariz y aspiró el agradable aroma de un perfume desconocido.

“Aquí también me gustan los buenos perfumes”, pensó con ironía, aún asimilando la extraña situación.

Tocó el lado izquierdo de su pecho y sintió algo en el bolsillo interior de su chaqueta. De allí extrajo un pasaporte, una cartera y un pase de abordar.

Examinó el pase. Era de Spirit Airlines. El vuelo había partido de Fort Lauderdale, Florida, con destino a Orlando, Florida, y estaba programado para llegar a las 20:43 del 21 de octubre de 2000.

El nombre que aparecía era Ricardo Ceballos y su asiento era el 12D.

Abrió el pasaporte y leyó su identidad: Nombre completo: Ricardo Javier Ceballos Montero Nacionalidad: Colombiana Fecha de nacimiento: 3 de octubre de 1954 Lugar de nacimiento: Montería, Córdoba

¡Tenía 46 años!

Buscó en la cartera y encontró dos documentos de identificación estadounidenses y mil dólares en efectivo. Uno lo identificaba como residente legal; el otro, como titular de una licencia de conducir expedida por el estado de Florida.

¡Todas las fotos eran suyas!

¡Estaba en Estados Unidos, en un vuelo doméstico hacia Orlando, 24 años en el pasado!

“Me llamo Ricardo J. Ceballos. Nací en Montería, Colombia, el 3 de octubre de 1954. Soy residente legal y tengo autorización para conducir en este país”.

Resumió su hallazgo y repitió la información varias veces, tratando de grabarla en su memoria. Respiró profundamente y, consciente de la poca información que conocía acerca de este Ricardo, decidió imaginarla. Se dirigió por el pasillo del avión hacia el asiento 12D y, tras ocuparlo, abrochó su cinturón de seguridad.

—¿Te encontrás bien? —le preguntó el joven a su lado, con un marcado acento argentino.

—Sí, solo fue un mareo por el despegue. Gracias por preocuparte.

—Me llamo Julián. ¿Y vos?

—Ricardo. Mucho gusto, Julián —respondió, extendiéndole la mano.

—¿De dónde sos?

—Colombiano. ¿De qué parte de Argentina eres?

—San Miguel, en la provincia de Tucumán.

—¿Y por qué viajás a Orlando?

—A reunirme con la tía Martina. Llegué hace unos meses a la casa de unos amigos en Fort Lauderdale, pero ahí no hay laburo. Contacté a la tía, que vive en Orlando, y me dijo que viniera. Ella trabaja en el aeropuerto y allí necesitan muchos drivers en esta época. ¿Y vos?

Octavio improvisó rápidamente: —Vivía en Miami, pero se puso pesado. Aproveché para visitar a mi familia en Colombia. Ahora voy a Orlando con la intención de radicarme. Parece que esa ciudad está tomando fuerza. A propósito, ¿será que tu tía podría ayudarme?

—Claro que sí. Ella me espera en el aeropuerto. Cuando lleguemos, te la presentaré. ¿Tenés dónde quedarte?

—No. Pienso rentar un cuarto mientras me ubico.

Sin saber en qué día de la semana se encontraba, se aventuró a decir: —Mañana, sábado, dedicaré el día a eso.

—Hoy es sábado —corrigió Julián.

—Perdona, todavía estoy un poco desorientado —dijo con una sonrisa de disculpa, aunque satisfecho por haber conseguido su objetivo.

—Vos debés hablar con mi tía. A nadie le viene mal un dinero extra. Si tiene espacio, seguro que te acepta.

La conversación continuó en un tono agradable, como sucede cuando dos personas descubren que sus intereses coinciden para un beneficio mutuo.

Cuando anunciaron la aproximación para aterrizar, guardaron silencio hasta que el avión se detuvo por completo. Entonces, Julián abrió el compartimiento superior y tomó su pequeña maleta. Octavio, al notar que la maleta junto a la suya permanecía sin dueño, supuso que le pertenecía. Sin dudarlo, la tomó y, junto con el resto de los pasajeros, abandonaron la aeronave.

Mientras caminaban por la pasarela que los conducía hacia el interior del aeropuerto, Julián llamó a su tía para informarle su arribo y conocer su ubicación. Al ingresar, localizaron a Martina y, tras los saludos, Julián lo presentó:

—Tía Martina, él es Ricardo, un amigo colombiano. Quiere establecerse en Orlando y no conoce a nadie. ¿Lo podés ayudar?

—Obvio, querido. No hay drama —respondió ella.

Se dirigieron hacia el estacionamiento y, mientras caminaban, Martina lo interrogó:

—Ricardo, ¿de qué parte de Colombia sos?

—De Montería.

—Ah, ¿cerca de Medellín?

—No, más cerca de Cartagena. ¿Estuviste alguna vez en Colombia?

—No, pero tengo varios compañeros de laburo que son colombianos, de Medellín.

—Los paisas están en todos lados —afirmó Octavio.

Sabía que debía ganarse su confianza. Se encontraba en un país extraño sin conocer a nadie. Necesitaba apoyarse en alguien para continuar con su forzada aventura.

Martina, una mujer de unos cuarenta años, le parecía realista y confiable. Mencionar a los paisas podría ayudarlo. Si tenía relación con colombianos de Medellín, probablemente entendería la referencia y reforzaría su credibilidad.

—Che, Ricardo, ¿vos sos residente?

—Sí, Martina.

—¿Y tenés licencia de conducir?

—Sí.

—¿Dónde vivías?

—En Miami.

—¿Y en qué laburabas?

—Era stocker en un supermercado latino.

“Debo recordar todos estos detalles. Ahora forman parte de mi pasado”, pensó Octavio mientras Martina accionaba el control remoto. Uno de los autos estacionados parpadeó con sus luces, acompañado del característico bip-bip de su alarma al desactivarse.

Guardaron sus maletas en el baúl y abordaron el vehículo. Julián tomó el asiento del copiloto, mientras Octavio se acomodaba en la parte trasera.

Martina descendió por la rampa en espiral del estacionamiento y se detuvo ante una caseta. Entregó su tarjeta y comprobante; tras facturar el servicio, la operadora levantó la barrera y continuaron el trayecto.

En la carretera, rodeados de señales que indicaban salidas y autopistas, Octavio observó el constante flujo de vehículos.

“Este aeropuerto es bastante movido”, pensó.

Al pasar bajo un puente, vio un enorme avión desplazarse sobre él.

“¡Carajo, nunca pensé compartir una carretera con un avión!”, murmuró.

Martina explicó: —Vamos por la 436, también llamada Semoran Boulevard, ella recorre todo Orlando hasta Apopka. Ahí vivo.

Mientras ella y Julián charlaban, Octavio analizaba el paisaje: “Calles amplias, tráfico fluido, señalización clara… Es sábado por la noche y no hay peatones. Todo queda lejos. Acá el carro es esencial. Necesito un trabajo”.

Al notar un silencio en la conversación, Octavio preguntó: —Martina, perdón, ¿hay mucho trabajo en Apopka?

—No mucho. Es una ciudad chica. Pero en Caravan, donde laburo, siempre necesitan gente. Algo vamos a hacer para ayudarte.

—¿A qué se dedica Caravan? —preguntó Julián.

—Alquiler de autos. Es la empresa más importante en esa industria. El lunes los llevo para que apliquen.

La respuesta lo tranquilizó. Octavio sintió que Martina lo había aceptado. Por lo menos, tenía un lugar donde dormir esa noche. Ahora faltaba explorar el tema del alojamiento.

“Ese tema lo tocaré en algún momento propicio durante este fin de semana”, pensó.

Mientras conducía, Martina reflexionó sobre su inesperado huésped: “Luce preocupado, confundido y curioso, como si fuera su primera vez en el país. Viste bien y se expresa con corrección. Inspira confianza. Dice ser legal, eso lo averiguaré el lunes. Si es cierto, en Caravan lo van a contratar enseguida. Va a tener plata para pagarme. Haré que Dino duerma con Amanda. En la pieza de Dino pondré a Julián, y en el sofá cama de la sala al colombiano. No quiero darle demasiada comodidad, así se muda rápido. Podré tenerlo hasta diciembre. Dos meses de plata extra me vienen genial. Todos pasamos por esa situación alguna vez, y en esos momentos hace falta una mano amiga. I will be his helping hand.”

Después de conducir alrededor de 45 minutos, Martina giró a la derecha, manejó unos minutos más y entró a un conjunto de viviendas unifamiliares ubicado a su izquierda. Estacionó en la entrada del garaje de una de ellas y les dijo:

—Bienvenidos a mi casa.

Los tres descendieron del auto, sacaron las maletas del baúl e ingresaron a la vivienda. Era la típica casa familiar de película. Al entrar, la cocina quedaba a la derecha; a la izquierda, un pasillo conectaba dos habitaciones divididas por un baño. Al frente, un espacio amplio integraba comedor y sala, con muebles acogedores y un centro de entretenimiento. Una gran puerta de vidrio conducía al patio. A la derecha, una puerta llevaba a la alcoba principal, y otra, junto a la cocina, al garaje.

Al encuentro de los recién llegados salió un pequeño de unos siete años que, abrazando a Martina, la llamó “abuela”.

Detrás del chiquillo, una joven trataba de controlarlo. Era la viva imagen de Martina cuando joven, unos 25 años, con una figura un poco llena, pero armoniosa.

—Amanda, este es tu primo Julián, y él es Ricardo. Van a vivir con nosotros por un tiempo. Chicos, ella es Amanda, mi hija, y este es Dino, mi nieto —presentó Martina.

Julián la abrazó y le dio un beso en cada mejilla.

Octavio, por su parte, extendió la mano y dijo: —Mucho gusto.

Sin pronunciar palabra, ella estrechó su mano en señal de saludo.

Después de las presentaciones, Martina y Amanda se alejaron hacia las habitaciones secundarias, mientras Julián charlaba con el pequeño Dino.

Al regresar, Martina les explicó cómo se acomodarían. Charlaron un rato más y, tras desearse buenas noches, se retiraron a dormir.

Mientras intentaba conciliar el sueño, Octavio comprendió que su verdadera aventura comenzaba en ese instante. Siempre, justo en ese punto, había despertado de su sueño.

“Bienvenido a lo desconocido, señor Octavio”, fue su último pensamiento antes de dormirse.


Capítulo 3

Octubre 22, 2000

Domingo

El ajetreo en la cocina lo despertó. Aún somnoliento, Octavio se levantó y, mientras doblaba el sofá cama, se preguntó: “¿Qué hay en esta maleta?”. Aliviado, notó que contenía ropa y objetos masculinos. Extrajo una muda, comprobando con satisfacción que era de su talla. Tomó los artículos de aseo y, mientras Amanda preparaba el desayuno, le preguntó si el baño estaba disponible. Ella asintió con un leve gesto.

Se aseó, se vistió y, al salir, vio a Martina disfrutando de su desayuno.

—Buenos días, Martina —saludó Octavio.

—¡Buen día, Ricardo! Vení, acompañame a desayunar. Hay café recién hecho y unas medialunas buenísimas.

—Gracias, Martina —contestó Octavio mientras guardaba sus pertenencias en la maleta.

Al sentarse a la mesa, Amanda le sirvió una taza de café y un plato con dos medialunas y un poco de mermelada de fresa. Mientras desayunaba, Octavio aprovechó para abordar el tema de su alojamiento.

—Martina, te agradezco muchísimo por tu hospitalidad. Mi idea es alquilar una habitación mientras consigo trabajo y me establezco. ¿Conoces a alguien que me pueda ayudar?

—Mirá, mañana vamos con Julián para que apliquen en Caravan. Después vemos eso, así que quedate tranquilo —contestó Martina con un gesto tranquilizador y continuó—: Amanda, Dino y yo vamos a ir a misa más tarde. ¿Te gustaría venir con nosotros?

—Gracias, Martina. La verdad, había pensado aprovechar el domingo para recorrer un poco los alrededores. Discúlpame.

—No hay problema, pero eso sí… ¡No te vayas a perder! —bromeó Martina con una sonrisa.

Después de desayunar, Octavio se despidió de su anfitriona y salió a recorrer los alrededores.

Al salir de la casa, Octavio caminó hacia la 436. Observó que cada vivienda estaba rodeada de espacios amplios y setos que delimitaban jardines bien cuidados, dando la impresión de una ciudad diseñada como un gran jardín.

Diez minutos después, llegó a la 436. A un lado, un supermercado Winn-Dixie; al otro, una gasolinera 7-Eleven. Cruzó hacia esta última, recordando con humor cómo sería esa escena en Barranquilla: “Algún carro se habría detenido sobre la cebra bloqueando el paso, y algún gracioso simulará arrancar el vehículo, riéndose mientras yo cruzo.”

Descubrió que allí los clientes operaban las bombas, y que dentro del local se vendía de todo, como en una tienda de barrio. Tomó una botella de agua, pagó al dependiente con acento hindú y salió satisfecho con su primera compra en EE. UU.

Siguió caminando. Frente a algunos locales, halló una parada de bus con el logo rosa de LYNX y tomó un folleto. Luego de explorar el barrio, regresó al Winn-Dixie para almorzar. En la cafetería, una mujer con acento puertorriqueño lo ayudó a hacer su pedido: pollo frito con papas, ensalada de papa y café.

Pagó con un billete de veinte, tomó su bandeja y, guiado por la indicación de la dependienta, fue por azúcar y un revolvedor. Era su primera comida en público en esta nueva ciudad, y por primera vez, no se sintió fuera de lugar.

Mientras almorzaba, comenzó a analizar su situación. “Conozco muy poco acerca de este Ricardo”, pensó, “necesito crearle un pasado creíble.” Se imaginó a sí mismo como gerente en una tienda de comercio minorista en Colombia. Su residencia en EE. UU. la había conseguido a través de un matrimonio por conveniencia con una puertorriqueña que conoció en Panamá. Se casaron en Colombia, ella regresó a Nueva York, hizo los trámites y él esperó un año para la aprobación. Había entrado por Miami hacía poco más de un año, según su Green Card, y había trabajado como stocker en un supermercado latino. Después de unas vacaciones en Colombia, ahora se dirigía a Orlando para establecerse.

Repasó varias veces la historia y le pareció aceptable.

“También necesito planificar mi vida como Ricardo. Lo primero es conseguir trabajo y una vivienda, algo que creo que resolveré mañana. Deberé familiarizarme con el transporte público, conseguir un celular para comunicarme, abrir una cuenta bancaria para manejarme con dinero plástico, e investigar las ayudas para inmigrantes.”

Con las ideas más claras en su cabeza, terminó el almuerzo y emprendió el regreso a casa de Martina.

El resto de aquel domingo transcurrió en un esfuerzo compartido por construir un ambiente propicio para su nueva situación. Reunidos en la sala, conversaron, disfrutaron del mate y el café, y vieron televisión hasta la hora de dormir. Octavio, satisfecho con lo vivido hasta el momento, se entregó al sueño, ajeno a lo que estaba por venir.


Capítulo 4

Octubre 23, 2000

Lunes

Octavio nunca imaginó que aquel recuerdo, que creía enterrado en lo más profundo de su mente, lo atormentaría de nuevo. Sin embargo, así ocurrió la noche anterior: un sueño aciago que lo paralizó de miedo, hasta el punto de desear que su extraña aventura como Ricardo —la cual, para su sorpresa, empezaba a resultarle atractiva— terminara de inmediato.Pero no fue así. El lunes por la mañana continuó siendo Ricardo.

Tal como lo habían acordado, Martina, Julián y él se dirigieron al aeropuerto. Durante el trayecto, el miedo de Octavio se disipó al observar con mayor claridad la ciudad de Orlando.

Al acercarse al aeropuerto, una señal de “Caravan Service Parking” los desvió hacia una vía secundaria. En la entrada del lote, Martina pasó su ID por el lector; la barrera se levantó y accedieron. Estacionó y los tres se dirigieron al edificio de oficinas.

En la recepción, Martina conversó en inglés con la recepcionista, quien le entregó dos formularios y dos lapiceros. Luego, les dijo:

—Chicos, acá tienen sus aplicaciones, están en español. Cuando las terminen, se las dan a la recepcionista. Yo tengo que arrancar a laburar. ¡Mucha suerte!

Martina se dirigió a su puesto de trabajo, mientras Julián y Octavio tomaban sus formularios y lapiceros y comenzaban a llenarlos en una mesa dispuesta para ese propósito.

Una vez completadas, entregaron las aplicaciones y los lapiceros a la recepcionista.

—Please, wait —les dijo la mujer, haciendo un gesto para que esperaran. Luego caminó por un pasillo, entregó los documentos en una oficina y regresó a la recepción.

Cinco minutos después, una funcionaria llamó a Julián, quien la acompañó a una oficina. Luego, otra llamó a Ricardo. Al entrar a la oficina, la mujer le sonrió:

—¡Buen día, Ricardo! Me llamo Amalia. Siéntate, por favor.

Tras verificar su solicitud, le ofreció el puesto de Car Service Attendant, turno nocturno de miércoles a domingo, a $7.25 la hora, con entrenamiento la primera semana.

—¿Qué se hace en ese puesto? —preguntó Octavio.

—Recibir y preparar autos devueltos.

Él aceptó. Entregó su licencia, Amalia la copió y le explicó que habría una inducción a las 10:30 con almuerzo incluido y tiempo remunerado. Luego le tomó una foto para el ID. Al regresar con el documento, sonrió:

—¡Bienvenido a Caravan Car Rental!

Octavio le agradeció. Al salir, sintió alivio por haber conseguido el trabajo… y asombro por lo sencillo que había sido.

En la recepción, se encontró con Julián, quien, ansioso, le preguntó:

—¿Cómo te fue?

—Me contrataron. ¿Y a ti?

—¡También!

—¿Qué posición te dieron?

—Driver. ¿Y a ti?

—Car Service Attendant.

—Me tomó Adecco Staffing. ¿Y a ti?

—Caravan.

—¡Listo, Julián! Ya tenemos trabajo. Yo me tengo que quedar hasta las 3:00 para una inducción. ¿Y tú?

—Yo también tengo que asistir a ese meeting. Voy a llamar a la tía Martina para avisarle. Ya vuelvo.

Julián salió de la recepción para hacer la llamada. Al rato, regresó y dijo:

—La tía Martina termina de laburar a las 5:00. Nos va a pasar a buscar acá.

Mientras Julián y Octavio conversaban sobre sus nuevos trabajos, varias personas ingresaron a la recepción para asistir a la inducción.

A las 10:30, un funcionario los condujo a la sala de reuniones.

—¡Buenos días! Soy Emiliano Camarena, de Nicaragua, analista de Recursos Humanos. Bienvenidos a Caravan Car Rental.

Pidió que cada uno se presentara con su nombre, país y cargo. Luego proyectó un video sobre la empresa y destacó el valor central del servicio al cliente.

—Ahora almorzamos —anunció tras consultar su reloj.

En la cafetería, ofrecieron hamburguesa con papas, bebida y pastel de manzana. Tras el receso, retomaron la reunión.

—Nuestro pago es semanal, por semana vencida —explicó—. Puede ser por cheque o depósito. El primero siempre será por cheque.

Distribuyó formularios para elegir método de pago y otro para autorizar el descuento de impuestos.

—¿Alguna duda?

Octavio preguntó si debía entregarlo de inmediato.

—No es obligatorio. Mientras tanto, se paga por cheque con el descuento legal.

Al final, entregó un documento con los datos del primer día.

—Gracias por su tiempo y ¡bienvenidos!

Junto a los demás participantes, Julián y Octavio abandonaron la sala de reuniones. Al regresar a la recepción, Julián dijo:

—Che, Ricardo, ¿qué tal si aprovechamos este rato y ubicamos el banco y nuestro lugar de laburo?

—Me parece una buena idea. Falta casi una hora para que tu tía nos pase a buscar. ¿Sabes por dónde ir?

—No, pero la tía Martina nos puede dar una mano. Voy a llamarla.

Sacó su celular y realizó la llamada. Después de una breve conversación, Julián sonrió y dijo:

—Es fácil. Seguime.

Caminaron por el pasillo hasta una puerta que daba a su futuro lugar de trabajo: un amplio espacio abierto con las instalaciones de servicio de la compañía.

—Acá nos presentamos para laburar —señaló Julián—. Si seguimos a la izquierda, salimos al aeropuerto por el Parqueadero Norte.

Accedieron al parqueadero y subieron al segundo piso en ascensor.

—El banco está al lado de las oficinas de Caravan —dijo Julián.

Siguieron el letrero de Car Rental hasta el stand de Caravan; a la izquierda, la oficina del Bank of America.

—¿Te aprendiste la ruta? —preguntó Julián.

—Sí. Todo está bien señalizado. El banco está en el segundo piso del sector Norte; nuestro trabajo, en el S3 del Parqueadero Norte.

—Listo, fin del tour. Volvamos, que la tía nos pasa a buscar —bromeó Julián y regresaron hacia las oficinas de servicio de Caravan.

De nuevo en la recepción, pasaron el tiempo conversando hasta que Martina los recogió.

De camino hacia Apopka, Julián preguntó:

—Tía, ¿por qué nos contrataron empresas distintas?

—Por las posiciones que eligieron. Vos aplicaste como driver y te tomó Adecco porque es una posición temporal. Ahora necesitan drivers para la temporada alta de Thanksgiving Day y Christmas. En cambio, Ricardo aplicó para Car Service Attendant, que es un puesto fijo, y lo tomó Caravan.

El regreso hacia Apopka transcurrió en medio de animadas conversaciones.

Ya en casa, Octavio aprovechó para hablar con Martina sobre su alojamiento. Al tocar el tema, ella le dijo:

—Ricardo, te puedo ofrecer alojamiento hasta diciembre, porque el año que viene quiero hacer unos arreglos en casa. Me caés bien, así que acepto que te quedes. Si te parece bien, pagame 500 dólares por los dos meses, y te incluyo una comida. ¿Te va?

—Sí, Martina, acepto. ¿Cómo serían los pagos?

—Dos pagos de 250 dólares. Uno en noviembre y el otro en diciembre.

—Me parece bien. Hay otra cosa con la que quisiera tu ayuda. Quiero abrir una cuenta bancaria y conseguir un celular. ¿Qué me recomendás?

—Washington Mutual. Yo tengo mi cuenta ahí, no ponen trabas y tienen una oficina en Apopka. Para el celular, te recomiendo T-Mobile, buen servicio y planes baratos. ¿Cuándo querés hacer esas diligencias?

—Pensé en hacerlas mañana, porque tengo el día libre. Quiero tener todo listo antes de empezar a trabajar.

—Vas a necesitar un auto. Te propongo algo: mañana, vos y Julián me llevan al trabajo. Se quedan con el auto para hacer sus diligencias y me pasan a buscar a las 5:00. Eso sí, le ponen nafta. ¿Les va?

—Sí, Martina. ¡Gracias!

—De nada, Ricardo. Otra cosa: te voy a prestar la llave de la entrada, sacale dos copias, una para Julián y otra para vos.

—Gracias de nuevo, Martina. Conocerte fue una ayuda invaluable para mí.

—Todos necesitamos una mano amiga. Me alegra poder ser la tuya.

Cuando Julián se unió a la conversación, Martina y Octavio le compartieron los planes para el día siguiente. La charla se extendió un rato más, hasta que los tres decidieron ir a descansar.

Al acostarse, Octavio fue invadido por el temor de que aquel sueño volviera a repetirse, como una advertencia de lo que podía sucederle otra vez. A pesar del miedo, logró conciliar el sueño, pero no pudo evitar temer lo peor.


Capítulo 5

Octubre 24, 2000

Martes

Octavio despertó con un alivio profundo, dándose cuenta de que la pesadilla que tanto temía no había vuelto a atormentarlo. Lleno de una renovada esperanza, se levantó con el ánimo de continuar su aventura, dispuesto a enfrentar lo que fuera que el destino le tuviera preparado.

Después de desayunar, los tres viajeros abordaron el auto de Martina. Julián tomó el volante, mientras Martina se acomodó en el asiento del copiloto.

Al llegar a la 436, Julián giró a la izquierda y Martina les dio las indicaciones:

—Chicos, presten atención. Cuando vuelvan, bastante cerca de casa, a su derecha van a ver una plaza grande. Ahí hay un Walmart y una oficina de T-Mobile. En Walmart hacen las copias de las llaves y en T-Mobile lo del celular. Al salir de la plaza, tomen la 436 hacia la derecha, pasen la calle de casa y sigan derecho. Tres luces más adelante, encuentran la oficina del banco. ¿Está claro?

—Sí, tía —contestó Julián, concentrado en la conducción.

—Ricardo, cuando tengas el móvil, me llamás, así te registro el número. Y si tienen algún problema, me avisan.

—Así será, Martina —aseguró Octavio.

El viaje transcurrió sin contratiempos. Dejaron a Martina en su trabajo y regresaron a Apopka para hacer las diligencias.

Tal como había dicho Martina, llegaron a la plaza. Primero fueron a Walmart para hacer las copias de las llaves, y luego a la tienda de T-Mobile. Un empleado hispanohablante atendió a Octavio, quien eligió el celular más barato y lo activó con el plan básico. Tras llenar los formularios y pagar, el equipo quedó listo. Al salir, le pidió a Julián el número de Martina, lo ingresó y la llamó.

Siguieron hacia el banco. Cerca del 7-Eleven, Octavio propuso echar gasolina. Julián se detuvo en el surtidor 4 y Octavio pagó 20 dólares en la tienda. Cargaron el auto y continuaron.

En el banco, Octavio abrió una cuenta corriente. Guardó 65 dólares y depositó el resto. Recibió su talonario y tarjeta de débito activada.

Satisfechos con lo logrado, Julián y Octavio volvieron a casa. Al llegar, Octavio llamó a Martina para confirmarle que todo había salido bien y le agradeció nuevamente por su ayuda.

A la hora de almorzar, Amanda sirvió milanesa con papas fritas y lo acompañaron con el tradicional mate. Octavio, en cambio, optó por café y felicitó a Amanda por su habilidad en la cocina.

—Te quedó espectacular —le dijo.

Amanda respondió con un gesto agradecido mientras retiraba los platos.

Julián y Octavio aprovecharon el tiempo libre para descansar y ver una película en la tele. Al terminar, Octavio sugirió:

—Julián, ¿podemos ir un rato al Walmart? Tengo que comprar algunas cosas para mañana.

—Vale, Ricardo —aceptó Julián, y ambos se dirigieron hacia la puerta.

—¡Amanda, vamos al Walmart, volvemos en un rato! —avisó Julián mientras la cerraba.

—Esta vez manejo yo —dijo Octavio.

—Vale —contestó Julián, entregándole las llaves.

Después de conducir un momento, Octavio preguntó:

—¿Amanda es muda?

—No, che. Tiene un leve autismo. Si no fuera por su silencio, nadie lo notaría.

—¿Y Dino?

—Un pecado de juventud… pero también un regalo para la tía Martina. Esos dos son su adoración.

—Es bueno saberlo. Así no voy a meter la pata. Tu tía es una persona maravillosa.

—¡Che, como toda mi familia! —bromeó Julián, y ambos sonrieron mientras llegaban al estacionamiento de la plaza.

Octavio tomó un carro y recorrió el supermercado. Colocó dos panes integrales, un galón de jugo, otro de leche, una docena de huevos, jamón y queso suizo. En el pasillo de hogar eligió una lonchera con termo y un morral. En calzado, tras probar varios modelos, escogió unos zapatos antideslizantes para el trabajo.

Se dirigió hacia las cajas y se ubicó en una fila para pagar.

—Che, ¿para qué todo eso? —preguntó Julián.

—Arreglé con tu tía lo del alojamiento y acordamos un precio que incluye una comida. Como voy a trabajar de noche, esto es lo que necesito para el desayuno en casa y la cena en Caravan. Los zapatos son para el trabajo.

—¡Che, vos pensás en todo!

—Así es, Julián.

Cuando llegó su turno, fue sacando los productos para que fueran escaneados y empacados. Mientras Julián acomodaba las bolsas en el carro de compras, Octavio pagó con su tarjeta bancaria. Salieron hacia el estacionamiento, cargaron las bolsas en el baúl y emprendieron el regreso.

Ya en casa, Octavio le explicó a Amanda el propósito de los alimentos y le pidió que los guardara en la nevera. Amanda asintió, y entre los dos los acomodaron.

Mientras esperaban el momento de ir a buscar a Martina, Julián ayudó a Dino con una tarea escolar. Octavio, sentado en la sala, reflexionó sobre lo sucedido:

“Compré y activé un celular, abrí una cuenta bancaria y además hice compras en el supermercado. Todo eso en medio día, incluyendo los traslados.”

“En Colombia me hubiera tomado una semana, además del trámite para conseguir todos los documentos que piden: recibos de servicios para comprobar domicilio, certificado de trabajo con el sueldo, dos referencias personales que no sean familiares... Eso demuestra la importancia que aquí le dan al cliente.”

“Pero hay cosas de las que debo preocuparme...”

“Así como llegué a esta situación sin planearlo, en cualquier momento puedo desaparecer. Eso me obliga a mantener un perfil bajo, como un insecto que se esconde bajo una piedra para no ser visto. Esta vida es ajena, y mientras la tenga, no debo llamar la atención.”

“Eso me condena a la soledad. Sin relaciones ni lazos permanentes. Amistades ocasionales, sin intimidad, y vínculos afectivos que solo me sirvan como desahogo momentáneo.”

“No puedo dejar hilos sueltos. Todo debe estar bien amarrado.”

“¿Hasta cuándo tendré que sostener esta vida ajena?”

“Voy a necesitar mucha fuerza emocional para sobrellevarlo...”

“Pero tengo la ventaja de haber vivido 70 años. Debo usar esa experiencia a mi favor para aliviar la carga emocional que empieza a hacerse notar.”

“Y hay otra incógnita por resolver...”

“¿Dónde está ese otro Ricardo?”

“¿Hubo un intercambio y ahora ese Ricardo está viviendo mi existencia en el otro lado? ¿O esta extraña situación solo me afecta a mí?”

“¿Será de nuevo un espejo el portal?”

“¿Cuánto tiempo voy a estar acá?”

“Y con relación a mi pesadilla, ¿También tendré que sufrirla aquí?”

El llamado de Julián, avisándole que era hora de ir por la tía Martina, lo sacó de sus pensamientos y le dio un respiro a tantas preocupaciones.

Un momento después, Julián y Octavio se dirigieron al aeropuerto para buscar a Martina.

Al regresar a casa, Octavio encontró una nota sobre su maleta. Amanda le preguntaba cómo usaría los alimentos para preparar su desayuno y cena. Octavio le respondió con otra nota, explicándole su intención, y la dejó en la cocina mientras sonreía por aquella curiosa forma de comunicación.

El día terminó con todos reunidos en la sala, viendo televisión y conversando hasta la hora de dormir.

Octavio tardó un poco en conciliar el sueño. La emoción de imaginar cómo sería su primera noche de trabajo le dificultó relajarse. Sin embargo, esta vez durmió sin temor. La pesadilla no había vuelto a repetirse.


Capítulo 6

Octubre 25, 2000

Miércoles

Amanda fue la primera en levantarse. A las 6:30 ya estaba lista y preparando el desayuno para todos. Al terminar, alistó a Dino para el colegio, supervisó su desayuno y lo acompañó a la parada hasta que abordó la ruta escolar. Mientras tanto, Martina y Julián, ya vestidos, tomaron su desayuno y luego se dirigieron al aeropuerto, donde se presentarían a trabajar.

Octavio aprovechó ese corto rato de soledad para ducharse y prepararse para su primera noche de trabajo.

Cuando estuvo listo, Amanda, que ya había regresado, dispuso la mesa y ambos se sentaron a desayunar.

Teniendo en cuenta que Martina y Julián trabajaban de día y que él lo haría por las noches, Octavio supo que esos momentos de compañía serían frecuentes. Por eso, se propuso crear un ambiente agradable y cordial, cuidando de no ser invasivo. El mejor camino para conseguirlo era la conversación. Pero ¿cómo conversar con alguien que no hablaba?

Decidió resolverlo contándole a Amanda todo lo que él y Julián habían hecho el día anterior, intercalando momentos jocosos y preguntas que ella pudiera responder con su lenguaje gestual.

Mientras Octavio le compartía sus actividades, Amanda, en su silencio, consideraba que él era una persona distinta. No era invasivo. Había algo sincero en la manera en que él compartía, como si cada palabra no fuera solo para llenar el espacio, sino para ofrecerle un lugar en él.

Al principio, no supo cómo reaccionar. Escuchar sin hablar la hacía sentir invisible muchas veces, pero con Octavio no. Él no le hablaba a ella, sino con ella, aunque no hubiera respuesta audible.

Agradecida, escuchó sus relatos que a veces la hacían sonreír por dentro, esas preguntas que le daban espacio para mover la cabeza, encoger los hombros o reír con los ojos.

Era raro, pero le gustó.

Amanda no sabía si él notaba cuánto lo valoraba. Pero dentro de su silencio, había una certeza: no estaba sola. Y eso, en su mundo callado, era un milagro.

Cuando terminaron, Amanda levantó la mesa y continuó con sus labores hogareñas, mientras Octavio, en la sala, se dedicó a estudiar el folleto de LYNX para resolver el tema de su transporte esa noche.

El folleto mostraba el logotipo de LYNX, el nombre y número de la ruta. Un mapa indicaba su recorrido y la ubicación de los paraderos. También incluía una lista con los horarios de arribo del bus a cada parada y finalizaba con el catálogo completo de rutas disponibles.

Octavio ubicó el paradero que usaría esa noche para dirigirse al aeropuerto. Con intervalos de media hora, el último bus llegaba a las 20:30. Decidió tomar el de las 20:00, así tendría la opción de usar el último si surgía algún inconveniente. También verificó que el bus de regreso del aeropuerto operaba desde las 06:00 con intervalos de 30 minutos.

Resuelto el problema del transporte, decidió dormir un poco para recargar energías. Le esperaba una larga noche de trabajo.

Un delicioso aroma y una dulce voz entonando un himno religioso en un tono suave lo despertaron.

“¿Amanda?” murmuró.

Su primera intención fue dirigirse hacia la cocina para observarla cantar, pero recapacitó al darse cuenta de lo íntimo que era ese momento para ella y lo inoportuno que sería su presencia.

“¡Sí puede hablar! Su silencio es una decisión voluntaria”, pensó.

Decidió simular que seguía dormido mientras la escuchaba.

Cuando Amanda finalizó su canto, preparó la mesa para el almuerzo. Al sentirla, Octavio se levantó y fue al baño a asearse. Luego regresó y se sentó a la mesa.

Amanda había cocinado unos deliciosos ravioles rellenos de carne y espinaca, acompañados de una salsa casera y queso rallado. Continuando con su costumbre, Octavio le contó lo que había investigado acerca del transporte para su primera noche de trabajo.

Terminaron de almorzar y, mientras Amanda se preparaba para recibir a Dino, Octavio se acomodó en la sala para ver televisión.

Cuando arribaron Martina y Julián, conversaron sobre sus trabajos. Al aproximarse la hora de su partida, Amanda preparó la lonchera de Octavio con un poco de ravioles, un emparedado de queso y un termo de café. Después de despedirse, Octavio se dirigió al paradero para esperar su transporte al aeropuerto.

El bus llegó a las 20:03. Octavio lo abordó e introdujo un billete de un dólar en la máquina receptora; esta lo absorbió y habilitó el torniquete para dejarlo pasar.

Viajaban con él tres pasajeros más. Una señora oprimió el timbre para indicar que bajaría en el próximo paradero. El viaje continuó con los tres pasajeros hasta el aeropuerto.

Al bajarse del bus, Octavio se detuvo un momento para orientarse. Uno de los pasajeros, un joven alto y corpulento, le preguntó:

—¿Trabajas en el aeropuerto?

—Sí, en Caravan.

—¡Ah, pues yo también! Ven, te llevo.

Mientras caminaban por el aeropuerto hacia los ascensores, el joven continuó:

—Me llamo Sammy, ¿y tú?

—Ricardo.

—¿De dónde eres, Ricky?

—Colombia.

—Yo soy boricua, de Aguadilla. ¿Eres nuevo?

—Sí, es mi primera noche.

Ingresaron a uno de los ascensores y Sammy oprimió el botón para descender al nivel S3.

—¿Pa’ qué posición te cogieron?

—Car Service Attendant.

—¡Esa es mi área! Le voy a decir a Roger que me ponga como tu trainer.

Al detenerse el ascensor en el nivel S3, salieron. Octavio reconoció el lugar donde había aplicado el lunes anterior y, con más confianza, le preguntó:

—Son casi las 9:00. ¿Qué hacemos mientras tanto?

—Arrancamos con tu training, ven.

Sammy se dirigió hacia las oficinas, seguido por Octavio. Al ingresar, le señaló un lector electrónico y le explicó:

—Desde las 9:45 hasta las 10:15 puedes ponchar tu entrada.

Seguidamente, lo llevó a la cafetería.

—Aquí tomamos los breaks. Ven, vamos a sentarnos a esperar la hora de ponchar. Mientras tanto, te explico cómo es el trabajo.

Se sentaron en una de las mesas. Una vez acomodados, Sammy comenzó su lección:

—Cuando ponches, te diriges a cualquiera de las estaciones que ves ahí. No hay estaciones asignadas, escoge la que quieras. Las dos últimas a la derecha son pa’ las Van. Yo uso una de esas porque, con mi tamaño, trabajar en los autos me da lucha.

Cada estación tiene lo esencial pal’ trabajo: planilla con lapicero (Pa’ anotar tu ID y los códigos de los carros), papel secante con limpia vidrios (solo pa’ cristales por dentro), cepillo pa’ tapetes, manguera de aspiradora, otra pa’ la gasolina y un calibrador de aire.

—¿Y cómo se trabaja? —preguntó Octavio.

—Frente a cada estación hay una fila de carros. Agarras el primero y haces lo tuyo: sacas tapetes, limpias cristales, aspiras, revisas que no haya basura, calibras llantas a 32 PSI, llenas el tanque y dejas el carro en la fila del Car Wash. Todo queda anotado en la planilla.

Solo se para en los breaks. Cuando el supervisor grite STOP, paras. Si dice START, vuelves. Si grita BREAK, es pa’ lunchear. Y recuerda ponchar al entrar y salir.

—¿Lo tienes claro?

—Sí, Sammy. Todo claro.

—Ok, el primero lo hacemos juntos, después lo haces tú solo.

—Sammy, ¿cuántos carros tengo que atender en un día?

—Treinta. Usa 15 minutos por carro: cuatro carros por hora, treinta por día. Ese es tu número mágico. No hagas más de 30, si lo haces, te ganas enemigos entre los panas.

Al comienzo no los vas a completar, pero si te pones pa’ lo tuyo, el domingo ya estarás ahí.

Sigue la rutina que te expliqué y repítela siempre.

Un último consejo:

Cómprate una caja de guantes desechables. Trabajamos con líquido y en esta época hace un frío cabrón. El viernes te darán los uniformes, mientras tanto, vente bien abrigado pa’ que no te frises.

Sammy miró su reloj y le indicó que era momento de ponchar la entrada.

Después de hacerlo, Octavio esperó el inicio de la jornada.

A las 10:00, el supervisor gritó START, y todos se dirigieron a sus estaciones.

Sammy fue asignado como su trainer y Octavio empezó su labor como Car Service Attendant, siguiendo las indicaciones de Sammy.

Uno a uno, fue atendiendo los carros y tomando los breaks cuando se lo indicaban. La repetición de las labores le dio la experticia necesaria para lograr 18 carros en su primera noche.

A las 06:30, cansado y casi congelado, Octavio registró su salida y junto con Sammy se dirigió al paradero de LYNX.

Sentados en una banca, esperaron el bus de las 07:00. Mientras Sammy dormitaba, Octavio repasaba mentalmente la rutina que había aprendido, asegurándose de memorizar cada paso.

El bus llegó a la hora señalada y ambos abordaron. Sammy continuó dormitando y Octavio, aún excitado por lo acontecido, observaba el despertar de la ciudad.

Al aproximarse a su paradero, se despidió de Sammy, oprimió el timbre, bajó del bus y emprendió el regreso a casa.

El frío viento del norte golpeaba su cuerpo aterido mientras caminaba. Al ingresar a la vivienda, Amanda lo recibió con una taza de café caliente y un emparedado de jamón.

Octavio, aún tiritando, desayunó mientras le contaba a Amanda sobre su primera noche de trabajo. Al terminar, agotado pero satisfecho, se retiró a dormir.

El resto de la semana transcurrió dentro de la nueva rutina que la llegada de los nuevos compañeros había provocado en la vida de los tres habituales habitantes de la casa. Martina y Julián trabajaban durante el día en el aeropuerto, Dino asistía al colegio, Octavio trabajaba de noche y Amanda se encargaba de las labores del hogar.

Aunque los primeros días fueron especialmente duros para Octavio —no estaba acostumbrado a trabajar de noche, mucho menos en labores de gran esfuerzo físico—, poco a poco su cuerpo comenzó a adaptarse.

Con la llegada del viernes, recibió sus uniformes, lo que le permitió abrigarse mejor y soportar las bajas temperaturas que dominaban las noches otoñales en el centro de Florida.

Con la llegada de la temporada alta, comenzaron a arribar autos de todo tipo: compactos, deportivos, descapotables y sobre todo Vans. Octavio, quien ya cumplía su cuota sin problemas, decidió echarle una mano a Sammy con las Vans. Su amistad se fortaleció, y así conoció más sobre su vida.

—Pana, me acabo de divorciar y mi mujer me dejó pelao con los chavos por el alimony pal’ nene —le confesó Sammy durante su jornada de trabajo—. Me vine a Orlando con la intención de darle un nuevo aire a mi vida, ya tú sabes. Mi meta es convertirme en conductor de guagua en LYNX, pero eso no es fácil, hay que saberse las rutas y pasar un test que está bien difícil. Ya me batearon una vez, así que me estoy preparando mejor pa’l segundo intento.

Habituado ya a su nuevo estilo de vida —tan diferente al que llevaba en su existencia paralela—, Octavio se acercaba a una de las celebraciones más importantes de su nuevo país de residencia: el Thanksgiving Day.


Capítulo 7

Febrero 22, 1974

Viernes

—¡Vámonos de Guacherna!

Emérito lo gritó con entusiasmo al enterarse de que no tendrían clase de Lógica Matemática esa noche. Sin dudarlo, él, Miriam, Gustavo, Marlene y Octavio decidieron aprovechar la ocasión y sumarse a la celebración de la Noche de Guacherna, el preludio del Carnaval de Barranquilla.

Subieron al auto de Emérito y se dirigieron al barrio Los Pinos, donde la verbena La Puya Loca vibraba con música y algarabía. En el camino, el entusiasmo del grupo se reflejaba en sus conversaciones y risas espontáneas.

Ya en la verbena, sintiendo el ritmo envolvente de la música que le daba vida a la fiesta, reunieron el dinero para comprar una botella de aguardiente y se dispusieron a disfrutar. Cuando sonó Ya Verás de Nélson y Sus Estrellas, Emérito y Miriam se fueron a bailar, mientras el resto del grupo se divertía con la música y los brindis.

En medio del bullicio, una joven se acercó y saludó efusivamente a Marlene:

—¡Marlene Tovar! ¿No te acuerdas de mí?

La sorpresa duró apenas un instante antes de que Marlene respondiera con una sonrisa de reconocimiento:

—¡Yolanda Rivas! Claro que me acuerdo de ti. Hace años tuvimos nuestras diferencias, pero mira dónde estamos ahora.

Las dos soltaron una carcajada, recordando lo trivial que parecían ahora esos roces del pasado. Al ver regresar a Octavio, Marlene tuvo una idea:

—Te encontré pareja, ella es Yolanda, mi amiga.

Con la energía a tope, Octavio aprovechó el momento y, al escuchar los primeros acordes de Che Che Colé de Willie Colón, tomó a Yolanda de la mano:

—Bailemos, esta salsa está perfecta para disfrutarla.

Se movieron con soltura entre la música y la alegría de la noche. Yolanda era una buena bailarina, y pronto el ritmo los envolvió. A medida que avanzaba la velada, la conexión entre ellos se hizo evidente, reflejada en cada giro y en cada mirada cómplice.

Más tarde, cuando sonó Samba pa’ Ti de Carlos Santana, Octavio la llevó de nuevo a la pista. Fue un baile pausado, íntimo, con movimientos que, como caricias, los acercaron aún más. Al regresar con el grupo, notaron que Gustavo y Marlene ya se habían marchado.

Como siempre, Emérito fue el que propuso dar un cierre memorable a la noche:

—¿Nos vamos pa’ Juan Mina?

Todos aceptaron sin dudarlo, listos para exprimir hasta el último instante de esa noche aventurera.

Al amanecer, con el cansancio reflejado en sus rostros y la resaca inevitable de tantas emociones vividas, se despidieron. Un par de taxis los llevaron de regreso a sus casas, llevándose consigo los recuerdos de una noche de fiesta, encuentro y celebración.


Capítulo 8

Noviembre 19, 2000

Domingo

La proximidad del Día de Acción de Gracias se hizo evidente durante toda la semana. Los conductores acumulaban frenéticamente vehículos de todo tipo en las filas de cada estación, mientras los preparadores los atendían con la misma urgencia.

Ese período estuvo marcado por una mayor demanda de vehículos tipo Van y el supervisor asignó a Octavio para trabajar con ellos. El viento, cada vez más helado por la proximidad del invierno, añadía una dificultad extra al reto que representaba el volumen de aquellas Vans. Sin embargo, haber ayudado a Sammy en varias ocasiones le facilitó la tarea. Fue una semana intensa, pero logró superarla.

A las 06:00, un camión arribó al área de servicio, y varios trabajadores exclamaron entre risas:

—¡Llegaron los pavos!

Mientras concluían sus labores, el ambiente se llenó de alegría. Tras marcar la salida, todos se dirigieron al camión para recibir el pavo que Caravan, como cada año, obsequiaba a sus asociados para la cena familiar de Thanksgiving Day.


Capítulo 9

Noviembre 23, 2000

Jueves

Ese día, Octavio entendió que el Thanksgiving Day tiene un significado muy especial para los habitantes de su nuevo país de residencia.

Desde jóvenes, movidos por su amor a la independencia y la búsqueda de su propia felicidad —principios consignados en su Constitución—, continúan su formación profesional lejos del hogar familiar. Se establecen en otros estados de ese inmenso país y allí forman su nuevo hogar.

En esta fecha festiva, la nación celebra la resiliencia de sus primeros colonos para sobrevivir en el nuevo territorio. Es una festividad que todo el país identifica con la gratitud y la familia. Por eso, aprovechan el largo fin de semana para visitarse y compartir la cena tradicional: pavo, puré de papas, salsa de arándanos y pastel de calabaza.

Sin una reserva previa, conseguir un auto rentado o un pasaje de avión, tren o autobús durante esa semana es prácticamente imposible.

Ese día festivo tampoco fue ajeno para Martina, su familia y su huésped. Octavio despertó más temprano y todos asistieron a misa. Martina donó dos de los tres pavos que habían recibido a la iglesia, pues había reservado el más grande para su almuerzo. Amanda, como siempre, se encargó de prepararlo mientras el resto conversaba y celebraba el día festivo, animándolo con unas copas de vino. Octavio consumió muy poco licor porque debía trabajar esa noche.

Cuando la comida estuvo lista, Amanda dispuso la mesa y todos se sentaron a disfrutarla. En el centro, el pavo asado, acompañado de puré de papas, ensalada de vegetales y una salsa de mostaza y miel. Martina dirigió la oración de Acción de Gracias y luego cortó el pavo, bañándolo con la salsa antes de repartirlo.

El marinado con el que Amanda había adobado previamente el pavo se fusionó con el sabor agridulce de la salsa, realzando su exquisitez. Todos acompañaron el almuerzo con una copa de vino.

Ese momento significó mucho para Octavio. La nostalgia lo invadió al saberse lejos de su hogar, de su esposa y de todo lo que, de repente, había desaparecido. Unas lágrimas inundaron sus ojos. Eso no pasó desapercibido para sus compañeros de mesa, quienes entendieron los sentimientos que lo embargaban. Momentos como ese habían sido parte de sus propias vidas como inmigrantes en ese país.

Martina, dispuesta a no dejarlo caer, se dirigió al equipo de sonido, colocó un CD de cumbias argentinas y, moviéndose al compás de la música, tomó a Octavio de la mano y le dijo:

—Che Ricardo, vení a danzar conmigo. Mostrarme cómo bailan cumbia los colombianos.

Julián, Amanda y Dino acompañaron la música con palmas, creando una atmósfera festiva que contribuyó a disipar el momento de tristeza que todos habían notado en Octavio.

La música, el baile y las situaciones jocosas que vivieron durante aquellos instantes alegraron el espíritu de todos, permitiéndoles disfrutar plenamente de su Thanksgiving Day.

Al momento de partir para su trabajo, Octavio les agradeció haber compartido con él ese día tan especial y le aclaró a Amanda que no necesitaría su lonchera, ya que la compañía les suministraría la cena esa noche. Se despidió y se preparó para afrontar una nueva noche de trabajo.


Capítulo 10

Abril 24, 1974

Miércoles

Como todos los días, Efraín se alistó para una nueva jornada en su quiosco.

Hace muchos años, cuando aún era un niño, sus padres se habían trasladado a Barranquilla huyendo de la violencia política que azotaba a Chaparral, su tierra natal en el Tolima. Su padre, un campesino sin otra formación que el trabajo en el campo, aprendió el oficio de albañil, mientras que su madre se empleó como ayudante de labores domésticas en una casa del norte de la ciudad.

Por la difícil situación económica, Efraín solo pudo estudiar hasta segundo de bachillerato y tuvo que ayudar a sus padres para sostener el hogar. Comenzó vendiendo dulces y cigarrillos en el centro de la ciudad y con esfuerzo consiguió un espacio en la acera de la Carrera 44, justo a la salida del Edificio Colseguros, en la esquina del Paseo Bolívar. Allí conoció a Gladis, su compañera en el barrio, y con el tiempo tuvieron una hija: Yolanda.

Gracias a que su madre —ya fallecida— había trabajado en la casa de un político en ascenso, logró que le adjudicaran una de las viviendas nuevas que el I.C.T. estaba construyendo en La Pradera, además de un quiosco en los alrededores del Paseo Bolívar. Para obtenerlo, tuvo que reunir una lista de votantes con ayuda de la familia de Gladis.

Con la casa nueva y el negocio ya legalizado, pudo darle una mejor vida a su familia. En su quiosco vendía las empanadas, arepas y pastelitos de carne y pollo que preparaba Gladis, además de refrescos, revistas, dulces y cigarrillos. Gladis se ocupaba del hogar y de Yolanda.

Pero la vida a veces golpea duro. Una enfermedad rápida y agresiva se llevó a Gladis justo cuando Yolanda terminaba el bachillerato. Efraín, solo y con la necesidad de mantener el hogar, no pudo estar tan pendiente de su hija. Yolanda decidió no seguir estudiando y se la pasaba en fiestas y diversión.

Esa mañana, Efraín no podía quitarse la preocupación de encima. Siempre tuvo el temor de que la vida despreocupada de Yolanda terminaría en un embarazo. Su aspecto y los síntomas que tenía le hacían pensar lo peor.

“¿Y ahora qué hago si esto es cierto?” “¿De dónde saco para sostener ese embarazo?” “¿Cómo va a hacer Yolanda para mantener a ese niño si ni trabaja ni quiere hacerlo?” “Si me hubiera hecho caso y estudiado en el SENA, ahora tendría una mejor posición.” “Tengo que hablar con ella. Si es verdad, averiguar quién es el papá y pedirle que responda.”

Eran los pensamientos que lo atormentaban mientras atendía el quiosco durante todo el día.


Capítulo 11

Noviembre 27, 2000

Lunes

Al acercarse diciembre, Octavio decidió darle un giro a su vida. Trabajar de noche, recorrer una considerable distancia para cumplir con su jornada y la proximidad del fin de su trato con Martina eran razones suficientes. Pero la más importante era la necesidad de romper los lazos afectivos que habían nacido en él gracias a la simpatía y bondad de aquella familia. Debía continuar siendo ese ser anónimo y mimetizado que su extraña circunstancia exigía. Mientras la realidad de esa vida ajena persistiera, estaría condenado a la soledad.

Motivado por estas razones, Octavio resolvió comprar un auto. Así podría moverse con mayor facilidad para encontrar vivienda, un nuevo empleo por las tardes y una institución donde estudiar inglés por las mañanas.

Gracias al conocimiento de Sammy sobre el sistema LYNX, aprendió a utilizar el transporte público con mayor eficiencia. Aprovechó sus días libres para visitar la Biblioteca Pública de Orlando, donde alquilaba el uso de un computador y se dedicaba a investigar en Internet las facilidades disponibles para los inmigrantes, así como consejos sobre cómo aprovecharlas.

Así descubrió el programa ESOL (English for Speakers of Other Languages) y las instituciones que lo ofrecían de forma gratuita. También se enteró de que los principales empleadores en Orlando eran las industrias del entretenimiento y la hotelera. La mayor y más influyente era The Walt Disney Company; le seguían Universal Studios y SeaWorld. Consideró que Universal Studios era la opción más adecuada, ya que se encontraba dentro de la ciudad y muy cerca del Mid Florida Tech, una de las instituciones que ofrecía el programa ESOL.

Dado que su plan consistía en que la escuela, el nuevo trabajo y su lugar de residencia quedaran en la misma zona, investigó la oferta de arriendo en los alrededores y seleccionó tres opciones para postularse. Gracias al sistema de nomenclatura utilizado en la ciudad, cada sitio o negocio importante proporcionaba una guía con indicaciones precisas para llegar. Octavio imprimió esta información para cada uno de los lugares que planeaba visitar.

Una tarde, cuando Martina regresó de su trabajo, Octavio le comentó su intención de adquirir un auto. Martina, sonriendo, le dijo: —Che, Ricardo, eso es algo fácil en esta ciudad. La oferta y la demanda de vehículos es abundante. Te voy a dar la dirección de un amigo que laboró conmigo en Caravan y ahora compra y vende autos usados. Es un gringo, pero chapurrea el español. Cuando hablés con él, decile que trabajás en Caravan y que yo te recomendé. Eso te va a ayudar.

Anotó la dirección en un papel y le explicó cómo llegar.

Ese lunes, Octavio inició la búsqueda de su propio vehículo. Había ahorrado lo suficiente, y algo en su ánimo le aseguraba que regresaría con la misión cumplida.

Al llegar al sitio recomendado por Martina, Octavio notó que aquel negocio ofrecía una gran variedad de autos usados. Un vendedor, con un acento claramente dominicano, se acercó y le soltó con una sonrisa: —¡Bienvenido, mi hermano! Yo soy Bobby. ¿En qué te puedo ayudar? —Gracias, Bobby. Soy Ricardo. Quiero comprar un carro a crédito. Busco uno que no sea caro y que consuma poca gasolina —le comentó Octavio. —¿Tú eres colombiano? —Sí, de Montería. —Oye, pues mi cuñá es de Bogotá. ¿Y cómo está tu crédito? —Todavía no tengo. Soy residente desde hace un año. Espero iniciarlo hoy. —¿Y en dónde tú trabajas, mi pana? —En Caravan. Martina, una compañera de trabajo, me recomendó este sitio. Ella conoce al dueño. —¡Ah, pues está bien! Eso es un punto a tu favor con el Boss. Él trabajó en Caravan un buen tiempo —comentó Bobby, y enseguida soltó—: Creo que tengo el carro perfecto pa’ ti. Ven, ven conmigo.

Mientras caminaban hacia donde estaba el vehículo, Bobby seguía conversando con soltura: —Mi cuñá me vive diciendo que vaya por tu país. Ella y mi hermano tienen ese viaje pensao pa’l año que viene, y estoy viendo si me les pego. —No te vas a arrepentir. Colombia es un país bien chévere. —Mira, Ricardo. Este es el carro que te ofrezco —le dijo Bobby, deteniéndose junto a un pequeño automóvil verde oscuro—. Es un Chevy Metro, modelo 98, estándar, con aire, un radio bien fino y menos de 20 mil millas. Tiene motor de tres cilindros, mil centímetros cúbicos. Está en buena condición y no come mucha gasolina. —El Boss lo tiene en oferta: ocho mil doscientos pesos, con un down payment de doscientos, y el saldo lo financia a cincuenta y dos semanas. —Este carrito lleva rato aquí, no porque sea malo, ¿eh? Lo que pasa es que a los gringos les gustan grandotes, automáticos y que se beban la gasolina. Este no es así. Si te gusta, casi seguro el Boss te lo deja. Él está perdiendo chavos por tenerlo parqueao. —¿Quieres abrirlo? —Sí. —Espérate un momentico, voy a buscar la llave y de paso le voy a hablar bonito al Boss. ¿Cómo se llama tu amiga? —Martina. Es argentina.

Mientras Bobby se alejaba hacia la oficina, Octavio le dio una vuelta al carro y pensó: “Es compacto, ocupa poco espacio. No es muy viejo y se ve bien cuidado. La cuota semanal sería un poco más de 150 dólares, y puedo pagarla. Además, si el Boss quiere salir rápido de él, no me pondrá problemas por no tener crédito. Vamos a mirarlo por dentro. Si me cuadra, me lo llevo.”

Bobby regresó con las llaves, abrió las puertas, el baúl y el capó, e hizo un gesto invitando a Octavio a revisarlo: —El Boss quedó contento. Si tú te decides y te dan las condiciones, ese carrito es tuyo, campeón.

Octavio se sentó en el puesto del conductor, encendió el auto, el aire y el equipo de sonido. Mientras Frank Sinatra cantaba Jingle Bells, examinó con calma el interior de aquel carro pequeño pero cómodo. Sintió el ronroneo suave del motor, la potencia del aire, la calidad del sonido y el contador marcaba 19,823 millas... El romance entre Octavio y el Chevy Metro comenzaba a nacer.

Satisfecho, bajó del carro y miró el motor bajo el capó. Aquel corazoncito mecánico se veía limpio y ordenado, con esa apariencia intacta de lo que no ha sido alterado. Fue hasta el baúl y comprobó que tenía la llanta de repuesto y el gato en su sitio.

Bobby, al ver que Octavio ya había terminado, preguntó con tono animado: —¿Te gustó, Ricardo? —Sí. Hagamos el negocio.

Se dirigieron hacia las oficinas. Al llegar, Bobby habló en inglés con el Boss. Era un gringo alto, delgado y con un sombrero de vaquero. El Boss, con un gesto, invitó a Octavio a sentarse y, en su español engringado, le dijo: —Tu Caravan ID y tu licencia.

Octavio le entregó ambos documentos. El Boss los examinó y, satisfecho, conversó con Bobby en inglés. Al terminar, Bobby le explicó: —Ricardo, el negocio es así: —El carro cuesta 8.200 pesos. Das ahora 200 más el valor de la primera semana, que cubre los gastos de registro. Los 8.000 restantes se te financian a 52 semanas, con pagos semanales de 155 pesos. Se paga todos los lunes aquí mismo, en esta oficina. Puedes pagar con cheque o en efectivo. No se permiten fallos: si te atrasas, te quitan el carro. ¿Estás de acuerdo? —¿El carro sale hoy mismo? —Tan pronto pagues el down y la primera cuota, hacemos el papeleo, firmas y te entregan las llaves. El carro sale registrado a tu nombre, con una tablilla temporal. Cuando vengas a pagar tu segunda cuota, le colocamos la tablilla oficial.

Octavio, sacando su chequera, asintió: —Ok, hagamos el negocio. ¿El cheque sería por 355 7dólares? —Sí. Hacelo a nombre de Miller Car Sales LLC.

Octavio llenó el cheque y se lo entregó al Boss. Este lo revisó, asintió satisfecho y preparó los documentos en su computadora, los imprimió y se los pasó a Octavio para firmar. Mientras tanto, Bobby salió a colocar la tablilla provisional en el auto. Al finalizar la firma del último documento, el Boss le entregó las copias, una hoja con las fechas de sus 51 pagos, las llaves del auto y, extendiéndole la mano, el Boss le dijo: —Was my pleasure. Tú no pagas, yo quito carro.

Octavio le estrechó la mano y respondió con una sonrisa: —Thank you, sir.

Salió de la oficina rumbo a su vehículo. Al verlo venir, Bobby le preguntó: —¿Listo, Ricardo? —Listo, Bobby —respondió Octavio, mostrándole las llaves con entusiasmo. —Fue un placer ayudarte, campeón. Disfrutá tu carro. —Gracias, Bobby. Espero que algún día visites Colombia. Te vas a enamorar de ella —le dijo Octavio, mientras abordaba su auto y se dirigía hacia la salida del lote.

Su siguiente objetivo era visitar las tres opciones de vivienda que había seleccionado. Consultó las guías impresas y se dirigió hacia esa parte de la ciudad. En el camino, hizo una parada en una gasolinera para llenar el tanque antes de continuar.

Las primeras dos opciones no contaban con apartamentos de una sola habitación disponibles, así que se dirigió a la tercera: Oak Ridge Suite Apartments, un complejo dedicado a la renta de suites amobladas. En la oficina de administración, lo recibió una señora puertorriqueña, a quien Octavio preguntó por disponibilidad y precios.

La administradora le informó que habría disponibilidad en enero y que la renta mensual costaba 900 dólares. El complejo ofrecía un área común equipada con lavadoras y secadoras que funcionaban con monedas.

Octavio solicitó visitar una unidad y, acompañado por la señora, se dirigió hacia allí. El complejo, al igual que sus apartamentos, seguía el estilo de los moteles de carretera: tres grandes construcciones de una planta rodeaban el área de estacionamiento. La suite contaba con todo lo necesario para una estadía cómoda.

Satisfecho con lo que había visto, Octavio expresó su intención de rentar. En la oficina, la señora le entregó una solicitud que debía acompañar con los tres últimos comprobantes de pago de su trabajo. Tras despedirse, dejó el complejo para realizar su última diligencia en Mid Florida Tech.

Allí, con su limitado inglés, le explicó a la recepcionista que deseaba inscribirse en el programa ESOL. La recepcionista le pidió su tarjeta de residente, registró sus datos en el sistema y, tras completar el proceso, imprimió un documento que le entregó a Octavio.

El documento, en español, le daba la bienvenida al programa ESOL y le indicaba que debía presentarse el 4 de diciembre para una evaluación de su nivel de inglés. Satisfecho con el resultado de sus gestiones y con una sonrisa difícil de borrar, se despidió y emprendió el regreso a su hogar actual, sintiendo que, por fin, la vida comenzaba a tomar forma bajo sus propios términos.


Capítulo 12

Noviembre 28, 2000

Martes

Octavio despertó con la intuición de que aquel día le depararía más de una sorpresa. Con el corazón rebosante de alegría, repasó sus logros recientes: había adquirido su primer auto a crédito —algo que parecía inalcanzable por su falta de historial financiero—, se había inscrito en clases de ESOL con la ilusión de dominar un nuevo idioma y, como broche dorado, había encontrado una vivienda ideal. Sin necesidad de firmar contratos ni adquirir enseres, el lugar le ofrecía lo esencial. Era una situación perfecta. El temor silencioso a desvanecerse sin dejar huella seguía guiando sus decisiones.

Tras arreglarse y desayunar, fue hasta Oak Ridge Suite Apartments para entregar la solicitud que había preparado con ayuda de Martina. La encargada le pidió su identificación, le hizo una copia y le aseguró que pronto recibiría una respuesta. Confiado, regresó a casa para disfrutar de su día libre.

El cansancio emocional del día anterior lo venció y decidió tomar una siesta. Horas después, un suave contacto en el brazo lo despertó. Al abrir los ojos, vio a Amanda arrodillada junto al sofá. Su proximidad, sus gestos y lo que ocurrió a continuación rompieron el ritmo habitual de sus días. Ninguno pronunció palabra; fue un momento cargado de silencios, de impulsos compartidos y de la necesidad de sentirse acompañados.

Ya vestido, Octavio salió a caminar sin rumbo, intentando explicar lo ocurrido. No sentía culpa, pero sí la necesidad de comprender qué había motivado aquel encuentro. ¿Había sido solo un consuelo efímero para Amanda también? ¿Un desahogo del cuerpo, como lo fue para él?

Al volver para el almuerzo, todo parecía normal. Amanda preparó la mesa, compartieron los alimentos y, con sus gestos de siempre, ella participó en la conversación. La rutina siguió su curso como si nada hubiera cambiado. Fue ahí, en ese silencio cotidiano, donde Octavio encontró su respuesta: lo que había pasado no necesitaba explicación; fue solo la aceptación tranquila de dos almas que, en un instante, se unieron para mitigar su soledad.

El día continuó con su habitual normalidad, y al caer la noche, mientras apagaba la luz, Octavio pensó que, a veces, un encuentro puede dejar una huella permanente aunque no se repita ni dure para siempre.


Capítulo 13

Diciembre 25, 2000

Lunes

“No importa en dónde me encuentre, diciembre siempre alegrará mi alma.”

Esa frase cruzó la mente de Octavio mientras recordaba las buenas noticias que ese mes le había regalado: había sido admitido en el curso 1B del programa ESOL en Mid Florida Tech, con inicio en enero. Además, su solicitud para mudarse a los Oak Ridge Suite Apartments había sido aprobada; se instalaría allí también en enero. A pesar de lo ocurrido, por primera vez sentía que su extraña realidad le brindaba promesas concretas y horizontes nuevos.

En sus días libres, paseaba por la ciudad disfrutando del sol radiante, del cielo sin una sola nube y de ese frío amable que invitaba a abrigarse sin que resultara áspero. Orlando, en plena temporada navideña, rebosaba de luces, villancicos en inglés, turistas alegres y chocolate caliente. A veces recorría las 24 salas del AMC Pleasure Island Theatres en Downtown Disney; otras, se sentaba simplemente en una banca, observando el ir y venir de los visitantes que atiborraban la ciudad.

Como mandan las costumbres argentinas, el 8 de diciembre decoraron la casa. Amanda sacó el árbol, Julián armó el pesebre y Martina y Dino llenaron cada rincón con luces y guirnaldas. La mezcla de acentos en aquella casa —de distintas procedencias, pero con un calor común— le recordó a Octavio que familia también es quien te elige.

El 24, luego de comprar tarjetas de regalo en Walmart para cada uno —detalles pequeños, pero sentidos—, regresó al hogar que lo había acogido como uno más. Al verlo entrar, Martina le extendió una copa: —Che Ricardo, vení y calentate un poco —le dijo con una sonrisa. El primer sorbo le recorrió el cuerpo como un abrazo cálido, ahuyentando el frío que traía encima.

Esa noche, vestidos con esmero, se sentaron los cinco a la mesa. La Cena de Nochebuena al estilo argentino rebosaba aromas familiares: vitel toné, ensalada rusa, matambre, pan dulce, sidra y turrones. Después de las doce, entre abrazos y risas, abrieron los regalos junto al árbol, como dicta la tradición porteña.

Pero fue en la víspera de Año Nuevo cuando la emoción lo desbordó. Amanda preparó un asado en el horno, y la mesa se llenó de brindis, anécdotas y promesas. A medianoche, mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, Octavio se permitió cerrar los ojos. Sintió nostalgia, sí, pero también una profunda gratitud porque, aunque lejos de su tierra y de los afectos que había dejado, el nuevo año le traía un renovado sentido de pertenencia y la certeza de que el cariño se siembra y florece donde uno decide que suceda.