Pandora Novela corta mitopoeica

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Summary

En un mundo donde la humanidad ya no existe, el bosque ha reclamado todo. Pero los males liberados por Pandora en la antigüedad siguen vagando como residuos. Los dioses la envían a cerrar lo que una vez abrió: no para castigar, sino para restituir. Una caminata lenta y poética a través de un bosque vivo, donde cada mal tiene forma, voz y cansancio propio. Una resignificación del mito que transforma a Pandora en la última sanadora de la Tierra.

Status
Complete
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo

Hubo un tiempo en que la tierra estaba contenida. Los mares conocían límites que no les pertenecían, y los ríos obedecían paredes de piedra levantadas con manos que ya no existen. El viento recorría rutas previsibles, dócil, como si hubiera aprendido a no desviarse. La lluvia caía donde se le había indicado caer, puntual, medida, casi disciplinada. Incluso el cielo parecía aprender a comportarse, extendido en una calma que no era natural, sino impuesta.

Durante siglos, todo permaneció así: sostenido, corregido, vigilado.

Después, el recuerdo se volvió débil.

No fue una ruptura repentina. Nadie oyó un estruendo ni vio una grieta abrirse de golpe. Fue un abandono lento, casi compasivo, como cuando una respiración se vuelve tan tenue que nadie puede señalar el instante exacto en que cesa. Las manos que habían sujetado el mundo se retiraron sin ruido, sin despedida, y lo que había sido contenido durante tanto tiempo empezó, por fin, a sentirse pesado.

El mar avanzó primero, pero sin urgencia. No como un invasor, sino como algo que regresa a un lugar que reconoce. Sus aguas se deslizaron sobre antiguas estructuras, palpando los bordes, encontrando debilidades que siempre habían estado allí. Los muros cedieron desde adentro, reblandecidos por el tiempo y la insistencia del salitre. Cuando finalmente se abrieron, no hubo estrépito: solo el sonido profundo del agua reclamando su paso. Puertos, diques y presas dejaron de resistir. La sal volvió a besar la piedra, lenta, paciente, inevitable.

La tierra respondió después.

Donde antes había líneas rectas, comenzaron a crecer curvas. Las grietas del hormigón se llenaron de raíces finas, persistentes, que no pedían permiso ni buscaban aprobación. Se abrían camino con una determinación silenciosa, empujando, separando, reclamando. Las semillas que habían dormido bajo capas de asfalto durante años despertaron como si nunca hubieran olvidado cómo hacerlo. Brotaron sin testigos, sin celebración.

Los edificios se inclinaron lentamente, no vencidos, sino agotados. Sus estructuras crujieron con una fatiga acumulada, como si sostenerse hubiera sido siempre una carga ajena. Algunos quedaron huecos, abiertos al cielo, convertidos en refugios tibios para musgos, insectos y pequeños cuerpos luminosos que respiraban en la penumbra. Esas criaturas no conocían el miedo. No lo necesitaban.

El clima también olvidó.

Las lluvias dejaron de obedecer calendarios. Regresaron a cauces antiguos, a ritmos más viejos que cualquier registro. El calor ya no reconocía estaciones escritas. Se expandía o se retraía según leyes que nadie había nombrado en siglos. El viento cambió de dirección sin aviso, como si hubiera recordado otros caminos, otros nombres.

Y cuando la última huella humana se volvió irreconocible, el bosque no celebró. No hubo triunfo ni conquista. Simplemente avanzó, ocupando el espacio que siempre había sido suyo, cubriendo, envolviendo, borrando sin violencia.

Las nuevas criaturas aparecieron sin ceremonia.

Algunas brillaban apenas, como si llevaran dentro restos de estrellas apagadas. Otras crecían adheridas a troncos y rocas, formando redes silenciosas que respiraban al unísono. Había formas que no se movían pero observaban, y otras que se desplazaban sin dejar rastro. No construían. No dominaban. No acumulaban. Existían en equilibrio, sin necesidad de imponerlo.

Pero algo no encajaba.

Había zonas donde la vida se detenía sin razón aparente. Claros donde el sonido se apagaba de forma abrupta, como si algo lo absorbiera antes de que pudiera expandirse. Sombras que no respondían al sol, que se mantenían donde no debían, demasiado quietas, demasiado densas. Vestigios invisibles de una presencia que ya no estaba, pero que tampoco se había ido del todo.

Algo había quedado abierto.

Algo que el mundo, incluso libre, no podía cerrar por sí mismo.

Fue entonces cuando ella volvió a caminar el mundo.

No para abrir nada nuevo.

Sino para cerrar, por fin, aquello que nunca debió permanecer abierto.