Propiedad del chofer

All Rights Reserved ©

Summary

Amanda Orozco es una heredera mimada, consentida y acostumbrada a obtener todo lo que quiere así sea bajo manipulación. Thomas es el modesto chofer de la familia Orozco. Descubre que pasa cuando dos personas de mundos opuestos se ven envueltos en una atracción casi obsesiva.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

La SUV negra se deslizaba por el asfalto de la ciudad como una sombra elegante y poderosa.

Thomas, con sus 36 años de experiencia en el mundo de los negocios y los placeres caros, mantenía ambas manos firmemente en el volante mientras sus ojos oscuros se desviaban ocasionalmente hacia el espejo retrovisor.

Allí, en el asiento trasero, Amanda era una visión de juventud recién moldeada.

—¿Te lo imaginas? —dijo Amanda al teléfono, su voz una mezcla de excitación y orgullo.

—No te miento, Sofi, quedaron gigantes. Duros como dos rocas y perfectos. El doctor dijo que era un trabajo de arte.

Mientras hablaba, sus dedos con uñas largas y rojas recorrían el encaje del top que apenas contenía sus senos recién operados.

El tejido se tensaba bajo el contacto, como si estuviera a punto de romperse bajo la presión de tanta perfección artificial.

Thomas observaba cómo sus pechos se elevaban con cada respiración excitada, dos montículos perfectos que prometían placeres prohibidos.

—El doctor dijo que necesito dos semanas sin que me toquen —continuó Amanda, una sonrisa pícara en sus labios mientras se acariciaba el escote.

—Pero seamos sinceras, ¿quién puede resistirse a esto por tanto tiempo?

Thomas apretó el volante.

Su pantalón de vestir se sentía de repente incómodamente ajustado en la entrepierna.

La juventud de Amanda era un afrodisíaco potente, su personalidad libre y coqueta un desafío directo a su control autodisciplinado.

Podía oler su perfume dulce y caro incluso desde la distancia, una mezcla de vainilla y lujuria que llenaba el espacio cerrado del vehículo.

—Cariño, si pudieras verme ahora —continuó Amanda, sus ojos encontrando los de Thomas en el espejo.

—Parezco una muñeca de verdad. Una muñeca muy, muy cara.

Thomas tragó saliva.

La imagen de Amanda como una muñeca, un objeto creado para el placer, se grabó en su mente.

Sabía que era incorrecto, que ella era la hija de su jefe, que ella tenia 25 años y el 56.

Pero su cuerpo no respondía a la lógica, solo al instinto primitivo.

—Sofi, tengo que colgar —dijo Amanda de repente, su voz bajando a un susurro conspirador.

—El chofer me está mirando de una manera... interesante.

Colgó el teléfono y se recostó en el asiento, sus pechos empujando aún más contra el tejido del top.

Cruzó una pierna sobre la otra, la minifalda subiendo lo suficiente para revelar su tanga.

—¿Te gusta lo que ves, Thomas? —preguntó, su voz ahora más baja, más cargada de intención.

—Sé que lo haces. He notado cómo me miras desde que regresé de mi viaje.

Thomas sintió un sudor frío recorrer su espalda.

Sus manos temblaban ligeramente en el volante. El tráfico se detuvo frente a ellos, dándole una excusa para mantener su atención en la carretera.

—Señorita Amanda, no es apropiado —dijo, su voz más ronca de lo que pretendía.

—Solo estoy tratando de hacer mi trabajo.

—¿Tu trabajo? —rió Amanda, un sonido cristalino y excitante.

—¿Tu trabajo incluye imaginarte cómo se sentirían estas nuevas tetas en tus manos? ¿O cómo se verían con tu semen salpicándolas?

Thomas se ajustó en el asiento, su erección ahora incómodamente evidente.

El semáforo cambió a verde y aceleró bruscamente, haciendo que el vehículo diera un tirón.

—No debería decir esas cosas, señorita Amanda.

—¿Por qué no? —se inclinó hacia adelante, su aliento cálido cerca de su oreja.

—Porque te excita. Porque te hace pensar en cosas que no deberías.

—Porque quieres desgarrarme este top y chupar mis pechos hasta que te pida más.

Thomas respiró hondo, el olor de su perfume y su deseo llenando sus pulmones.

Podía sentir el calor de su cuerpo tan cerca de él, una tentación física casi abrumadora.

—Su padre me mataría —dijo, más para sí mismo que para ella.

—Mi padre no tiene que saberlo —susurró Amanda, su mano deslizándose por el hombro de Thomas.

—Puede ser nuestro secreto. Nuestro juego sucio.

Thomas miró hacia adelante, concentrándose en el tráfico mientras la mano de Amanda continuaba su viaje exploratorio.

Sabía que estaba en territorio peligroso, que cada segundo que pasaba en este vehículo se acercaba más a un punto sin retorno.

Pero la tentación era demasiado dulce, demasiado poderosa para resistirla por mucho más tiempo.

—¿Dónde le gustaría que la lleve, señorita Amanda? —preguntó, su voz apenas audible sobre el ruido del motor.

Amanda sonrió, una expresión de triunfo puro en su rostro juvenil. Sabía que había ganado.

—A algún lugar donde podamos estar solos —dijo.

—Donde puedas apreciar de cerca la obra de arte del doctor.

Thomas asintió lentamente, girando el volante hacia una salida que los llevaría lejos de las miradas curiosas.

El juego apenas comenzaba, y ambos sabían que las reglas estaban a punto de romperse por completo.