Una Cuestión de Vida o Muerte

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Summary

​Lima, año 2000. Para Miguel, un adolescente tímido que prefiere el rock pesado y el anime antes que los deportes, el peligro real siempre han sido las pandillas de los distritos del sur. Pero una tarde, tras un encuentro aterrador con una criatura que desafía toda lógica, su mundo gris se tiñe de un púrpura sobrenatural. ​Rescatado de una muerte segura por un extraño encapuchado, Miguel se ve arrastrado a un conflicto invisible que se libra en los callejones y azoteas de la capital. Ya no se trata solo de sobrevivir al colegio o a los matones del barrio; ahora debe lidiar con habilidades que no comprende y con un grupo de desconocidos que parecen saber más de él que él mismo. ​Entre entrenamientos que rozan la tortura y la constante incertidumbre de un mundo que se oculta a plena vista, Miguel deberá decidir si el miedo lo seguirá dominando o si aceptará el extraño destino que ha despertado en su interior. En las calles de Lima, la realidad es más frágil de lo que parece, y sobrevivir a su nueva vida será, literalmente, una cuestión de vida o muerte.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 01: Mira a tu alrededor

Era febrero del año 2000. En Lima, eso significaba un verano abrasador y vacaciones que Miguel consumía visitando amigos, improvisando carreras de bicicletas o simplemente pateando una pelota en la calle. Vivía con su madre en un distrito del sur, una zona donde la criminalidad rampante imponía sus propias reglas no escritas. Miguel sabía moverse; conocía los códigos. El problema era que algunos de sus amigos vivían en barrios ajenos, donde los delincuentes locales no lo reconocían.

Para evitar problemas, Miguel aplicaba la estrategia del camuflaje: vestirse de la manera más simplista posible. Con su pantalón de buzo gris, un polo negro y unas zapatillas azules —copia barata de las clásicas Converse—, no parecía alguien que tuviera algo de valor que ofrecer a un ladrón. Su físico, algo descuidado por la falta de ejercicio, y su timidez lo catalogaban en el colegio como el “nerd” sin habilidades sociales. Se refugiaba en el rock pesado, el metal y el anime, aficiones que compartía con su mejor amigo, Luis.

Luis era casi un hermano. Se conocían desde los nueve años y ahora, a los catorce, eran inseparables. Mientras Miguel era el tímido, Luis era el que practicaba karate y lo defendía en el colegio. Juntos pasaban las tardes en la casa de Luis, jugando Nintendo 64 o escuchando los álbumes piratas que el hermano mayor de su amigo conseguía. En un Perú donde la salsa y la cumbia dominaban las calles, su gusto por la música pesada era un pacto de sangre.

En casa, la vida era tranquila pero esforzada. Su madre, Rosario, era contadora y el motor de la familia desde que su esposo falleció en un accidente años atrás. Miguel intentaba ayudar en lo que podía: aunque era un desastre en la cocina, se encargaba de las compras del mercado para que su madre no tuviera que caminar más tras sus largas jornadas.

Esa tarde, Miguel salió de casa después del almuerzo. Cruzó el enorme mercado local, deteniéndose un momento a ver si habían llegado figuras nuevas de su anime favorito, y salió por la parte trasera hacia una avenida principal. Sin embargo, al llegar a la siguiente cuadra, se detuvo en seco. A plena luz del día, unos asaltantes intimidaban a un transeúnte. Miguel sintió esa mezcla familiar de frustración e impotencia que siempre le provocaba el abuso de poder, alimentada por años de leer cómics de héroes. Pero él no era un héroe.

Buscando evitar el peligro, dio media vuelta y se internó por una ruta alterna, subiendo unas cuadras por calles que no solía transitar. Mientras avanzaba, una extraña sensación le erizó la piel. De pronto, notó algo inquietante: el ruido de la ciudad había desaparecido. No había señoras barriendo, ni rastro de gente. El silencio era absoluto.

De pronto, un zumbido agudo desgarró el aire. Miguel intentó voltear, pero un impacto violento lo lanzó varios metros por el aire. Cayó pesadamente sobre el asfalto, sintiendo cómo su rodilla rompía la tela del buzo. Al levantar la vista, el mundo que conocía se desvaneció. Frente a él, una criatura monstruosa —un escarabajo gris del tamaño de un Volkswagen— sacudía sus fauces. Entre sus pinzas atrapaba a un hombre vestido de negro que luchaba desesperadamente. Tras un crujido sordo, el sujeto logró soltarse y cayó de pie, pero donde debería estar su brazo izquierdo, solo quedaba un muñón que goteaba sangre sobre el pavimento.

—¿Estás bien, niño? —le habló el extraño con voz gélida. Miguel no podía articular palabra—. ¡Carajo! ¡Mocoso, pon atención si no quieres morir!

—¡Sí! —exclamó Miguel, saliendo del trance.

El extraño abrió la palma de su mano derecha. De ella brotó un humo negro que se solidificó en una guadaña imponente. La hoja, blanca como el hueso, brillaba con escrituras rúnicas de un tono púrpura oscuro.

—¡AHORA! —gritó el guerrero.

Miguel corrió como nunca, lanzándose tras un muro mientras los sonidos de metal contra caparazón estallaban a su espalda. Al asomarse, vio algo arrancado de un manga: el hombre de la guadaña, que ahora llevaba una máscara de combate, bloqueaba las arremetidas del insecto con velocidad sobrehumana. Tras un combate feroz donde el extraño perdió su arma y estuvo a punto de morir, logró disparar una esfera de energía púrpura que aturdió a la bestia. Recuperando su guadaña, atravesó las hendiduras de la armadura del escarabajo en un tajo mortal.

El guerrero recuperó su brazo cercenado del suelo y caminó hacia Miguel. Una neblina densa rodeó la cuadra, aislándolos de todo.

—Tú no deberías estar aquí... —susurró el hombre antes de desplomarse, inconsciente.

Antes de que Miguel pudiera reaccionar, otros tres sujetos con el mismo uniforme aparecieron de la nada. Uno de ellos le puso una hoja afilada en el cuello. Tras una breve discusión sobre si era un enemigo disfrazado o un simple humano, decidieron llevárselo para una “evaluación antes del borrado”. Uno de los encapuchados abrió un portal en el aire y, en un parpadeo, Miguel fue arrastrado a un complejo subterráneo de pasillos gélidos.

Lo encerraron en una sala de interrogatorios. Minutos después, entró un hombre con un traje de protección biológica. El interrogatorio fue exhaustivo, buscando saber si Miguel había tenido alguna “corazonada” antes del encuentro. Miguel, avergonzado por su miedo, solo pudo confesar que buscaba evitar a los pandilleros.

—Tranquilo, no te vamos a matar —dijo el anotador—. Lo más probable es que borremos tu memoria.

El silencio posterior fue tortuoso, hasta que la puerta se abrió de nuevo y entró una chica joven y morena.

—Tranquilo, nadie va a hacerte daño —le dijo con una sonrisa—. Ven conmigo. Puedes irte a casa.

Mientras salían, ella le mostró por una ventana a los médicos trabajando sobre el hombre que lo había salvado. Su cuerpo estaba destrozado.

—¿Es mi culpa? —preguntó Miguel con un nudo en la garganta. —Sí —respondió ella—. Pero él pidió que te dejáramos en paz antes de perder el conocimiento. Voy a cumplir su deseo.

Llegaron a un corredor sin salida. La chica apoyó su mano en la pared y un círculo de runas transformó el muro en una superficie líquida. Miguel cruzó el portal y apareció en una calle solitaria cerca de la avenida Pista Nueva. El sol de la tarde seguía allí. Aturdido, caminó de regreso a su casa, se dejó caer sobre la cama y contempló el techo hasta que el agotamiento lo venció, sumergiéndolo en un sueño profundo.