Capítulo 1 Tengo un Flechazo por ti
El frío de la madrugada es perceptible en esa época del año dónde los días son agradables, pero las noches están hechas para las chaquetas de algodón. El viento en las alturas sacude la gabardina larga hasta los tobillos y acaricia el cabello oscuro de una criatura que no está hecha para este mundo real y cruel. Contó las mentes humanas que comienzan a caer en la bruma somnolienta que su contraparte riega en el área, observando con cierta reticencia al otro hacer su trabajo. Sin embargo, esa noche decide no molestarlo. Con un movimiento grácil, se dejó caer por el borde del edificio y aterrizó encima de esas cuerdas que los humanos llaman “cables” e iluminan sus casas.
Chequeó su muñeca. El brazalete dorado emitía una luz tenue, que se intensificaba cada vez más, mientras él se acercaba al edificio departamental. Era una criatura con una misión, cuyo objetivo era verlo una vez más, apreciar lo que nadie más podía cuando la noche lo cubría todo como un manto.
De un salto, alcanzó la baranda del balcón del décimo piso, impulsándose con el brazo hasta entrar por completo. Las luces estaban bajas en la sala de estar cuando abrió la puerta del balcón y la cerró con un chasquido imperceptible. El refrigerador emitía un ruido blanco que le resultaba molesto, pero se encogió de hombros. El humano no lo sentiría de todas formas, fuera cuidadoso o no.
Nunca le habían dado curiosidad los humanos. Para él, solo eran animales desarrollados con una mente traicionera y un corazón que latía demasiado alto cuando se ponían nerviosos. En todos los siglos desde que tenía consciencia, él se mantenía alejado de todos ellos lo más que podía, a diferencia de su compañero quién se enamoró orgullosamente de uno de ellos.
Sin embargo, las tres ancianas del Destino tenían otros planes para él. ¿Quién lo hubiera creído?
La casa del humano era sencilla, pero tenía algo hermoso en su diseño fresco y en los muebles que ocupaban el espacio. El humano pasaba mucho tiempo fuera de casa, y cuando estaba allí, la cocina y la sala de estar eran sus lugares favoritos. Maravillosos olores salían de sus creaciones y se quedaban flotando en el espacio durante largo tiempo. Le había visto quedarse dormido en el sofá por el cansancio, con el teléfono en la mano al hablar con alguien o viendo una de esas proyecciones en la pared que le hacían reír a carcajadas.
Avanzó por el pasillo hasta la habitación del hombre. Tragó saliva, con el estómago apretado y revuelto al mismo tiempo, y giró la manija de la puerta con ligereza. El humano estaba sentado en el escritorio de la habitación, mirando uno de esos vídeos que grababa cuando salía de viaje con amigos. La habitación del humano era un poco fresca, justo como le gustaba a él, y se le puso la piel de gallina. Pintada de un amarillo mantequilla, las luces amarillentas le aportaban una calidez que pocas veces apreciaba, a excepción del inicio del amanecer cuando los rayos del sol calentaban el día de los humanos con su dorado peculiar.
Se recostó en la pared admirándolo de cerca esta vez. Ese humano tenía algo diferente en él, que cautivaba su corazón y lo llenaba de mariposas, y es que sus ojos café estaban cargados de un anhelo desgarrador. A veces, su humano no podía dormir, y se desplazaba hacia el balcón. Allí encendía un cigarrillo y miraba los alrededores con una soledad que lo agarraba por los hombros y se negaba a soltarlo.
La primera noche que quiso hacer una travesura, se la pasó flotando frente al curioso humano que sin saberlo, le estaba mirando directamente a los ojos. Era hermoso, del tipo de belleza que no te da tiempo a procesarla, pero que mientras las miras más hermoso es. Tenía el cabello revuelto recién lavado y el olor sutil de la lavanda en él mismo le hizo cosquillas a su nariz. Creyó que era una ruptura dolorosa, un abandono ruidoso de los que dejan marcas, una negativa de aceptar lo inevitable cuando no es para ti. El humano tenía dolor, la agonía en sus ojos empujó una navaja en su pecho sin motivo alguno, como si pudiera sentir ese dolor en su alma propia.
Eso no le había sucedido jamás. Él era una criatura sobrenatural, dueña de todo lo que pasaba en los sueños poderosos y coloridos de los humanos; incapaz de sentir nada que no fuera hambre en su propio mundo.
-- Me preguntaba cuando aparecerías de nuevo.
Se congeló contra la pared cuando el humano habló. Escaneó los alrededores en busca de la presencia de alguien más, pero solo estaban ellos dos en la habitación. Él no podía verle, ¿cierto? Era imposible que la pupila humana capturara algo más que su realidad, por lo que estaba seguro de que no podía verle, ni mucho menos sentirlo. Pero Kim Mingyu se giró y lo miró a los ojos oscuros con determinación.
Tragó saliva con fuerza. Su corazón se aceleró ruidosamente mientras Mingyu se alzó en todo su esplendor y se acercó a él. Le maravillaba que fuera mucho más alto que su forma corpórea, mucho más ancho que él, con brazos fuertes y manos grandes y torpes que lo tocaban todo con cuidado, incluyendo el cuerpo de los amantes que pasaban por su cama, con delicadeza y perspicacia.
-- Hola, Sueño. – murmuró Mingyu y alzó la vista hacia esas galaxias encendidas y brillantes que le habían encantado cual hechizo antiguo. Mingyu sabía quién era. Le había llamado “sueño”, pero ese no era su nombre.
-- Ese no es mi nombre – rebatió él, incrédulo de que eso fuera posible, de que las puntas de sus zapatos de tacón negro tocaran los dedos de Mingyu, de que su respiración chocara contra su rostro y estuvieran tan cerca que podría perderse en las imperfecciones de su rostro – Puedes verme.
Mingyu rió con suavidad. El sonido reverberó y acarició su cuerpo como una brisa y Mingyu asintió en afirmación.
-- ¿Cómo? – preguntó, incapaz de apartar la mirada del hombre.
-- Siempre he podido. – admitió Mingyu – Aunque la primera vez no podía creer que eras real.
Boqueó sin saber que responder.
-- ¿Cómo te llamas entonces, sueño? – curioseó el moreno, ladeando la cabeza ligeramente -- ¿Puedo saberlo o no puedes decirlo?
-- Sueño es lo que hago, no quién soy – corrigió, rebuscando en su mente un nombre que pudiera darle al humano, hasta que encontró el adecuado – Soy Wonwoo.
Mingyu abrió la boca con sorpresa y sonrió ampliamente como el sol en verano.
-- Mucho gusto, Wonwoo. – el nombre fue pronunciado en voz baja, cual secreto que no debe revelarse nunca, y lo recorrió un estremecimiento – Soy Mingyu, pero supongo que eso ya lo sabías.
Su pálida piel se coloreó de un cereza, agradable y gentil a partes iguales, y una pequeña sonrisa surgió en sus labios al instante. Asintió sin poder – ni querer – ocultarlo más.
-- Pero dime, Wonwoo, ¿sabías que los dioses tienen una forma muy chunga de hacer las cosas?
Wonwoo frunció el ceño sin entenderlo, mas los ojos cafés brillaron en oro hasta volverse rojos como la sangre. La habitación desapareció detrás de ellos en un instante y Wonwoo sintió el estómago caer. Los colmillos adorables se tornaron fieros, su piel morena se tornó más oscura y la calidez abandonó sus ojos. Wonwoo sintió la pérdida en el hombre, como si le hubieran arrebatado algo especial y le dejaran vacío. Llevaba tres meses y medio observando al humano, y nunca notó que en realidad, no lo era.
-- Tu no eres mi humano.
-- Nunca he sido humano, en primer lugar. – Mingyu rió seco y toda emoción que Wonwoo pudo sentir salió por la ventana en ese momento – Digamos que soy como una pesadilla.
-- Las pesadillas no existen, Mingyu. – bufó Wonwoo rodando los ojos -- ¿Qué eres en realidad?
-- Un semidiós para ti. – apuntó Mingyu – Soy el hijo del Dios Sol.
-- Oh – dijo Wonwoo con un pelín de decepción en su tono – Bueno.
Mingyu arqueó una ceja y los devolvió a su habitación. Sabía quién era la criatura nocturna que desde lejos le observaba con curiosidad, tratando de definir las razones por las que llamaba tanto su atención. Aquella noche, la discusión con sus padres terminó revelando cosas que no debía saber y se recluyó a si mismo en su forma mortal por un tiempo. En las mañanas, cumplía su vida universitaria como el resto de sus amigos semidioses. En la noche, contaba los minutos hasta que la criatura aparecía y se miraban el uno al otro por largo rato. Wonwoo creía que no lo veía, pero le había costado mucho no llamarlo y preguntar su nombre una semana después.
Ahora que lo tenía frente a frente, Mingyu no pudo evitar reconocerlo. Quería conocerlo de verdad en vez de mirarlo de lejos, preguntarle su nombre, sentarse a su lado y hacerle todas las preguntas que en su mente pasaban.
-- Noto decepción en tu tono – bufó Mingyu dando un paso hacia atrás, pero Wonwoo dio un paso hacia él. Mingyu recuperó su forma corpórea y juvenil lentamente, mas el oro de sus ojos permaneció allí, hasta que los oscuros de Wonwoo parpadearon de azul medianoche.
-- ¿Sabías quién era yo desde el principio? – curioseó Wonwoo -- ¿Por qué no dijiste nada? Pensé que no podías verme y que estaba condenado a la admiración eterna.
Mingyu se rascó la cabeza con algo de vergüenza antes de responder. -- Tenía un poco de miedo de que te espantaras. Estabas flotando en el aire con el ceño fruncido, y luego te acercaste tan de repente a mi, que pensé que estaba soñando por lo bonito que eres.
La luna reflejaba la piel pálida volviéndola más etérea de lo que era. Los ojos oscuros escaneaban los suyos y Mingyu sintió, por primera vez en toda su existencia, lo que aceleraba el corazón de los humanos cuando conocían a alguien interesante.
Wonwoo se sonrojó una vez más. Desvió la vista hacia otro lado un poco avergonzado, mas el tacto cálido de Mingyu en su barbilla le hizo mirarlo.
-- Eres muy bonito, Wonwoo. – repitió con una pequeña risa – Como la piedra de jade que la luna besa a la medianoche.
Antes de darse cuenta, la espalda de Wonwoo se apoyó contra la pared y la mano de Mingyu acunó su rostro con delicadeza. El pulgar de Mingyu recorrió toda su barbilla y su labio inferior fue tocado por primera vez en su existencia. Wonwoo jadeó, su pulso se alteró bajo el toque del hombre, y el iris se volvió pequeño. Todo sus pensamientos quedaron pausados. Él había querido esto antes, cuando pensó que era un humano común y corriente, pero algo sobre besar al mismísimo hijo del Sol lo envió en una espiral.
-- ¿Puedo besarte, sueño? – pidió Mingyu con ojos suplicantes, tan cerca de su rostro que Wonwoo solo movió la cabeza hacia adelante y fue él quién lo condujo al abismo.
El sonido vergonzoso escapó de su garganta. Los labios de Mingyu eran suaves, seductores, calientes y engatusadores; y mimaron los suyos como si solo estuvieran hechos para ser besados por él. Wonwoo abrió la boca buscando más fuego, rozando la lengua de Mingyu con levedad e instándola a unirse a la suya. Mingyu gruñó. Sus manos encontraron su lugar en el cuello de Wonwoo y en el final de su espalda. Lo pegó a su cuerpo entero, eliminando la regla tácita de la distancia, rozando partes de si mismo que se despertaron con la intensidad de su beso. Eran perfectos el uno para el otro, como piezas del mismo dije separadas durante largo tiempo, y ante la inminencia se unieron como debía ser.
Se separaron porque el aire era un poco necesario. Apoyaron las frentes juntas con las respiraciones agitadas.
-- Los labios más deliciosos que he probado nunca – susurró Mingyu picoteándolos una vez más – El sueño hecho realidad más hermoso que he visto nunca.
-- ¿Le dices eso a todos los que pasan por tu cama, hijo del Sol? – gruñó Wonwoo ante la socarrona sonrisa del otro y le mordió la barbilla obteniendo un jadeo.
-- Posesivo. – rió Mingyu – ¿Por qué no lo compruebas tu mismo, Sueño? – pinchó Mingyu – Después de nuestra primera cita, por supuesto.
Wonwoo parpadeó y ladeó la cabeza. Los humanos iban a citas cuando salían con alguien que querían, o al menos eso le había dichos su compañero cuando su humano y él habían recibido la bendición del cielo para unirse.
¿Significaba aquello que a Mingyu le gustaba? Quería preguntarlo, pero a la vez tenía miedo de lo que pudiera obtener del moreno. Podía ser la atracción entre dos criaturas que llevan un tiempo bailando entre la otra. Podía ser la curiosidad inminente surgiendo entre ellos después de aquel beso eléctrico que puso sus vidas en eje.
-- ¿Te gustaría ir a una cita conmigo, Wonwoo? – preguntó Mingyu con suavidad – Me gustaría que vinieras conmigo a la playa, que enterráramos los pies en la arena mientras caminamos por la orilla húmeda bajo la luz de la luna y las estrellas, sosteniendo tu mano como deseo desde que te vi aquella noche. ¿Quisieras?
Wonwoo sonrío y asintió. Sin darse cuenta, Mingyu respondió a su pregunta interna, borrando la duda que surgió tan rápido que tenía que preguntarse si le leía la mente.
Las manecillas del reloj avanzaron esa noche, y en un apartamento en un edificio al azar, uno de los guardianes del sueño conversó largo y tendido con el hijo del dios Sol. Sentados frente a frente, con la mano de Mingyu en el muslo del otro acariciando la piel desnuda con una sonrisa embelesada. Wonwoo le confío secretos que llevaba guardado en su interior bajo muchas llaves, palabras que no se atrevía a decir en voz alta, pero que Mingyu recogió entre sus manos y las conservó como piedras sagradas. Mingyu hizo lo mismo, desnudando su alma herida y marcada, quién lamió sus heridas al reconocerlas y aceptarlas como partes de él.