La Ruta del Atardecer [Completa]

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Summary

Estas hermanas tienen poco en común. Cuando Regina arruina las vacaciones que ambas iban a tomarse fuera del país, Sharon y ella deciden emprender un largo viaje por carretera en busca de un misterioso lugar que visitaron cuando eran niñas. El objetivo: restaurar su deteriorada relación y ser las hermanas unidas que fueron alguna vez. Pero durante el camino encontrarán que enfrentar el pasado puede requerir sacrificios más grandes de los que están dispuestas a aceptar, y deberán luchar para no perderse a sí mismas ni a todo lo que aman.

Status
Complete
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Pelea de hermanas

La maleta permanecía cerrada sobre la cama, con manojos de blusas y vestidos esparcidos alrededor, cuando volvió a oírse el timbre del celular. Regina regresó al dormitorio, dejó la humeante taza de café sobre la mesa de luz y se agachó para buscarlo entre las prendas, con tan poco cuidado que algunas acabaron en la alfombra.

—Como sea Sharon otra vez, juro que la voy a matar —se quejó. Cerró los dedos en el aparato y miró el número en la pantalla: no era ella.

—¿Regina? —preguntó la voz al otro lado del auricular.

—Hola, Claire, disculpa que tardara tanto en contestar; tengo la casa patas arriba. ¿Qué pasó?

—Noto un deje de mal humor en tu voz.

Regina dio un suspiro. Tomó un cigarro de la cajetilla que estaba junto a la taza de café, lo apretó con el costado de la boca y caminó hacia el balcón.

—No me hagas caso —dijo, hundiendo la mano en el bolsillo del vaquero, en busca del encendedor—. Es que mi hermana no para de llamar cada dos minutos para decirme que no me olvide de esto y aquello. Ya sabes, por lo del viaje.

—Entonces estás muy ocupada, ¿no?

—Mucho. De saber que sería tan complicado armar la maleta, habría adelantado trabajo ayer por la tarde. ¿Por qué lo preguntas?

—Hoy en la oficina quedaste de tomar unas copas con Susan y yo, ¿recuerdas? Hace quince minutos que estamos en el bar.

—¡Maldición, lo olvidé por completo! —exclamó Regina, escupiendo el cigarro sin encender—. ¡Lo siento tanto!

Desde el auricular se escuchó la risa de dos mujeres. La segunda le quitó el celular a la primera.

—Hola, soy Susan. ¿Por qué no dejas a un lado las disculpas y te vienes de una vez? No te irás del país sin tomar unos Martinis a nuestra salud, ¿o sí?

Regina no respondió de inmediato. Su apartamento estaba en un décimo piso, así que se acodó en el balcón y desde esa altura miró al horizonte de la ciudad. Aunque el cielo aún era azul, el sol acababa de ocultarse hacía menos de un minuto y rectángulos de luz amarilla empezaban a florecer en las negras fachadas de los edificios. Una brisa fresca le acarició el cabello color tinta, trayendo consigo el olor salino del mar, apenas perceptible entre la peste de los caños de escape omnipresentes. Por un momento, toda la tensión que cargaba en sus hombros desapareció.

Minutos después, entró en aquel bar céntrico que conocían tan bien y Claire le hizo señas desde una de las mesas. Era la misma que solían elegir, cerca de la barra. La rubia achinó los ojos, cuyas pupilas de avellana mantuvo en Regina mientras esta se le acercaba.

—¡Qué cara! —dijo.

—¿Qué pasa con ella?

—Parece que vienes de un funeral —apuntó Susan, quien llevaba su lacio cabello oscuro recogido en una trenza.

Regina se dejó caer en una silla, justo frente a sus amigas, y se cruzó de brazos.

—Me siento como si viniera de uno —concedió.

—¿Tan pesada es tu hermana?

—No es solo ella. Es que al viaje irá su esposo y este traerá a toda su familia.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—¡Por favor, Susan! —exclamó Claire—. ¿Cómo vas a preguntar eso? ¿No conoces al esposo de su hermana?

—No.

—Es el tipo más aburrido que te puedas imaginar. Siempre va por ahí dando la lata con temas de física cuántica mientras exhibe sus sosas camisas planchadas. Parece un clérigo.

—Y su padre realmente lo es —intervino Regina—. Sharon me obligó una vez a ir a uno de sus sermones. ¡Fue el domingo más largo de mi vida! Además, te puedes imaginar que no aprueban en absoluto nada de lo que soy.

—Pero no tienes que ir con ellos todo el tiempo —dijo Susan—, tendrás a tu disposición las mejores playas del mundo. ¿Me vas a decir que no fantaseas con tomar el sol junto al mar, rodeada de tipos macizos todos bronceados?

—Mi hermana detesta las playas, así que no nos acercaremos a una.

—¿Y entonces para qué quiere ir?

—Para ver la arquitectura.

Claire y Susan se rieron al unísono. Regina forzó una sonrisa.

—No entiendo por qué se ríen. Fue idea de ustedes que aceptara ir con ella de vacaciones.

—Por favor, Regina, no te lo tomes a mal: sabes que estamos bromeando— dijo Susan—. Es que a mí no me habías contado que la familia de tu cuñado te caía tan mal. Como sea, pienso que el viaje te vendrá bien para despejar la mente y olvidarte de...

—¿Olvidarme de qué? —preguntó Regina, notando la mirada que Claire le lanzó a Susan para que cerrara la boca.

Pero antes de que pudiera insistir, apareció una chica a preguntar si querían algo, así que le pidió su Martini. Luego, se limitó a beber mientras Claire aprovechó la interrupción para hacerse cargo de la charla, poniéndolas al día con una nueva relación de los problemas entre ella y su novio John, si es que la palabra “novio” lograba definir de algún modo lo que existía entre ambos: se conocían desde apenas una semana atrás. Tan expresivo, a la vez que absurdo, era su relato, que Susan se olvidó por completo de Regina y ambas charlaron ignorándola hasta que ella se puso de pie, dispuesta a volver al apartamento.

—¿Qué te sucede? —preguntó Susan.

Regina pasó una mano por su mejilla y le quedó manchada de rímel.

—Nada —mintió—, es solo que debo irme.

—Por favor, Regina, quédate un poco más —imploró Claire—. Susan y yo tenemos pensado ir a una discoteca en un rato. Estaría bien que nos acompañaras ahí.

—Lo siento, pero no puedo. Mañana tengo que tomar el avión muy temprano y aún no terminé de armar la maleta.

A pesar de su notoria preocupación, Claire no insistió más, así que Regina les dio un beso a ambas y abandonó el bar lo más rápido que pudo. Cuando trepó al taxi, hurgó en el bolso y sacó la cajetilla de cigarros.

—Está prohibido fumar aquí —dijo el conductor al escuchar el chasquido del encendedor. Los ojos azules de Regina le devolvieron una mirada furibunda a través del espejo retrovisor, pero le hizo caso. Se quitó el cigarro de los labios y se puso a mirar a través del cristal que tenía a la derecha.

—¿A dónde la llevo? —preguntó el taxista, y ella le dijo la dirección de su apartamento—. ¿Se encuentra bien?

—No es asunto suyo. Lléveme a donde le pedí.

“Es evidente que Claire le contó a Susan sobre Vincent”, pensó con amargura. “Se enteró de la noticia y no se aguantó a irle con el chisme”.

Sin embargo, no tenía modo de estar segura: hasta ese momento no tuvo un indicio de que hubiera roto la promesa, y ella le había jurado guardar el secreto. Pensaba así porque estaba estresada; ya se había dado cuenta de eso cuando salió del apartamento y pudo tomar distancia de los preparativos para el viaje.

Tomó el celular con la intención de escribir una disculpa a Claire y estaba a media redacción cuando el aparato empezó a timbrar: era una nueva llamada de Sharon.

Le hizo una seña al taxista.

—¿Sabe qué, señor? —le dijo—. Lléveme de regreso.

Pero Regina no halló a sus amigas en el bar. Le envió un mensaje a Claire para avisarle que había vuelto y esta no le respondió, así que apagó el celular para que su hermana no siguiera molestando, y se fue a buscar la discoteca que más solían frecuentar. La separaba tan solo un par de calles. En la puerta se dio cuenta de que su maquillaje continuaba estropeado, así que lo retocó lo mejor que pudo a la luz de una farola.

La música electrónica le taladró los oídos ni bien puso los pies dentro del local. Caminó entre las chicas que bailaban apretadas en grupos y se chocó de lleno contra los tipos bebidos que revoloteaban alrededor, cuyas imágenes brillaban y se esfumaban bajo parpadeantes luces azules y amarillas; lo único que permanecía era el olor a alcohol y a perfume que le impregnaba las fosas nasales. De repente, la asaltó el pensamiento de que ella no pertenecía a ese lugar, de que toda esa gente, así como Claire, Susan y Sharon, formaban una sola masa hostil que le daba la espalda, pretendiendo dejarla atrás.

Se golpeó las costillas contra el borde de la barra.

—Dame algo fuerte —le pidió al barman.

—¿Cómo qué?

—Lo que sea, pero con mucho alcohol.

El tipo le entregó una bebida colorida. Regina sorbió un trago y reconoció un leve sabor frutal entre el ardor que le bajó por la garganta.

—¿Estás sola? —le preguntó una voz masculina.

Regina se volvió y se encontró de frente a un hombre alto, de castaño cabello enrulado que le bajaba hasta los hombros. Era Tom Perri.

—Hola, Tom —lo saludó con un beso en la mejilla—. Lo siento, pero no estoy de humor para hablar hoy.

—¿Y entonces qué estás haciendo aquí?

Regina no supo qué decir. Se limitó a encogerse de hombros.

—No te quiero molestar —dijo Tom—. Es solo que me preguntaba si has hablado con Susan... ya sabes.

—Oh, sí. Quiero decir, la vi hoy. Nos reunimos a tomar algo en un bar que está a un par de calles de aquí. Yo... —Regina titubeó— lamento que ella y tú rompieran.

—Entonces así es como lo ve ella —dijo Tom, acodándose en la barra. Tenía una cerveza en la mano y mantuvo la mirada perdida entre las botellas que destellaban detrás del atareado barman. Parecía como si se hubiera olvidado de Regina y ella pensó en alejarse de él, pero en su lugar se acodó a su lado y permaneció dando tragos a su bebida. Tenía las mejillas encendidas, pues acababa de romperle el corazón al tipo. No es que le importara mucho, ya que apenas lo conocía de alguna fiesta en la que coincidieron con Claire y Susan. Fue solo que por un momento sintió que lo entendía.

—¿Cómo van las cosas con tu banda? —preguntó al cabo de un minuto. Tom le mostró sus pupilas verdes y sonrió.

—Bien. Mañana tenemos un toque.

—¿De verdad? ¿En dónde?

—En un bar de mala muerte en la otra punta de la ciudad. ¿Te gustaría ir?

—Sí, pero no podré.

—¿Por qué no?

—No quiero hablar sobre ello.

—Se ve que es un tema complicado —dijo Tom y dio un trago a su cerveza mientras miraba de reojo a Regina.

Ella negó con la cabeza.

—Nada de eso —dijo. Se bajó el resto de la bebida de un saque y dejó el vaso sobre la barra—. ¿Por qué no cierras la boca y me sacas a bailar?

Más tarde, Regina acabó recostada en la cama de Tom Perri, mirándolo a los ojos mientras él la penetraba, y amaneció a sus brazos, exhausta. Por un momento, antes que el alcohol bebido le fragmentara los recuerdos, se sintió de nuevo como ella misma. Después de todo, Vincent era solo otro de sus ex. ¿Qué diablos le importaba que acabara de casarse con otra mujer?


—No está en el apartamento —dijo Sharon. Mantenía el celular pegado a la oreja, con la esperanza de que en alguno de sus innumerables intentos dejara de escuchar el pitido que indicaba que la línea estaba ocupada.

—¿Cómo sabes que no está ahí y se quedó dormida? —preguntó su esposo, de pie junto al taxi. Mantenía un pie dentro del vehículo y tamborileaba con los dedos en la puerta que mantenía entre las manos.

—Llamé a la puerta con todas mis fuerzas, Jack. ¡Desperté a todos sus vecinos!

—¿Entonces dónde crees que está?

—No lo sé.

El taxista carraspeó, haciéndose notar.

—No quiero ser aguafiestas —dijo, asomándose por detrás de Jack—, pero si de verdad desean alcanzar ese avión, debemos partir ya. De lo contrario, acabaremos atrapados en el tránsito.

Sharon bajó el celular y le dio una patada al piso. Tenía la cara roja. Miró a su esposo a los ojos, que destellaban tras unas gafas cuadradas. Este bajó del auto y la abrazó.

—No puedo irme sin saber que está bien —dijo ella.

—Entonces nos quedaremos.

—¡De ninguna manera! Ahorramos mucho para hacer este viaje y tenemos las habitaciones de hotel reservadas. Además, no puedes dejar sola a tu familia.

—Pero ¿qué pasará contigo?

—Puedo cambiar el boleto y alcanzarte en un vuelo posterior.

—Te demorarás varios días...

El taxista volvió a carraspear, ahora más alto. Sharon apoyó las manos en el pecho de Jack y lo empujó hasta el vehículo.

—No insistas —dijo y le plantó un beso en los labios—. Te llamaré en cuanto sepa algo de ella.

Jack apretó los dientes, de manera que los músculos de su mandíbula se dibujaron con nitidez, y asintió. Se metió en el auto mientras que Sharon fue a la parte de atrás para tomar su maleta. Luego volvió hacia el frente y abrió una de las portezuelas.

—¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué te bajas? —preguntó un niño de apenas siete años—. ¿No vendrás con nosotros?

—Claro que iré, Chris. Solo me retrasaré un poco para esperar a la tía Regina, así que los alcanzaré en otro avión.

—Pero, mamá...

—¡Shhh! Nada de protestas —dijo Sharon, levantando el dedo índice hacia su hijo—. Dame un beso.

El niño se inclinó para besar la mejilla de su mamá, y esta se metió un poco más adentro del auto para recoger a su hija Jill: ella tenía apenas tres años y viajaba en su regazo antes de detenerse frente al apartamento de Regina.

—Mami, me quedo contigo —dijo.

—Claro que no —repuso la mujer. Le besó la mejilla y luego se la entregó a Jack—. Cuida de papá, ¿sí?

Este abrazó a la niña y miró a su esposa a través del cristal de sus gafas.

—Cuídate —le dijo. Cerró la puerta y el taxi emprendió la marcha, dejando a Sharon ahí, de pie en la acera.


—¿Qué edad tiene su hermana? —preguntó el oficial desde detrás del escritorio, donde aporreaba el teclado de una computadora.

—Tiene veintiocho años —respondió Sharon, con los brazos cruzados. Pasó un buen rato en una sala de espera y perdió la noción de la hora. Le pareció que llevaba todo el día metida en ese edificio.

—Descríbala, por favor.

—Bueno, es alta...

—Sea más precisa.

—Tiene más o menos mi estatura. Yo mido casi un metro setenta.

—Continúe.

—Ejem... Es flaca. Tiene los ojos azules, igual que yo, aunque un poco más claros, y su cabello es más largo. Le cae hasta los omóplatos.

—¿Y cómo es?

—Lacio, color petróleo, y lleva un flequillo a lo Zooey Deschanel. ¿No quiere que le muestre una foto para ir más rápido?

—Luego. —El oficial permaneció un minuto en un silencio solo roto por el chasqueo del teclado—. Dígame, señorita...

—Señora —lo interrumpió Sharon—. Estoy casada con Jack Ferrars.

—Bueno... Dígame, señora Ferrars: ¿cómo está tan segura de que su hermana está desaparecida? ¿No tendría un compromiso del que no le comentó?

Sharon suspiró. Por regla general, se consideraba una persona tranquila, incluso en situaciones de estrés, de modo que era muy difícil llevarla al extremo de maldecir; pateó el suelo hacía un rato, es cierto, y cuando llamó a la puerta de Regina quizás levantó la voz un poco más de la cuenta. Sin embargo, todavía no estaba desbordada, por lo que dijo:

—Ya se lo dije: teníamos que tomar un vuelo temprano. Estamos de vacaciones, ¿sabe?

—¿Quiénes? ¿Su esposo iría a ese viaje?

—Claro que sí. Iría él con su familia y a mí me acompañaría mi hermana.

—A todo esto, ¿dónde está su esposo?

En el momento en que Sharon iba a contestar, se escuchó el pitido del celular. Lo extrajo desde el interior de su bolso y contestó.

—¿Regina?

—Hola, estoy aquí, Sharon —respondió ella.

—¿DÓNDE DEMONIOS TE HABÍAS METIDO?

—Yo...

—¿ACASO TE HACES UNA IDEA DE LO PREOCUPADA QUE ME TENÍAS? ¡PENSÉ QUE TE HABÍAN RAPTADO O ALGO PEOR!

—...

Sharon escuchó como Regina se sorbía la nariz. Entonces notó que el oficial tenía los ojos fijos en ella y el rubor se extendió por toda su cara al darse cuenta de que había estado gritando. Se dio la vuelta sobre la silla y se cubrió la boca con la mano para que el hombre no pudiera escuchar lo que hablaba.

—¿Estás borracha? —preguntó. Su hermana respondió con un sonido de asentimiento a través de sus labios apretados; seguía sorbiéndose la nariz—. ¿En dónde estás?

Regina tragó saliva.

—En una cafetería... —respondió.

—¿En qué calle?

Sharon oyó a Regina moverse, quizás intentando ver un cartel que identificara dónde se hallaba, y luego le dijo la dirección.

—Está bien, quédate ahí. Voy para allá.

Regina cortó la comunicación. Cuando Sharon se dio la vuelta, el policía seguía mirándola.

—Siento haber molestado —le dijo—. Mi hermana apareció, así que voy a verla.

—Que tenga un bonito día, señora Ferrars.

Después de la llamada, Sharon ardía de furia. Sin embargo, cuando vio el estado de Regina, apretó los labios para contener el sermón que le traía preparado. Se acercó al lugar donde permanecía sentada y la mujer, que fumaba con la mirada fija en el ventanal, se puso de pie tan rápido que tuvo que sostenerse de la mesa para no irse de pique al suelo.

—No estoy de humor para hablar —dijo Sharon—. Solo vine a buscarte. Nos vamos a tu casa.

—Pero... ¿y el viaje?

—Te dije que no estoy de humor para hablar.

Regina siguió a su hermana hasta el taxi que aguardaba afuera. Viajaron en silencio: ella con la cabeza apoyada en el cristal y Sharon con la espalda recta, la mirada fija al frente; pensaba en su esposo, quien ahora cruzaba el océano en el avión, y se lamentaba todo el tiempo que debía esperar para hablar con él y decirle que todo estaba bien.

—Date una ducha: apestas a alcohol a veinte metros a la redonda —dijo Sharon, dejando la maleta sobre la mesa de la cocina. Caminó hacia el refrigerador—. ¿Tienes algo para cocinar?

—No tengo hambre —dijo Regina.

—Lo siento, pero tendrás que comer algo si quieres curarte de esa resaca.

—Te dije que no tengo hambre. Lo único que necesito es dormir.

—No te estoy preguntando. Dúchate y vente a comer algo. Iré a buscarte si no me obedeces.

Regina suspiró y se encerró en el dormitorio dando un portazo. Sharon, por su parte, comprobó que el refrigerador estaba vacío, a excepción de un par de paquetes de comida congelada, por lo que bajó hasta una tienda que estaba en la esquina para hacer unas compras. Cuando regresó, escuchó el traqueteo del agua desde el baño.

—No puedo creer que dejaras secarse la planta que te regalé —dijo, inclinándose sobre la maceta que estaba en el alfeizar de la ventana—. ¿Tan difícil era regarla de vez en cuando?

Regina no respondió. Acababa de sentarse a la mesa con una bata puesta mientras se secaba el cabello con una toalla. Luego la arrojó sobre la misma silla donde ahora estaba la maleta de Sharon y se quedó de brazos cruzados, mirando cómo su hermana fritaba unas cebollas en una cacerola. Ninguna de las dos volvió a hablar hasta que se hallaron una frente a la otra, con dos platos de pasta entre ambas.

—Tus vecinos casi me matan cuando toqué la puerta esta mañana —comentó Sharon—. Desperté a todo el piso.

—Mis vecinos son unos imbéciles —dijo Regina, jugueteando con el tenedor.

—No deberías hablar así de ellos.

—Es la verdad. Pasa aquí un par de días y lo verás.

Regina dio un par de bocados a la comida y luego se echó para atrás a mirar por la ventana, manteniendo su vaso de jugo entre las manos. Sharon, por su lado, comió pacientemente, haciendo como que no notaba la actitud de su hermana, hasta que esta prendió un cigarro y empezó a lanzarle el humo a la cara.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le preguntó.

—Ya te lo dije: necesito dormir.

—No me vengas con evasivas. Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.

—Explícate.

—¿Que me explique? ¡Te desapareciste toda la noche y nos hiciste perder el vuelo!

—Yo no te obligué a quedarte.

—¡Pensé que te había pasado algo grave! ¡Estaba haciendo la denuncia a la policía cuando me llamaste!

—Eso es porque eres una exagerada.

—No tienes remedio.

Sharon levantó ambos platos y arrojó las sobras al fregadero. Permaneció de espaldas a su hermana, calentando agua para un té. Mantenía los ojos cerrados para no ver el humo que ella soltaba por la habitación.

—Antenoche soñé... —empezó Regina, pero se cortó al momento. Sharon se apoyó en la mesada y la miró.

—Soñaste, ¿qué? —preguntó.

—Nada, no importa.

—¡Regina!

Ella suspiró. Permaneció callada, viendo como su hermana volcaba el agua hirviendo en una taza y volvía a sentarse a la mesa.

—Sharon... ¿Te acuerdas de ese hotel?

—¿De qué hotel?

—No importa. Olvídalo.

Sharon estaba roja. Ahora era a ella a quien le costaba hablar.

—Si te refieres a ese hotel... Apenas, no mucho en realidad.

—¿Crees que todavía existe?

—¿Por qué tanto interés de repente?

Regina aplastó el cigarro en el cenicero y exhaló la última bocanada de humo. Mantenía la vista baja, con las mejillas tan sonrosadas como las de Sharon.

—Antenoche tuve un sueño —dijo.

—¿Y?

—Bueno, hace varias noches que lo tengo. En este, me encuentro en un bosque de abetos. Hay nubarrones negros cubriendo el cielo más allá de las ramas, por lo que apenas puedo ver, y una brisa me da de lleno en la piel: voy completamente desnuda. Siempre camino y camino, perdida, preguntándome quién soy y cómo llegué hasta ahí, pero por más que me esfuerzo, nunca logro recordar mi nombre, o siquiera ver algo más que no sean esos jodidos árboles.

—Suena perturbador.

—Y lo es, salvo que antenoche pasó algo más. Caminaba entre los abetos, frotándome los brazos llenos de arañones provocados por las ramas, y me di cuenta de que, por encima del golpeteo de las agujas de pino, se oía un estruendo. Al principio pensé que eran truenos, pues las nubes se veían tan densas que parecía que se echaría a llover de un momento a otro. Entonces, justo cuando me di cuenta de lo que era, me despertó la luz del sol.

—¿Y qué era?

—El mar.

Sharon bebió un largo sorbo de té, como queriendo ocultar su rostro con la taza. Luego preguntó:

—¿Crees que el bosque de tu sueño es el mismo que estaba cerca del hotel?

—No lo sé —admitió Regina—, pero desde entonces hay una idea que me ronda en la cabeza.

—¿Cuál?

—Estamos de vacaciones.

—Me agrada que lo recuerdes.

—Y ya perdimos el avión.

—Todavía tenemos los boletos y puedo cambiarlos.

De repente, una mueca similar a una sonrisa apareció en los labios de Regina.

—¿Qué tal si en vez de hacer ese estúpido viaje, aprovechamos las vacaciones para ir al hotel?

—¿Estás loca? ¡Eso está en la otra punta del país!

—¿Y?

—No voy a cambiar los boletos de avión para eso. Mi esposo y mis hijos se fueron, ¿recuerdas? Quiero ir con ellos.

—Tu esposo y tus hijos estarán bien sin ti por unos días. Además, no estoy hablando de hacer el viaje en avión. Quiero que alquilemos un auto, para recordar los viejos tiempos.

Sharon negó con la cabeza.

—Nunca cambiarás —sentenció—. Estuvimos meses planeando nuestras vacaciones, ¿y a último momento me vienes con esto? Por si no quedó claro, te lo repito: no dejaré a mi esposo solo en la otra punta del planeta, y menos para buscar contigo un hotel que ni siquiera sabemos dónde está o si todavía existe.

—Claro que existe. Es cuestión de hacer una búsqueda por internet y estoy segura de que podremos ubicarlo en el mapa.

—¿De verdad puedes ser tan egoísta? No me interesa si el hotel aparece o no. Lo que haremos será cambiar los boletos de avión para tener las vacaciones que ya tenemos planeadas.

—Entonces no cuentes conmigo —dijo Regina. Casi tiró su silla al suelo cuando se puso de pie; Sharon también se paró.

—¿Qué haces?

—Me voy a dormir. Se me parte la cabeza y ya me tienes cansada con tus malditos sermones.