El precio de ser Kim
Goguryeo, 37 a.C. – Riberas del río Amnok
El cabello blanco brillaba como nieve contra la tierra sangrienta.
Un par de ojos, con un destello dorado, le dirigieron la mirada al cadáver que yacía sobre sus pies.
Después de contraatacar y dar una puñalada certera en el hombro de la otra persona, esta se debilitó. No pudo luchar sin su brazo.
Choi Baek Hyun. El nombre que ahora le provocaba solamente repulsión. La persona que alguna vez amó, la cual había dejado una huella profunda en su corazón...
Ahora tenía sus cuencas vacías, de ellas salía el hedor de la sangre.
Nunca esperó que llegaría este momento.
Para él, quien siempre estuvo al lado de Choi, ser la causa de su muerte lo rompía desde adentro.
Pero ya no era solo una metáfora.
No podía pensar más en ello. Porque el daño ya estaba hecho. Kim Seon-ho ya estaba maldito.
Nuevamente el deseo de enterrar su espada en el pecho del otro hombre solo aumentó. Seguía en frenesí mientras recordaba las últimas palabras de Choi, mientras no podía detenerse, comenzó a apuñalarlo rítmicamente.
«Eres un pedazo de basura, traidor. ¿Crees que ella te amará?»
Eso que a él le sonaba como un chiste. Kim Seon-ho nunca amaría a una mujer como Jeon Somi. El solo anhelaba el aprecio de Choi. Aunque ya no había vuelta atrás.
No podía detenerse: Choi estaba repartido en partes en todo el Amnok. El río se tiñó de rojo. Con la ironía presente, el cielo amarillo parecía querer consolarlo por sus pérdidas.
Pero, después de todo, ese era el precio. El líder Kim había vuelto de la muerte para obtener venganza.
Seúl, Corea del Sur – 2026
Para un líder Kim, ser un "hombre completo" era lo único que importaba. Para Kim Minho, quien por ley de la Kangpae no podía tener más de dos hijos de diferentes personas, esta era su desgracia.
Cuando la familia abolió el derecho a tener concubinas –porque la sangre de un Kim debía ser pura–, le sonó tan divertido. Él había decidido creer que era un ser superior que podía demandar lo que quisiera y, por ser un Kim, obtenerlo.
Se divertía con todas las mujeres que se posaran frente a él, y aunque la mujer que deseaba fuertemente no lo quisiera, sería la madre de su heredero. Lo declaró ante el clan, quienes no estaban muy satisfechos con su futuro líder.
Pero ahora... El hombre que gobernaba Corea con puño de hierro había fallado como hombre. Su hijo, Kim Taehyung, era un doncel.
La idea le repugnaba; lamentablemente, las ideas fluían por su retorcida cabeza.
Click.
Esbozó una sonrisa que no llegó hasta los ojos. Ser padre de un doncel manchaba su honor, pero si hubiera una solución, aunque fuera una...
La madre de Taehyung, Jung Ha-eun, estaba contenta con su hijo. Mirar sus iris verdes con el característico toque dorado la hacía morir de amor. El par de ojos parecía brillar aún más cada que esta le sonreía.
Sabía el peso de dar luz a un Kim, pero cuando tuvo la ecografía en sus manos, no tuvo valor para dejarlo ir. Ahora, el pequeño recién nacido que sostenía valía cada segundo de su vida.
Amar a Kim Taehyung era su condena, pero ¿cómo podría ella no hacerlo? El futuro doncel parecía hechizarla cada que alzaba sus pequeños brazos hacia ella.
Tan pronto como el bebé cerró sus ojos, Ha-eun levantó la mirada. Ver la expresión retorcida en la cara de Minho le recordó el hombre con el que se casó.
No había sido por amor. No, claro que no. Jung fue vendida por unas cuantas monedas. La obsesión de Minho los trajo a esto.
En cuanto este se acercó, Jung cubrió al pequeño.
—Sabes que no puedo permitirme acabar con mi reputación —dijo él.
—¡No te acerques! —Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, lentamente, como si les costara bajar.
—¡Tú! Tenías un solo trabajo: darme un heredero. ¿Tanto te costaba?
—¡Me violaste! Fue un abuso. ¡Aún así seguí a tu lado! —gritó ella.
—Este niño no vale la pena. Matarlo es la única opción que tenemos.
—¿Tenemos? ¡Tú puta reputación me vale una mierda! Kim Taehyung es mi hijo —dijo tratando de sonar firme, pero el temblor en sus palabras la traicionó. Amaba a su pequeño, estaba segura. Pero sería mentira si dijera que no sufría por dentro. El recuerdo de esa noche la perseguía.
—Será mejor que trates de pensarlo mejor. En cualquier momento podrías tener un accidente, y tu hijo no tendrá quién lo defienda —advirtió.
Cuando Minho salió de la habitación, arrebató a Taehyung de sus brazos. No podía negarse, pasarían cosas peores. Pero ver a su hijo irse, tan débil...
No lo podía permitir.
Se abalanzó contra Kim, quien rápidamente la tomó del pelo y ordenó a los empleados fuera de la habitación que le colocaran las cadenas.
Ha-eun anheló la muerte desde que entró a la Kangpae. Lo que no esperaba realmente, fue que su deseo sería escuchado.
Desde las profundidades de su cuerpo, crecían lentamente los cristales, aquellos que algún día traspasarían la tersa piel. Porque la maldición no espera. Jung Ha-eun no era una Kim, solo dio a luz a uno de los malditos. No había forma de deshacerse de las consecuencias.
Del otro lado de Corea
Nacía un alma perdida, alguien que había comenzado la historia.
La mujer que lo cargaba entre sus brazos lo dejó solo en el hospital después del parto.
No podía llevarlo a casa, donde no sobreviviría ni un segundo. Con un nudo en la garganta se despidió, no sin antes apreciar la pequeña marca que se formaba en su hombro – era tan roja que hipnotizaba, como si la sangre del río Amnok hubiera dejado su huella en la piel del bebé.
Cuando un maldito nace, alguien paga. Cuando Kim Taehyung nació, el alma perdida de un Choi volvió a la vida para obtener su redención.